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Máquina de escribir

11 Sep, 2011 Etiquetas: ,

El hombre detrás del espejo me inspeccionaba de pies a cabeza, como en búsqueda de reconocimiento. La primera letra que tecleé fue una “k”. Lo hice mecánicamente, sin pensar siquiera qué seguiría después. Decidí mover el espejo a otra parte. No soportaba la mirada del fracaso.

TEXTO: SAMUEL SEGURA ILUSTRACIÓN: MARCO VERAZALUCE

El hombre detrás del espejo me inspeccionaba de pies a cabeza, como en búsqueda de reconocimiento. La primera letra que tecleé fue una “k”. Lo hice mecánicamente, sin pensar siquiera qué seguiría después. Decidí mover el espejo a otra parte. No soportaba la mirada del fracaso. Sus ojos, enrojecidos por el alcohol e invadidos por las lágrimas, no hacían más que distraerme. A la “k” le siguió una “a” y luego una “r”. Karla, necesito que sepas lo siguiente. Comenzaba a clarear en aquella vieja habitación de la que el polvo se había hecho dueño. Los primeros rastros de luz avanzaban entre cada partícula suspendida en el aire, dispersándose a paso lento pero constante. Volví a empezar. Karla, hay algo que debes saber sobre mí. Medité la oración un momento. La miré con los mismos ojos del hombre del espejo. Me levanté de la silla y caminé hacia la ventana. Una y otra vez de la ventana al escritorio. Bebí las pocas gotas de ron que aún quedaban en el vaso que estaba junto a la máquina de escribir. Arranqué la hoja y la tiré al piso. En él yacían muchas más. Ninguna rebasaba la primera línea.

Karla, si de verdad me conoces, entonces entenderás porqué tengo que dejar esto. Me ofrecieron un trabajo que no puedo desaprovechar. No tengo un quinto en la bolsa, ya no quiero depender de tu benevolencia. Lo que escribo jamás me dará de comer. El rodillo estaba descompuesto, se atascó con algo que no me empeñé en componer. Qué más daban los espacios de una hoja blanca. Quizá era lo único que podía unir, sin querer. Quedaban dos cigarros en la cajetilla. Solo los miré. Los pasos del gato sonaron tan claros en aquel silencio. Llevaba una rata en el hocico. El cuello de la rata se tambaleaba a cada paso que el gato daba con exactitud. Los ojos del animal muerto eran tan rojizos como los del hombre del espejo. Desde que visité ese lugar, el gato siempre estuvo ahí. Él era el dueño. A veces se aparecía, en las tardes, para dormir. Decidí no nombrarlo, porque seguramente él haría lo mismo: simplemente mirarme, un tanto desconfiado, pero sin buscar un nombre para mí. El héroe que no tuvo fe. Karla, por favor, qué clase de título es ése. Simplemente no sirvo para esto. El trabajo, por el que me pagarán una cantidad aceptable, lo suficiente para poder continuar, consiste en…escribir. Escribir nombres y números. Páginas enteras. En un día superaré los que he conseguido con la novela que me pediste. Jamás habré escrito tanto, créeme. El gato saltó por la ventana del segundo piso en el que estábamos. Decidí tomar uno de los cigarros. El humo formó de inmediato siluetas que parecían transportarse hacia un lugar desconocido, tan fuera de mi alcance. Las cenizas caían al piso, confundiéndose con el polvo. O quizá todo eran cenizas ya. Estoy a punto del contrato, Karla, no daré un paso atrás. Estuve meditándolo desde que la oferta me llegó hace una semana, más o menos. A la novela tiene más de dos semanas que no la atiendo. No he podido escribir una sola línea más. Me detuve. Ya la luz del día irradiaba por todo el lugar. Quise volver a teclear, pero los dedos del hombre se resistieron.



Samuel Segura
Samuel Segura
Obrero de la palabra escrita. En Twitter: @SamBodoque




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