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15 Feb, 2014 Etiquetas: ,

Nada más chingón que coger, venirte y luego andar por la calle con el olor a sexo y una sonrisa fácil. La vida parece menos mierda. Con esa certeza en la mente, Raúl caminó por la Alameda Central. 

TEXTO: LIZBETH HERNÁNDEZ

Nada más chingón que coger, venirte y luego andar por la calle con el olor a sexo y una sonrisa fácil. La vida parece menos mierda. Con esa certeza en la mente, Raúl caminó por la Alameda Central. Poco le importó su apariencia: camisa y pantalones arrugados, cabello alborotado, cuerpo sudoroso. Se acomodó en una banca.

Entonces recordó.

&

Estaba acostado en su habitación. Solo. El silencio lo excitó. El calor que nació entre sus piernas se propagó por su estómago y pecho. Retiró las sábanas que su madre le había puesto encima y llevó su mano derecha a su ombligo para luego hacerla llegar a su miembro.

Se frotó por encima del bóxer. Despacio. Luego más rápido. Más. Su pito tímido empezó a levantarse. Raúl contuvo sus gemidos. Lloró. No supo por qué. Tenía 11 años.

&

—Te la voy a mamar.

Entonces Claudia se agachó y bajó los pantalones de Raúl, emocionada. Su padre estaba de viaje. La casa era para ella. Por fin.

Esa tarde, Claudia faltó al call center en el que trabajaba. «Todo va a salir bien»: tenía un six en el refrigerador, había comido unas pastillas dequiénsabequé que Vero, su amiga, le había recomendado para que el pito «no le supiera tan culero».

Era la primera vez que iba a chupársela a alguien, y pensó: «Quién mejor que el flaco de ojos almendrados que me quiere tanto. Quién mejor que Raúl, este día que cumplimos dos semanas de novios».

—Te la voy a mamar —repitió Claudia.

Raúl sintió la lengua torpe de su novia. Sus manos sudorosas y frías. Mientras ella succionó, él trató de disfrutar. «Si me gusta tanto por qué no se me para, así no se la podré meter», Raúl se sintió más desesperado que excitado. Alejó a Claudia. Se fue. Nunca volvió a llamarla.

&

Raúl era un flaco de ojos almendrados que se masturbaba dos veces al día. Sin falta. Apenas despertaba daba el saludo a su miembro. Le gustaba tener los dedos índice, anular y pulgar fríos y apretar la puntita de su pito. Luego se frotaba con fuerza hasta sentir un espasmo. Entonces se detenía de golpe. Una vez hecho esto su vida podía seguir.

No importaba el lugar. Raúl tenía que jalársela apenas despertara y poco antes de dormir. Una vez, tras una fiesta familiar en el departamento de su amiga Lorena, el flaco de los ojos almendrados se acomodó en el rincón de un viejo sofá. Aprovechó que casi todos dormían, tomó uno de los cojines de la sala y lo colocó sobre sus piernas. Entonces deslizó su mano derecha y la condujo hasta llegar a la punta de su pene. Esa vez frotó poquito. Contuvo los gemidos. Se durmió. 

Al despertar, y sin abrir los ojos, el flaco se dispuso a saludar a su pene, pero antes de hacer contacto recordó el lugar en el que estaba. Miró de reojo. Junto a él estaba el tío Carlos; el hombre de nariz hinchada lo observó, curioso. Raúl improvisó: retiró la mano rápido, se estiró y dejó escapar un pedo. «Mejor que recuerde esto».

&

Raúl trabajaba en la tienda de su padrino Toño, había abandonado la carrera de administración de empresas. Hablaba poco. Disfrutaba ver películas de acción y las protagonizadas por Jim Carrey.

Admiraba a su amiga Lorena porque era decidida, directa, cogía con quien quería, usaba blusas entalladas. El flaco disfrutaba decirle «Se te marcan bien hermoso tus lonjitas».

Raúl no se preocupaba por demasiadas cosas. O eso decía. Solo por esto: nunca había disfrutado coger, pero eso no se lo había dicho a nadie.

&

 —Pinche flaco, no te digo que no te masturbes pero ya dale gusto a ese cuerpo tuyo que lo pide a gritos. —dijo Lorena.

—¿De qué hablas? —Raúl se sorprendió.

— No te hagas. Hace tiempo que te noto raro, pero no te había dicho nada… algo te está pasando, andas muy decaído.

—No, nada. Solo estoy aburrido. Siempre es lo mismo en la tienda de mi padrino: despachar pan, jamón, refrescos; ver a la misma gente.

—Busca otro trabajo y ya.

—No es tan fácil.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Flaco, no mames. Llevas como cuatro años ahí, ya búscate otra cosa. Luego ni dinero tienes y le pides prestado a tu mamá o a mí. Además tienes una ventaja: tu padrino te dejó vivir de a gratis en este departamento. —Lorena sintió que estaba desviándose de lo que quería decirle a su amigo, así que volvió al punto: —Y no creo que sea sólo el trabajo en la tienda. Llámame loca si quieres pero… tú no eres dueño de tu cuerpo.  

—Tú qué sabes.

—Lo noto. Nunca gritas, nunca explotas, nunca sales del estado neutro, nunca llevas tu emoción al clímax. Huyes. Estás encerrado, es como si estuvieras en una pinche caja con hoyitos.

—Bueno, tú qué traes hoy, no me vengas con esas mamadas. —Raúl dijo esto mientras en su mente estaba la imagen de aquella tarde en casa de Claudia cuando salió corriendo. Él ignoró sus llamadas. Y ella se despidió con un mensaje en Facebook «Ni k estuvieras tan bueno, ya no insistiré, a la chingada».

—Llámalas mamadas, pero es lo que veo. Y ya sabes que yo digo lo que pienso. Eres mi amigo desde la universidad. Me caíste bien por calladito y por aguantar mis teorías del placer.

—Sí, tus mentadas teorías.

—Sí, y son las mismas que hoy te repito: una persona que no es dueña de su cuerpo no se goza, no sabe cómo. Tú te la jalas dos veces al día, pero ¿cuántas te vienes? ¿Cuántas veces después de despertarte y saludar a tu pito no me has llamado para oír cualquier tontería y no pensar en eso que no comprendes?

—¿Por qué me dices todo esto?

—Porque eres mi amigo.

—¿Por qué hoy?

—Porque sí.

&

Diez días después de aquella conversación con Lorena, el flaco tomó su celular y marcó:

—Te espero en mi casa, te mando la dirección en un Whats. —dijo y colgó.

Estaba emocionado. Tomó una decisión esa tarde mientras despachaba jamón a doña Gabriela.

&

A las 9: 22 de la noche, Raúl se paró frente al espejo que había en su baño. Se miró a los ojos. Repasó su cuerpo desnudo y recordó aquella ocasión cuando, a los 11 años,  lloró mientras se frotaba el miembro.  «Ni que me hubieran violado de chiquito, ni que tuviera un trauma, pinche Lorena en lo que me hace pensar», se dijo.

El flaco escupió en la palma de su mano derecha, la llevó a su miembro que de inmediato se puso erecto. Raúl lo contempló y sonrío. 

En ese momento sonó el timbre. Raúl abrió la puerta. Era Jorge, un amigo de Lorena. El flaco lo había visto una vez pero recordaba cómo su amiga se mordía los labios cada que lo nombraba: «ese hombre sabe coger», decía. Por eso, él sabía que era la persona indicada y consiguió su número.

Apenas entró al departamento Raúl se abalanzó sobre Jorge. Excitado y ansioso. Lo apretujó con fuerza. Lo besó. Lo desnudó de inmediato.

Se dirigieron a la cama.

Raúl se sentó en la orilla, tomó entre sus manos la cabeza de Jorge y la condujo hacia su pene erecto. Su miembro hinchado, como nunca, entró y salió de la boca del hombre moreno de pecho peludo que lo lamió y succionó con fuerza. El flaco tenía las orejas calientes.

Jorge parecía estar en trance y sin hablar volteó el cuerpo de Raúl. El flaco quedó recostado. Sintió cómo el moreno acercó su cara a su culo, se erizó, la lengua caliente de aquel hombre se paseó durante varios minutos por sus nalgas como reconociendo el terreno antes de embestir.

Cuando Jorge lo montó Raúl sintió un dolor que creyó no soportar, pero lo hizo. El cuerpo del flaco ardió. 

Raúl siguió sus impulsos, se incorporó y abrazó a Jorge. Lo besó. Le mordió el pezón izquierdo. Lo tumbó en la cama. Lo puso de espaldas. Se colocó encima, hizo pasear a su pene por ese cuerpo moreno. Llegó al culo. Estiró la mano y tomó un condón.  Se acomodó y penetró al hombre de pecho peludo. Raúl escuchó cómo sonaba su cuerpo al coger a otro hombre. Su pito se hinchó más. El flaco gritó. Se vino.

Horas después, Raúl despertó, estaba húmedo.

—No te espantes, te estoy haciendo una mamada para decir buenos días —dijo Jorge.

El flaco de los ojos almendrados se estremeció, gritó y un par de lágrimas escurrieron de sus ojos mientras un chorro blanquecino bañó la cara de Jorge. Lo había entendido. 

&

—No soy puto, o quién sabe, la cosa es simple: ¡me gusta la verga! —soltó  Raúl a Lorena. Colgó el celular y salió a caminar como nunca lo había hecho.

Imagen de portada: Cuerpo y Luz by Carlos Gutiérrez-Flickr-(CC BY-NC 2.0).


Lizbeth Hernández
Lizbeth Hernández
Directora de Kaja Negra. Periodista e investigadora freelance. Los temas que más le interesan son: movimientos sociales, derechos humanos, feminismos, agenda lgbt+, arte y cultura pop. Escribe sus ideas y apuntes en Medium. Se la vive entre la sabrosura y el desasosiego. En Twitter e Instagram: @abismada_ Correo: lizbeth@kajanegra.com




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