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Los malditos. J. Jesús Lemus

04 Oct, 2013 Etiquetas: , ,
El autor de Los Malditos, nos cuenta cómo son las
noches en el penal federal de Puente Grande, Jalisco.
TEXTO:  J.JESÚS LEMUS / VIDEO: VÍCTOR lÓPEZ

[Videoentrevista]

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Moler los huesos a fuerza de concreto

¿Has sentido cómo a veces la cama flota y te lleva lejos de ti mismo? ¿O cómo sientes que te vuelves loco a mitad de la noche, sin nadie a la mano para llorar? ¿O cómo el cuerpo en vano se quiere ir de ti? ¿Has sentido que al despertar el monstruo ya no sigue allí, sino que el monstruo eres tú mismo? Así son todas las noches en la cárcel, cuando se intenta conciliar el sueño, en medio de los quejidos y lamentos de los otros presos, cuando te das cuenta que no podrás dormir por más que lo desees.

Medio dormir y despertar con el monstruo que eres, así son todas las noches en la cárcel. Es todos los días moler lo huesos a fuerza de revolcarlos en el concreto de la cama y despertar con ese estropajo de ideas que se te van enredando en la garganta y que te impiden hablar. Aquí en la cárcel dicen que es “despertar amargado”, pero la verdad es que es algo peor: es despertar sin poder hablar de tantas cosas que se te enredan en el sueño, es tener hilos de ideas que se atoran en la garganta y que no te dejan hablar, ni cantar, ni llorar y que a veces hasta te impiden caminar o moverte.

Todos los días, desde aquí, en un duermevela que ya se ha convertido en mi compañera de todas las noches, estuve escuchando uno a uno los sueños de todos los del pasillo. El primero que se rindió al sueño fue Noé. Escuché cómo fue soltando el cuerpo poco a poco hasta que su resuello se volvió rítmico. Parecía un puerco que está en el sacrificio. Ronca de lo lindo. Se envidia ese resuello como para irse muriendo uno poco a poco. No en balde Miguel le ha dicho que tiene un dulce sueño, aunque ese halago fue un insulto para Noé, quien se defendió diciendo que él no era puto para andar recibiendo ese tipo de comentarios.

El segundo en caer rendido(aunque apenas unos diez minutos antes había dicho que no podía dormir por el frío) fue Memo. Todavía se escucha cómo gime. Es como un niño que está llorando por algo que no alcanzo a entender, pero le ha gritado tres veces a su mamá. Acusa. Dice que lo mire, que lo está haciendo desatinar. No lo veo, pero no es difícil imaginar que puede estar acostado, desnudo en el frío concreto de la cama, ovillado –en posición fetal, dirían los peritos de la policía-. Ha dejado de tiritar por el frío para dar rienda suelta a los reclamos propios de un niño de cinco años.

A lo lejos está tarareando, desde el pasillo Tres, Jesús Loya. Sigue cantando la eterna canción de la Nana Fine. Ya me está gustando esa canción y lo más seguro es que el día que salga de aquí, voy a comprar el disco de Mariano Barba, creo que esa canción de ‘Aliado del Tiempo’ me puede quedar también. ¿Cómo me veré yo cantando esa canción a Martha? Nunca he cantado pero estamos igual porque creo que a ella nunca le han cantado.

Comenzó la llovizna, y lo más seguro es que no vengan por mí. Ya no sé si de verdad extraño los chingadazos que me ponen o si es mayor mi gusto por salir de esta celda aunque vaya a las golpizas que cada vez son menos dolorosas.

Valeriano está llorando. Gime en su sueño y no hay forma de despertarlo. Está inconsolable. Como siempre, le habla a una Leticia. En cuanto despierte le voy a preguntar quién era ella y por qué le llora tanto todas las noches. Dice en su estado de inconsciencia que le duele la cabeza, pero no entiendo cómo le puede doler si dice que perdió la sensación de dolor en su cuerpo luego de que se voló un pedazo de cerebro. Ya le preguntaré en cuanto despierte. Por lo pronto su llanto es muy doloroso y hace que a uno se le rocen los ojos.

Al lado de mi celda está Pedro. No entiendo cómo puede reír tanto en sus tan breves sueños. Hace como media hora que se durmió y ya está muerto de risa. Se carcajea y alburea solo. Su sueño es el mejor de todos los presos. Ya quisiera yo dormir como él, con esa risa que a veces parece que es un llanto, pero es un llanto de alegría, de tanto que no puede soportar sus propios chistes. Con razón se orina. Es el único preso que dice que no se levanta a orinar en la noche, porque se orina en la cama. Es fácil saber cuándo se orina, porque al día siguiente amanece lavando la piedra que tiene por cama. Y eso lo hace casi todos los días.

No sé qué hora es, pero pienso que ya debe ser de madrugada. Se siente en el aire ese frío de la madrugada. Ese frío que yo sentía de niño cuando en la casa nos desvelábamos esperando la llegada de la navidad o del año nuevo. Las madrugadas me recuerdan a mi papá. Casi lo puedo sentir a mi lado en estos momentos, hablando muy serio y ordenando que me vaya a dormir. Si mi papá supiera lo que se vive aquí. Eso me hace llorar. No pensaré en mi papá.

Jorge ya está dormido de súpito. Se escucha su respiración algo agitada, pero al menos se le escucha tranquilo. Hoy no ha soñado sus pesadillas que lo hacen gritar como loco a mitad de la noche. Me da gusto por él. Creo que Jorge es una buena persona, lo noté ahora que estábamos hablando de los granadazos de Morelia. Se ve que ha leído y que no por ser policía federal tiene la obligación de ser tonto. El ronquido de Jorge parece que se alterna con el ronquido de Noé. Se escucha como un fuelle de esos que usan los herreros para forjar el fierro.

Ya se escuchan las pisadas en los pasillos. Ya vienen por mí. Voy a la terapia de reeducación. A las madrizas de todos los días. Hay algo de alegría en mí. Creo que me estoy volviendo masoquista. Aunque en lugar de que me peguen los oficiales, me gustaría que una rubia, con botas de cuero negro, con antifaz y un látigo en la mano fuera quien me azotara. Pero lo único que tengo son estos pinches policías vestidos de negro, con capucha y perros, que en nada despiertan mi libido. Pensaré que son tres rubias las que me azotan ahora. Ojalá y no vaya a eyacular en la cara del perro.

Te preguntaba al principio que si has sentido alguna vez que la cama flota o que no eres tú al despertar o que si sientes que te vuelves loco a mitad de la noche, o si has sentido que el cuerpo se te quiere ir lejos del alma, porque eso es justamente lo que siento todos los días en esta cárcel, principalmente cuando regreso de las golpizas que me ponen en las madrugadas, o a mitad de la noche, en el patio, bañado con agua fría y torturado a toletazos. Justamente eso es lo que siento todos los días cuando –como hoy– llego empapado y me recuesto en la cama helada de concreto, que es lo único que me acaricia y es lo que me lleva en una espiral que se va elevando y no alcanzas a ver a dónde habrá de parar, hasta que estoy muy alto y regreso en picada, para estrellarme con las mismas paredes sucias y hediondas de esta cárcel.

Es cuando vuelvo a despertar y vuelvo a repetir el mismo día todos los días.

Agosto 4, 2008.



J. Jesús Lemus
J. Jesús Lemus

Ha ejercido el periodismo durante 20 años, desempeñándose como reportero, jefe de información, jefe de redacción y editor en diversos medios. En 2008 fue víctima de una confabulación del poder, en medio de la turbulenta «guerra contra el narco» emprendida por Felipe Calderón: se le acusó de delincuencia organizada y fomento al narcotráfico y fue enviado a la cárcel federal de Puente Grande, en el estado de Jalisco, donde se le mantuvo preso por un periodo de más de tres años, sin una sola prueba en su contra.

Es autor del bestseller Los malditos, crónica negra desde Puente Grande, y de Cara de diablo, la historia de la Nueva Jerusalén, donde desempolva los orígenes de la única teocracia en México y los de su fundador, Papá Nabor.





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