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Música de fondo

19 Ago, 2016 Etiquetas: , ,

La charla entre una pareja de desconocidos se convierte en lo único que un hombre solitario en una cantina escucha; hace todo lo imposible para no perder detalle del intercambio: una plática sobre una experiencia swinger.

TEXTO: GONZALO TRINIDAD VALTIERRA / ILUSTRACIONES: JUAN JOSÉ LÓPEZ GALINDO

Ya había ordenado mi bebida cuando vi entrar a una mujer alta, de cabello oscuro y piel blanca, delgada, pero no demasiado; treinta años, tal vez más, aunque aparentó menos al sentarse y soltar su cabello. Dejó un pasador dorado sobre la mesa. Sus ojos negros buscaban a alguien que llegó veinte minutos después.

Se sentó frente a ella: un hombre alto, más de un metro ochenta, moreno, de barba descuidada; su nariz parecía moverse cuando hablaba. Estaban sentados a mi izquierda. Después de un rato de escuchar su plática, llegaron a un punto en el que simplemente no pude dejar de poner atención.

Alejandra: ¿Te acuerdas que cuando estaba en Estados Unidos se me ocurrió organizar un Mistery Murder?

Uriel: Claro. Era una especie de juego de rol, ¿no?

A: Sí, bueno, el caso es que medio año después de que regresé, pensé en buscar algo parecido aquí en México. Y me topé con una onda swinger.

U [riéndose]: Eso suena interesante…

A: ¿Te acuerdas de Daniel?

U: Cómo no. No sé cómo se te ocurrió meterte con él.

A: A ver, espérate, te voy a explicar cómo estuvo. En esta onda swinger tenía que ir con alguien, una pareja. Y se me ocurrió decirle a Daniel. Ya sabes que confío en él.

U: Bueno, si tú lo dices.

A: Olvídalo, el punto es que le dije que me acompañara. Y aceptó. Decidimos hacernos unos perfiles falsos en la página para que nos dieran la reservación. Yo me llamaba Loren, y él, Roy.

U [en tono de burla]: ¿Loren y Roy? Qué ingeniosos, eh.

A: Me pasé como dos horas tratando de que los perfiles parecieran reales. Se me ocurrió que, con suerte, alguien los leería o que de algo servirían.

U: ¿Y no pasó eso?

A: Pues no, déjame que te cuente. Puse que éramos norteños, que habíamos llegado a la ciudad un año antes. Le eché ganas a lo del perfil. Y cuando por fin llegaron las invitaciones, todas eran de mujeres en bikini y hombres a los que ni se les veía la cara.

U: Pues, ¿qué esperabas?

A: Se suponía que Roy y yo éramos casados, así que el día que teníamos que ir —era un sábado— busqué unos anillos. Pensaba que seguro habían leído nuestros perfiles, y que si no llevábamos anillos estaría raro. Me vestí con una camisa de manga corta, medio transparente y tacones altos. Roy pasó por mí y nos fuimos. Él se veía bien, llevaba un pantalón negro y camisa morada. En el camino se le ocurrió que estaría bien que practicáramos el acento norteño, pero a la mera hora nos falló.

U: ¿Y les dijeron algo? ¿Alguien se dio cuenta?

A: Nadie había leído el perfil, a nadie le importaba quiénes éramos. La historia iba más o menos así: él era de Monterrey, exadicto, y yo era una cristiana que lo ayudó a reformarse; se volvió cristiano y nos casamos. Luego nos vinimos a vivir a la ciudad y se nos ocurrió que estaría bien hacer otras cosas con nuestra sexualidad; ya sabes, queríamos experimentar.

U: Bueno, la última parte era cierta. ¿No te hubiera gustado ir con tu novio en vez de un amigo?

A: No creo, se me hubiera hecho más difícil. Además no tenía novio en ese momento. Bueno, cuando llegamos ni siquiera nos pidieron identificación. Sólo dijimos que teníamos una reservación a nombre de Loren y Roy

U [sonrió, bebió cerveza y bajó un poco la voz]: ¿Ya habías tenido sexo en equipo?

A: No con una pareja estable. Mira, siempre que tengo una relación formal con un hombre, me surge un conflicto: no me había dado cuenta, pero creo que soy gay. Yo creo que por eso nunca le exijo a mis parejas, no me gusta decir «no puedes» o hablar de obligaciones. Creo que siempre lo había sentido, pero no me había dado tiempo para asimilarlo de verdad.

U: ¿Y esa onda de los swingers te ayudó a darte cuenta?

A: Creo que sí.

[Uriel esperó a que Alejandra retomara el hilo de la historia: parecía haber recordado algo que no le quedaba del todo claro. Tal vez se trataba de otro acontecimiento que parecía tener relación con lo que estaba diciendo. Miró a su amigo y esperó un momento antes de continuar].

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A: Había unos guardias en el vestíbulo de la casa. Por fuera tenía una fachada simple, de lo más corriente que te puedas imaginar. Había una puerta de metal y un timbre. Creo que yo toqué el timbre, porque Daniel estaba muy nervioso. Salió un guardia a recibirnos, ya sabes: rapado, alto, moreno, imponente. Nos llevó con una chica chaparrita, guapa, con un vestido negro. A Daniel se le ocurrió ponerse a hacer preguntas de forma tosca, estaba muy nervioso y cortante. La chica nos explicó cómo funcionaba la dinámica del lugar y nos dijo los precios. Pero él a fuerzas quería ver el lugar antes de pagar. La chica nos dijo que no podíamos ver todo, hasta que ya hubiéramos pagado. Estábamos en una sala, y lo que sería el comedor daba a un patio interior, había una mesa de billar y una barra. En el patio había otra barra grande, estaba techado, y había mesas pequeñas, circulares y una pista. Yo seguía pensando que sería como una fiesta o algo así.

U: ¿Y no fue así? Supongo que no, ¿verdad?

A: No precisamente. La chica nos explicó que había un espectáculo, y luego se podía utilizar todo el lugar. No nos dejó ver los cuartos ni nada más. Nos dijo que a veces llegaba gente famosa, y luego nos explicó lo de las pulseras brillantes.

U: ¿Pulseras, como en el antro?

A: Dependiendo del color significaba si querías interactuar, o no, con los otros.

U: Interactuar es lo mismo que coger, ¿no?

[Alejandra se quitó el anillo y lo dejó sobre la mesa, junto al pasador; le dio un buen trago a su cerveza].

A: Me molestó que Daniel se preocupara más por el dinero que por lo que se podía hacer en el lugar. Todo lo que preguntaba no era para saber si estaríamos seguros, sino para saber si valía la pena el gasto. Yo estaba pensando qué pasaría si me encontraba a un profesor, o a los papás de algún amigo.

U: O a tus papás, ¡imagínate! ¿No te dio pena que tu amigo te viera?

A: No, ya estaban rotas muchas barreras entre él y yo. Creo que por eso le dije que me acompañara. Pensé que si me fascinaba la onda swinger, no me importaría que él me viera. Y si algo salía mal, tampoco importaría tanto. ¿Sabes qué fue lo peor de toda la noche? Hubo muchas cosas, pero la peor de todas fue la música de fondo. Cuando pasamos al patio principal ya había bastante gente. Nos sentamos en las escaleras, porque para tener mesa tenías que comprar una botella. Había un espectáculo en la pista, una pareja profesional de cogedores. Bueno, yo digo que esa es la mejor forma de describirlos. Daniel se quedó embobado viéndolos. Yo creo que desde ese momento sentí que no iba a pasarla bien. Cuando Daniel se quedó todo tonto por el show, que a mí no me prendía, me sentí extraña. La mayoría de la gente no me pareció atractiva.

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[Hicieron una pausa y ordenaron dos cervezas. Traté de acercarme un poco más para escuchar mejor, porque el bar se estaba llenando].

A: Había una pareja ruidosa, vestidos de sex shop.

U: Ah, chingá, ¿cómo es eso?

A: Iban disfrazados de cuero. Mientras la pareja de la pista estaba en lo suyo, ellos no dejaban de gritar y hacer desmadre. El señor era alto, tenía buen cuerpo, se veía cuarentón y
andaba rapado. La mujer era una pelirroja, de ojos claros, pecosa, cuerpo de gimnasio, operada, calzón a la cadera y bra negro con tiras de cuero de motociclista.

U: No friegues, eran como de utilería, ¿no?

A: Yo digo que también eran parte del espectáculo. ¿Cómo explicas tanto entusiasmo? Se la pasaron aplaudiendo, gritando, chiflando. Y nosotros en la escalera, sentados, con una cerveza de cincuenta pesos en la mano.

U: Bueno, pues, ¿qué te hubiera gustado?

A: Pues otra cosa, no sé, sin un show tan explícito, hubiera preferido que se pudiera platicar, como en un bar, conocer a las personas que estaban ahí. Con la música ni se podía hablar. Yo me quería reír, pero era imposible. Eso tampoco me gustó. No recuerdo que nos riéramos en toda la noche, ni siquiera de la pareja de sex shop. Todo estaba revestido de seriedad. Nunca vi a nadie riéndose, es como si se tomaran muy en serio su onda, su espectáculo y su pose. Me sentí completamente fuera de lugar [terminó de hablar, y suspiró, como si estuviera reviviendo el momento].

U: Igual y nadie se reía porque se podía malinterpretar, como una burla.

A: Sí, pensé eso después, pero en ese momento, con la música y la seriedad, el show tan de película porno, me quedé bloqueada. Creo que ni siquiera fui al baño una sola vez. Ni me emborraché.

U: La neta suena muy raro, me refiero al ambiente del lugar.

A: Y eso que todavía no te cuento todo. Antes de que subiéramos a ver los cuartos, me separé de Daniel por un momento. Se acercó a mí el tipo que había estado cogiendo en el escenario y me dijo que le gustaría pasar la noche conmigo. La verdad eso sí me agradó, pero le dije que tenía que preguntarle a mi esposo. Así que me puse a buscar a Daniel, quién sabe dónde se había metido; cuando lo encontré me dijo que se había encontrado a una chica que le robó el coche a un amigo suyo para escaparse a la playa. Se la había ido a encontrar justo en ese lugar, no sé cuántos años después de que eso pasara.

U: No manches, ¿es en serio?

A: Te lo juro, y además no estaba nada mal la chica. Pero todavía no llego a eso. Subimos a ver todo el lugar. Había tres cuartos en el segundo piso. Tenían luces azules y rojas, y una cama en medio. Cuando llegamos al tercer cuarto te juro que sonaba como si estuvieran grabando una película porno. Nos metimos al cuarto para ver y nos encontramos a la pareja de cuero. Un tipo volteó a verme, y luego nos preguntó si queríamos unirnos. Daniel dijo que sí, pero yo me quedé donde estaba, hasta que un hombre, desnudo, se acercó a mí y me ayudó a quitarme la ropa.

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U: Casi puedo imaginarte en ese momento.

[Cuando Uriel dejó de reírse, Alejandra continuó].

A: Sí, sí, suena divertido, pero comencé a sentirme muy incómoda. Me quería salir del cuarto, te juro que estar ahí metida con toda esa gente cogiendo no es como uno cree que va a ser. Se puede volver intimidante. Le dije a Daniel que nos fuéramos, pero ni me hizo caso, estaba ocupado con dos mujeres. Y entonces, el mismo tipo que me ayudó a desvestirme me dijo que lo menos que podía hacer era ayudarme a vestirme.

U: Órale, que educado. Yo también le ayudo a las chicas a quitarse la ropa, pero nunca a vestirse de nuevo.

A: Eso me hizo sentir un poco mejor. Me salí del cuarto y me senté en un banquito a esperar a Daniel. Cuando por fin salió, ya no tenía ganas de verlo ni en foto. Se nos ocurrió bajar de nuevo, y nos encontramos con la chica psicópata, la que se había robado el coche. Iba con su pareja, según lo que nos dijo. Nos pusimos a platicar y luego nos metimos a otro cuarto. Daniel estaba platicando con el novio de la chica, y yo me quedé con ella en un sillón chaparrito, como de antro.

U: ¿Cómo era ella?

A: Guapa y tenía cuerpo de gimnasta, aunque era más bajita que yo. Estábamos platicando y de pronto me dice: «eres muy bonita», y la verdad es que ella también se me hacía atractiva, era la única mujer en todo el lugar que me gustó.

U: De todas las mujeres que había tenías que fijarte en la loca; no me sorprende.

A: ¿Qué puedo decir a mi favor? Un segundo después, nos besamos. Me quité la blusa y ella me dijo que su novio y el mío nos estaban viendo, así que le dije que fuéramos a buscar un cuarto para nosotras. Pero Daniel se nos pegó, junto con el novio. La verdad es que lo arruinaron, lo único que me hubiera gustado hacer no pude hacerlo. Daniel terminó con ella en una cama, y su novio quería que hiciéramos lo mismo, una y otra vez insistió en que cogiéramos, pero yo no tenía ganas; me desesperó y me salí del cuarto.

U: Imagina que eso te hubiera pasado con un novio de verdad, ¿está cabrón, no?

A: A eso iba: la neta la gente dice que son muy abiertos y todas esas cosas, pero a la hora de la verdad nadie es tan abierto como presume. En fin, ya estaba afuera del cuarto, esperando a Daniel, otra vez. No pasó mucho tiempo, no sé; en eso vi llegar a una chica, sola, ¡con una cara de tristeza! Se acercó a mí, y me preguntó si podía sentarse conmigo. Luego me preguntó: «¿Estás bien?». Nos presentamos. Era la primera vez que iba a una onda swinger, y además estaba recién casada.

U: Se estaba estrenando en todo.

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A: Me sentí mal de verla en esa situación. Yo le dije que había ido con mi esposo, y me preguntó dónde estaba él. Le dije que adentro del cuarto con una mujer. Me preguntó si me ponía celosa, y le dije que sí. Porque pensé que si en verdad estuviera ahí con mi esposo, me pondría celosa. Me sentí mal por ella, me dijo que su esposo estaba en otro cuarto con otras mujeres. Me dijo que no tenía ganas de estar ahí, que había ido por complacer a su esposo. Platicamos otro rato y comencé a sentirme muy triste por ella, y también porque creía que yo estaba pasando por la misma situación. Salió Daniel y casi al mismo tiempo apareció el esposo de la chica. ¿Por qué haría alguien un esfuerzo tan doloroso?

U: ¿Por amor?

A: Es más complicado que eso. Es como tener hijos. Además, la gente hace esas cosas porque al parecer creen que es correcto y bien visto, mientras se están muriendo por dentro, como esa chica. Para mi cuate daba lo mismo coger con una desconocida o con una loca que se robó un coche, pero a mí me dejó pensando muchas cosas esa noche.

[En este momento el bar estaba prácticamente lleno, subieron el volumen de la música. No pude escuchar nada más. Un rato después, Alejandra y Uriel se fueron. Alguien ocupó su mesa. Y yo me quedé sentado, pensando en la última chica de la que habló Alejandra. Tratando de imaginar lo que sintió esa noche].

Técnica de las imágenes: ilustración digital.

Nota del editor:

Este texto utiliza elementos de ficción para narrar un hecho real. Por ello algunos detalles, como los nombres de las personas involucradas, quienes pidieron permanecer en el anonimato, o los lugares, fueron modificados.

 



Gonzalo Trinidad Valtierra
Gonzalo Trinidad Valtierra
(Distrito Federal, 1986) Periodista cultural. Narrador. Autodidacta y lector empedernido. Enemigo de muchas cosas: la sobriedad, la sensatez y la autocomplacencia.




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