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Naturalización de la barbarie, fragmento de «La guerra que nos ocultan»

26 Sep, 2016 Etiquetas: , ,

Fragmento del libro La guerra que nos ocultan [Temas de hoy, 2016], de Francisco Cruz, Félix Santana Ángeles y Miguel Ángel Alvarado. Cortesía de Grupo Editorial Planeta México. En este libro, los autores indagan, teniendo como eje la historia de Julio César Mondragón, preguntas como ¿qué hay detrás de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa? ¿Cuál es el contexto que viven Guerrero e Iguala? ¿Por qué importa no dejar fuera el papel de la mineras y el saqueo que se vive en esta región? 

TEXTO: FRANCISCO CRUZ, FÉLIX SANTANA Y MIGUÉL ÁNGEL ALVARADO/ FOTO: ARCHIVO KN

Puede uno caminar por la costera Miguel Alemán en Acapulco y maravillarse con las fabulosas y opulentas residencias amuralladas de Punta Diamante, que se cotizan en millones de dólares, u hospedarse en un hotel de ensueño y minutos más tarde deprimirse o morirse de hambre en las zonas marginadas. Como dicen los viejos residentes de la colonia Renacimiento: «En el puerto sólo tenemos dos zonas: la hotelera y la atolera. Y aquí vivimos los miserables».

El estado entero es dramático, como su historia. Por eso destaca una fecha: el 30 de diciembre de 1960. Desde Chilpancingo, la capital, Guerrero se convertiría lenta e inexorablemente en un gran campo de batalla y se criminalizaría toda la protesta social, campesina, magisterial y estudiantil, el futuro sería comprometido a un círculo vicioso mientras la sociedad guerrerense se pulverizaba.

Abel Barrera Hernández, director del Centro de Derechos Humanos La Montaña Tlachinollan, en un ensayo de 2007 —El despertar del Guerrero bronco— ofreció una descripción del estado: «Tierra de contrastes sociales marcados por la barbarie caciquil y por un Ejército federal posicionado dentro de los territorios de los pueblos indígenas para guerrear contra los pobres y dejar crecer en los centros turísticos el negocio del narcotráfico. El minifundismo amapolero es la justificación de la militarización que desde la época de la Guerra Sucia se implantó en las escarpadas sierras y montañas, que sirvió para la posteridad como modelo de guerra contrainsurgente que nos ha desangrado y nos ha colocado como una de las entidades más violentas, donde la vida tiene un precio ínfimo».

Los gobernadores acabaron con la convivencia pacífica, en forma paulatina desestabilizaron la región; a través del uso y abuso del Ejército configuraron una realidad tan atroz como temible y, con el visto bueno del gobierno central en la Ciudad de México, dieron paso a la naturalización de la barbarie. La opresión necesariamente derivó en movimientos insurgentes.

Si bien el triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959 produjo una efervescencia política universitaria en casi toda América Latina, desde 1957 en Guerrero había agitación social y se habían forjado condiciones para una insurrección de civiles y estudiantes a propósito de la demanda de estos últimos para transformar en universidad el Colegio del Estado.

Y aquel 30 de diciembre de 1960, la conjugación de una serie de factores propició la primera matanza masiva de estudiantes frente a la alameda «Francisco Granados Maldonado», de Chilpancingo, ordenada por el general de brigada Luis Raúl Caballero Aburto, quien despachaba como gobernador constitucional desde el 1 de abril de 1957.

Caballero no fue un precursor ideológico ni político. Egresado del Colegio Militar, graduado en la Escuela Superior de Guerra y con diplomados especiales en el Fuerte Knox de Estados Unidos, sus actos representan una clave para entender hoy la decadencia del régimen, la corrupción, el hostigamiento, la persecución de líderes sociales, maestros y estudiantes, y la impunidad.

Se ha documentado cómo los guerrerenses se aglutinaron en torno a la Asociación Cívica Guerrerense [ACG] a partir de 1959 para exigir, entre otras cosas, la desaparición de poderes del estado, y cómo resaltan la figura y el liderazgo del maestro normalista Genaro Vázquez Rojas, nacido en San Luis Acatlán el 15 de junio de 1930 [si bien algunos académicos establecen la fecha del 10 de junio de 1931].

Genaro hizo casi todos sus estudios en la Ciudad de México y egresó de la Escuela Nacional de Maestros, donde obtuvo su título de profesor de educación primaria, aunque históricamente se reproduce el discurso de que fue egresado de Ayotzinapa.

Vázquez Rojas confesaría la cercanía con su gente en una entrevista [1] que le hizo en 1971, en la sierra guerrerense, Armando Lenin Salgado —considerado por muchos el fotoperiodista mexicano vivo más importante del siglo XX—: «Durante mis estudios y luego en el ejercicio de mi profesión jamás perdí el contacto con mis paisanos. Siempre me exponían sus problemas y me designaron su representante ante el Departamento Agrario.

»Para dedicarme de lleno a la solución de los problemas agrarios abandoné mi plaza de maestro y me responsabilicé de las asociaciones campesinas de mi estado […] La ACG movilizó al pueblo contra el gobierno arbitrario del general Raúl Caballero Aburto, quien fue destituido; también protestó enérgicamente por los bajos precios que las compañías norteamericanas representadas por los caciques de la región pagaban por los productos campesinos […] El régimen, entonces, ordenó la represión implacable contra los dirigentes de la ACG; desconoció a los ayuntamientos populares de Atoyac y Coyuca de Benítez —cercanos a Acapulco— y numerosos ciudadanos se vieron obligados a salir del estado».

En los tres años siguientes [1960, 1961 y 1962], dentro de la legalidad la ACG opacaría a los rígidos políticos priistas. Ninguno encontraría la fórmula para frenar el protagonismo ni detener el crecimiento de la organización.

Dueño de una elocuencia envidiable y carismático, el presidente Adolfo López Mateos nunca entendió de qué se trataba el gran movimiento social en Guerrero. Recibió denuncias y acusaciones contra el gobernador Caballero, pero a la luz de los hechos fue claro que las tiró al cesto de la basura y guardó un silencio cómplice.

el Pozo Meléndez, el Pozo sin fin o la Trompa del diablo, un misterioso agujero vertical con entrada pero sin salida conocida, que se localiza a la vera de la carretera Taxco-Iguala, donde supuestamente aún se depositan cadáveres […]Hay quienes están convencidos de que en ese pozo fueron tirados algunos de los estudiantes que desaparecieron en Iguala.

Desde el día que se consumó su imposición en la gubernatura, Caballero Aburto sufrió un desgaste permanente. Sus abusos, el escandaloso enriquecimiento ilícito de sus familiares gracias a los dineros públicos y una violenta campaña de hostigamiento y represión que puso en marcha para acallar [2] a sus rivales y enemigos políticos tuvieron una consecuencia: unieron en su contra a los guerrerenses. A todos, incluidos los dueños del dinero y los caciques, quienes habían perdido la paciencia y la confianza.

A los estudiantes de educación superior, quienes habían empezado años atrás el movimiento para transformar el Colegio del Estado en una universidad autónoma, les infiltró al Pentatlón Universitario, una organización que hacía las funciones de grupo paramilitar y cuya intención era nulificar la influencia de los estudiantes organizados, rebeldes, a los ojos del gobernador. El doctor López Limón documentó que los integrantes del Pentatlón recibieron, «a diferencia de los demás estudiantes, becas que incluyeron alimentación, casa, vestido y libros».

Para el 30 de diciembre de 1960, cuando cumplía la mitad de su mandato, Guerrero estaba en plena ebullición política, social, agraria y estudiantil. Caballero tenía para todos los dirigentes y los movimientos el mismo acercamiento: la represión y las armas por delante. La muy socorrida política del tolete o del garrote. Para él, todos los movimientos y sus dirigentes eran comunistas agitadores que perturbaban el estado y formaban parte de una gran campaña desestabilizadora.

«Su gobierno se caracterizó por ser represivo y por cometer muchos asesinatos en busca de una supuesta seguridad y justicia para la entidad. A un mes de haber iniciado su mandato, Caballero puso en marcha una campaña de despistolización que sirvió de pretexto a su policía para los allanamientos de domicilios, atropellos y violaciones a las garantías individuales de los guerrerenses», escribió en diciembre de 2013 Víctor Cardona Galindo, cronista de Atoyac, en El Sur, el periódico de Guerrero.

El 7 de julio de 1952 se le identificó a Caballero, en su papel de comandante del Batallón Mecanizado del Ejército, como uno de los autores intelectuales y materiales de la «Matanza de la Alameda», en la Ciudad de México, cuando aquel Ejército puso en marcha un gran operativo para reprimir y aniquilar a partidarios del candidato presidencial opositor Miguel Henríquez Guzmán, el general que retó y confrontó al presidente Miguel Alemán Valdés en el proceso electoral de 1952, que culminó con la imposición del veracruzano Adolfo Ruiz Cortines.

Derrotado el general Henríquez Guzmán por la maquinaria electoral priista, Alemán también giró órdenes de disolver con el uso de la fuerza militar una multitud henriquizta que realizaría, al siguiente día de las elecciones, una manifestación en la Alameda Central de la Ciudad de México para denunciar el fraude electoral. El resultado fue uno: fuego, sangre y muerte.

El 16 de enero de 2009, Carlos Montemayor recordaría aquel episodio de la siguiente forma: «Al día siguiente todo fue confuso, como ocurre en México: que fueron 300 los muertos; no, que fueron 200. Los amigos que tenía en la milicia le informaron al general […] que habían sido poco más de 200 cadáveres los que llevaron al Campo Militar Nú­mero 1 a incinerar. La gente corría por la calle, hasta Guerrero, por San Juan de Letrán. Cuando el maestro Muñoz Cota empezó a escribir en Impacto, don Regino le publicó unas fotografías de esa matanza, increí­bles. Hay una señora que está con su niño pegada a una cortina de metal, porque los comercios bajaron sus cortinas, y el de la montada está así, con el fusil […] Fue bestial, mataron a muchos. Se decía que el avión del Presidente estaba listo porque él creyó que ahí se desataba algo más.Siempre tuvieron temor de que el general Henríquez Guzmán se alzara en armas. Pero nunca hubo armas».

Aunque tardaría cinco años en llegar, el general Caballero salió de esa matanza como gobernador «constitucional» de Guerrero —los comicios fueron un trámite burocrático controlado por la Secretaría de Gobernación—, con el apoyo a ciegas del presidente Ruiz Cortines. Y al llegar también demostraría su largo aprendizaje: gobernó el estado con mano de hierro desde el primer minuto de su administración.

Cortas le quedan a Caballero las palabras «brutal» y «despiadado» para definirlo y calificarlo. Con él cobró notoriedad el Pozo Meléndez, el Pozo sin fin o la Trompa del diablo, un misterioso agujero vertical con entrada pero sin salida conocida, que se localiza a la vera de la carretera Taxco-Iguala, donde supuestamente aún se depositan cadáveres o restos de los enemigos del régimen y los adversarios incómodos.

Caballero conocía muy bien esa grieta de unos seis metros de diámetro y algunas de las historias que se tejían sobre él desde antes de la Revolución. Se dice que alguna vez la empresa minera ubicada en los terrenos donde se encuentra el Pozo Meléndez intentó rellenarlo y sellarlo, pero se quedó en eso, un intento, y se mantuvo como un tiradero de cuerpos.

Aunque se cuenta que en 1954 un grupo de exploradores aficionados, entre los que se encontraban médicos militares, bajó y encontró que la profundidad total no superaba los 175 metros y que sólo había huesos de animales, nadie lo sabe con certeza.

Hay quienes están convencidos de que en ese pozo fueron tirados algunos de los estudiantes que desaparecieron en Iguala entre el 26 y el 27 de septiembre de 2014, pero de igual manera hay quienes creen que, como pasó en la Guerra Sucia, algunos fueron tirados al mar y otros «apuestan» a que los hornos crematorios del Ejército trabajaron horas extras la madrugada del día 27 de septiembre. Hay quienes sugieren que cuando se habla de la Boca del Diablo se hace referencia a una cueva legendaria que se encuentra cerca de Nuevo Balsas, a unos 30 kilómetros de Cocula, en cuyas cercanías se han realizado algunos peritajes, pero más porque es una zona propicia para los plantíos de mariguana y amapola.

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Portada del libro publicado por Grupo Planeta México.

Otras versiones sobre los desaparecidos poco han significado, como la llamada anónima que dijo a la PGR el 8 de octubre de 2014 que 13 de los normalistas estaban «en el Rancho de Montoya», colonia Tijeritas, Iguala, y que estaban involucrados dealers de la colonia Genaro Vázquez.

—Uno que vive mero en la parada de combis […]. Esa persona es un gordo que tiene una moto de esas de llanta gruesa. Otro vive en la colonia Tierra y Libertad, su nombre es Isabel Miranda Libertad, arribita de donde vive la señora que vende hilos, su nombre es Rosa Serrano Domínguez.

—¿Sabe a qué se dedica él? —preguntaba la agente del MP, Isela Galicia Castillo a la voz sin nombre [de una mujer] que el Operador 45 del Centro de Denuncia y Atención Ciudadana [Cedac] le transfirió a las 18:35 y que consta en el folio CEDAC-078897-2014-10-2, parte de una Constancia Ministerial integrada en el expediente de la PGR sobre los hechos de Iguala.

—Él vende cocaína con los de las combis —responde la voz.

—¿Esta persona tiene relación con lo que pasó con los estudiantes?

—Sí, también.

—¿Por qué tiene relación?

—Porque El Montoya tiene un lavado y ahí El Peque y uno que vive en la colonia Genaro Vázquez, el que lo agarraron apenas.

—[ininteligible].

[…]

—¿Cómo se llama?

—No lo sé, pero pertenece a la delincuencia organizada.

—¿Por qué motivo se llevaron a los estudiantes?

—No lo sé, pero ellos fueron los que estuvieron involucrados en eso, todo el mundo los vio.

[…]

—¿Dónde más se reúnen para vender su droga, aparte de la base detaxis?

—Sólo sé de ese lugar.

—¿Cómo venden la droga?

—Por bolsita, por gramo, las venden en las combis y con otro señor de Tierra y Libertad, su nombre es José Isabel Miranda, él es chaparrito, blanco, con el pelo cepilludo.

—Señora, el operador del Cedac me informó que usted tiene conocimiento del lugar en el que se encuentran los estudiantes…

—En la colonia Tijeritas, en el Rancho de Montoya, y ahí estaba al que agarraron de la colonia Genaro.

—¿Él es autoridad?

—Sí, mire, la persona que los cuida le dicen El Peque.

—¿Los estudiantes están vivos?

—Mire, hay una persona que acaba de llegar a mi lado y no se va, ya no puedo hablar, se me queda viendo y le hace señas a otro, yo creo que es mejor cortar, no puedo hablar, tengo miedo, luego le llamo.

Y colgó.

nadie investigó porque pronto se descubrió que Guerrero estaba convertido en un gran cementerio, lleno de fosas comunes y clandestinas.

El dueño del rancho, que después comprobaron se llamaba Los Naranjos, era El Tilo, Víctor Hugo Benítez Palacios, uno de los hermanos del grupo de Los Peques —también conocidos como Los Tilos o Los Pelones—, y lo usaba para guardar armas y enterrar cuerpos. También para que pastaran algunas cabezas de ganado, se enteró la policía más tarde, cuando catearon el lugar y no encontraron nada, o eso fue lo que dijeron.

También en el Estado de México es común escuchar que ubican vivos, pero esclavizados, a algunos de los 43, y que no pocos se encuentran en el sistema de cuevas de Pilcaya, al norte de Guerrero por las grutas de Cacahuamilpa, enrolados en la guerrilla, aunque otros digan que los vieron en Luvianos, en el caserío de Rancho Viejo, cerca de una mina llamada Cruz de Clavos, custodiados por una célula armada de La Familia Michoacana, que los llevó allí después de que se los entregaran los Guerreros Unidos por una «orden presidencial» y que nada más tenerlos los pasearon haciendo escarnio por aquellas calles ralas para luego volverlos a desaparecer.

En esa región abundan esos relatos. Que algunos de los estudiantes hayan sido vistos en la comunidad de El Manguito, Luvianos, y que sicarios los cambian de ubicación por una zona que ellos mismos llaman Tierra narca —un corredor que nace en la costa Grande de Guerrero, atraviesa Michoacán y enfila a Huetamo, por la sierra de Dolores, para florecer definitivo en el Triángulo de la Brecha, en el lado sur del Estado de México—, equivale a la leyenda del interminable fondo del Pozo Meléndez.

Lo único real es que la reciente notoriedad del Pozo Meléndez se consolidó en 1960, cuando el presidente municipal de Acapulco, José Joseph Piedra, denunció que ese lugar era usado para desaparecer y deshacerse de los enemigos personales y rivales políticos del gobernador Caballero Aburto; sin embargo, López Mateos —quien arrastraba su propia historia negra de represión— nunca escuchó las acusaciones. Y ya para entonces el pozo había aportado y dado voz a decenas de historias de desaparecidos políticos o de guerrerenses que no eran bien vistos por su gobernador y, ciertamente, de algunos criminales que asolaban en algunas zonas, como la de Atoyac.

«En Atoyac —escribió Cardona Galindo— tuvieron fama La Trozadura y El Charco Largo donde fueron ajusticiados muchos ciudadanos […]. Se recogieron docenas de cadáveres en el lugar que la gente bautizó como la Curva de Caballero a la entrada de esta ciudad y en el puente del lugar conocido como arroyo de El Japón […] A nivel estatal se mencionaban otros lugares siniestros y panteones clandestinos, como las inmediaciones del Plan de los Amates y de Copacabana en Acapulco, además del Pozo Meléndez; en este último lugar, se dice, la policía arrojó los cuerpos de muchas personas».

En la siguiente década, la de la Guerra Sucia, los presidentes Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez también desestimaron denuncias públicas en el sentido de que esa falla geológica circular —que se ubica en Puente Campuzano, pequeña localidad de unos 700 habitantes que viven en la pobreza extrema y que es conocida también como la mayor fosa clandestina de Guerrero— era usada para desaparecer a estudiantes rebeldes, líderes sociales insurgentes, campesinos acusados de atentar contra el gobierno y guerrilleros.

Después de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, el pozo cobró relevancia de nueva cuenta, lo mismo que su historia negra y sus leyendas. El general brigadier José Francisco Gallardo Rodríguez, que ha enfrentado y se ha confrontado con los altos mandos de las Fuerzas Armadas, advirtió en la segunda semana de julio de 2015: «Sospecho que ahí hayan sido tirados los jóvenes de Ayotzinapa. Ese pozo lo conocí en 1968. Ese es uno de los más hondos que existen y que ha sido utilizado para eso», por su profundidad. Cuando los cuerpos son arrojados, no es posible detectar el olor de la descomposición.

Sin embargo, la información se dejó de lado y nadie investigó porque pronto se descubrió que Guerrero estaba convertido en un gran cementerio, lleno de fosas comunes y clandestinas [3].

 


[1] Formaría parte del libro Genaro Vázquez, una vida de guerra.

[2] Desde principio de abril de 1960, el gobierno de Caballero giró órdenes de captura contra los líderes de ACG, a quienes acusaba de delitos como difamación, calumnia, injurias y asociación delictuosa contra el gobernador y otros funcionarios. En ese mes fueron detenidos e incomunicados los profesores Salvador Sámano y Genaro Vázquez Rojas, Alberto Guillermo López Limón. ¡Comandante Genaro Vázquez Rojas: Presente!

[3] Para julio de 2015, el grupo de voluntarios que realizaba operativos de búsqueda de los 43 normalistas habían descubierto al menos 60 fosas comunes clandestinas en los alrededores de Iguala, en los que se encontraban los restos de unas 129 personas. Y el sábado 8 de agosto de 2015 fue asesinado Miguel Ángel Jiménez Blanco, fundador de un grupo de autodefensa, activista que jugó un papel central en la búsqueda de los estudiantes y uno de los personajes relevantes más indignados por la ineficiencia y corrupción del gobierno en el tema de seguridad y la respuesta al caso Ayotzinapa.



Francisco Cruz
Francisco Cruz
México, 1956. Es un sólido periodista formado en algunos de los medios de comunicación más importantes de México; colaboró en el periódico Reforma como gerente de información política de Infosel; en El Universal fue director de contenidos del portal de Internet; en Diario Monitor fue coordinador general de información, y hasta octubre de 2007, editor general del periódico El Centro. En 1997 recibió la Presea Estado de México José María Cos en periodismo. Es autor de El Cártel de Juárez [Temas de hoy, 2008], Tierra narca [Temas de hoy, 2010], Las concesiones del poder [Temas de hoy, 2011], AMLO. Mitos, mentiras y secretos [Temas de hoy, 2012], Los Golden Boys [Temas de hoy, 2012], Los amos de la mafia sindical [Temas de hoy, 2013] y coautor de Negocios de familia. Biografía no autorizada de Enrique Peña Nieto y el Grupo Atlacomulco [Temas de hoy, 2009].




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