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Si es necesario, guarda silencio por alguien que será siempre tu fiel amigo

15 Feb, 2018 Etiquetas: , ,

Con esta carta, Gonzalo Trinidad recuerda al escritor Eusebio Ruvalcaba. Un hombre que le enseñó también a ver la amistad en su sentido más profundo.

TEXTO: GONZALO TRINIDAD

Maestro, aquí es donde nos encontramos, una vez más, en el papel. Hubiera sido preferible en torno a una botella de ron, en la cantina El Borrego, Córdoba, donde me hallo precisamente frente a una de Potrero —del que tantas veces conversamos—, el legendario elixir de caña que tomó su nombre del ingenio azucarero donde mi abuelo trabajó. Estoy seguro de haberle contado la historia.

En fin, aquí estoy, en vísperas de la mudanza de mi hermano. Aprovecho el tiempo a solas para reflexionar, sobre todo por las noches, y por alguna extraña razón antes del amanecer, el cual parece sacado de un libro de William Faulkner. Las palmeras se mecen como si bailaran una música secreta con el viento del Golfo, y sólo se escucha el parloteo de los pájaros, ocultos entre los árboles de gruesas hojas. Un gallo, en algún lugar, se desgañita. Sólo de vez en cuando el tren rompe la monotonía tropical. Si pudiera ver el Citlaltépetl —cómo emerge de la noche más negra, entre la niebla, como un antiguo dios totonaco— estoy seguro de que sentiría la impronta de un trago. Lo mismo siento yo, por eso me atrevo a imaginarlo.

No estoy solo, espiritualmente solo, y quizá eso resulte un consuelo más para mi madre que para nosotros. Malcolm Lowry, a quien usted admira tanto y acostumbra releer, se encuentra conmigo. La mordida, su novela inconclusa, ha sido parte de mi alimento espiritual las últimas semanas, y me acompaña ahora mismo, mientras escribo estas líneas. Usted sabe, maestro, quizá mejor que nadie, lo que significa encontrar en otro hombre, tan diferente a uno mismo, ciertas preocupaciones que coinciden con las nuestras. Cada línea de la novela parece haber sido escrita para que mi alma la digiera, incluso las simples anotaciones.

Es curioso cómo nuestro pueblo, tan cruel y católico, aunque alejado hasta cierto punto de la caridad cristiana, también ha experimentado la ebriedad en todas sus posibles modalidades; desde la embriaguez de la poesía, del espíritu, de la libertad en sus momentos más lúcidos, hasta la más abyecta y devastadora embriaguez de los pueblos indígenas, embrutecidos con el aguardiente español. Tal vez este rasgo atrajo con tanta fuerza a Lowry porque se reconoció a sí mismo.

Pues yo, sin temor a equivocarme, reconozco en usted un rasgo que comparte con Lowry, la devoción a la amistad. Viene a mi mente la figura de Juan Fernando Márquez, a quien Malcolm Lowry le escribió una de las cartas más honestas y entrañables que he leído —así quisiera que fuera esta carta, maestro, pero ya ve que las ideas se me vienen encima—, la cual finaliza con una promesa de redención. Promesa que no pudo cumplir, pues su amigo fue asesinado justo como el Cónsul fue asesinado en la novela a la cual Lowry le debe su fama. Redención, qué palabra tan poderosa.

Tengo mucho que contarle, atendiendo al consejo que me dio cuando viajé al Soconusco hace cinco años, travesía que misteriosamente estuvo ungida por la luz de Malcolm Lowry. Esta clase de coincidencias le hubieran encantado a nuestro querido escritor inglés, quien tenía espíritu de místico y la claridad de un artista del renacimiento. Esa misma claridad, estoy casi seguro, que descubrió en el cielo mexicano, en el paisaje brutal de la sierra, que a pesar de esa violencia natural es hogar de hombres corteses y genuinos, como Juan Fernando Márquez.

Tan genuino como usted lo fue conmigo, y con muchos otros, a quienes tengo la suerte de llamar amigos. Cultivar la amistad suena a lugar común, y yo sé lo mucho que detestaba los lugares comunes; sin embargo, usted cultivó la amistad hasta convertirla en parte vital de su existencia, como los filósofos de antaño. Sus amigos más entrañables quizá fueran el señor de las tortillas y uno o dos meseros. No lo sé. Pero me alegra contarme entre aquellos a quienes ha llamado amigos alguna vez.

La amistad entre Márquez y Lowry ha sido objeto de estudio de algunos eruditos, pero es imposible, y casi insoportable, recrearla sólo con palabras y citas. Lo sé porque ahora que le escribo, maestro, las palabras parecen muy poco, casi nada, en comparación con la experiencia y la memoria. Si la amistad es la ciencia de los hombres libres, los afortunados que nos hacemos llamar sus amigos, hemos entrevisto la libertad. Y todo gracias a su paciencia de artesano, me queda claro, pues la amistad se conquista con el tiempo. No es un aspecto vulgar de la existencia, como lo sería, por ejemplo, tener la piel blanca y lo ojos verdes.

Usted cultivó la amistad hasta convertirla en parte vital de su existencia, como los filósofos de antaño. Sus amigos más entrañables quizá fueran el señor de las tortillas y uno o dos meseros. No lo sé. Pero me alegra contarme entre aquellos a quienes ha llamado amigos alguna vez.

Con tiempo y con afectos, desde luego, como aquel que usted sentía por la música, un verdadero ardor, por usar la frase de Vladimir Nabokov. Usted se dedicó a sembrar en sus amigos esa pasión, sin la cual no hubiera sobrevivido más de un minuto. Quizá por eso es tan entrañable su presencia, incluso ahora que es imposible vernos; basta escuchar a Johannes Brahms para que usted esté presente, ambos se sientan a la mesa: frente a nosotros los iniciados en el misterio musical. Usted, que se atrevió a fundar un cónclave místico al que nombró Amigos casi sólo de Brahms, cómo no habría de creer en la amistad incluso entre los seres más abyectos. Amistad, redención, resurrección, son emociones que el ser humano debería experimentar por lo menos una vez en la vida.

Para alguien como yo, acostumbrado a largos periodos de aislamiento, sin frecuentar a los amigos, se trata de una revelación, una suerte de misticismo, el reconocimiento de la redención a la que uno puede aspirar a través de la amistad. Quizá todo este tiempo, cinco largos años, trató de explicármelo. Todo aquello que atenta contra la amistad es una lepra [celos, envidia, vanidad] que debe ser desterrada, para que ésta pueda ser honesta debe estar bañada por la claridad, el cariño y la belleza —especialmente de la música. Disculpe si mis ideas son apenas un intento por comprender uno de los dones más valiosos del ser humano.

Un verdadero amigo —como usted o Juan Fernando Márquez— es un hallazgo tan raro como encontrar una botella de Potrero, a sabiendas de que dicho ron hace treinta años no se produce. No me dejará mentir, pero no hay nada más raro que un hombre libre, incluso de sus pasiones. En este sentido estamos lejos de entender la amistad, pero hemos hecho nuestro mejor esfuerzo, y hemos sido libres en una carcajada, un abrazo, o una frase afortunada. Incluso hemos sido felices a pesar de nuestras pasiones.

Maestro, no quiero alargar demasiado esta carta. He tratado de tener presentes sus consejos, y sobre todo de vivir a la altura de nuestra amistad, por la que brindo ahora mismo. No tengo nada más qué decir que el silencio no pueda expresar mejor. Me despido, como lo hizo Lowry hace 78 años de su querido Juan Fernando Márquez:

    si es necesario, reza por alguien que será siempre tu fiel amigo

Gonzalo

11 de febrero de 2018

 

Imagen de portada: Inspire 03 by Sandra Stalt. Flickr- [CC BY-NC-ND 2.0]


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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