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Nezayork: exparaíso terrenal

06 Abr, 2015 Etiquetas: ,
Experiencias vitales: Nezahualcóyotl, el terruño que se convirtió en un hogar.
TEXTO: EMILIANO PÉREZ CRUZ

 Ignoro cuántos libros existen acerca de Ciudad Nezahualcóyotl como fenómeno urbano, pero creo que nunca serán suficientes para explicarnos a los nezahualcoyenses nuestro paso por el reino de este mundo. Sin embargo, me quedo por la letra del bolero escrita por Ernesto Duarte (y resuena en mi coco la singular interpretación de Benny Moré) para plasmar mi querencia con esta ciudad-municipio que ya cumple sus primeros 50 años de existencia con fe de bautizo, más no de edad:

Cómo fue,

No sé decirte como fue,

No sé explicar lo que pasó

Pero de ti me enamoré.

Quizá porque sin haber nacido en el salitral, desde que nuestros padres se avecindaron por estos lares lo gocé como el paraíso terrenal de un beibi Adán creciendo entre mujeres entronas, luchonas, queriendo para sus retoños un sitio menos peor para vivir y exigiendo los servicios cuya carencia hizo más ruda la pobreza; lo gocé, en compañía de mis hermanos, como buenos salvajes requemados por el sol, vagando por el llano entero, nadando en el Acapulquito o Chapopotito: charco aledaño a la extinta laguna ubicada en el espacio que ahora ocupa la Alameda Oriente defeña; trasponiendo la cerca del Aeropuerto Internacional Benito Juárez para asolearnos la panza sobre las pistas de aterrizaje; volando papalotes, cazando mariposas, mirando llover o tras de las vidrieras esperando a que el terregal amainara y pudiéramos ejercer nuestro oficio  de aguadores y surtir nuestros pedidos …

Mujeres entronas, luchonas…  Recuerdo que fueron ellas las primeras que allá por los sesenta tomaron el Zócalo para manifestarse por regularización de la tenencia de la tierra; ellas eran las que se partían el lomo acarreando agua, lavando ajeno, yendo por la leña cuando aún no había expendio de petróleo cerca —todavía se usaban estufas que consumían ese combustible—, mucho menos gas, y eran las eternas acarreadas a los mítines políticos con la promesa de que les gestionarían el agua, la luz, la electricidad, el drenaje, y resultaron muchas veces engañadas.

Sin embargo, aquí estamos por ellas y sobre una ciudad que fue lago, llano, salitral, caserío miserable, la ciudad dormitorio más grande del orbe, muestra viviente de que la pobreza siempre será excelente negocio excepto para quienes menos tienen…

Recuerdo a mi padre, chofer en una empresa ferretera, en su camionsote de 12 toneladas circulando p’arriba y p’abajo por la ciudad, y retornar a casa con los pies quemados por tantas horas bajo el motor pedaleando el freno, el acelerador, el clutch.

Lo recuerdo los sábados: a las 2 de la tarde salía del trabajo; mi madre nos llevaba hasta el Anillo de Circunvalación, por el mercado de La Merced; daba gusto ir con toda la familia a comprar el mandado para luego llevarnos a caminar por el Zócalo y en la temporada navideña ver el alumbrado de Paseo de la Reforma, el Santa Claus gigante en la Alameda, los adornos de los escaparates. Si bien nos iba, nos tocaba un algodón de azúcar, cacahuates tostados o castañas asadas por la indígena que se ponía en la esquina de San Juan de Letrán y Juárez. Con todo, regresábamos cansados pero felices a nuestra guarida del Coyote Hambriento.

Muy patriota mi padre, don Serafín Pérez Morales, el 16 de septiembre nos llevaba a ver el desfile de las fuerzas armadas al DF. Esa era la diversión. Mi padre fue un eterno descontento por su vida en la ciudad; se vino de Michoacán a los 18 años, después de una vida como agricultor, huérfano desde los tres años de edad, maltratado por su padre y su madrastra y luego inmigrante a un sitio que siempre le provocó el malestar del desarraigo, por el tráfico, los mordelones, la corrupción, la mala paga:

“¿Por qué cabrestos no puedo regresarme a mi rancho? Allá que mi padre me preste unas tierritas para sembrar y comprar animalitos y estar más sanos que entre el tizne del esmog”.

Nunca desistió, y lo cabuleábamos diciéndole que era un campesino que se vino a arar en el asfalto. Medio se aplacaba al advertir que si regresaba a Michoacán tendría que meterse de mariguanero; pero allá lo llevamos a descansar en paz en octubre de 2012, casi para cumplir 82 años edad, muchos de ellos en Nezayork.

Lo contrario fue con mi madre: propuso, empujó, supo de la existencia de lotes a la venta en lo que sería el municipio 120 del Estado de México, visitó a mi abuelo Pablo Cruz, quien ya vivía en las Colonias del ex Vaso de Texcoco desde finales de los años cuarenta, y convenció al Hombre, mi padre, para que aquí fijaran su hogar. Nunca accedió a las propuestas de mi padre para que se fueran a Contepec, Michoacán:

—Para qué, si aquí podemos hacernos de un patrimonio.

Eso recuerdo; que por ella, Teresa Cruz Galindo, mi madre, somos de acá, de este lado.

Recuerdo que en la familia primero fuimos tres hombres; después nació una niña —Margarita— que murió antes de cumplir el año de edad, y luego vino la racha de otras tres mujeres, mis hermanas. En total fuimos siete. Mi madre era del estado de Hidalgo, por el rumbo de Huichapan; era otomí y se vino del rancho a los 13 años a trabajar con su mamá, la abuelita Yayis, que era sirvienta de una familia que vivió en Polanco, Homero 542 casi esquina con Arquímedes. En esa casa conocimos los sánwiches de jamón, nos sabían a jabón, porque nunca antes lo habíamos probado; la leche envasada nos sabía a cera, preferíamos la leche bronca aunque nos ocasionara diarrea.

Aunque los hermanos mayores éramos todos hombres, mi mamá necesitaba alguien que le ayudara y nos enseñó a lavar, a planchar, a guisar, a servir la mesa. Esos fueron días venturosos. Después vimos cómo fue creciendo Ciudad Nezahualcóyotl y los recién llegados se instalaban por calles: la calle de los michoacanos, de los queretanos, de los “oaxacos” (dícese que hay cerca de chorroitantos mil oaxaqueños y que Heladio Ramírez, cuando andaba tras la gubernatura de Oaxaca, abrió en Neza su campaña; el segundo lugar fue en Los Angeles, Ca.,  y ya de ahí se fue a su estado).

Recuerdo que Nezayork acabó de poblarse gracias al “paracaidismo”, inducido por el gobierno de Hank González. Se empezó a dotar a Neza de servicios de agua y drenaje, se pavimentaron las principales avenidas… ¿Y quién iba a pagar todo eso?

Entonces se fomentó el paracaidismo. Existía un grupo que organizaba huestes de paracaidistas, que se mochaban con el líder y luego tenían que afrontar al dueño para pagarle el terreno o negociarlo a plazos. Y se pobló el territorio, pero en el origen todo mundo llegó, compró donde era derecha la venta. Mi papá compró a 8 mil pesos de antaño y creo que se tardó 15 años en pagar el terreno con un abono semanal y finalmente no se vio en broncas de regularización ni nada por el estilo: le escrituraron de volada. Pero de mucha gente sí se abusó y sólo cuando la organización vecinal agarró fuerza lograron escriturarse terrenos que tenían varios dueños.

Recuerdo después las grandes broncas que se vivían en las colas que se formaban en las tomas públicas del agua potable: las señoras se desgreñaban para lograr algo del líquido y proceder a sus quehaceres, a guisar la comida, bañarse aunque fuese de “ovalito”. Ante la escasez se agarraban de las trenzas, enseñaban hasta lo que no y que luego se gritaban: “pinche india”. “Pues india lo será usted”. Pero la carencia también obliga a la comunión, a la solidaridad, la autoayuda; vivimos en una comunidad que fue sumamente agradable y rica en intercambio de tradiciones, de eso que ahora llaman lo policultural o pluricultural, o peor: Pa-tri-mo-nio In-tan-gi-ble de la Humanidá. Neza era realmente un conglomerado humano en constante soba, chamba, autoconstrucción. Todo lo común se organizaba por “coperachas”: tequio, jornales, faenas… Por ejemplo, para construir la escuela. El sábado se armaba el bailongo en el lugar donde iba a estar el plantel, se hacía una coperacha o se establecía un precio a la entrada; al que bailaba le ponían su listoncito, su clavel y se caía con su lana y todo mundo tenía que bailar. Además estaba el consumo de las tostaditas, los sopes, los atoles, los tamales. Y con lo que se juntaba, al otro día o a la semana siguiente se compraba material y los siguientes sábado y domingo eran de soba: a construir la escuelita, a la iglesia, al changarrito para la Conasupo.

Recuerdo que era muy, muy grato el ambiente, sobre todo de convivencia y de trabajo para el bien común. Mi gran gusto ha sido ver la gran diversidad, la gran convivencia, la gran posibilidad de soportarse unos con otros o de realmente tratarse con gusto entre la gente que llegó a poblar este rincón de la periferia y que ya exporta gente, no sé si para bien o para mal: unos nos vamos para Texcoco, otros para Chalco, otros para Chimalhuacán, Ixtapaluca, al oriente, siempre al oriente.

De repente, por dondequiera uno se encuentra nezahualcoyenses con la camiseta puesta. Lo que antes era un estigma: “¿Y por donde vives?”. “Pues por ahí por el Metro Zaragoza, ahí por Pantitlán”, se volvió orgullo:

—Soy de Neza, de Nezayork, Nezahualodo, de Nezahualpolvo…

Y bueno, todo esto es lo que te va marcando…

Recuerdo esas sobremesas en la noche, con los papás contando cada quien su historia, de los familiares que venían y que igual traían sus historias de espantos, de sus modos de vida, que si la siembra, que si los acaparadores, los coyotes.

Recuerdo a mi madre con su familia otomí, sobre todo mujeres —siempre las mujeres alrededor de uno— hablando, hablando, hablando. Construyendo, trabajando, laborando, chingándole para vivir lo menos peor posible.

De eso me acuerdo. Eso recuerdo. Pero aquí le paramos porque es hora de prepararse pa’ la chamba, ponerse los audífonos y lanzarse a la cotidiana aventura al Detritus Defecal, escuchando al Panteón Rococó:

Por la mañana yo me levanto,

no me dan ganas de ir a trabajar;

subo a la combi, voy observando

que toda la gente comienza a pasar.

 

Por la avenida va circulando

el alma obrera de mi ciudad:

gente que siempre está trabajando

y su descanso lo ocupa pa’ soñar.

Foto: Nezahualcóyotl by Filiberto Morales. Flickr-CC BY-NC-SA 2.0.


Emiliano Pérez Cruz
Emiliano Pérez Cruz
Escritor y periodista. En 1979 fue nombrado por el Edomex cronista honorífico de Ciudad Nezahualcóyotl. Su más reciente libro de relatos: Ya somos muchos en este zoológico, Fondo Editorial Estado de México, 2013. En Twitter: @perecru



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