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Ningún lugar sagrado

22 Sep, 2016 Etiquetas: , ,

Rodrigo Rey Rosa plasma en su literatura una realidad que conocemos todos los latinoamericanos: la cruel. De su técnica y estilo para retratar esa brutalidad se ocupa Enrique I. Castillo en este ensayo que, al mismo tiempo, nos ayuda a poner en perspectiva la obra de este escritor guatemalteco, porque —como también sabemos— el horror de la realidad siempre nos rebasará.

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO / ILUSTRACIONES: ISRAEL CAMPOS CALEON

Apenas abre uno los ojos y el mundo empieza a vomitar las más recientes noticias sobre la parte violenta de la humanidad [parte tan inherente a ella como ser cariñosa, afable o misericordiosa]. A menos de que quiera hacerlo con los ojos cerrados, o hablar de otros mundos o de otras vidas, quien escriba de la actualidad [llámese escritor, periodista, etc.] no puede sustraerse de los hechos violentos que han sido el signo de estos días.

Dudo que Rodrigo Rey Rosa [Guatemala, 1958] tuviera el afán de acercarse a la novela negra. Más bien, al escribir desde una sociedad guatemalteca, todavía afectada por la violencia y demás secuelas del régimen dictatorial, era muy difícil que se sustrajera de hacer textos en los que esa violencia permeara en las líneas y en los personajes. Hasta hace un par de años era complicado encontrar sus libros en México. De no ser por los pocos que estaban publicados en Alfaguara y Anagrama, para leer sus primeros trabajos fue necesario traer varios libros después de un viaje que hice a Guatemala.

El trabajo de Rodrigo Rey Rosa tuvo gran difusión a partir de que Roberto Bolaño se expresó en los mejores términos de él y de sus textos en su libro Entre paréntesis [2004], aunque pareciera que eso mismo se convirtió en una maldición: en no pocas ocasiones ha ocurrido que, durante entrevistas a Rey Rosa, se pasa de sus libros a los dichos de Bolaño, como si estos definieran la valía de los textos. Habría que cortar esa manía de intentar definir a uno a partir de lo que dijo el otro [en este texto no debería aparecer Bolaño…]. Por lo demás, sus formas de aproximarse a la literatura no se parecen. No los une más que la amistad que recién comenzaba, y que quedó interrumpida por la muerte de Bolaño, y los autores que tal vez ambos tenían como predilectos. Una vez que logré quitar esa losa que era la figura bolañesca, me encontré con un escritor que, sin duda, como lector agradezco.

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Rey Rosa emigró en 1980 a Nueva York para alejarse de los secuestros, robos y asesinatos que eran cosa cotidiana en Guatemala [algo nada difícil de imaginar para un mexicano hoy día]. En 1981 recibió la noticia de que su madre había sido secuestrada, por lo que tuvo que volver a su país. Él fue la persona encargada de entregar el dinero del rescate. El día fijado, los secuestradores, con el afán de no ser capturados, le hicieron seguir una ruta que lo llevó a dar vueltas por toda la ciudad, cambiar de coches y de ropa. Este suceso, que al tener tintes tan absurdos podría resultar irrisorio, lo retoma Rey Rosa en varios de sus textos. Tanto en la novela El cojo bueno [1996] como en Los sordos [2012] aparecen escenas de secuestros similares a las que vivió su familia.

Cuando terminó la carta, Carlomagno le arrojó el cordel de pescar con el ganchito, para subirla. Un poco más tarde bajó el canasto con la cena, que Juan Luis comió con avidez.

La comida estaba adulterada –el amargo de la droga quedó en su paladar– y con el último bocado comenzó a sentir un sueño demasiado repentino para ser natural, un sueño que la causaba vértigo. Cerró los ojos con la angustiosa certeza de que al despertar le faltaría un miembro. [El cojo Bueno].

Otro episodio importante le ocurrió también en su estadía en Nueva York. Se inscribió a un taller de creación literaria porque sus actividades incluían un viaje a Tánger, en Marruecos, para unas sesiones con el escritor Paul Bowles. Desde el primer encuentro descubrieron que les unía la admiración mutua por Borges, lo que dio pie a que sus charlas continuaran más allá de las sesiones del taller. Cuando Bowles supo que Rey Rosa era guatemalteco le pidió que escribiera sus textos en español, que él podía leer sin problema. Fuera de eso, en sus pláticas nunca abordaron los cuentos de Rodrigo, por lo que éste pensó que no le habían agradado al autor de El cielo protector.

En lugar de continuar en el taller, Bowles instó a Rodrigo a que recorriera otros lugares porque, le dijo, lo que pudiera hablarse en las sesiones no le serviría para escribir. No sin algo de decepción, Rey Rosa hizo ese viaje. A su regreso, y cuando estaba por volver a Nueva York, Bowles le pidió permiso para traducir algunos de sus textos al inglés y ayudó a que se publicaran. Rodrigo pasó otras temporadas en Tánger y la amistad entre ambos se afianzó a tal grado que el escritor estadounidense le heredó su biblioteca al morir. Rey Rosa se sintió sobrepasado ante este regalo. No tenía un lugar adecuado ni recursos para mantener los libros. Él cuenta que la biblioteca ahora está en París, en un estudio de Miquel Barceló. Sobre este episodio escribe en La cola del dragón [2014].

De sus novelas, La orilla africana [1999] es la única que se sitúa en aquellos lares, aunque en El cojo bueno el protagonista también hace un viaje a Marruecos. La influencia de Bowles sobre Rodrigo sirvió para que la escritura del guatemalteco quedara libre de florituras y adoptara un estilo contundente. Sus cuentos están marcados por la economía del lenguaje, y son textos, por lo general, con un final abierto, que más que dar pie a una resolución del conflicto, deja la impresión de que lo verdaderamente ominoso está por venir. Rey Rosa usa un lenguaje parco [como lo es él mismo al momento de hablar] que nos toma desprevenidos, a través de palabras certeras nos envuelve en escenas violentas, que si bien resultan historias que podrían encontrar lugar en la nota roja, están lejos de ser así de explícitas:

En el fondo del cieno y guijas de la laguna descansaba el cuerpo de un hombre, los ojos abiertos, como si mirase el sol líquido de un cielo inferior. Un pequeño pez negro y amarillo nadaba al lado de la pierna; otro hurtaba mordiscos a la oreja. Hacía tiempo que yacía ahí, abajo, y su forma quieta era ya parte del paisaje de agua. El semblante parecía estar en paz, pero una curva de asco se borraba y volvía a dibujársele en los labios… No quedaba color en las pupilas, que sólo habían visto oscuridad. El vientre se puso enorme y una noche, del fondo negro, subió el cuerpo lentamente… [El agua quieta, 1989].

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Esta búsqueda estilística de Rodrigo Rey Rosa quedó más esmerilada en cuentos como «El Chef», «Poco-loco», «La niña que no tuve» y el texto que da título al libro Ningún lugar sagrado [1998], ambientados en la ciudad de Nueva York.

Por otra parte, la inquietud llevó al guatemalteco a escribir historias de mayor aliento. Su primera incursión en esta senda fue el cuento largo/novela corta Cárcel de árboles [1991]. La historia trata sobre un lugar en medio de la selva en el que se experimenta con los prisioneros: el objetivo es volverlos sujetos sin conciencia ni memoria ni lenguaje, programados para hacer lo que se les mande sin cuestionar y sin recordar al final del día lo que hicieron horas antes. Rey Rosa expone también cómo estos individuos, después de que han sufrido los experimentos, encuentran la forma de comunicarse por medio de la escritura, algo que les resulta tan extraño como familiar; como si el acto de escribir estuviera ya inserto en el código genético humano, algo difícil de erradicar. El momento en que las palabras toman forma sobre el papel, el entendimiento de esas palabras y la generación misma del pensamiento es algo que por cotidiano ha dejado de asombrarnos pero que convendría no olvidar del todo:

Primero encontré el cuaderno, hacia el final del atardecer más allá del cual no guardo recuerdos… Lo recogí, lo abrí, lo cerré y volví a abrirlo. Hice pasar las páginas no una por una sino rápidamente, usando el pulgar. Me gustó el rumor que produjeron, y su extraño olor, que llegó a mis narices con una corriente de aire. Hundí la cara entre dos hojas, respiré.

Un mediodía encontré la caja de lápices… No sé cuántas noches pasé sentado ante el grueso tronco de mi árbol, mientras los demás dormían… Los lápices, dentro de su caja, no entraron en juego hasta anoche, cuando abrí la caja y los lápices cayeron… La punta del lápiz, creo, fue la que fue buscando el papel.

No ha habido un proceso, una progresión en el tiempo. En el instante en que mi mano comenzó a formar palabras yo comencé a comprender.

Este camino emprendido por Rey Rosa lo ha llevado a publicar varias novelas más: las ya mencionadas, Los sordos, La orilla africana, El cojo bueno, además de Que me maten si… [1996], Piedras encantadas [2001], Caballeriza [2006] estas últimas cuatro se publicaron posteriormente en un solo tomo llamado Imitación de Guatemala de la editorial [Alfaguara 2013], El salvador de buques [1993], El material humano [2009], Severina [2011]. Por otra parte, están sus libros de cuentos: El cuchillo del mendigo [1985], Lo que soñó Sebastián [1994], Otro Zoo [2005] y Siempre juntos y otros cuentos [2008]. Ya es posible encontrar estos volúmenes también reunidos en un solo tomo titulado 1986 Cuentos completos [Alfaguara 2014].

Lo cierto es que, todo hay que decirlo, en las novelas de Rey Rosa se pierde algo de la fuerza narrativa con la que me topé al leer sus cuentos. Al ser textos más extensos, y por el mismo requerimiento que conlleva el contar una historia más larga, se diluye la mencionada concreción del lenguaje y la incertidumbre/expectativa que generan los finales de sus narraciones más cortas. Sin dejar de ser historias bien contadas, Caballeriza, Los Sordos y Severina son sus novelas, me parece, menos logradas.

El recurrir a la ficción para recrear la realidad, y así intentar mostrar su crueldad, siempre quedará rebasado por el propio horror de esa realidad. Por lo general, exponer la realidad tal cual es, es mucho más devastador. Sobre esta línea, Rey Rosa también se ha acercado al lado documental y a los textos periodísticos.

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Por un lado, escribió la novela El material humano a partir del acceso que tuvo a antiguos archivos policiales de Guatemala que dan cuenta de los motivos por los que la policía fichaba a las personas como delincuentes políticos. Entre las causas para ser considerado de este tipo de delincuente estaba incluso el ser un boleador de zapatos que no tuviera permiso para ejercer ese oficio. Rey Rosa transcribe esos documentos y así nos muestra la irracionalidad y el terror como forma de control que usaba el gobierno [que no es ni será exclusivo de Guatemala].

Por otro lado, el terror al que fue sometido el pueblo guatemalteco [y las secuelas de vivir entre tanta violencia], sobre todo la población indígena, queda evidenciado aún más en las crónicas incluidas en el libro La cola del dragón. Los textos van desde el juicio por genocidio entablado contra el exgeneral Efraín Ríos Mont, las diversas matanzas de indígenas cometidas por el ejército, la creación de los grupos Kaibiles [que después estarían ligados a los narcotraficantes mexicanos], la resolución de un caso, que bien podría ser una novela negra en sí mismo, del asesinato de un prestigioso abogado, o el sacrificio al estilo maya de un profesor de una correccional a manos de los internos, hasta la contaminación de ríos por empresas mineras que buscan la extracción de oro, aunque eso signifique despojar a los habitantes de sus tierras o matarlos al contaminar sus aguas.

Anduve de vuelta al hotel. Comí, sin apetito, junto a la estatua de Rilke, calculando las horas que faltaban para verme de regreso en Tánger, y pensando en eso de que por cada hombre que ha sido enterrado vivo hay cien que están aún sobre la tierra y que están muertos. [La cola del dragón].

En este libro no hay concesiones. Quien se acerque a él encontrará la realidad sin velos. Rodrigo Rey Rosa expone la forma en que cientos de indígenas, mujeres, ancianos, niños y recién nacidos eran masacrados por las fuerzas del gobierno. Quien se acerque a este libro será golpeado sin piedad por esa realidad expuesta. Una realidad, por lo demás, que no es ajena para nosotros los latinoamericanos, quienes pareciéramos ir por la vida con los ojos abiertos pero sin querer darnos cuenta de las atrocidades que se cometen a diario afuera de nuestra ventana. Adentrarse en la narrativa de Rodrigo Rey Rosa es asomarse a la realidad que le tocó presenciar, y, por añadidura, volver la mirada hacia nuestra propia realidad.

 

Técnica de las imágenes: Dibujo en grafito, tinta y digital.


Enrique I. Castillo
Enrique I. Castillo
Ocioso que ha publicado cuentos en las revistas Los Bastardos de la Uva y Molino de letras, y en el periódico El Financiero. Además de un texto en el libro Los 43.




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