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#NiUnoMás

29 May, 2017 Etiquetas: , ,

A raíz de los recientes ataques contra periodistas y de los numerosos casos de violencia contra la prensa en México, Mauricio Torres aborda las discusiones que se han desatado especialmente durante las últimas dos semanas, todas con una pregunta en común: ¿y ahora qué sigue?

TEXTO: MAURICIO TORRES / FOTO: LIZBETH HERNÁNDEZ

Me parece que, para escribir sobre lo que hoy quiero escribir el contexto de riesgo para ejercer el periodismo en México, particularmente en algunas regiones del país, lo más honesto es comenzar este texto reconociendo cuando menos tres circunstancias que enmarcan mi labor como periodista.

Primero, tengo poco más de 10 años en esta profesión, lo que creo me da cierto conocimiento acerca de qué puede implicar, pero para nada me hace sentir experimentado, ni menos aún pensar que tengo todas las respuestas.

En segundo lugar, la mayor parte de mi carrera he cubierto información política, y si bien he hecho trabajos sobre inseguridad y corrupción, han sido textos con un enfoque estadístico o legislativo, no investigaciones de campo sobre casos concretos. Por lo tanto, no he sufrido los peligros que conlleva indagar en las actividades del crimen organizado, ni las amenazas o represalias de alguien involucrado en un hecho corrupto.

Tercero, vivo y trabajo en la Ciudad de México, un sitio donde los periodistas enfrentamos no pocas circunstancias adversas, aunque no padecemos el mismo nivel de desamparo que otros colegas de estados como Veracruz, Tamaulipas, Chihuahua o Sinaloa.

Dicho esto, bien sé que mis opiniones son limitadas y serán susceptibles de críticas todas ellas bienvenidas, pero en este momento me siento obligado a no quedarme callado, sino a intentar aportar mi punto de vista al debate que tenemos enfrente: qué hacemos quienes conformamos este gremio para protegernos y poder seguir haciendo nuestro trabajo.

La discusión ha cobrado fuerza nuevamente tras el asesinato de Javier Valdez Cárdenas el pasado 15 de mayo, y creo que no sólo porque él era quien era —un periodista reconocido, fundador de Ríodoce, un medio emblemático del noroeste del país—, sino porque el crimen fue una evidencia más de la indefensión que vivimos quienes nos dedicamos a informar, en especial en determinadas regiones.

Y por si a alguien le quedaran dudas sobre la situación, dos ejemplos más: la muerte de Jonathan Rodríguez Córdova, reportero del semanario jalisciense El Costeño, quien falleció luego del ataque de hombres armados contra su madre, Sonia Córdova, subdirectora de la misma publicación, y el secuestro de Salvador Adame, dueño de un canal de televisión local en Michoacán.

A raíz de estos hechos y de los numerosos casos de violencia contra la prensa de los que existe registro desde el año 2000, estoy seguro de que durante las últimas dos semanas muchos nos habremos enfrascado o cuando menos habremos escuchado o leído distintos debates con una pregunta en común: ¿y ahora qué?

Y si bien es inevitable sentir desilusión frente al contexto que vivimos, a mí me da esperanza ver que, de entrada, parecemos estar de acuerdo en que lo peor sería dejar las cosas como están.

No me engaño: ese aparente consenso es apenas un primer paso, uno muy pequeño. Como gremio, nos toca ahora poner los puntos sobre las íes y definir qué vamos a hacer, y esto no será rápido ni sencillo.

En mi caso, por poner un ejemplo, he visto dos posturas extremas en un aspecto central: una que pugna por mantener el diálogo con las autoridades para exigir garantías de seguridad y otra que plantea no sentarse a la mesa bajo el argumento de que los contactos previos no han rendido frutos.

Dentro de este punto en particular, yo soy partidario de que se mantenga el diálogo con los representantes del Estado, no porque crea que nos conviene tener un trato cordial con ellos, sino porque considero que de esa forma podemos demandarles de frente que cumplan con su trabajo.

Y si no tenemos confianza en los funcionarios del gobierno federal o de los gobiernos locales —sea por su ineficacia o por sus posibles vínculos con potenciales agresores—, pensemos en alternativas.

Una de ellas sería recurrir a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) para que, como organismo autónomo, funja como mediador entre el gremio y las autoridades responsables de la seguridad, y otra sería recurrir a organismos internacionales que puedan actuar como un auditor externo a las políticas del Estado mexicano para defender el ejercicio periodístico.

El punto anterior —hablar o no hablar con la autoridad— representa sólo una arista del problema. Hay muchas más y cada una implica un desafío enorme en cuanto a diagnósticos, propuestas de solución y construcción de consensos. En ese sentido, pienso que no debemos ignorar iniciativas como la de agendaperiodistas.mx, que buscan ordenar la discusión y ayudar a que transformemos nuestra indignación en acciones.

Insisto: sé que no nos tomará poco tiempo encontrar el camino para garantizar que podamos ejercer el periodismo en condiciones de seguridad. Pero por cada día que nos tardemos, por cada vez que permitamos que nos venzan la desidia o los egos, nuestras omisiones fomentarán las condiciones para que más colegas se conviertan en víctimas de la violencia.

Hagamos que eso cambie. Hagamos realidad el hashtag #NiUnoMás.



Mauricio Torres
Mauricio Torres
Soy periodista y medio workaholic. Nací en la capital en 1984. Estudié en la UNAM. Empecé mi carrera en diciembre de 2006. He colaborado con las revistas Terra Magazine Latinoamérica y Día Siete, y trabajado de base para El Universal, el periódico capitalino Máspormás y Grupo Expansión, donde me encuentro actualmente. Los temas en los que tengo más experiencia son Poder Legislativo, partidos políticos y órganos electorales, y trato de aprender más sobre transparencia, derechos humanos y ciudad. Mi cuenta de Twitter @mau_torres




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