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No dejes de mirarme

04 Jul, 2014 Etiquetas: ,

Escenas de una sensualidad natural.

TEXTO: XOCHIKETZALLI ROSAS

Me prohibí cerrar los ojos en cuanto la vi desnuda, húmeda, admirándose y tocándose. La expresión de todo su cuerpo me lo exigió:

No dejes de mirarme.

Yo tenía 15 años; ella, no más de 30. Estábamos en una regadera pública de un balneario, de esos en los que el área del vestidor y la ducha no tienen separación ni puertas. Todas podían verla. Yo no quería quitarme el traje de baño, aunque estaba rodeada de mujeres (niñas, jóvenes, adultas y ancianas) no quería que me vieran completamente desnuda; en cambio ella parecía que estaba sola.

Entró moviendo las caderas al ritmo que le dictaba la música de su reproductor, el cual dejó junto a su maleta en un locker, después se encaminó con cadencia, caminando en línea recta, como si cada uno de sus pasos pisaran la huella de su predecesor; al llegar colocó la toalla en el perchero que estaba a un costado de su regadera, abrió el agua caliente, dejó escapar el líquido que se perdía entre el vapor, equilibró la temperatura abriendo despacio el agua fría y sin más se quitó el diminuto calzoncillo negro que apenas le cubría, siguió con el sostén: deshizo el nudo en su espalda que sujetaba los dos triángulos de tela roja que le envolvían los senos.

No dejes de mirarme.

En cuanto estuvo completamente en cueros quise arroparla; que nadie más la viera. Me ruboricé. Imaginé la pena que estaba sintiendo por su descuido.

Estaba equivocada.

Aquella mujer ni sonrojada estaba. En ningún momento intentó cubrirse ni una sola parte de su cuerpo, a sabiendas de que todas las demás podíamos verla. Mientras se templaba el agua, tarareó la canción que movía sus piernas y torso con cadencia: Hasta los aires…siénteme…

Con un movimiento apenas visible se colocó bajo la cascada que en cuestión de segundos fue tocando todo su cuerpo. Cerró los ojos mientras enjuagaba su melena roja; acarició sus hombros y sus brazos erizados por el choque con el agua, envolvió sus pechos con sus manos, los sobó y deslizó sus largos dedos sobre su vientre plano. Con sus uñas largas y rojas jugueteó con su vello púbico, y sonrió cuando abrió ligeramente las piernas y el manantial de agua tibia le tocó el inicio de su profundidad.

Estaba asombrada por aquella mujer, no sé si alguien más la observó o si me miraban al verla, dejó de importarme, permanecí desde mi regadera sin quitarle la vista de encima. Me pareció hermosa: tenía las piernas más largas que había visto y que se unían en una cadera ligeramente ancha y con los dos glúteos perfectamente circulares.

Aquella mujer no se apresuró en su aseo ni dejó de bailar y tararear. Talló su cabello con un shampoo con aroma a cítricos, de inmediato inundó la habitación con su fragancia. Despacio recorrió el jabón sobre su cuerpo: mango, con olor a mango; inició con cada uno de los dedos de los pies, subió por las pantorrillas, masajeó las nalgas y su entrepierna, el torso, los senos en círculos hasta dar un pellizco al pezón caoba, el cuello, las mejillas. Sólo las gotas regordetas se le deslizaron presurosas para dejarla completamente limpia; parecía que estallaban con cuidado para apenas acariciarla.

Permaneció unos minutos más recibiendo el agua tibia, tocándose y sonriendo.

A mí el calor me explotaba bajo el traje de baño. Quise ser como ella. Tener la soltura con la que se dedicaba a ella misma. Gustosa. Sin pudor. Con esa sensualidad tan natural.

La toalla se le pegó a la piel en cuanto abandonó su cascada. Caminó sobre las huellas que dejó al llegar. La seguí. Se colocó frente al espejo, se observó por unos instantes con la toalla a sus pies. Se secó con pausas y untó crema en todas las partes de su cuerpo: sobó sus nalgas, jugueteó con sus senos, y sonrió al rozar el pliegue entre su pelvis y sus piernas.

De pronto, me descubrió. Quise mirar a otro lado, moverme; era demasiado tarde. El bochorno se esfumó en cuanto vi que me sonrió mientras su ojo derecho me guiñaba, para de prisa dejar de importarle que la mirara y continuar con su arreglo.

Nada la detenía.

Y yo me sentí con la autorización para cercarla con mi vista.

El hilo dental de la tanga roja separó perfectamente sus nalgas; mientras que el diminuto short de mezclilla se le ajustó al trasero en varios movimientos. Sus senos se negaron al sujetador y, felices, los pezones saltados se asomaron debajo de la blusa strapless también roja.

Alborotó sus cabellos largos y carmesíes. Su rostro sin una gota de maquillaje, apenas un brillo labial que olía a uva.

Se marchó moviéndose al ritmo de su música.

Imagen de portada: Detención by Mauricio Delgado-Flickr-(CC BY-SA 2.0).


Xochiketzalli Rosas
Xochiketzalli Rosas

Coordinadora editorial de Kaja Negra. ¿Que si escribo? No, imagino que lo hago. En Twitter: @xochketz Correo: ketzalli@kajanegra.com





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