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No me cruzaré de brazos

24 May, 2017 Etiquetas: ,

Para Mona el abandono del Agus, más que una tristeza fue un impulso; ese que la motivó a sacar adelante a sus hijos, a poner en el portón de la vecindad su cocina económica, aprovechar su buen sazón, siempre apoyada de su mano derecha: su hijo Millo.

TEXTO: EMILIANO PÉREZ CRUZ

Desde muy temprano Ramona, Mona, se despereza y se mete a la cocina. Calienta agua con una resistencia eléctrica, mete una tina y a jicarazo limpio su cuerpo ilumina. «Sí. Una se ensucia, pero no vale ser cochina: agüita, zacate y jabón te quitan hasta las escamas; tallas bien, ansina: más en codos, rodillas y talones, o se te cuartean los muy cabrones. Y duelen, y las lagartijas –si te descuidas–, ahí anidan», le dice a Millo, el segundo de sus hijos, su mano derecha.

Alrededor, los demás duermen. Unos en el suelo, donde los mayores tendieron un viejo hule espuma y cobijas; dos pequeños en el destartalado sofá que por las tardes se disputan para ver la tele, y las niñas: en la cama, con ella. A las seis de la mañana los despertará para que se acicalen y vayan a la escuela.

Sólo Millo la acompaña, le tiene apego. Se acomide y le lleva el agua. La cubeta plástica con el zacate, el jabón y la piedra de río con que talla sus talones. Le avisa cuando el agua de la cubeta está bien caliente; le lleva otra con el agua fría, para mediar. Mientras se restriega el cuerpo con el espumoso zacate, Mona le plática cómo se bañaba en la represa cercana al rancho. Tortugas y salamandras merodeaban; uno que otro mirón, también. Vacas y ovejas bajaban a beber agua. Tras el baño se echaba las enaguas encima. Escarmenaba su enorme cabellera con una escobeta de raíces y se iba a pastorear su hato de borregas, a jugar en la loma con otras escuinclas, pastoras como ella.

–¿Y por qué tiene esas manchas blancas en la panza, amá? –le gana la curiosidad a Millo.

–Déjese de estarme juzgoneando y páseme la toalla que dejé sobre la silla –finge enojo ella y dale de la tina. Su enorme vientre cae sobre su pubis de gorda maciza–. Una vez me agarró una granizada en el campo. Fui empapada a la casa de Tía Rosenda. Taba echando memelas sobre el comal. Me senté y platicamos y platicamos, hasta que me sequé. Cuando llegué con mi abuela, porque con ella viví de niña, la piel de la cintura se fue con el vestido, y así quede: pinta, como vaca pinta.

La enorme humanidad de Mona sacude, seca su cabello, lo escarmena y trenza ya enfundada en un florido ropón. Despierta a tus hermanos, le pide a Millo, que se laven y vistan para la escuela. Millo está en el turno vespertino. Es la mano de derecha de ella, la mamá, la Jefa, la doña de la cocina económica del barrio.

Tres mujeres y tres hombres son su razón de ser. «En balde que una se bañe, si a esta hora empieza la pestilencia del Gran Canal. Están bombeando toda la mierda de la ciudad. Y llega hasta mi tierra, la usan para el riego», refunfuña, hace caras y gestos por el aroma que esparcen las plantas de bombeo cercanas al metro Pantitlán. «Yo creo que los aromas son partículas, y pesan, y se quedan pegadas a los poros, al paladar. Que asco».

Saca la licuadora, leche y con plátanos y avena aderezada con canela en polvo elabora el licuado y sirve ocho vasos.

–Arrima los bolillos, jamón, queso blanco y chiles en vinagre…

–Ya están aquí –responde Millo.

La casa toda esta en acción. ¿Bolearon sus zapatos? ¿Echaron los cuadernos de la tarea a las mochilas? No quiero malas calificaciones. ¡Tanta chinga para que me vengan con la tarugada de que reprobaron!

De los perros, ni sus luces: el que no ayuda, que no estorbe, regla de oro en casa de Mona, la que se dio a la desidia cuando el Agus dejó de escribir y enviar dólares desde el otro lado, hasta que el sentido de responsabilidad dijo a Mona: ni madres, o te mueves o te oxidas; nadie verá por ti, menos por tus chamacos. Los kilos se habían acumulado. No obstante, ante la insistencia de Millo, sacó juventud de su pasado.

Para eso debió meter en cintura a los chamacos, ya se mandaban solos. Echó a la basura muchas de las fotos de Agus. Una noche, mientras revisaba tareas, habló fuerte y claro: «Su padre ya tiene otra vieja. Creo que nunca volverá, y no me cruzaré de brazos a esperarlo. Ya lloré lo suficiente, y no lo merece. Desde el lunes venderé comida a la entrada de la vecindad, y que diosito nos ayude. Ustedes nomás cumplan sus obligaciones; de lo demás yo me encargo».

Abrazada por sus chamacos y chamacas, no pudo contenerse y lloró por última vez al Agus. Les pidió que juntaran toda la herramienta del ya declarado difunto. La vendió al plomero del mercado. Con amarga picardía pensó: «Cuando necesite que me destapen el drenaje, mejor busco un carpintero y le pago, pero no me caso con él».

Con el dinero obtenido compró una mesa abatible. Rescató de la alacena la arrocera, la cacerola sopera y una vaporera donde cocería los frijoles. El domingo se fue con Millo al mercado y le insistió en buscar calidad y el mejor precio de verduras, hortalizas y abarrotes. «Que no te vean la cara y cuando te mande me traes lo mejor para la comida. Maestros y oficinistas quieren comer bien y pagar poco. Pero ya que me los eche a la bolsa con mi rico sazón, nos irá bien; ya verás, m’hijito».

Las cosas no fueron como esperaba, y de la fondita que pensaba establecer, dio el giro hacia la cocina económica. Primero contadas raciones, para no exponerse a la pérdida: «No se trata de que nos comamos todo lo que sobra: nos vamos a la quiebra antes de alzar vuelo».

En pocas semanas acreditó su mercancía, y hasta comenzó a recibir encargos especiales para el fin de semana: «Anímese y usté me hace lo necesario para una reunión familiar; quiero darles tacos de guisado, agua de frutas; ¿cervezas? El que quiera que mande a comprarlas; me prepara nopalitos compuestos, chicharrón en salsa verde, pechugas de pollo deshebradas en mole; picadillo de res, costillitas de cerdo en salsa morita, huevos revueltos en pasilla y puntas de filete a la mexicana, ¿cómo la ve?».

No se hizo del rogar. Entre semana sacaba la mesa y sobre ella despachaba, por litro, sopa, frijoles, y por ración un guisado diferente cada día. De rechupete. Tenía el toque mágico, el sazón, el don del sabor.

–Aunque eso sí, la chinga nadie me la quita. Todos me ayudan a sacarle las basuritas y piedras a los frijoles, a quitarle los negritos al arroz. Pelar chícharos, picar papas y zanahorias, y entre todos lavamos trastes. Qué estén relucientes las ollas al otro día.

De Agus ni quien se acuerde. Aunque en el barrio circula la especie que volvió, que lo han visto mugroso, con la ropa en mal estado y las chanclas deshechas. Que de repente merodea por la vecindad, pero al ver a Mona atendiendo su mesa, despachando comida, se encoge y se marcha.

–Ni me lo mencione, que para mí ese desconsiderado no existe. Yo, como dije: si alguna cosquilla siento, busco quién me la rasque; nos vamos al cine, cenamos y cada chango a su mecate. Así de gorda como me ve, nunca falta el roto pa’l descosido, aunque prefiero pasearme con mis hijos y mis muchachas: han salido buenas para los números y las letras. Millo es mi mano derecha y no necesito vejigas que a las primeras se desinflan. Escarmenté y no vuelvo a meter las cuatro patas. Trabajando soy feliz. Y con mi sazón hago felices a muchos. Me doy por bien servida. Pero dígame, qué le voy a servir, porque se viene la hora de la comida y ya sabe: el hambre es canija…

Imagen de portada: Feliz 2011 by Teresa Martínez. Flickr-[CC BY-NC 2.0].


Emiliano Pérez Cruz
Emiliano Pérez Cruz
Escritor y periodista. En 1979 fue nombrado por el Edomex cronista honorífico de Ciudad Nezahualcóyotl. Su más reciente libro de relatos: Ya somos muchos en este zoológico, Fondo Editorial Estado de México, 2013. En Twitter: @perecru




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