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Nochixtlán: las horas de la desgracia

06 Jul, 2016 Etiquetas: , ,

La normalidad del municipio Asunción de Nochixtlán, Oaxaca, cedió paso a la violencia luego de que las policías —federal y estatal— realizaron un operativo para desalojar a manifestantes de la CNTE que mantenían, junto a otras organizaciones, un bloqueo en protesta por la detención de sus líderes. ¿Qué pasó aquellas horas del 19 de junio? Las investigaciones están en curso. Mientras, siguen acumulándose registros periodísticos sobre lo sucedido. Aquél domingo, Juan Mayorga estaba por casualidad en las inmediaciones de Nochixtlán. Aunque él es reportero, escribe este relato como un simple testigo arraigado en el lugar de los hechos. Esto es lo que vio.

TEXTO: JUAN MAYORGA / FOTOS: ANDALUSIA KNOLL Y JUAN MAYORGA 

Una bestia temperamental

Llego a Nochixtlán a las cuatro de la tarde, casi ocho horas después del enfrentamiento. Mientras entro a la ciudad veo de reojo una base de la Policía Federal, pero mi atención se centra en las dos endebles rayitas de batería que le quedan a mi celular. Con ellas espero tomar fotos, videos y enviar algunos tuits.

Apenas cruzo el arco de «Bienvenido a Nochixtlán» vislumbro una marabunta humana a lo lejos, bajando una loma. Más de doscientas personas, la mayoría con paliacates rojos sobre el rostro, marchan al son de guerra sobre la carretera mientras cantan el himno nacional. Al centro de la columna, un hombre ondea una gran bandera de México.

La escena luce épica, casi como la propaganda idealizada del día de la independencia. De no ser por el aire vandálico de las barretas de fierro, los bates de béisbol y los manojos de cohetones dispuestos a manera de armas, sería una estampa de civismo puro. Una de esas ilustraciones de los libros de Historia.

He viajado desde que tengo memoria a Nochis, como se le llama con familiaridad a esta localidad mixteca de más de 10 mil habitantes, pero nunca había visto aquí algo tan intimidante como este hormiguero de forajidos reivindicando una victoria que, me enteraría más tarde, costó sangre. Al finalizar este texto se cuentan nueve víctimas del fallido intento de desalojo de la Policía Federal contra simpatizantes del sindicato disidente de maestros, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación [CNTE], que bloqueaban el camino a Oaxaca en protesta por la detención de dos de sus líderes.

Pese a la fascinación del encuentro con los manifestantes siento el impulso de huir. En mi lógica, las masas de este tipo no son condescendientes con los desconocidos. Pero no huyo porque me asumo delante de una bestia temperamental: si huyera, seguro me perseguiría, alcanzaría y devoraría en un frenesí detonado por mi propio miedo. Luego entendí que subestimar a esta bestia fue el mayor error del operativo policial.

Decido aparcar a un costado, frente a un negocio de cortina cerrada cuyo dueño huyó mucho antes. Camino directo hacia los líderes de la marcha con mi tableta en mano, colgada inofensiva a la altura de mi cadera para evitar que se sientan intimidados.

—No tomes fotos porque te la van a quitar y te la van a romper, hermanito —me dice un joven mixteco [la piel cobriza de la región le fulgura aún entre el paliacate] en cuanto llego a una distancia audible.

A cuadrarse. Uno no le apunta su arma a un gorila de 200 kilos cuando apenas te está tomando la medida.

—Está bien, sin fotos. No hay bronca —respondo sin un ápice de insistencia.—Pero quiero hablar con alguien que me explique qué está pasando. Me dijeron que hubo un enfrentamiento con los federales en la autopista.

—No, eso ya estuvo. Ya los desmadramos a todos. Ya no hay nada.

Debo repetir tres veces que no haré fotos y que busco una entrevista para obtener solo una magra respuesta:

—Ahorita vamos a la base de la Policía Federal. Acompáñanos pa’ que los compas vean que estás con nosotros y luego alguien hablará contigo.

Agradezco la invitación y regreso al auto a guardar mi tableta. Al salir del pueblo, un par de horas más tarde, la base policial que había visto de reojo al entrar yace también «desmadrada», con las puertas forzadas y las ventanas rotas. Un puñado de los encapuchados montan guardia mientras termina de arder la única patrulla del lugar.

Para internarme en Nochis camino dos o tres kilómetros en dirección contraria a la turba. A pesar de la invitación que me hicieron a la toma de la estación, me urge llegar al lugar del enfrentamiento que tenía murmurando a la gente de la región desde la mañana.

La última plaza de la Mixteca

Este domingo 19 de junio, Nochixtlán es una antítesis de sí mismo. Los domingos, normalmente, los habitantes de una constelación de poblados aledaños descienden al tianguis instalado en el centro del pueblo. Ahí compran, venden, intercambian y conviven. Pero para entender la importancia de este tianguis hay que hablar de la geopolítica del lugar. Nochixtlán es un nodo que aglutina distintas localidades y etnias; es la última gran plaza de la Mixteca antes de llegar a los valles centrales. Por ende, es la puerta occidental de Oaxaca capital y punto de contacto obligado en la ruta a Puebla y la Ciudad de México. Es también el sitio donde intersectan la carretera federal y la supercarretera de cuota, además de varios otros caminos que han servido al comercio desde los siglos en que los arrieros transportaban las mercancías en mulas.

Las ollas de barro de Nochixtlán ocupan vitrinas en el Museo Nacional de Antropología, mientras que la complejidad de las interacciones humanas en el lugar han sido objeto de no pocos estudios históricos y sociológicos. Como recuerdo de su importancia comercial, el nombre náhuatl de Nochixtlán significa «Lugar de cochinilla». Durante la época colonial, el poblado vivió de la producción de este insecto a partir del cual se produce la grana-cochinilla, un colorante rojo que fue muy apreciado en los mercados europeos.

Pero este domingo en particular, las cortinas de fierro de los comercios yacen corridas hasta el suelo y los tendederos de lona en la plaza se mecen vacíos con el paso del aire. Solo algunos temerarios despachan por la puerta entreabierta o las rejillas de servicio. Hay que seducir con discreción a la clientela dispersa para tratar de salvar la jornada.

Mientras, fuera de la estación de camionetas que hacen los trayectos hasta otras localidades de la zona, un puñado de gente espera sentada sobre sus maletas. No saben que esperan en vano y que tendrán que encontrar otra ruta pronto antes de que los bloqueos empeoren.

—Acabo de llegar, me tomó todo el día. Tuve que bajarme en Yanhuitlán, tomar un taxi y luego caminar desde el libramiento —explica por teléfono una joven a algún familiar angustiado por su inesperado retraso. La tortuosidad de su trayecto parece más pesada que la enorme bolsa de plástico que carga sobre su cabeza.

En el estacionamiento de una farmacia, un grupo de taxistas explican con distintas palabras las mismas razones para «darles en la madre» a los invasores vestidos de antimotines que por la mañana descarrilaron la rutina dominical. Que si dispararon a mansalva, que si cerraron arteramente el hospital, que si se llevaron gente.

—Como sea, pues sí, hay que darles en la madre —concluye uno.

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Manifestante muestra munición que, dice, encontró cerca del taller mecánico situado al lado de las barricadas, desde donde policía se colocó para disparar contra quienes protestaban el 19 de junio. Foto: Andalusia Knoll.

Humo y víctimas

Cuando finalmente llego al palacio municipal de Nochixtlán, encuentro solo la desolación de las cenizas. Una lengua de humo todavía lame el costado del edificio, pero las llamas ya han devorado lo flamable y valioso, incluyendo los archivos educativos y al menos un fragmento del Registro Civil.

Pensar que las históricas actas de nacimiento de mis tátara tátaras ardieron en un choque magisterial me enluta y hace rabiar. Espero que esta maldita violencia sea para algún bien. Una patrulla quemada, dos patrullas quemadas, una moto quemada. Las cenizas no mienten: el foco de aquel ardor social se concentró en la autoridad local y la reforma educativa. Aunque no veo encapuchados alrededor, no tengo difícil imaginar quién ha sido el perpetrador.

Nochixtlan 19 junio Foto Juan Mayorga

Aspecto del Palacio Municipal de Nochixtlán el 19 de junio. Foto: Juan Mayorga.

Horas antes, en mi pueblo, dos mujeres me describieron que políticos locales escondieron en sus propiedades a agentes federales que llegaron vestidos de civiles, de manera que más tarde pudieron agruparse para enfrentar a los simpatizantes de la CNTE. Pienso en ello cuando veo las distintas oficinas del ayuntamiento con los vidrios rotos.

Mientras subo los cien metros que llevan del ayuntamiento a la iglesia, el bullicio aumenta. El escenario postapocalíptico y semivacío de la sede municipal da lugar a uno que parece de desastre natural. Al atrio arriban decenas y decenas de personas a buscar información de sus seres queridos. ¿Quién está herido? ¿Cuántos muertos van? ¿Dónde estarán mis hijos?

—Disculpe, ¿puedo hacerle unas fotos a los víveres y medicamentos recolectados? Son para un sitio de noticias de la Ciudad de México.

Mejor no hubiera preguntado. Como si alguien pudiera decirme que sí entre tantos ánimos crispados. Es solo que no me quiero exponer a que me crean un espía y termine medio linchado como los dos agentes federales capturados horas antes. Saco con torpeza mi credencial de elector para mostrársela al médico que conoce el parte de heridos y muertos.

—Estoy de vacaciones y no traje la credencial de prensa —le digo.

—Pasa con el cura para que te dé la información. Él es el que ha estado recibiendo a los heridos y hablando con las familias de los muertos —me indica un médico, sin convencerse de mis intenciones.

Pero la mula nunca fue arisca. No imagino qué tan grave será la infiltración policial, el reventamiento de movimientos sociales y el paramilitarismo, si la población es reacia incluso para hablar de un evento en el que ha sido víctima flagrante.

Persigo al cura rodeado por una multitud y no lo alcanzo. Me ganan siempre hombres y mujeres angustiados por el destino de sus familiares desaparecidos y por el proceso funerario de quienes cayeron por las balas. No tengo el valor para decirle a esas personas que mi entrevista es más importante que preguntar por sus seres queridos. Todos ellos debían estar en ese momento celebrando el día del padre, no contando bajas en sus familias. Pies de vuelta al camino.

En un muro de la iglesia, un par de cartulinas con colores chillones exhiben los nombres de los niños extraviados durante la trifulca que ya fueron encontrados. Las trenzas lacias de docenas de madres se arremolinan ante las listas para dar con los infantes buscados.

Luto irresuelto

El luto en los rostros de los familiares de víctimas de homicidios violentos siempre es distinto al de las personas que despiden a fallecidos de causas naturales. Al menos así parece en el exterior de la funeraria donde los nochixtecos reunieron a sus caídos. Las caras son de un luto irresuelto, confundido. Los que sobreviven a la tragedia no pueden llorar las pérdidas porque aún tienen trámites que resolver: deben esperar la necropsia de ley, determinar qué y quién les causó esa gran pena, además de asimilar los hechos para tomar un posicionamiento respecto a un conflicto sociopolítico. Otros deben confirmar si son sus familiares los cadáveres con expresiones descompuestas que yacen envueltos en sábanas dentro de las modestas instalaciones funerarias.

De pronto emerge un hombre agobiado de un pasillo flanqueado por féretros en exhibición. Jadeante, reúne a las familias de las víctimas y les explica la situación: Ha hablado con un subprocurador del estado, quien le asegura que los médicos legistas vienen retrasados desde Huajuapan porque no pueden cruzar los bloqueos carreteros. Un funcionario no identificado propone confirmar una comisión integrada por familiares de las víctimas para facilitar el acceso de los galenos, quienes deberán precisar, entre otras cosas, qué y cómo mató a los jóvenes.

Con el paso de los días se sabrá que los muertos son en su mayoría civiles, muchos de los cuales acudieron a ayudar heridos después de la primera arremetida de la Policía Federal. Algunos, como detalla en su acuciosa reconstrucción Animal Político, fueron baleados mientras se protegían pecho tierra. También se dará a conocer que 18 de las 23 personas detenidas el 19 de junio acudían, en  ese momento, a un entierro en un cementerio contiguo a la zona del choque.

Los funerales de las primeras víctimas, entre ellos un muchacho de 18 años, se convertirán en un símbolo de repudio al abuso de fuerza de la Policía Federal. Recibirán una amplia cobertura periodística.

Por ahora, los periodistas en el lugar se cuentan con los dedos de la mano. La mayoría son fotógrafos de agencias y algún stringer o corresponsal de la región. Son pocos, pero efectivos. Sus fotos a esta hora ya circulan en redes sociales, exhibiendo a agentes federales disparando armas de alto poder. Esto desmentirá en breve la primera versión oficial en la que el gobierno federal sostiene que sus agentes iban desarmados.

Aunque han pasado casi ocho horas del enfrentamiento, los medios de comunicación y las redes sociales solo hablan de tres víctimas. En la funeraria ya tienen confirmadas ocho, pero la información circula por varios cuellos de botella. El México fuera de Nochixtlán no termina de dimensionar la severidad de una mañana que pasará a la historia junto a nombres como Tlatelolco, Acteal, Atenco o Ayotzinapa.

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Funeral de Jesús Cadena, una de las personas que murió el 19 de junio durante el operativo en Nochixtlán. Foto: Andalusia Knoll.

«Se puso feo»

La primera noticia del choque en Nochixtlán la recibí, sorprendentemente, casi a las ocho de la mañana, cuando fui a comprar leche en un poblado a unos 10 kilómetros.

—Entraron los policías federales y dicen que hay muchos heridos. Se puso feo —me dice la tendera con toda la mortificación que su acento mixteco era capaz de expresar.

Recordé que dos días atrás habían aterrizado en Oaxaca tres aviones de la Policía Federal repletos de agentes. Sin embargo, algo en mí desestimó la versión de la mujer como una exageración. Desayuné pan de pueblo con atole de avena.

Mi abuelo, mi vínculo más profundo con Oaxaca y sus problemas, permaneció inmutable tras contarle la noticia. «Qué poca madre», fue lo único que se le escapó y siguió sopeando su pan en atole. Tras un silencio, sin importar lo gratuita que pareciera la comparación, nos recordó cómo los zapatistas resistían en la región las incursiones de las tropas de Carranza durante la Revolución Mexicana. Cómo arrasaban con el ganado, detenían y golpeaban a hombres, y abusaban de las mujeres. Mi bisabuela, dijo, era una de las muchachas que permanecían inmóviles sobre los tejados de las casas hasta que los federales se retiraban.

—Pinche gobierno, siempre ha sido así —sentenció.

Una torre de humo negro se vislumbraba en el horizonte esa mañana. Hasta un analfabeta de la campiña como yo podía intuir que no se trataba de alguien quemando el bagazo de las cosechas, ni una barbacoa de horno salida de control. La extrañeza por ese humo solo crecía ante una carretera federal desierta. Las pocas personas que quedaban en ella miraban hacia Nochixtlán y murmuraban entre sí.

Entro a una vulcanizadora para inflar una llanta y la propietaria del negocio apenas acepta atenderme.

—Es que el que atiende es mi marido, pero ahora se fue a ayudar a los heridos —asegura la mujer sin retirar su atención de lo que sucede en el crucero.

Mientras espero que cargue la compresora de aire, la mujer del talachero me amplía la versión con el mismo aire de chisme que la mujer que me vendió la leche:

—Es que los federales cerraron el hospital y están atendiendo a los heridos en el atrio de la iglesia. Dicen que necesitan alcohol, gasas y medicinas. ¡No, sí se puso refeo! —remata.

Campanadas de auxilio

En San Bartolo Soyaltepec, hogar de una virgen serrana querida muy venerada en la región, batallo para encontrar al sacristán o a algún encargado. Venimos ex profeso a dejarle flores y veladoras a la virgen, pero la iglesia está cerrada. La única persona que hallo es una anciana. Ella me cuenta que hubo una junta con funcionarios municipales y algunas personas del pueblo, y que al término salieron todos a Nochixtlán. Finalmente nos abre la iglesia y cumplimos la manda que nos lleva a ese rincón montañoso del estado.

Pasamos colinas de tepetate rosa, nebros enredados y una infinidad de órganos, sahuaros y biznagas. De vuelta en la carretera federal, los murmullos de la gente se han convertido en tensión. Ya vienen los bloqueos, aseguran. De frente al portentoso convento dominico de Yanhuitlán, una señora nos despacha barbacoa con masa para el almuerzo. Tiene prisa por terminar. Apura a sus hijas a recoger el puesto mientras me cobra.

Las campanas del convento comienzan a redoblar.

—Oiga, esa es la campanada de auxilio. ¡Es la de auxilio! —alerta uno de los comensales. La barbarcoyera acelera la huida en cuanto termina de entregarme mi consomé de carnero.

Yo también acelero rumbo a la desviación a Yucuita, que se halla en la misma ruta a Nochis. Me preocupa que sea realidad lo de los bloqueos. A pocos kilómetros nos rebasa una camioneta pick up en la que viajan jóvenes, varios de ellos encapuchados levantando los puños. Pasa otra camioneta igual detrás. El camino se convierte de pronto en una versión mixteca de Mad Max, con hombres conduciendo a toda velocidad y dispuestos a la violencia.

Cinco kilómetros antes de la desviación, un camión de carga ya bloquea el paso, pero deja el acotamiento libre para que los autos familiares puedan cruzar. Antes de pedir permiso y exponerme a que me lo nieguen, acelero hacia a la cuneta y logro filtrar el tsuru viejo de mi abuelo entre el improvisado retén. El tipo que controla el bloqueo, un simpatizante de la CNTE según su apariencia, me ignora para dirigirse a la camioneta de pasajeros detrás de mí, que no puede pasar por el estrecho espacio que deja el bloqueo.

—No se puede carnalito —escucho al manifestante explicar al chofer de la camioneta.

Los tripulantes de ese transporte público tendrán que apearse y cargar sus bolsas varios kilómetros antes de encontrar a uno de los escasos taxis que aun llegan a Nochixtlán. Otros, los más, harán a pie los casi siete kilómetros restantes.

Media hora más tarde me estoy preparando un taco de barbacoa junto a mi abuelo, tratando de ignorar por un momento las campanadas de auxilio que también invaden el aire en nuestro pueblo. De súbito, una voz desde los altoparlantes del ayuntamiento añade palabras a la petición de auxilio:

«Se le solicita a toda la comunidad su cooperación para atender a la gente herida en Nochixtlán, luego de la entrada de la Policía Federal esta mañana. Se solicitan gasas, alcohol, antibióticos y medicinas en general. También se necesitan botellas de agua y comida preparada.»

Viveres Parroquia Nochixtlán 19 junio Foto Juan Mayorga

Recolección de víveres para apoyar a heridos de Nochixtlán. Foto: Juan Mayorga.

Emergencia tras un terremoto

Cuando llego a la sede municipal, una veintena de voluntarios contabiliza y apila los bienes recibidos. Coordina las tareas una maestra del pueblo [la misma que tomó el micrófono para pedir ayuda, me entero después] y un exmaestro cesado durante la implementación de la controversial reforma educativa. Otros tres simpatizantes del magisterio esperan en una camioneta a unos metros, dando tiempo a que se acumule la mayor cantidad de insumos antes de regresar a Nochixtlán.

Permanezco en la zona de acopio escuchando las distintas versiones de lo ocurrido. Para mi sorpresa, no hay una condena enérgica al abuso policial o a la reforma educativa. No escucho ni una alusión a los asuntos de fondo que suscitaron el choque. Los simpatizantes del magisterio que solicitan la ayuda mantienen despolitizada su convocatoria, mientras la gente se vuelca con una naturalidad humanitaria que recuerda más a la emergencia tras un terremoto o un huracán.

Sé bien que hay detractores del movimiento magisterial en este pueblo, gente que detesta los bloqueos y «las maneras en que se las gastan los maestros». Pero supongo que todos ellos se quedaron en sus casas, porque tampoco escucho críticas al bloqueo carretero en Nochixtlán que motivó el operativo de la Policía Federal.

Las discrepancias se escuchan solo en mi entorno cercano, en la confianza de la familia. Los más lúcidos, la mayoría, se concentran en el rechazo al uso de armas de fuego para disipar el bloqueo. Otros vuelven recurrentemente al historial de abusos de la CNTE.

—Bloqueando caminos y sin trabajar. Así van a aprender mucho los niños —ironiza un vecino con una sonrisa que deja ver su escasa dentadura.

El vecino es un adulto mayor que no tiene seguridad social, ni pensión, ni casa propia, y se gana unos 100 pesos como jornalero en los días afortunados en que hay algo de trabajo en el pueblo. Dice que los maestros deberían «chingarle como nosotros» en vez de bloquear caminos.

Mientras envío unos tuits desde las únicas computadoras con internet, en la pequeña biblioteca del municipio, las peticiones en los altoparlantes suben de tono:

«Se solicita su ayuda después de la terrible represión que sufrió el pueblo de Nochixtlán esta mañana. Se necesitan medicinas y alimentos, ya sean preparados y por preparar. Se solicitan también botellas de Coca-Cola y vinagre blanco, ya que la mezcla de estos ayuda contra los gases lacrimógenos que se están arrojando en Nochixtlán».

Minutos después la voz tras el micrófono entra en pánico y empieza a convocar a todos los hombres disponibles en el pueblo para cerrar y defender los puntos de entrada al pueblo, en medio del rumor de que la Policía Federal avanzaría sobre los pueblos aledaños. Dejo la computadora y salgo a Nochixtlán a ver el caso por mí mismo.

Cuando regreso son las seis de la tarde y decido con mi familia que es hora de regresar a la Ciudad de México, antes de que los nuevos bloqueos lo hagan imposible. Una hora y algunos caminos barricados después, estoy fastidiado por lo difícil que el conflicto nos ha hecho un procedimiento tan rutinario. Pienso en las miles de personas que han padecido esto durante días y que aun lo padecerán por semanas antes de que haya una solución.

Para la mañana del lunes, Nochixtlán ya está en el centro del debate nacional. Pese a los juicios simplones de las redes sociales y la información que fluye a cuentagotas, se distingue con certeza el abuso de la fuerza en que incurrieron agentes que dispararon contra civiles.

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Profesores y padres muestran evidencia del uso de armas de fuego en su contra. Foto: Andalusia Knoll.

Cómo patear un avispero

¿Cómo es que un movimiento social cuestionado es de pronto capaz de aglutinar tal respaldo popular? ¿Es mérito del movimiento o son los errores de sus adversarios? ¿Estaba consciente de lo que apoyaba la gente que se volcó como enfermera, brigadista o manifestante en las calles de Nochixtlán? ¿Será que el descontento general con el gobierno ha alcanzado un nuevo límite y una grieta se ha abierto en Oaxaca? ¿Habrá sido solo un impulso de defensa de la gente que se sintió atacada por entes externos?

Hay mil preguntas que rondan mi mente tras las horas de la desgracia en Nochixtlán. Algunas de ellas se resuelven [aunque sea parcialmente] con el paso de los días. Mi conclusión más sólida, más allá del debate sobre el magisterio y la reforma educativa, es que los gobiernos federal y estatal patearon un avispero en su intento por aplicar la ley a rajatabla. Creyeron que los mixtecos se quedarían como testigos mudos de un operativo cuestionable al igual que los habitantes de otras partes de este México convulso. Pero no, los mixtecos salieron solidarios entre sí y respondones con la autoridad.

No hay que ser un genio para reconocerlo. Si participaron 800 policías en el operativo [400 federales y 400 estatales], todos ellos equipados con armadura antimotines, escudos y armados con gases lacrimógenos, ¿cuántas personas se habrán reunido en Nochixtlán ese domingo para conseguir repelerlos y expulsarlos? El comisionado general de la Policía Federal, Enrique Galindo, estimó que fueron 2 mil, pero la cifra real nunca la sabremos.

«Más vale un mal acuerdo que un buen pleito», dicen a menudo los abogados antes de iniciar un proceso judicial, conscientes de que la justicia aplicada a la fuerza solo deriva en mayores confrontaciones.

El movimiento magisterial perdió miembros en Nochixtlán, pero ganó momento y una oleada de apoyo. Por el contrario, el gobierno mexicano se desacreditó a sí mismo y se consiguió las peores condiciones para una negociación. Sin embargo, la negativa de la CNTE de retirar los bloqueos carreteros continúa minando su veracidad entre la gente afectada de la región. Las cenizas de Nochixtlán quedan, pero el conflicto continúa.

 

Las fotos de Andalusia Knoll [@Andalalucha] que acompañan este texto se desprenden del fotoensayo 
«Barricades and bullet casings in Nochixtlán, Oaxaca», publicado el 24 de junio en FSRN.Org. 
Agradecemos a la autora nos permitiera su reproducción.


Juan Mayorga
Juan Mayorga
Periodista especializado en asuntos ambientales. Entusiasta de la movilidad urbana, agricultura sustentable y las transiciones energéticas. Crítico del desarrollo malentendido. Ex de El Universal, CNNMéxico y colaborador de Expansión, Chilango y Animal Político. En Twitter: @JuanPMayorga




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