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Nos queda la esperanza

29 Jul, 2018 Etiquetas: , ,

López Obrador se enfrenta a un México en proceso de descomposición. Los retos no son pocos porque los cambios que se requieren son de fondo. Así que quedan años duros por delante, pero hay que tener esperanza también por lo que nos toca a quienes habitamos este país, reflexiona el autor de esta entrega de Can Cerbero.

TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO / FOTO: LIZBETH HERNÁNDEZ

Ha pasado casi un mes desde la jornada electoral del 1 de julio. Lo que parecía improbable sucedió. El candidato ganador, Andrés Manuel López Obrador, obtuvo más del cincuenta por ciento de los votos, de acuerdo con estadísticas del Instituto Nacional Electoral. Apenas habían pasado un par de horas del cierre de casillas y los otros contendientes aceptaban públicamente su derrota. Suena exagerado pero no lo es tanto: la noche del 1 de julio el país ya no era el mismo.

Al conocer los resultados, la gente salió a la calle. La congregación fue afuera del hotel Hilton, primero, y después el festejo se trasladó al Zócalo. Lugar en el que desde hacía tanto tiempo no se daba una reunión espontánea de personas, reunidas para celebrar una victoria electoral. La Plaza de la Constitución se había convertido más bien en un escenario para conciertos, albergue para actividades como la Feria de las culturas amigas o sitio de proyección de los partidos del recién terminado mundial de futbol. Pero la noche del 1 de julio la gente hizo de nuevo suyo ese espacio. Sin acarreos, sin la promesa de un lunch, familias completas salieron y, al menos por esa noche, hicieron suya la ciudad. El festejo terminó ya de madrugada. Había que trabajar a la mañana siguiente, pero la gente no podía contener su felicidad. Primero los pobres y más atención a los pueblos indígenas, fue parte de lo que dijo López Obrador en su discurso aquella noche. Palabras que no podrá borrar.

No es la primera vez que los mexicanos enfrentamos un cambio parecido. Cuando Francisco I. Madero asumió la presidencia de México optó por mantener el mismo funcionamiento en las instituciones existentes, lo que significó que continuaran los privilegios para la clase dominante desde los años de mandato de Porfirio Díaz. Eso desembocó en diez años de conflictos entre los mismos revolucionarios. Algo similar ocurrió en el año 2000, Vicente Fox ganó las elecciones y con ello se acabaron 70 años de dominación priísta. Tampoco hizo lo necesario. Más que un cambio verdadero, su mandato fue una continuación de políticas pasadas. Cuando era candidato dijo que resolvería el conflicto en Chiapas en quince minutos. Era una propuesta irrisoria. Aun así, tuvo seis años en la presidencia pero no arregló nada. Convendría no olvidar el pasado.

Es una oportunidad histórica la que tiene frente a sí López Obrador, quedará en él plasmar los fundamentos que le den un nuevo rostro a México. No porque uno como ciudadano le imponga esa tarea, sino porque él mismo se ha señalado como representante de una transformación sin precedentes. Ha repetido que su fórmula para lograrlo es eliminar la corrupción, primer gran paso y el más difícil de llevar a cabo.

Ese primer paso va acompañado de 50 lineamientos para combatir la corrupción. Seguirlos supone ponerse en el camino para transformar a México. Los primeros puntos apuntan a acabar con los privilegios de la alta clase política: la posibilidad de juzgar al presidente en funciones y suspender el fuero para funcionarios públicos. También: el presidente ganará menos de la mitad de lo que percibe Enrique Peña Nieto y se reducirá el número de asesores y secretarios particulares, entre otras.

La dirección es clara. Trabajar en la función pública ya no debe considerarse una forma para obtener poder y altos ingresos, será más bien como una forma de servir a la Nación. Sobre todo en un país como el nuestro, con un alto índice de pobreza, pero con una minoría de funcionarios que percibe sueldos de 300 mil pesos, o más, al mes. Aunque todo parece predispuesto para lo contrario. Como ejemplo, los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación se oponen a la propuesta de reducción del cincuenta por ciento de su salario. De entrada, el plan de austeridad ya tiene detractores importantes. Es como decir que la neutralidad y objetividad en las resoluciones de los magistrados no son resultado de conocimiento y apego a las leyes, o incluso de su ética, sino que es su estipendio mensual lo que incide en su imparcialidad.

Sin embargo, también en esos 50 puntos se propone la eliminación del setenta por ciento de los trabajadores de confianza en las dependencias públicas, lo que reducirá en buena parte el gasto en salarios y significará un buen ahorro económico. En no pocos casos, es precisamente el personal de estructura quien lleva más responsabilidades sobre sí, en comparación con el personal de base, el cual no resentirá reducciones. A quienes conserven el empleo no se les bajará ni aumentará el sueldo [la reducción aplica para quienes ganen más de un millón de pesos al año y no menciona aumentos salariales], pero «laborarán de lunes a sábado, y cuando menos ocho horas diarias». Es una reducción en costos pero también una generación de bastantes desempleados.

Trabajar más tiempo no significa necesariamente trabajar mejor. El trabajo y la disposición para hacerlo no deberían espantarnos. Pero de esta propuesta podría desprenderse que para quienes se queden en el empleo habrá mayor carga de trabajo y más horas laborales que tendrán que cumplir. Mientras en países como Suecia se experimenta con la reducción de horas [sin reducción de salario] en pro de una mayor productividad y mejora en la salud de la ciudadanía, en México, pareciera, seguimos pensando que mientras más horas se esté metido en una oficina, se está trabajando más y mejor.

Aunado a lo anterior, ya se ha hablado de la propuesta de descentralizar las dependencias federales, lo que implicaría un desarrollo económico más equilibrado en todo el país. Una propuesta interesante si se considera que la mayoría de ellas se asienta en la Ciudad de México, y que eso ha generado que quienes habitamos aquí estemos acostumbrados a que, por la cantidad de gente que somos, los desplazamientos para llegar al trabajo impliquen, al menos, 40 minutos [más de dos horas si se hace desde el Estado de México]. Quienes tardan 30 minutos son considerados privilegiados. Además de que el transporte público es insuficiente para desplazar a la gente y nuestras calles están anegadas de autos. Eso sin contar el alto costo que implica rentar una vivienda —ya no digamos comprarla—, a causa de la gran demanda. Trasladar secretarías a otros estados eliminaría buena parte del caos que vivimos en esta ciudad.

Si bien estas propuestas apuntan a levantar al país y llevarlo por un mejor rumbo, no hay que olvidar que esa mejora no puede implicar sólo la parte económica, sino la calidad de vida de las personas.

Para bien o para mal, los ojos de millones de personas están fijos en López Obrador. La victoria de la democracia que parecía haberse consolidado en el año 2000, con el cambio de partido político en la presidencia, se había diluido, un descontento acompañó a las elecciones que le siguieron. Tuvieron que pasar dieciocho años para que la gente sintiera que su voto cuenta realmente, que es posible lograr un cambio y que la democracia existe en México.

Una democracia con fallas, apuntaría, pues resulta absurdo ver que en la boleta para elección presidencial aparecieron dos personas [Margarita Zavala y Jaime Rodríguez] que fueron multadas por haber falsificado credenciales de elector para obtener el registro de sus candidaturas independientes. En este país es posible cometer este tipo de fraudes y aun así seguir en la contienda. En materia de democracia y cumplimiento de las leyes todavía nos falta un trecho por recorrer.

López Obrador se enfrenta a un México en proceso de descomposición. La violencia y la inseguridad crecen día a día. Cambiar nuestra situación actual requiere más que discursos y buenas intenciones. Su propuesta de combate a la corrupción pareciera ser una especie de llave mágica que resolverá los problemas del país. Quiero creer que así será, que el erradicar desde los altos mandos las prácticas deshonestas, en todas las instituciones,  permeará en todos los niveles para que esa corrupción empiece a desaparecer.

Yo quiero un México diferente. Para tenerlo, no veo —no vi— otra opción que Andrés Manuel López Obrador. Cualquiera de los otros candidatos me parecía una continuación de las prácticas que han llevado a este país a estar hundido en la violencia y la corrupción. Es una apuesta arriesgada. Sin embargo, no me engaño. Un cambio profundo, que lleve a que el país tenga ese rostro diferente, más alentador, requiere de cambios estructurales y políticas que podrían afectar a mucha gente. El país está ya en un punto en el que no podemos pensar en un cambio que genere beneficios en lo inmediato. Se trata, más bien, de pensar en una transformación a largo plazo y, aunque suene cursi, que beneficie a generaciones futuras.

Quedan años duros por delante para el país. Lo que esté por venir debe traer consigo consecuencias importantes para quienes nos han sumido en el marasmo. Que no se nos olvide el asunto de Peña Nieto y su casa blanca, las acusaciones por desvío de recursos contra varios exgobernadores, la desaparición, aún sin esclarecer, de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la proliferación de grupos ligados al narcotráfico, por mencionar algunos temas. López Obrador hereda muchos conflictos. Sin embargo, en este México sangrante puedo decir que, al menos ahora, nos queda la esperanza para construir un nuevo país, porque el México que nos propone Andrés Manuel López Obrador es uno cercano a una utopía y para alcanzarla, antes que nada, hay que tener justo eso: esperanza.



CanCerbero
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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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