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Que nunca falte la filosofía

21 Abr, 2016 Etiquetas: , ,

En tiempos en los que importa resolver los problemas que enfrentamos, ¿quién desearía y gastaría su tiempo en preguntas sobre las preguntas? Ulises Moulines lo hizo y reavivó en quien esto escribe una reflexión que resultó como el aire que respiramos.


TEXTO: CÉSAR PALMA

Fue en la Octava Feria del Libro Filosófico: un evento pequeño, con un aforo triste y disminuido por los nubarrones de aquella tarde. Pensé que no llegaría, venía desde el centro hasta la última parte de Ciudad Universitaria. A las siete de la noche finalizaba la feria en su último día. No tenía bien claro qué buscaba, pero tenía la certeza de encontrar libros baratos, al menos en las ediciones de la UNAM: filosofía subsidiada, libros que fuera de la universidad están por encima de los 300 pesos.

Pero no había mejores precios. La mayoría eran ediciones por encima de los 200, cuadernillos hasta en 500 pesos. Productos de lujo en un mercado difícil. ¿Quién consume filosofía hoy en día?, me pregunté. ¿El pequeñísimo círculo que lee filosofía sostiene a una industria que dicen va a morir [la de los libros de papel] y un sector todavía más golpeado [las carreras de filosofía]? Es como aferrarse a encender un fuego muerto tirando billetes a brasas que ya no calientan a nadie. Porque todo el mundo está ávido de refinar la técnica, de consumir datos, información de utilidad para ser mejor persona o parecer mejor persona. Los libros más preciados son los que hablan sobre cómo resolver problemas: personales, administrativos, económicos, políticos, médicos, periodísticos. Es más, la ficción es más popular: hay premios Nobel que resuenan en todos los medios y círculos de lectura. Pero en filosofía no pasa a pesar de que es por excelencia la madre de todas las disciplinas.

Ahí en la feria sólo estaba yo y cuatro personas más.

Esa tarde me llevé un libro sobre filosofía de la ciencia, un área ajena para mí y que muchos divulgadores consideran que sufre de ataques infundados por los propios científicos. ¿Y es que quién desearía y gastaría su tiempo en preguntas sobre las preguntas? Algunos científicos dicen que la filosofía está superada como disciplina para alcanzar la verdad. Otros creen que es irrelevante preguntarse: ¿Qué tan real es el conocimiento que genera la ciencia? ¿Cómo sabemos si la teoría general de la relatividad de Einstein es confiable? ¿Lo es porque está demostrada empíricamente o porque es lógica internamente, pese a que fue contraintuitiva en sus primeros años al público general y especialistas? ¿Por qué no conocemos una fórmula o procedimiento para estructurar teorías sin importar la disciplina? ¿Por qué no todo puede ser científico?

Yo no puedo afirmar que estás preguntas sean irrelevantes, por el contrario, el filósofo Ulises Moulines, autor del libro que tomé aquella tarde, El desarrollo moderno de la filosofía de la ciencia [1890 – 2000], logró hacer que pensara distinto, me hizo saber que vale la pena preguntarse aquello. Sin conocerlo me topé con un autor que nos recuerda la importancia de la filosofía.

[…] hay científicos y filósofos dedicados desde hace siglos a preguntar si la certeza que nos brinda el conocimiento científico está afianzada a algo sólido e irrebatible. La filosofía no va a resolver la larga lista de problemas, creo, va agregar más. Sin embargo, de esas problemáticas surge el conocimiento y los estudiosos de él.

Moulines inicia y termina el libro con un estilo sobrio, inspirado en lo mejor de la ciencia: la claridad, la precisión y las descripciones de cada concepto en el contexto correspondiente. No es un diálogo platónico, tampoco es la filosofía más críptica de Kant o Habermas. De hecho es aburrido porque es un paso por la historia de las ideas: no es didáctico ni pedagógico. Pero en ese libraco de 70 pesos y 168 páginas se percibe el esfuerzo de los hombres que se han dedicado a dilucidar los asuntos más irrelevantes e importantes de la ciencia. Existen los científicos aventureros que dedican su vida a empresas atractivas: la cura del cáncer, el VIH, paliar el hambre mundial a través de transgénicos, llevar al hombre a Marte, el calentamiento global, la física de los microprocesadores para tener computadoras más potentes, entre tantos otros campos de estudio. Pero hay científicos y filósofos dedicados desde hace siglos a preguntar si la certeza que nos brinda el conocimiento científico está afianzada a algo sólido e irrebatible. La filosofía no va a resolver la larga lista de problemas, creo, va agregar más. Sin embargo, de esas problemáticas surge el conocimiento y los estudiosos de él.

Moulines nos dice que el estudio del conocimiento –la epistemología– se ha desarrollado de diferentes formas a lo largo del tiempo. Algunos filósofos se concentraron en desentrañar la verdad de la ciencia a través de la forma en que se enuncia y su semántica; otros se sujetaron con las uñas a la lógica; otros a la experimentación; unos a la historia y otros a un relativismo absoluto, donde el conocimiento de la ciencia es tan válido como un ritual o una tradición religiosa.

Moulines va exponiendo y narrando los puñetazos que soltaron uno y otro filósofo durante el siglo XIX y principios del XXI. De pronto el panorama de las ideas luce nítido, uno puede ver los islotes que formaron los pensadores, las comunidades de académicos, los filósofos solitarios y los aguerridos que van contra todo y todos. El venezolano hace de un terreno árido y sometido por prejuicios un jardín donde se recolectan ideas como si fueran flores, algunas hermosas, pero frágiles, distintivo de una época; y otras hierba recia que ha permanecido a lo largo del tiempo con raíces que todos los hombres de ciencia han querido cultivar.

Portada del libro editado por la UNAM.

Moulines no habla con estas metáforas y analogías que me he sacado de la manga. Hay conocimiento de causa como el apasionado de los cómics, los videojuegos o los autos. Conoce el tema y transmite emoción a través de la razón. Se deja de los juicios de valor, su libro es expositivo, principalmente. Lanza una idea y su contraparte, desempolva una y le saca brillo a otra. ¿Hace cuánto que no leo algo así?, pensé mientras sostenía el libro en el metro. Es difícil decirlo, porque muchas veces no le damos espacio a la filosofía [yo no lo hago como quisiera].

El autor es claro y sin pretensiones. Al final del libro asegura que no sabe si la filosofía de la ciencia permanecerá en el futuro, si acaso es una ocurrencia de nuestro tiempo. De manera indirecta se pregunta si la filosofía resolverá las preguntas que plantea. Y si no lo hace tampoco pasa nada. A mí no me hizo ningún mal leer este libro, por el contrario, desde hace tiempo no sentía que ejercitara mi mente como en esta ocasión. La filosofía me resultó como el aire que respiramos a diario: no le damos gran valor, pero no nos puede faltar.

Imagen de portada: The Thinker, Musée Rodin (Paris) by Oliver Degabriele-Flickr-(CC BY-NC-ND 2.0).


César Palma
César Palma

Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com





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