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OTRA VIDA

Por Sofía Secín

Una misma tragedia, un mismo día, cuestiona incisivamente las reglas de la vida. Así pasó con la autora de esta crónica para quien los sismos de 1985 y 2017 son la comprobación de que la vida no tiene un sólo sentido, si acaso, los tiene múltiples e inesperados.

[Aspectos de los derrumbes del sismo en Jojutla, Morelos. 27 de septiembre de 2017. Foto: Alejandro Meléndez]


Nací cinco años después del terremoto de 1985; sin embargo, desde niña el 19 de septiembre estuvo plenamente registrado en mi memoria. Yo no recuerdo mucho, pero mamá dice que mi hermano, Arturo, y yo nos enteramos del terremoto a los cinco y siete años, un día que preguntamos por un niño que aparecía en muchas de las fotos de la casa, pero que no conocíamos. Los dos las mirábamos y veíamos el parecido con nosotros, pero sabíamos que seguro no era ninguno de nosotros. Un  día, Carolina, mi mamá, dijo que esperáramos a nuestro padre y le preguntáramos a él directamente. Por lo que ella nos cuenta, esa noche supimos que antes de nacer habíamos tenido un medio hermano: Rachid.

Desde entonces, recuerdo imágenes en las que Rachid entraba en mi vida como si siguiera vivo. En mi mente de niña, mi hermano a quien nunca conocí, se convirtió en una especie de mito; me gustaba imaginar que estaba por ahí con nosotros, que podía jugar con él, incluso imaginaba que él me defendía de mi hermano cuando me molestaba. Al poco tiempo de que Rachid hubiera tomado forma, Arturo y yo supimos algo más que provocó que este dejara de ser el único fantasma en la casa. Un día supimos que mi papá había estado casado con otra mujer antes de mi mamá. «Pimpis», le decían.

Mi papá guardaba en su clóset una foto en la que aparecía Pimpis, una mujer de pelo negro sentada en el suelo, acompañada de mi papá, barbudo como nunca lo he visto, y del niño pequeño de las otras fotos; era un retrato de «su otra vida», como él la llamaba y aún la llama. Recuerdo que desde que la descubrí, constantemente me escabullía para ir a mirar esa foto. La miraba a escondidas de mis papás, no porque fueran a regañarme, sino porque algo en mí quería construir un recuerdo personal; un recuerdo de algo inexistente para poder comprender que mi papá había sido otro. Ahora lo pienso con mucho dolor, pero creo que de niña era pura curiosidad, finalmente, ¿quiénes eran?, ¿quiénes eran esas personas tan cercanas a mí?, ¿tan cercanas a nosotros y al mismo tiempo tan irremediablemente lejanas? Pensaba que eran nuestros dobles, o más bien, que nosotros éramos sus dobles. Desde niña esos paralelismos me acompañaron intensamente, pues mi papá no sólo había tenido otro hijo parecido a nosotros y otra mujer parecida a mi mamá, sino que yo había nacido el mismo día que ella: el 19 de diciembre. Era fantástico, creía yo. Aún no era doloroso.

Y ahora un 19 de septiembre, 32 años después, la vida volvió a crear un paralelismo incomprensible. ¿Cómo es posible que haya sido el mismo día? Mi papá justamente había ido al panteón y venía de regreso en el metro cuando ocurrió el temblor. Yo iba saliendo de dar clases cuando sentí el crujido. Inmediatamente pensé en mi papá, creí que se había quedado atrapado en el metro. Preocupada, salí a caminar en dirección a metro Barranca. Las calles estaban repletas de gente asustada, renuente a volver al trabajo. Justo cuando comenzaba a darme cuenta de lo absurdo que era buscar a mi papá en el metro [buscarlo en una estación donde probablemente ni siquiera estaba], levanté la vista y lo vi cruzar la calle. Lo único que le dije en ese momento, además de expresar mi alivio, fue que no podía creer que hubiera temblado el mismo día. Él estaba sorprendido, pero tranquilo. Ninguno sabía aún lo que había pasado.

Continuamos caminando por unos minutos antes de ir hacia la casa. De pronto, alcanzamos a escuchar una radio que provenía de un coche; «se cayó un edificio en la colonia Roma», escuchamos. Conforme la señal del celular fue regresando, un bombardeo de información nos reveló la situación. Más de un edificio había caído. También Coyoacán estaba afectada. Recordé entonces que hace dos años, en el 30 aniversario del temblor del 85, se hizo una gran labor de recuperación de imágenes para conmemorar el terremoto. Mi papá me dijo que tenía ganas de ir. A muchos les sorprendió su deseo, pero en el fondo creo que yo entendía su necesidad; la necesidad de ver. A pesar de lo que vivió y sintió, mi papá prácticamente no vio nada. Por algún motivo, sin embargo, no logramos ir a la exposición. Todos los fines de semana fueron llenándose de eventos o imprevistos que lo impidieron. Ahora, inesperadamente, todo indicaba que había vuelto a suceder.

Mi papá justamente había ido al panteón y venía de regreso en el metro cuando ocurrió el temblor.

Al volver a casa de mis papás, mi hermano había llegado ya y mi mamá venía en camino. Sin pensarlo mucho tomamos las bicicletas. «¿A dónde vamos?». «Vi un edificio derrumbado en el Viaducto. Vamos ahí», contesté. Mi mamá se quedó en la casa y el resto de nosotros nos montamos en las bicicletas para atravesar una ciudad colapsada. Parecía que ella misma nos decía que retrocediéramos entre los autos atravesados, las ambulancias cada vez más recurrentes, y la gente desorientada.

Tomamos Patriotismo y condujimos sobre la pista entre de decenas de ciclistas que acompañaban el tortuoso trayecto. En ese momento, las bicicletas eran el único medio de transporte capaz de filtrarse entre el caos.  Juntos pedaleamos y nos dimos aliento. Cada alto, alguien a nuestro lado comentaba su situación; algunos iban por sus hijos a la escuela, otros de vuelta a casa con la ansiedad de conocer las consecuencias del temblor. Sin embargo, a pesar del miedo, todos procurábamos transmitir ánimo.

En la última pausa, Lorena, una mujer de unos 25 años que volvía del trabajo, se nos unió. Como nosotros, quería encontrar una ruta y un destino donde ayudar. Después de casi una hora logramos llegar a la calle de Tanana, en la Piedad Narvarte. Mientras buscábamos un sitio donde dejar las bicicletas, se nos acercó una mujer para ofrecernos su estacionamiento. «Vayan, tranquilos que aquí voy a estar». Rápidamente las dejamos y tomamos sólo lo necesario: un celular casi inservible por falta de señal y algo de dinero.

Nos apresuramos a la lateral del Viaducto y nos sumergimos en un tumulto invadido de gritos, polvo, adrenalina y terror. Entonces lo vimos: lo que alguna vez fue un edificio, ahora eran toneladas de concreto, varillas, muebles destrozados, madera, colchones, tinacos y gente. Mi papá corrió junto con mi hermano y escalaron hasta llegar a donde la gente había empezado a remover piedras. Yo me quedé muda, quería moverme y acercarme, pero sólo podía pensar: mi papá estuvo ahí enterrado. Mi papá estuvo ahí y ahora está allá arriba con su hijo. Quería abrazarlo y decirle que se bajara, que no era necesaria su presencia. Me sentí verdaderamente inútil.

De pronto, un grito que exigía que nos moviéramos del paso, me regresó al presente. En realidad, no había tiempo para ensimismarse y fugarse en una angustia propia. La tragedia, lejos todavía de ser personal, aún era una acción colectiva, incesante y llena una adrenalina vital. Por imposible que pareciera, había gente que aún podía salir. Yo sabía eso de primera mano.

Escuché que una mujer al final de la calle pedía ayuda para remover los escombros previamente removidos del edificio: «Necesitamos espacio para que salgan las carretillas». Lorena y yo nos acercamos a ella, y mientras movía las piedras y ayudaba a rellenar bolsas con agua, reconocí a un amigo que estaba repartiendo cubrebocas. Nos dimos un abrazo enorme. Creo que nunca nos habíamos abrazado, pero una cara conocida entre cientos de personas en el caos, no hace más que recordar que aún eres parte de tu propio mundo. Mi amigo me regaló un cubre bocas y se alejó asegurando que estaría por ahí.

Sin embargo, conforme pasaron las horas y fue llegando más gente, transitar por esa calle se hizo imposible. La cantidad de personas reunidas, lejos de ayudar comenzaban a entorpecer el trabajo de rescate. Entonces, la confusión comenzó a apropiarse de nuestra voluntad. «¡Ya no se necesitan manos aquí!», decían, «hay que movernos hacia la colonia del Valle». Confiando en quienquiera que supiera medianamente lo qué paso, despejamos la calle y emprendimos una larga caminata. Desde lejos miré que mi amigo tomaba otro rumbo. No tuve oportunidad de avisarle. Me alejé de él y también dejé atrás a mi hermano y a mi papá. La angustia sobrevino, pero de nuevo, aún no había tiempo para ella.

Conforme caminamos, la masa de gente fue disgregándose hasta que quedaron unos cuantos grupos aislados que discretamente seguían los pasos del otro. Sin celular, nadie sabía realmente a dónde dirigirse. Pero el murmullo de un edificio colapsado se hizo presente y terminó por guiarnos. Por supuesto, ese murmullo indicaba que ahí también sobraba la ayuda. Debía haber algo que pudiéramos hacer; buscamos la forma de acercarnos a alguien que supiera un poco más. Finalmente, una señora nos pidió ayuda para distribuir herramientas y agua entre los dos edificios de la calle de Escocia.

Por unos minutos encontramos una sensación de tranquilidad. Lejos del derrumbe, el trabajo lograba que nos olvidáramos un poco de lo que ocurría. Trabajamos con diligencia en una tranquilidad extraña y temporal. Nos mantuvimos a distancia hasta que alguien nos pidió que lleváramos el agua a los que estaban removiendo los escombros. Nos insertamos entre la gente con el cargamento en nuestros brazos. El polvo y el sonido de los martillazos se hacían cada vez más intensos y, en cambio, el sonido de las voces se acababa. Parecía que entrábamos en una atmósfera totalmente distinta: había silencio.

Le di una botella a un joven de chaleco y casco naranja y dejé unas cuantas en el suelo. Al levantar la cabeza, miré el derrumbe. La imagen del edificio del Viaducto irrumpió en mi memoria. Pensé en mi papá y apareció de nuevo esa angustia que busca, mordaz, la abstracción de uno mismo. Le dije a Lorena que deberíamos regresar al edificio. Necesitaba saber qué había pasado con Arturo y mi padre.

Durante el camino de vuelta, el sol comenzó a ponerse. Noté que Lorena se ponía nerviosa. Ella vivía justo al otro lado del edificio al que nos dirigíamos y no quería dormir en su casa. Solamente quería ir, sacar algunas cosas y luego tomar su auto para ir al Estado de México, con su familia. Me ofreció irme con ella. Estuve a punto de hacerlo cuando vi que la multitud que habíamos dejado horas antes había crecido; entendí lo difícil que sería encontrar a mi familia. Le dije a Lorena, sin embargo, que prefería ir por mi bicicleta y volver de esa forma.  Ella respondió que recogería la suya otro día y se marchó cuanto antes. Al dirigirme al departamento donde guardamos las bicicletas, me encontré a la dueña hablando en la esquina con un oficial. La habían desalojado porque uno de los edificios colindantes estaba en riesgo. La señora me dio su número telefónico y se alejó con el oficial hacia la patrulla.

Me quedé sola. Inocua, sentí el vacío de la posible pérdida de mi bicicleta… una bicicleta. Busqué una última vez a mi papá y a mi hermano. También busqué a mi amigo. Era absurdo. Metí mi mano en la bolsa para confirmar que al menos tenía mi celular. Me alejé varias calles para buscar señal y le mandé un mensaje a mi novio. Le pregunté si podía ir por mí. «Estoy en Xola, donde está la gasolinera», respondió. Dijo que sí y en ese instante se acabó la pila del teléfono.

Durante esa espera fue imposible mantener la serenidad. Estaba preocupada por Arturo y mi papá, pero suponía que estaban bien. Era el 85 lo que comenzaba a acechar mi cabeza. Las reflexiones que habían querido irrumpir durante el día, ahora por la noche finalmente lograron apropiarse de mí. Me di cuenta de que por primera vez el 19 de septiembre había cambiado. Este día estaba dejando de ser un martes o viernes cualquiera en donde la ciudad hacía un simulacro de sismo, y mi papá no salía a trabajar sino al panteón. El 19 de septiembre de 1985, para mí, se estaba convirtiendo en el día en que mi papá lo perdió todo en segundos: su casa, sus cosas, su hijo y su mujer.

Pasados unos 20 minutos, miré el coche de mi novio. «Corrí hacia él y me subí. Qué bueno que apareciste, tus papás llevaban horas buscándote.» «¿Entonces mi papá ya volvió?», pregunté. Me dijo que sí, hacía como una hora que había vuelto. Arturo se había quedado ayudando en el edificio.

Esa noche y al día siguiente mi papá estuvo en silencio. No se veía triste, más bien se veía lejos, muy lejos. Pasaron unos días hasta que una tarde que comimos solos, me contó que Eusebio, su mejor amigo, le había estado llamando por teléfono casi diario para ver cómo estaba. «Hace tiempo no era tan cercano», me dijo. Mis ojos se llenaron de lágrimas y me sentí culpable por ser yo quien lloraba. Le pregunté cómo estaba y entonces se removió todo.  A pesar de que conocía mucho sobre su experiencia en el del 85, un nuevo temblor –y una nueva coincidencia– lo cambió todo. Mi papá me miró con sus ojos profundos, y reconstruyó su historia con un detalle sin precedentes para mí.

Recordó que aquella mañana del 85 salió vivió gracias a que Germán, su hermano, y Eusebio, su mejor amigo, corrieron al departamento de Xola a buscarlos. Germán justamente acababa de remodelar su departamento y, como ingeniero, sabía perfectamente donde se ubicaba y dónde habría que buscar. Sin embargo, las horas pasaban y la tarea no era sencilla.  Mi papá cuenta que al no escuchar sonido alguno creyó que la ciudad entera se había acabado. Golpeaba en un baúl para intentar hacer ruido, pero por horas nadie respondió hasta que Germán, su hermano, gritó su nombre y gracias a que él seguía consciente, respondió. El baúl, además de permitirle hacerle ruido, creó una especie de triángulo que previno que el concreto le cayera en la cabeza y el tórax. Por ello también pudo decirles que Bety, la gran cocinera que hoy sigue en nuestras vidas, estaba viva junto con él, sólo que ella, para cuando llegaron, estaba inconsciente. Del edificio de 16 departamentos sólo sobrevivieron Bety, mi papá y el portero, quien también ese día perdió a toda su familia.

Mi papá estaba consciente, pero apenas podía consigo mismo. Él no sintió el temblor, sintió un leve movimiento y de pronto ya estaba en la oscuridad. No vio la ciudad en ruinas. Cuando lo sacaron apenas pudo levantar la cabeza y ver el edificio. Luego, por seis meses estuvo inmovilizado sin poder salir de una habitación, donde el dolor del cuerpo era lo único que lograba hacerle olvidar el dolor de su vida. Del 85 vio muy poco. Sin embargo, treinta y dos años después pudo estar del otro lado y observar lo que su familia y amigos vieron. Inexplicablemente, la vida le permitió a mi papá retornar al inicio de su segunda vida. Inexplicablemente, Arturo y yo también pudimos verlo.

Los días pasaron y, entre los silencios, nuevas conversaciones aparecían. El temblor había removido la memoria de mucha gente, quienes se acercaron a mi papá como nunca lo habían hecho. Lo que muchos se guardaron por años para evitar rememorar el sufrimiento de mi papá, ahora emergía de manera inevitable; crudamente cercana. Cada acercamiento implicaba la reconstrucción de otro fragmento de la historia y cada encuentro que tenía con mi papá significaban horas de historias y sensaciones. Mi papá me confesó que él quería saber de esos detalles que le narraban, quería saber qué habían sentido y visto los que se quedaron afuera, pero que nunca se atrevió a preguntar. Por treinta y dos años, ni siquiera sus hermanos o Eusebio le relataron lo que ellos vivieron. Ahora, se enteraba de que algunas cosas que él creía que habían sucedido, no habían ocurrido tal y como su memoria se lo contaba.

Por esos días le recordé a mi papá de la vez que descubrí que algunas novelas que había leído en la casa, eran de Pimpis. Sobrevivieron sus libros. Sí, sobrevivieron sus libros y llegaron a mí con algunas de sus notas. Mis papás no sabían de su existencia hasta que yo les pregunté. Ni siquiera sabían quiénes eran los autores. Después de ojearlos por unos minutos, mi papá comprendió que esas novelas habían sido de Pimpis. «También leía muchísimo, tal vez lo sacaste de ella», concluyó riendo aquella vez.

Luego de recordar eso, decidí escribir sobre las emociones que vinieron esos días; escribir algo sobre la vida de mi padre, la antigua y la actual, y sobre nuestra propia vida. Nunca había llorado tanto al escribir, y al mismo tiempo nunca había sido tan fácil. Quería decir tanto. Al terminarlo se lo di y me fui. No me atrevía a quedarme ahí y ver su reacción. Él me respondió con una nota al final del texto. «Se removió el dolor que tengo clavado como una estaca desde hace 32 años, pero aquí están ustedes. Fue mi aliento; es mi aliento». Sí, aquí estábamos Arturo, mi mamá y yo.

Una misma tragedia, un mismo día, cuestiona incisivamente las reglas de la vida, así como lo hace un nacimiento un mismo día. Después del terremoto que sí me tocó vivir, el 19 de septiembre se convirtió, para mí, en un recordatorio de que la vida no tiene un solo sentido, si acaso, los tiene múltiples e inesperados. Entendí que tampoco tiene algún sentido  que yo hubiera nacido el 19 de diciembre, el mismo día que Pimpis, y que, contra todas las probabilidades, hubiera temblado el mismo día.

[…] El 19 de septiembre se convirtió, para mí, en un recordatorio de que la vida no tiene un solo sentido, si acaso, los tiene múltiples e inesperados.

Concluí finalmente que la vida ofrece hechos aleatorios y repetitivos [muertes, paralelismos, sobrevivencias, palabras] que de pronto no podemos resistir el interpretarlas como si fueran pistas de algo. Algo más. A veces creo que sirven como lecciones para vivir más  intensamente. Y justamente creo que mi papá aprendió muy bien de estas lecciones inexplicables que se presentan en la vida como metáforas bellas y aterradoras.

Mi papá se reconstruyó y junto con mi mamá construyó una vida que me dio vida a mí y a mi hermano. Mi papá vive con todas las capas de cemento que lo oprimieron y mi mamá lo recibió con todas ellas, sin ocultarlas. Junto con Pimpis y Rachid, vivimos, todos, la segunda vida de Ricardo, mi padre.

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Sofía Secín. Egresada de la licenciatura en Literatura Latinoamericana, con experiencia en producción cinematográfica y docencia. Cuenta con publicaciones acerca de la vida doméstica contemporánea y el feminismo, y ha pasado los últimos años investigando acerca de las memorias familiares ante la experiencia de la muerte, empleando formatos audiovisuales y literarios. Entre sus proyectos educativos se encuentra su blog Re-creación y sus proyectos audiovisuales Desde la Tierra. Otra vida, proyecto también audiovisual, se encuentra en desarrollo.  En Instagram: Sofia Secín.