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Palabras mayores de las seis menores

14 Dic, 2016 Etiquetas: , ,

Esta colección de escritos, precedida por un texto introductorio del escritor Roberto Castillo Udiarte, es producto del Taller de Creación Literaria y Periodismo que impartió a seis internas del Centro de Tratamiento para Adolescentes de Tijuana, Baja California, durante 24 sesiones entre septiembre y noviembre del 2015. A su decir: «Fue una experiencia única donde las seis adolescentes, internadas por diversos delitos, tuvieron la oportunidad de conectar el lápiz con sus corazones y mentes para expresarnos sus mundos interiores. En cada sesión sus vestimentas grises se volvían multicolores mientras escribían sobre las hojas de papel; su alegría era libre a pesar de las rejas que las rodeaban; sus risas blancas iban más allá de las serpentinas de púas; sin darse cuenta, de sus espaldas brotaban alas de tersas plumas.»

TEXTO: ROBERTO CASTILLO UDIARTE / FOTO: EDY SOTO

Puede ser antes de las 10:30 de la mañana o de las 2:30 de la tarde, según el horario del taller que imparta [de Literatura o Periodismo], de cualesquier día entre lunes y jueves, pero debo portar bata blanca [para ser distinguido rápidamente en caso de motín, según me informan] y cruzar la Puerta Uno y registrar mi nombre, mostrar una identificación, dejar llaves, cintos, celulares, anillos, etc., y que me impriman dos sellos de tinta azul en el brazo. Después cruzar el detector de metales y una puerta de rejas para ingresar a la Aduana; en Aduana registrarme nuevamente, pasar otro detector de metales manual o  «garret» y entrar a la Revisión Masculina y otro sello de tinta azul y, de ahí, cruzar otra reja para ingresar al patio central o cancha de futbol. Esto para que no ingrese drogas, armas, dulces, o todo aquello que esté prohibido para los internos e internas. En mi caso, yo introduzco fotocopias de poemas y cuentos o libros de aparente inocencia, siempre acompañado por los ruidos deslizantes de las puertas de hierro y los grandes candados que no te permiten olvidar el encierro metálico. De ahí ir al salón o aula designada. En mi caso, a la sección femenil, al Salón de Usos Múltiples llamada «La Casita Marriott», con puerta y cerco pintados de rosa, donde atiendo a las únicas seis mujeres internas. Debo ser acompañado por una oficial. Las adolescentes [entre los 16 y los 20 años de edad], a veces con un chonguito o con la cabellera suelta, siempre en fila, siempre con las manos por detrás y vestidas con pants y camisetas o sudaderas grises, son escoltadas por oficiales hasta «La Casita Marriott».

Así son los requerimientos para ingresar al Centro de Tratamiento para Adolescentes de Tijuana, antes llamado Centro de Diagnóstico para Adolescentes, y mucho antes Centro para Menores Infractores, pero llámese como se llame, todos son eufemismos para nombrar lo que realmente es: una cárcel para menores. Aquí es un reto enorme la enseñanza de la libertad cuando por las ventanas sólo miras rejas gruesas, candados grandes, cercos de eslabones metálicos, serpentinas de púas, largos pasillos cercados, puertas y más puertas con candados y oficiales uniformados de negro, gris o de camuflaje.

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A la primera sesión llegué con un lote de casi 60 libros de literatura, la mayoría de escritoras y escritores de Baja California, donados por el Centro Cultural Tijuana [a través de Sofía Bautista], del Instituto de Cultura de Baja California [a través de Paty Blake] así como de particulares: los escritores Sonia Gutiérrez, Regina Swain y Emiliano Pérez Cruz, y de mis amigas Ana Karen Figueroa y Venecia León.

En un principio las alumnas no sabían realmente las intenciones de la propuesta artística; me miraban con desconfianza, con recelo; el silencio era su principal coraza. Yo, dándoles libros, hojas blancas y lápices a las adolescentes para que sus imaginaciones se convirtieran en palabras. A medida que han pasado las semanas me reciben con gusto [al menos eso creo, eso siento], porque lo que al principio era recelo, ahora se ha convertido en confianza, sobre todo porque han captado la intención del proyecto: que puedan manifestarse en formas artísticas y, lo que al principio eran balbuceos o trastabilleos, ahora se ha convertido, poco a poco, en una seguridad de poder expresarse a través de palabras, voces. Espontáneamente a veces dibujan, cantan, bailan, actúan o improvisan letras de rap. Es una experiencia única donde las seis adolescentes tienen la oportunidad de conectar el lápiz con sus corazones y mentes para expresarnos sus mundos interiores: la separación dolorosa de sus hijas e hijo, las muertes violentas de amigos, la nostalgia de las reuniones familiares, la separación de sus amantes, pero también la esperanza de salir a las calles nuevamente, ir a la playa, a las fiestas con sus compas del barrio, besar a sus familias, abrazar a sus hijas, madres y hermanos.

A partir de poemas y breves cuentos de Ámbar Past, Pablo Neruda, Elena Jordana y Guillermo Samperio, entre otros, ellas han realizado ejercicios de escritura continuando los textos, imitándolos o respondiéndoles. Han escrito cartas, breves cuentos y crónicas, incluso canciones y poemas que ya habían escrito mentalmente, pues poseer libros, papeles o lápices están prohibidos para ellas. Hacen correcciones con mi ayuda o entre ellas mismas. Aceptan sugerencias. Se divierten aunque a veces lloran en silencio mientras escriben. En cada sesión sus vestimentas grises se vuelven multicolores mientras escriben sobre las hojas de papel; su alegría es libre a pesar de las rejas que las rodean, sus risas blancas van más allá de las serpentinas de púas; sin darse cuenta, de sus espaldas brotan alas de tersas plumas. [Debo agregar que algunas de las mujeres policías, o custodias, también participan, a veces leyendo, llevándose un libro, escuchando la lectura de los textos e incluso opinando sobre los escritos de las internas.]

Sería injusto y falso decir que las estoy convirtiendo en artistas cuando la intención nunca ha sido ésa, sino darles, a través de ciertos conceptos, informaciones y técnicas, la posibilidad de poder expresar ese tumulto de concepciones y visiones que tienen acerca de sus propias vidas, brindarles la opción de darle un sentido a sus experiencias para que recapaciten, a través de sus expresiones, sobre las acciones que las han llevado a delinquir y estar aquí encerradas, y que a los actos negativos hay que darle vuelta a la página. Algunas de las internas han adquirido la confianza como para mostrar sus habilidades para manejar palabras, para manifestar sus pensares y sentires; otras no tanto, ya sea por temor, por inseguridad, pero insisten. Les aviso que estoy preparando un librito con lo que han escrito, que tendrán ejemplares para ellas y sus familias, para que quede un testimonio de sus corazones encarnados en palabras. Ellas brincan y gritan felices y me abrazan. Quedo despalabrado.

Llevo con ellas ya seis semanas de taller. Después de cada sesión de dos horas me despido mientras ellas casi siempre lo hacen con un agradecimiento verbal, con sus miradas, con un sencillo apretón de manos o una ligera reverencia; incluso me han regalado sus corazones y flores de papel, poemas y sus sonrisas. A veces me llevo los trabajos realizados para revisarlos y hacerles comentarios y sugerencias para la próxima sesión, pero siempre me queda esa sensación de agobiante tristeza porque yo, que ahora repito el proceso de cruzar las puertas enrejadas, pero a la inversa, salgo del Centro de Tratamiento para Adolescentes hacia el estacionamiento y me quito la bata, saco las llaves y prendo el carro para ir a casa, hacia la libertad de una ciudad invisiblemente amurallada por la inseguridad y la violencia.

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Después de 24 sesiones, finalizo el taller de escritura creativa con las muchachitas del Centro de Tratamiento para Adolescentes de Tijuana con estas palabras:

«No voy  a extrañar
el firmar de entrada y salida del centro de detención,
el golpeteo de las puertas de fierro y sus candados,
las revisiones exhaustivas y los toqueteos corporales,
la supervisión de oficiales uniformados y con armas,
los cercos electrificados y las serpentinas de púas
ni los uniformes grises ni las manos tras las espaldas.
Sí voy a extrañar
la abundante cabellera y la risa contagiosa de La Bosick,
los dibujos de colores y el silencio guardado de La Kenssy,
las suaves carrillas y los cantos en alta voz de La Beibi,
los infinitos lápices rotos y los ojos verdes de La Leiri,
las historias de la hablantina y risueña de La Gee-Gee
y la maternal calma y dulzura en la mirada de La Barbie».
A ellas les agradezco eternamente por enseñarme el valor de la libertad.
El Róber Castillo
Playas de tijuana
otoño del 2015

Portada del libro [de edición independiente] que contiene los textos que estas seis jóvenes trabajaron en el taller.

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Ejercicio a partir del poema «Amo las migas de pan…», de Elena Jordana

Amo todas las mañanas,
jugar futbol, estar con mis papás,
salir con mis hermanos, ir a fiestas,
usar la computadora, plancharme el pelo,
pintarme, ver películas, andar con mis amigos,
convivir con mis sobrinos,
escuchar música de reggaetón,
bailar, comer pastel de tres leches;
amo los chiles rellenos, los tenis Nike,
los blusones, los pañuelos,
agarrar cura con La Barbie,
el aroma del tabaco, el agua de horchata,
los pantalones Cestoi, las chamarras de piel,
los delfines, los aretes y collares, los chalecos,
escuchar música con audífonos, los tacos de asada;
amo los días viernes y sábados,
el día de mi cumpleaños, el Facebook,
los colores rojo, verde y amarillo,
el chocolate Abuelita, los Gansitos;
amo cambiar de pañales a los bebés,
limpiar por las mañanas,
a mis enemigas,
el agua fría, cuando me detienen los placas,
escuchar las sirenas, las cobijas sucias,
ver a un perro orinar, la yerba,
el olor de los plumones y el abdomen de La Barbie.
La Leiri

Amo despertarme temprano, limpiar,
las músicas de banda, el reggaetón y el rap;
amo a mi hijo,
que me digan qué hacer, ver felices a los demás, bailar;
amo a mi pareja, a la cerveza, arreglarme, andar en fiestas,
caminar por las calles;
amo el chocolate, fumar tabaco, la yerba,
comer Doritos con queso, los Cheetos verdes con chamoy;
amo los hielitos de tamarindo y ciruela,
las paletas Tootsie Pop y de mango,
los Timberland, los tenis Nike, las pinturas, los perfumes;
amo el griterío de la gente, los pírcins en mi ombligo,
los tatoos, los shorts, la oscuridad, ir a la playa de Rosarito,
el cine de la Plaza Oasis, el Parque Morelos;
amo el ceviche de camarón con pulpo, el tequila, las fresas con crema,
la ensalada de frutas, el Facebook, el Whatsapp, el celular touch,
platicar con mis amigos y conocer nuevos lugares.
La Bosick

Amo mirar a mi niña feliz,
mis tatuajes, convivir con mi hermana,
jugar futbol, la música de hip hop,
a los cholitos pelones, ponerme vestidos cortos
y todo tipo de tacones que sean altos;
amo bailar todo tipo de música, los chilaquiles,
pintarme, plancharme el pelo, irme de party,
las inyecciones, el olor de la yerba, fumar tabaco;
amo la playa, los carros, la tierra mojada,
los tenis Adidas blancos, ir al cine, el color azul,
las rosas azules, rayar las paredes con pintura de lata
y los hámsters;
amo los pantalones Hollister, pintarme el pelo,
la nieve de galletas Oreo, a la Barbie, a la Leiry,
tener los ojos verdes, estar pelona, las uñas postizas,
dibujar y ver la televisión;
amo el amor de madre,
bañarme todos los días, las albercas, mis amigas,
todo tipo de navajas, los aparatos electrónicos
y hacerme peinados diferentes;
amo el agua caliente, tener muchas pinturas,
los espejos, el calor, los chores, los pants,
ser enfadosa, las hamburguesas y los lentes de sol;
amo ser feliz,
tener bubis y pompas, el Facebook, tener novio,
las casas grandes, correr y sacarme las cejas;
amo el color morado, cantar, el pan ojo de dulce,
los regalos, las películas de vampiros, leer, escribir,
los plumones Sharpy, el olor del perfume de Paris Hilton,
los Doritos flaming con crema Lala, las paletas Tootsie Pop,
los dulces con chilito, los chicles Trident, los Skittles;
amo la soda de fresa, las cámaras, los pírcins, las arracadas
y los pañuelos…
La Beibi

Todo el equipo.

Amo que me despierten temprano,
el calor sofocante, el olor a tierra mojada,
el filo de los cuchillos, el amor de madre,
el perro que no deja de ladrar, el viento que da miedo
y el sabor de la yerba;
amo las risas burlonas, las noticias de la radio,
las incoherencias, las puestas del sol, las bromas,
las groserías, las quemaduras;
amo el sufrir, el dinero, llorar, el olor a birria,
el piso mojado, demostrar mi cariño, la soledad,
la oscuridad y los momentos con mi familia;
amo la libertad de expresión, el estar sola, la noche,
la marca Hollister, la amargura, la visita de Andrés,
la almohada babeada, la calle de noche, la sonrisa de la Bosick,
los hoyitos en las mejillas de la Barbie, los ojos de la Leiry,
los tatuajes de la Beibi, al profe de literatura;
amo la honestidad de mi familia, pero sobre todo me amo a mí.
La Gee Gee

Amo a mi hermano,
al bistec ranchero, los leones, los pumas,
las panteras y los tigres, los osos de peluche,
las risas de los niños, los colores oscuros,
la poesía romántica y las casas rústicas;
amo las carreras de carros, la velocidad,
la adrenalina, los carros convertibles,
la música de rap, tocar la guitarra, tocar el piano;
amo hacer rimas de historias reales,
amo los bebitos recién nacidos, los cachorritos,
las películas de acción, películas de carros, las armas;
amo la libertad en las calles.
La Kenssy                                                                                         

Amo mirar a mi hija feliz, besarla,
estar con mi mamá, papá y mis hermanos;
amo despertarme a las cinco de la mañana, estudiar;
amo lo malo que me ha pasado, la música de banda,
los clamatos preparados, los mariscos, la cerveza,
mirar el box, jugar a la baraja, ir a la playa, bailar;
amo las zapatillas,
las pinturas, ropa, bolsas, accesorios y extensiones,
los perfumes, la lluvia, los lirios, ir de viaje, los caballos,
las trocas, leer, los antros, la cárcel y los deportes;
amo hacer ejercicio, cocinar, amo mi cuerpo, los postres,
hacer limpieza, la soda Fanta de fresa, las tardes, las noches,
mirar las estrellas y la luna;
amo a mis amigos, a mi ex y a mis enemigos,
trabajar, las cartas, los chocolates Snickers, estar con las niñas
[la Leiri, la Beibi, la Gee Gee, la Bosick], al profe de literatura, las fresas,
las cerezas y los tostilocos, a los policías y mirar a los pájaros;
amo los libros, el facebook, las canciones que me han dedicado,
escribir y caminar, el soñar y el llorar, las inyecciones y la sinceridad,
las navidades, las sorpresas, los regalos y los detalles, los besos,
los abrazos, las caricias, los gestos, las miradas y tomarme fotos;
amo las comidas de mi mamá,
los columpios, los jardines, la oscuridad, los jacuzzis, el dinero,
la UFC, platicar, el cabello largo y los lunares de mi cuerpo.
La Barbie



Roberto Castillo Udiarte
Roberto Castillo Udiarte
Poeta, narrador y traductor. Nació en Tecate, Baja California, en 1951. Ha sido profesor, promotor y periodista cultural y realizador radiofónico. Entre su obra están: Cuervo de luz (2005), Blues cola de lagarto (1985). La esquina del Johnny Tecate (2004). Tiene las traducciones: Charles Bukowski, Soy la orilla de un vaso que corta, soy sangre (UAEM, 1983, 1995 y 1998; Editorial Castaños, 1987; Laberinto Editorial, edición bilingüe, 2007); Mailer, Robbins, Bukowski, Capote et al., Marilyn y los dieciséis voyeurs (Isla de mar, 1995).




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