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Paulina García Hubard: descubriendo un México africano

05 Sep, 2011 Etiquetas: ,

La fotografía resultó ser el pretexto ideal para que Paulina García Hubard lograra una meta que trascendió su aprendizaje personal: atraer más miradas hacia una comunidad  mexicana que ha sido invisibilizada.

TEXTO: ALEXA N. VELÁZQUEZ / FOTOS: CORTESÍA DE LA ENTREVISTADA

Paulina García Hubard reconoce su propia ignorancia al recordar la anécdota que la llevó a descubrir el refugio donde habitan miles de descendientes africanos en México, en la zona conocida como la Costa Chica, que abarca regiones de Guerrero y Oaxaca.

Mientras realizaba sus estudios en Londes, Paulina o “La Marciana”, como le dicen ahora sus amigos y alumnos afrodescendientes, vivió en una comunidad afrocaribeana, en donde constantemente le cuestionaban si en México había negros, lo cual ella siempre negó con certeza.

Diez años después, cuando por invitación de un amigo asistió sorprendida a un congreso de pueblos negros, comenzó a abrir los ojos a una realidad que hasta entonces le era desconocida y que, luego de cinco años, la conduciría a compartir con cerca de 3 millones de miradas más (público estimado de su próxima exposición) las imágenes del África mexicano que descubrió detrás de la lente.

“Entonces me sentí sumamente ignorante y yo decía: ‘yo me responsabilizo de mi ignorancia’, y por eso empecé a ir a estas comunidades, para aprender, saber de ellos. Me invitaron a un congreso en Acapulco, con gente que se especializa en cómo viajaban los negros en los barcos, de dónde venían, las influencias de su música en México, las palabras…

“Son cosas que me impactan muchísimo porque veo lo permeada que está nuestra cultura y, al mismo tiempo, me responsabilizo de mi ignorancia, decido sacudírmela y me doy cuenta de que también responsabilizo a la Secretaría de Educación, porque en mi época en los libros de texto no había una sola mención de este grupo racial, que no me gusta decirlo así, porque al final del día no existen las razas, todos somos seres humanos”, relata la fotógrafa días antes de exhibir en las rejas del Bosque de Chapultepec las imágenes de aquellos pueblos.

Fue así como García Hubard comenzó a visitar los refugios de la negritud, para darse cuenta de que los precursores de los habitantes de la Costa Chica habían sido mucho más que un montón de esclavos traídos con la conquista y que la mayor parte de su legado había sido eliminado de la historia. “Sin embargo, estoy convencida de que la cara de este país no sería la misma si no hubiéramos tenido esa presencia africana. El mestizaje fue altísimo”, aclara en su estudio al sur del Distrito Federal, mientras el protector de pantalla de su computadora comienza a revelar parte de sus propias estampas del México negro.

Pronto, un proyecto profesional se transformó en un acercamiento personal, que comenzó en marzo de 2005 y se enriqueció con el reto de transmitir sus conocimientos.

“Cuando yo decidí empezar a documentar la zona, una mujer me cuestionó: ‘tú vas a tomar fotos y te las llevas, y tú tomas, y tomas, y tomas, y tomas… ¿Y qué nos dejas?’ Y me cimbró, me marcó mucho su frase. No es algo físico, pero sí es tomar algo de ellos. Y el cuestionamiento me llevó a que, como dentro del encuentro de pueblos había un taller de grabado, pensé: ‘¿Y si yo pongo un taller de fotografía digital aquí, qué pasaría?”.

Al poco tiempo, el taller de fotografía digital para adolescentes recorría comunidades como Corralero, Pinotepa Nacional, El Ciruelo, La Estancia, Cuajinicuilapa y otros. Durante los primeros tres años, regresó a las comunidades alrededor de tres veces cada año, con estancias de hasta dos meses seguidos por viaje.

Con el tiempo, Hugo, uno de sus alumnos, ahorró dinero, compró una Mac y echó a andar su propio negocio en Cuajinicuilapa. Ella sigue apoyándolo con clases de Photoshop. Aunque la fecha está por definirse, Hugo pronto expondrá en el Museo de las Culturas Populares, en la Ciudad de México, con el apoyo del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

“Los demás no, porque también la vida allá es dura, es difícil. También ellos se van y se roban a una chica un día y a los dos meses son padres de familia, y los siguientes 80 años de su vida tienen que trabajar para mantener a esos chamacos. Entonces muchos de mis alumnos ya migraron, porque tenían pocas posibilidades de trabajo”, cuenta García Hubard.

El México africano en Chapultepec

Paulina confiesa que más que por el registro visual o por la foto en sí misma, ella fotografía por la experiencia implícita en la búsqueda de las imágenes.

“Yo fotografío porque me gusta estar ahí, porque la cámara y la fotografía son un pretexto, de cierta manera, que te permite meterte a la cocina de los demás”, asegura.

Luego de acumular fotos durante casi cinco años, decidió participar en un concurso convocado por Banamex en 2009, en el que obtuvo el primer lugar con una foto de “niños en su medio ambiente”, que muestra a cuatro adolescentes afromestizos saltando al agua. Ese premio desencadenó el acercamiento de la Secretaría de Cultura capitalina, que a partir del 6 de septiembre cubrirá 200 metros de las rejas del Bosque de Chapultepec con sus fotografías, junto con las de los artistas invitados Manuel González de la Parra, Franck Courtel y Cristian Salvatierra.

“¿Por qué creo que es importante mostrar estas fotos a la gente? Porque es un tema que está oculto, es un tema que no se habla, que la gente no tiene consciente. La mayoría de la gente, cuando ve mis fotos, cree que estoy en Cuba o en Colombia. Rara vez alguien me dice ‘ésta es la Costa Chica’, sólo cuando ya conocen. Al igual que yo quise sacudirme de la ignorancia del tema, creo que es importante mostrarlo”, comenta García Hubard.

El motor principal para fotografiarlos, dice, fue aprender, conocer, vivir con ellos, saber cómo son, como viven.

“Cuando llegué a ese lugar, el primer encuentro al que fui fue en Corralero, Oaxaca, y me enamoré. Me enamoré del lugar, de la gente, de la manera de vivir, de la libertad con la que viven, de la manera de libertad de expresión corporal que tienen, de ver que no les importa el amasar, porque con ir sacando el día a día están bien, como una cosa muy natural de vivir con lo que tienes”, cuenta Paulina con actitud desparpajada.


Cada vez que se refiere a las virtudes de la comunidad negra, sus ojos claros y su rostro blanco, que explican el apelativo de “La Marciana” entre los afromexicanos, adquieren una expresión de entusiasmo –como si en ese momento su mirada volviera a admirar instantáneas de la vida negra en México—enmarcada por su cabello castaño y quebrado que apenas alcaza a rozar sus hombros.

La fotógrafa cree que también sería importante darles a los afrodescendientes ese espacio y esa voz, y aunque ella hubiera querido que algunos de sus alumnos compartieran el espacio en las rejas de Chapultepec, la iniciativa no fue posible por el carácter no profesional del trabajo de los adolescentes.

Lo que importa, subraya Paulina, es que la gente sea consciente y por otro lado, en la exhibición de las fotografías también radica la intención de mostrar el orgullo y la alegría y el gozo de vida con el que se viven los afrodescendientes.

“No es que no tengan problemas, no es que yo quiera ver las cosas como color de rosa, pero me gusta la actitud que tienen ante la vida, cómo la enfrentan y creo que eso se refleja en las fotos: una vida cotidiana que te habla de quiénes son ellos y de cómo se viven ellos”, explica.

Dos o tres de sus alumnos vendrán al Distrito Federal de la Costa Chica para ver la exposición, y su opinión es la que más interesa a la fotógrafa. Pero también externa sus ganas de ir a caminar en las rejas para averiguar cómo reacciona la gente: si se sorprende, si sabe del tema o si lo desconce.

“Creo que es importante que los incorporemos a nuestra sociedad, que los nombremos, que seamos conscientes, que les agradezcamos y que ellos mismos aprendan a vivirse tomando ese lugar”, añade.

Huella negra

“Somos iguales aunque seamos diferentes” es la principal huella que han dejado en Paulina sus retratos de la negritud. Pero de los ‘afros’ también aprendió a cocinar sus platillos característicos, a tomar fotos con una visión diferente, con otra soltura, y “aprendí que cuando uno hace las cosas desde el corazón, también siempre hay un resultado. No hay manera de equivocarse. Puede haber problemas, pero no hay manera de equivocarse”.

Esos resultados, dice, se obtienen cuando el trabajo, el esfuerzo y la lucha por algo se enfocan bien.

“Yo la verdad sí estoy orgullosa, porque si yo hubiera empezado este proyecto pensando ‘voy a necesitar tanto para lograr esto de aquí a cinco años’, jamás lo hubiera empezado, y lo que hice fue empezar a creer en algo, creer que vale la pena y poner mi energía y mi inversión ahí”.

El estilo de vida de los afrodescendientes también dejó huella: una de las características que más la impresionó fue darse cuenta de que ellos necesitan muy poco para estar muy bien.

“Y también, ya mucho más personal, la sensualidad con la que viven su cuerpo. No es la sensualidad, sino cómo viven y gozan de sus cuerpos. Yo siento que vivimos en una cultura, y cada vez peor, en donde el cuerpo está castigadísimo: o eres así de flaco o te inyectas o te quitas acá, y la manera en la que ellos viven sus cuerpos, para mí es un gozo, es un gran aprendizaje del respeto hacia ese cuerpo, sea el que sea”.

—¿Hemos sido indiferentes a nuestra tercera raíz?

—Absolutamente. El otro día escuchaba a una historiadora decir que ya hay un poco de afrodescendencia en algunos libros de texto y yo digo: “¿por qué hay un poco? ¿por qué si ya se dieron cuenta de que falta eso, por qué no dar un cambio radical?”.

Si empiezas a meter un poco, ¿por qué no metes todo lo que es necesario? Muchos negros tuvieron que ver con la independencia de este país. Vicente Guerrero era descendiente de afros, igual que Morelos y muchísima gente más. Este país no sería el que es sin ellos y, sin embargo, la gente ve las fotos y cree que es Cuba. Por supuesto que están atrás, como ocultos, bastante olvidados…

Desde su experiencia, Paulina puede afirmar que las comunidades de la Costa Chica permanecen totalmente marginadas, con carencias de servicios básicos como educación y salud. Y ejemplifica: mientras que hace 25 años, en comunidades de Hidalgo ya existían las telesecundarias, en 2002, en aquel primer encuentro de pueblos negros sólo dos o tres jóvenes levantaron la mano ante la pregunta de cuántos tenían padres que hubieran estudiado la secundaria.

Sin embargo, aclara, la principal intención de la exposición en las rejas es hablar de las cosas que a ella le gustan de los afromexicanos, “y no tanto marcar las cosas negativas; no porque yo no las quiera ver, sino porque también creo en que las cosas positivas traen más cosas positivas”.

Pero no deja de subrayar la necesidad de visibilizarlos.

“Saber que están, reconocerlos, pero reconocerlos por lo que han sido, el aporte que han traído al país, con dignidad, con respeto y darles espacios para que ellos se expresen”.

Aunque se realizan foros académicos sobre el tema, para Paulina “a veces la academia se pierde un poco con la academia”, aunque ésta no deje de generar algunos cambios.

“Pero yo creo que lo que tendríamos que hacer es trabajar con las comunidades, que hubiera apoyos con los que los chavos tuvieran la oportunidad de estudiar en niveles más altos, porque mientras ellos no tengan representantes de ellos mismos que salgan y hablen por ellos… porque yo te puedo hablar de mí, de lo que yo vi, pero lo que necesitan ellos habría que verlo con ellos. Más bien sería mirarlos, reconocerlos y comenzar todo un diálogo”.

Quizá con “Abriendo los ojos: Afro-México” se escriba una nueva línea.



Alexa N. Velázquez




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