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Perderse en Río

28 Ene, 2016 Etiquetas: , , ,
La autora de este relato decidió perder la orientación, abandonar
por un momento los caminos siempre recorridos y así descubrir
trayectos que la llevaron a conocer un Río de Janeiro diferente.
TEXTO Y FOTOS: ALEJANDRA MORALES MARÍN

Me ha pasado más de una vez que pienso que por vivir en la Ciudad de México, una de las ciudades más grandes del mundo en uno de los supuestos países más peligrosos del mundo, poseo algún tipo de radar biológico para los desvaríos y el peligro de las urbes. Más de una vez me he equivocado.

La última de estas equivocaciones sucedió en Brasil. Era mi segundo día en Río de Janeiro y había pasado una noche muy agradable en un hostal de Lapa, un barrio bohemio de clase media, célebre por albergar la famosa Selarón y el Acueducto da Carioca [llamado también los arcos de lapa]; además de ser conocido por su alta concentración de restaurantes y vida nocturna.

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En fin, sé que era domingo y debía trasladarme del hostal a un hotel ubicado en Cinelândia, zona contigua a Lapa y que es nombrada así por haber albergado los mejores cines de la ciudad durante algún tiempo. Después de ver un mapa, y sin pensarlo demasiado, decidí hacer ese traslado a pie. Saqué el celular e indiqué al GPS que marcara la ruta; eran aproximadamente 600 metros de distancia y el camino parecía sencillo: no tenía más que hacer un par de quiebres para llegar a mi destino. Para corroborar pedí consejo a dos chicos en el hostal y ambos aprobaron la decisión de caminar. Entonces tomé el equipaje y salí de ahí. Era un poco antes del mediodía, todo parecía tan tranquilo como un domingo cualquiera: poca gente, pocos coches, poco movimiento debido a la resaca del día anterior o al cansancio acumulado durante la semana, qué sé yo.

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Salí del hostal y doblé a la izquierda. Al llegar a la esquina volví a doblar a la izquierda. Todo estaba excesivamente quieto: había algunas almas caminando por ahí y eventualmente aparecía uno que otro coche. Sabía que tenía que seguir derecho hasta encontrar la calle del hotel y listo. Me sentí cómoda con el lugar y decidí jugar a que la ciudad era la escena de una película que ponía en mute; empecé a caminar relajada, sintiendo la brisa y el olor a mar que llegaba a mí gracias a un viento suave; miraba la arquitectura y la vegetación. Durante el trayecto encontré a tres personas esperando el ônibus y, siguiendo en mute, sonreí a una mujer que hacía gestos desesperados con la intención de sacarme del trance. Durante segundos omití su voz, pero fue tanta su insistencia que tuve que cambiar de modo. Quería advertirme del peligro de caminar por ahí y me explicó que acababa de presenciar un robo mientras señalaba a dos policías persiguiendo a un ágil ladrón. Agradecí el gesto de advertencia y le expliqué que sólo caminaría unos metros y que iría con cuidado. Ella seguía con su intento de persuadirme para cambiar de ruta o tomar un taxi cuando apareció una pareja de turistas chilenos que, ingenuos como yo, habían decidido dar un paseo por el barrio. Los tres aceptamos la advertencia de la mujer e intentamos seguir con nuestra misión: les propuse hacernos compañía mientras salíamos de la zona de peligro para después cada quien continuar con su camino; pero la necedad de la mujer fue tal que nos obligó a cuestionar esa determinación. Mientras recalculábamos llegó el ônibus; los tres extranjeros estábamos todavía sorprendidos por la actitud de la mujer y ella, sin censura, tomó mi maleta y me subió al bus. Los chilenos nos siguieron. Dentro del camión seguía con el intento de interpretar la acción del ángel cuando atravesamos un túnel lleno de moradores da rua, conocidos en otros países como: «homeless», «indigentes», «vagabundos», «gente sin hogar», «callejeros» o «desechables». No acostumbro los prejuicios, pero en ese momento entendí el mensaje; probablemente estuve a 100 metros de entrar a la cueva del lobo, o no lo sé, tampoco me hubiera gustado averiguarlo.

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Algunas calles adelante llegamos a Cinelândia. Los cuatro bajamos en la parada y hablamos un poco; la pareja de chilenos decidió seguir por su cuenta. El ángel me acompañó un poco más cerca del hotel, volví a darle las gracias y nos despedimos. Era la primera vez que estaba en Brasil, mi segundo día en Río y quedé sorprendida ante la cantidad de moradores da rua que había en la zona. Llegué al hotel. Ahí encontré o reencontré a muchos compañeros de ideas y de andanzas. La vida está hecha de reencuentros.

Después de aquel incidente supe que no podía confiar en mi sentido común, así que decidí confiar en el de los demás. Durante varios días dejé de preocuparme hacia dónde iría o cómo volvería; confié plenamente en el equipo y disfruté la ciudad y sus revelaciones del día a día. Caminé, caminamos y recorrimos sitios turísticos y no tan turísticos de la ciudad; fuimos a los rincones que esconden lo cotidiano, esos que no suelen estar en las revistas.

A veces aprovechaba unos segundos para capturar momentos o escenas que pasaban, también dejé que varios momentos se escaparan. Pasaron los días de colectividad y nos separamos con la esperanza de volver a reencontrarnos.

Había llegado sola y nuevamente me encontraba sola, ya estaba más familiarizada con la dinámica citadina y mantuve la postura de dejarme llevar. La buena onda carioca facilitó encontrar a varios amigos, así que volví a caminar acompañada y me permití también caminar en soledad.

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Por alguna razón mi celular colapsó, y pese a que nosotros los millennials sufrimos sin un celular capaz de sacarnos de cualquier apuro, no tuve más remedio que desempolvar algunas habilidades y prestar más atención mientras empezaba mi deriva por los caminos de Río. Tomaba apuntes y trazaba las rutas del día; me perdí muchas veces como consecuencia de nunca seguir al pie las instrucciones; siempre encontré nuevas rutas para volver. También deambulé sin rumbo hasta que el cansancio me obligara a emprender el camino de vuelta. Anduve sin miedo a perderme porque a veces cuando uno está en un lugar desconocido lo mejor que puede hacer es perderse y eso me sale bien. Porque si conoces la ruta andas de prisa sin apreciar el camino; perderse debería ser una obligación para que la necesidad nos demande  estar atentos y mirar más allá. Perderse para andar esos caminos que dejamos de ver cuando creemos saber dónde estamos,  cuando no sabemos que perderse también es una manera de encontrarse.

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Alejandra Morales
Alejandra Morales Morales

Estudio diseño industrial. Ha trabajado en proyectos de museografía, diseño social y diseño gráfico. Apasionada de la fotografía, la cerámica, la carpintería y el trabajo colaborativo.





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