Recomendamos

Pero no

22 Jun, 2016 Etiquetas: , ,

En La reina del Cine Roma, Alejandro Reyes nos lleva a conocer un Brasil cruel a partir de personajes construidos en su derrumbe.

TEXTO: CYNTHIA CHÁVEZ 

Maybe one day I’ll be an honest man,
up till now I’m doing the best I can.
Long roads, long days of sunrise to sunset,
sunrise to sunset.

«Wasting Love», Iron Maiden

 

Habría jurado que Alejandro Reyes era brasileño. En parte por inculta, claro, y otro tanto por la forma natural con que construye La reina del Cine Roma, sirviéndose de un aséptico juez-narrador que habla de un Brasil cruel, asignado a los más vulnerables —niños indigentes— con la fluidez y el caló de quien lo vive a diario.

Pero no. Alejandro Reyes es mexicano, aunque reside en Brasil desde 1995. La nombrada novela la escribió en portugués y, más tarde, se encargó de su traducción [¿o reescritura?] al español; tarea de alto grado de dificultad pues a la sesosa y sensible labor de trasladar el significado y la estética concebida se sumó el mundo íntegro en el que María Aparecida y Betinho se provocan al límite: el Cine Roma y sus alcances.

Al principio la exclusión social los avivaba. Junto con Maruim, Melê y Calungo lograron que ese cine fuera, de todas, la guarida más amorosa. [Los cinco compartían la misma historia: la crueldad familiar que los obligó a huir.] Pero cada día que pasaba cobraba una cuota, que derivó en que cada uno se abandonara a un camino distinto, sin olvidar, desde luego, esa marginalidad que los uniría momentáneamente.

La gente odia todo lo que es diferente, sabes, como si las diferencias fueran una afrenta personal.

No tendría que haber sucedido. María Aparecida y su hermano Pedrino eran dos niños cuidados y queridos, el todo de su madre. Con su muerte, el padre y los dos pequeños quedaron en el desamparo. A un hombre sin necesidad de ambiciones, de pronto, le tocó asumir la responsabilidad ignorada: la paternidad que exige sustento y guía. Nada afortunado el cambio.

De ser esos pequeños, se convirtieron en seres expuestos a las represalias que su nuevo padre le reclamaba a la vida. La calle, donde ahora trabajaban, les ofrecía un respiro de eso extraño que se había apoderado de su papá.

Muy pronto a María le tocó conocer el mundo a través de las piernas —más por fuerza bruta, pues ningún infante lo decide— y a creer que así, tras cubrir cuotas de dolor, obtendría cierto perdón; perdón por su intensidad, perdón por no cuidar bien a su hermano, perdón por todo. Comenzando todo, desde luego, con su padre. [¿Qué dolor más grande, me pregunto, que el abuso de alguien que debe protegerte?]  

Portada La reina del cine Roma

Portada del libro editado por Mondadori.

No pasaría mucho tiempo antes de que Pedrino, el niño más inseguro y dependiente de María, se perdiera del radar. Sin rastro de vida, nadie sabría de él. Qué otra cosa le quedaba a María. Sólo podía alejarse de esos restos que tanto le rompían el corazón y aventurarse a la calle en plenitud, con la cabeza llena, esos sí, de deudas con todos.

Sin ir muy lejos, porque dicen que desastre llama locura, al verla Betinho la sumo a su vida. Nada fácil la tarea, pues «una niña —nos repiten hasta el cansancio— siempre trae problemas». A partir de ahora sería toda su realidad volcada a la de otros tantos niños con un futuro garantizado a las drogas, la prostitución y la sobrevivencia diaria.

Entre personajes bien construidos en su derrumbe [la desfigurada familia de María Aparecida, Pedrino, Betinho, Chico…], va y viene la esperanza —siempre la misma— que busca alejarse del desprecio y el dolor. Sin embargo, María Aparecida parece ser el detonante de todo lo contrario: nadie permanece a su lado sin pagar el precio. Un triste amuleto que será principio y fin para todos los que ella ama.

No sé quedarme fría, Betinho, lo sabes bien. Soy así, ni modo.

A pesar de consolidar un amor de familia, los ataques de ira de la también llamada reina y la combinación de sus demonios con los de Betinho sofocaron las muchas casas improvisadas que levantaron. El enamoramiento en todos los sentidos no alcanzó para sopesar la hostilidad de la calle, la búsqueda individual. Así, acumulando desastres por separado y explorando la inmundicia que sólo se reserva para la gente, estos jóvenes [ni niños, ni adultos] alcanzaron un titánico deseo que —sabían— nunca llegaría: el amor que cimienta un hogar. ¿Pues qué otro espacio se puede replicar que no sea el conocido?

 

Imagen de portada: Rio de Janeiro by Dany13. Flickr-[CC-2.0]


Cynthia Chávez
Cynthia Chávez

Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la FES Acatlán, cursó la especialidad editorial en Versal y el diplomado en corrección de estilo en PEAC. Dirigió Massiva Revista y trabajó con Parentalia Ediciones. Ha colaborado con El Frente de Amaranto, ERRR Magazine y Logógrafo.
Actualmente es jefa de redacción en Penguin Random House. En Twitter: @Doc_Terrible





Artículo Anterior

Más que un árbol, el vigoroso soplo de la vida

Siguiente Artículo

Game of Thrones: Esperando los fuegos pirotécnicos





También te recomendamos


Más historias

Más que un árbol, el vigoroso soplo de la vida

A través de Eréndira, la niña, la mujer, Gonzalo Trinidad nos sumerge en el mar de pensamientos y emociones que representa...

21 Jun, 2016