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Pintar a tomatazos las calles

06 Abr, 2015 Etiquetas: , ,

O de cómo el muralismo vecinal puede transformar las colonias.

TEXTO Y FOTOS: CÉSAR PALMA

Las casas de la colonia América han sido deslavadas por el tiempo; los pocos espacios uniformes sirven de lienzo para declaratorias de amor eterno: “Siempre te voy a amar Lola”. Hay graffitis y pintas con mensajes ininteligibles en las paredes, pero hay otras que sobresalen pues sus mensajes no coinciden con el paisaje general de erosión y descuido: contienen trazos bien delineados hasta el último detalle; no tienen propaganda gubernamental, nadie se ha atrevido a ensuciarlas; no están orinadas, nadie se para con las piernas recargadas ellas, todos las respetan.

Este barrio luce igual que cualquier otro de la Ciudad de México, incluso más sucio y desaliñado si se le contrasta, por ejemplo, con la colonia de enfrente, ahí donde termina el bosque: Las Lomas de Chapultepec, esa colonia que tiene todos los servicios y pocas carencias. Aquí el asfalto lleno de baches, las banquetas rotas y el cableado clandestino sirven de marco a los letreros clásicos de la indignación que a veces pasan a la rabia: “No seas pinche “(‘@’)” no tires basura aquí”, pero son ignorados.

La colonia América se ubica al sur de la delegación Miguel Hidalgo. Pequeña, casi un cuadrado de seis por seis calles, es notable porque al norte, cruzando avenida Constituyentes, está el Panteón de Dolores, donde se ubica la Rotonda de las Personas Ilustres, la referencia más notoria para sus habitantes. Está fusionada con la colonia Daniel Garza al oriente, al poniente con la 16 de septiembre, y al sur con la Cove, la cual pertenece a la delegación Álvaro Obregón.

Esta pequeña zona cambió drásticamente. Claro, la basura sigue acumulándose, las banquetas siguen incompletas, algunos edificios siguen descarapelándose y las calles están a obscuras, pero en otros lados los vecinos sonríen cuando pasean, los transeúntes quedan maravillados ante el colorido, y los grafiteros no se atreven a tocar una pared.

Un mundo de ropa, los periódicos, las flores y el “viene, viene”

Hace más de cincuenta años que se fundó el mercado América. El tiempo ha sido implacable con su estructura y sobre todo con la dinámica de ventas que se ha precipitado sin señas de recuperación. Uno de los testigos de esta historia es Alejandro, actual miembro de la mesa directiva, quien desde niño ha trabajado en un puesto de ropa heredado por sus padres. Ubica a todos y todos lo ubican a él. Desde temprano le saludan los guardias de seguridad, los carniceros, las amas de casa… “Hola, Alex”.

En sus locales es posible encontrar todo tipo de ropa sin importar la temporada o los gustos. Sobre las paredes se extienden decenas de pantalones de gabardina y sobre las vitrinas crecen montañas de ropa. En los tubos del techo reposan chalecos, mandiles, chamarras, playeras, camisas… Una lista interminable de mercancía, inversión acumulada durante décadas. Los clientes lo saben, y acuden a Alex para mantener el guardarropa más o menos lleno; y lo mejor: ofrece los productos a pagos. Vienen por unas medias de sesenta pesos, pueden dejar diez, tal vez veinte y el resto al siguiente día o dos después.

Alex no dudó en traer el proyecto de Ciudad Mural al mercado. Se enteró cuando la bulla que hacían calles más arriba, en la escuela “La Gaviota” —un centro de estimulación temprana—, era demasiada. Una vecina le comentó qué es lo que hacían con las paredes. Ello no parecía incompatible con la filosofía de Alex sobre el mercado:

—No es la primera vez que quiero que el mercado tenga otra función más allá de la venta. En una ocasión hice que se convirtiera en un módulo de información, un lugar donde pudieras encontrar ayuda. Implementamos talleres de capacitación para el autoempleo, de globoflexia, de paletas. Queríamos que el mercado rompiera con el tabú de comercio y colonos. Era importante que se solidarizara la comunidad, por eso creo que los murales eran un gran proyecto. La idea de los murales no sólo venía como anillo al dedo por la falta de mantenimiento al mercado, sino podría ser una iniciativa para llamar más clientela, consideró la mesa directiva. Hubo disposición de la mayoría de los locatarios, algunos más activos que otros, pero en general todos la aprobaron.

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El Colectivo Tomate aceptó la invitación de los locatarios; a través de encuestas y entrevistas formularon cuatro diseños. Todos fueron pintados con diferentes estilos. El más problemático ha sido el que se ubica al extremo poniente de la construcción, cerca de la zona de flores, exactamente arriba del puesto de periódicos. Es una obra incompleta, que rompe con la propuesta de los demás. Las tonalidades que lo componen son más frías: una mujer aferrándose al cuerpo de un hombre; él no tiene la tapa de la cabeza, no hay cerebro sino un corazón; más abajo el mismo hombre tiene la espalda abierta, donde se ve un engrane gigante, también rojo. El rostro de la mujer está pintado al monocromo con los ojos cerrados y una expresión temerosa. Los elementos secundarios delinean un paisaje industrial. Eso precisamente fue el tema central: la vida en la ciudad.

A la dueña del puesto de periódicos no le pareció bonito. Está molesta por lo que le hicieron a su puesto. Ella accedió en un principio, pero no se imaginó que así quedaría, sobre todo la parte posterior de su puesto: una mano pálida con dos chacuacos sobresaliendo por el dorso. Quedó decepcionada y no opina más al respecto. Su silencio y pocas palabras explican todo por sí mismo. Cruza los brazos cuando se le pregunta sobre el mural.

—A mi no me gustó. Que no me vuelvan a pedir algo, porque no les daré nada. El mercado no debe de estar así. A mí me gusta sin nada, como siempre ha estado. ¿Qué son esas cosas? Está feo.

Es el mural incomprendido. Ni la joven que atiende la paleteria ni el señor de la rosticería lo entienden. Los transeúntes apenas y lo miran. Sólo se puede apreciar a una buena distancia debido a sus dimensiones. Se tiene que mirar desde la otra acera.

Por el contrario, José Eduardo y Lizbeth, quienes atienden la panadería que está cruzando la calle, están maravillados con él. Será porque de donde vienen no hay nada parecido. Allá en Veracruz no han visto murales de ese tipo. No es tan bonito como el del perro, pero el rostro de la mujer y los colores hacen que lo miren de vez en cuando mientras preparan pan.

José Eduardo comenta que los murales hacen más bonita la calle. A pesar de que no todos son de su agrado, cree que se ven muy llamativos. Su hermana coincide con él. Incluso la han motivado a intentar algunos trazos en papel. Ella dibuja, pero trabajar en la panadería acota por completo el tiempo que podría dedicarle a dicha disciplina. Hubieran querido colaborar en la elaboración de los murales, como algunos otros jóvenes.

Colectivo Tomate

José, el chavo de la florería, sí ayudó. Pintó un fragmento de la puerta que tiene el perro entre las patas delanteras. Tampoco pudo colaborar como hubiera querido por falta de tiempo. La florería lo absorbe mucho. Hace unos meses abandonó las clases de pintura que tomaba cerca de Balderas: le era imposible atender el puesto y pintar.

A la mamá de José también le encantó la idea de los murales: cree que armonizan muy bien con el interior del mercado. Son joviales, no son serios, dice.

—Creo que están muy bien. Me gustan y acercaron a los chavos a participar. Si vieras, el día que se pintaron estaban un montón de niñitos ayudando. Es muy importante esta actividad. A todos nos gustan, hasta los policías se dan unas vueltas para ver que nadie los dañe. Los de la casa de enfrente vigilan.

José y su madre regresan la atención a una señora que quiere una docena de rosas.

Colectivo Tomate
Mural de muertos

Juan Manuel protege uno de los murales como se cuida un objeto personal o como cuida cada uno de los coches que llegan a estacionarse en las inmediaciones del mercado. Está al pendiente sobre Calle Sur 128, mueve su franela como banderín para indicar un espacio disponible. Es atento con quienes van llegando, no les pide una moneda sino hasta el final. Lo que gana va destinado a sus dos hijos que estudian la secundaria y para su esposa, quien también le ayuda.

El mural no podía estar menos resguardado: sus hijos ayudaron a pintarlo e incluso está el nombre de su esposa Irma como elemento central.

Una de las temáticas ganadoras en las encuestas realizadas por el colectivo, y que quedó reflejada en el mural que custodia Juan Manuel, fue abordar la fecha más célebre de la zona: el Día de Muertos.

Esta festividad quedaba articulada a la perfección con el tema de la identidad, el cual pretendía resaltar el colectivo por toda la colonia. La mayoría de los locatarios se refieren al éxito del mercado siempre subrayando el dos de noviembre. Platican cómo ese día la Calle Sur 128 se convertía en un paraje lleno de vida. El mar de personas se extendía por varios metros, junto con la feria que se montaba a lo largo de la avenida. Los locatarios recuerdan este día como un momento inusitado: la gente de las Lomas de Chapultepec reunida con vecinos de la colonia América u Observatorio, para comer una quesadilla o para ofrendarle flores a los muertos.

Juan Manuel cree que todo eso hace una gran obra al mural, pues sintetiza parte importante de la colonia. Sin embargo, lo más importante para él es que se participó activamente.

—No tuve la oportunidad de pintar, estuve por aquí, pero ya sabes, chambeando. Mis hijos sí ayudaron y todo estuvo muy padre. Muy buena convivencia con todos los chamaquitos. Todos estaban muy felices. También los chavos que trajeron las pinturas, muy buena onda, hasta había extranjeros, todos bien accesibles y amables.

El impacto que causaron los murales a Juan Manuel es exactamente el mismo que el de los demás locatarios.

—Los cuidamos porque mejora la vista de la calle. Siento que nadie los quiere rayar. Te juro que he visto chavos que se acercan, y yo sé que ellos han grafiteado estas paredes, y se quedan mirando, como sorprendidos por el cambio. Es que no es lo mismo unos rayones, unas letras, a un dibujo así.

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El Tíbiri Tábara

Ramón se ofreció para llevarme hasta su casa, donde el Colectivo Tomate pintó otro mural. Fue después de terminar de charlar con Alex. El Tíbiri Tábara, como le dicen, estaba dando sus rondines cotidianos en el mercado. Trabaja para mantener la seguridad de los comerciantes y clientes. Al igual que Alex, conoce a medio mundo. Toda su vida está enmarcada en esta colonia. Hijo de la calle, se llama a sí mismo. Nació y creció sobre las aceras, en solitario o en grupo. Formó parte de la banda “Los Panchitos”, aquella pandilla famosa en los años ochenta. Su pasado parece más lejano, casi difuminado como el tatuaje de su mano. Su vida es distinta, diametralmente opuesta a lo que vivió cuando era joven. Me dice que las cosas ya no son como antes, incluso parece optimista, inflamado por una alegría y orgullo que emana del mural que hay en su casa:

—Esta es mi casa, tu casa. ¿Qué tal, eh? —Ramón se echó para atrás y durante un par de minutos no dijo nada. Observó el mural, sonrió y me pidió que esperara—. Voy por mi constancia de participación, espérame aquí, la tengo allá adentro en la casa.

El mural ocupa completamente la cara frontal del predio, pero sólo en el primer piso: la parte alta simplemente no tiene nada. Fue una decisión consensuada entre la familia política de Ramón y la suya. Sus familiares no estaban del todo convencidos: mientras él quería ocupar todo el espacio que da a la calle, ellos no.

Cuando Ramón llegó con la constancia que entrega Colectivo Tomate a todos los involucrados, enseguida le pregunté:

—¿Por qué no hay nada en la parte de arriba?

—Haz de cuenta que aquí viven otras personas, y ellos tienen estas ideas cristianas. Arriba quería que el chavo artista me pusiera una calavera gigante, así bien chingona. El chavo me entendía, sabía cómo se iba a ver chida. Es una pared bien grande, se iba a ver poca madre, bien chingona. No se pudo, no quisieron. Si con trabajos nos dejaron poner el mural relacionado con los difuntos. Yo quería que se pusiera el nombre de los difuntos en las lápidas, pero por lo mismo no se pudo.

Ramón se inclina sobre el mural, desliza sus manos sobre los colores brillantes.

—Este mural lo cuidamos aqui todos bien.

—¿Y lo han intentando rayar como las demás paredes o algo así?

—No. Si alguien lo intenta, le rompemos su madre. Pero no, eso no pasa. Los vecinos nos dicen “qué padre”, “qué bonito está”. Es que cambia mucho la casa, se ve mejor la calle así.

—¿En qué es mejor?

—En todo, la vista, es arte. Antes no había nada de esto, mucha delincuencia por aquí. Estas ya son otras generaciones. Por ejemplo, el chavo que lo hizo está bien joven, trae otras ideas, hasta vino con sus papás para que vieran el mural. Es otra cosa, son mejores tiempos.

Colectivo Tomate
El Colectivo Tomate

El primer mural en la historia de Ciudad Mural fue en casa de don Arturo, en el barrio de Xanenetla, Puebla. En 2009 llegó al poblado un equipo de tres mujeres jóvenes, fundadoras del colectivo: Vica Amuchástegui, Paola de la Concha y Donají Tejeda. Su principal preocupación era contribuir a la mejora de la calidad de vida de las personas, “reactivar la economía de la zona, mejorar el ambiente urbano y dar a conocer la identidad de sus habitantes”. Creyeron que con la elaboración de los murales tenían una oportunidad de cambio. Obviamente, lo primero que necesitaron fue obtener recursos. Una primera vía fue postularse para participar por el fondo “Creación Latente”, que otorgaba el gobierno poblano. No ganaron. Decidieron poner de su bolsillo los recursos para que el proyecto siguiera adelante, una de las vías fue organizando ventas de comida.

Al principio los habitantes de Xanenetla mostraron poco interés. A las reuniones informativas asistían apenas un puñado de personas. Llegaron al punto de repensar la iniciativa, si en verdad valía la pena implementarla ahí. Fue en ese momento que don Arturo se apresuró a decir que esperaran un poco más, que los habitantes reaccionaron con tal indiferencia porque no tienen idea de quiénes eran ellas, de dónde venían, con qué interés.

Paola de la Concha considera que esa desconfianza es normal y sucede en todas las comunidades con las que han trabajado.

—Siempre es lo mismo, siempre en las colonias hay un poco de desconfianza. Hay muchos discursos políticos rondando, hay desconfianza en general, hay resistencia. Poco a poco nos van conociendo de manera genuina, hay quienes se vuelven nuestros amigos y quienes no. Esta desconfianza se origina por muchos factores históricos, políticos y económicos. Creen que venimos con otros intereses, que venimos de un partido político, que van a expropiar tu casa, por ejemplo.

Don Arturo, entusiasmado con la iniciativa, ofreció su casa sin miramientos. La fachada de la casa estaba muy deteriorada, al igual que todo el poblado. Casas consumidas por el tiempo y la indiferencia; el poblado llevaba, según Paola de la Concha, cuarenta años sin dinero para mejorar su infraestructura. Actualmente está destinada una inversión de 100 millones de pesos para la rehabilitación de “imagen urbana” de varios barrios, entre ellos Xanenetla.

Sólo hizo falta que don Arturo prestara su casa para que se encendiera el ánimo de los demás vecinos: al poco tiempo más personas estaban asistiendo a las reuniones, talleres y, por supuesto, a la elaboración de los murales. Todos querían una obra en su casa como la de don Arturo. La participación creció y, por fortuna, también los recursos. Decidieron allegarse de más billetes a través de una fondeadora, hasta alcanzar un total de 30 mil 155 dólares.

Como tema central de los murales de Xanenetla se abordó el concepto del tiempo, particularmente a través de tres preguntas: ¿Quiénes fuimos?, ¿Quiénes somos? y ¿Quiénes queremos ser? Las interrogantes pueden ser respondidas si se pasea por las calles de Xanenetla. Quince murales sobre el pasado, presente y futuro. En casa de don Arturo comienza el recorrido con Quetzalcóatl.

Ser invitados por la comunidad es uno de los criterios principales para que el Colectivo Tomate lleve su propuesta, antes no. Paola comenta que no pueden llegar a imponer, muchos menos si se trata de espacios privados, como la fachada de una casa. Los vecinos deben estar involucrados directamente.

—No nos interesa salvar ninguna zona. No vamos a “dignificar” como algunos partidos pregonan, no creemos en ese lenguaje. Los espacios y las personas son dignos por sí mismos. Nos acercamos porque nos invitan. Socializamos el proyecto. Hay quienes no quieren. Las fachadas de las casas no son lienzos para nosotros, son… las fachadas de las casas.

La participación de la comunidad tiene un rol importante durante todo el proceso, a pesar de que en ocasiones no es sencilla. Suele haber fricciones entre los artistas y los dueños de las casas: el resultado final no es como ellos esperaban, ya no les gustó el diseño o les gustó, pero momentáneamente. El artista se siente vulnerado si intentan corregir, sienten que no valoran su aportación, etcétera. De tal modo el colectivo, cuando lanza la convocatoria para recibir propuestas, establece criterios, lineamientos y una serie de entrevistas para seleccionar a quienes podrían colaborar en Ciudad Mural.

—Tenemos filtros pertinentes para que llegue gente que sea empática con la comunidad, que sea humilde, que tenga una actitud de respeto hacia la fachada de sus hogares, sin que eso impida que puedan transmitir lo que quieran.

Después llegan a la comunidad y ellos les preguntan qué quieren pintar. Se codiseña con la familia y los artistas. Es complicado porque a veces no les gusta el concepto rector que eligió la comunidad, no les gusta el estilo del artista.

Es complejo y bonito.

En el caso de la colonia América, el concepto está orientado a recuperar la identidad de las personas, cuáles son sus tradiciones y hablar sobre la historia particular de cada casa o en general sobre la colonia.

Sobre los artistas, Paola agrega:

—El ego de los artistas, a veces, entra en conflicto. Nosotros no somos nadie para imponer a los dueños. Si no les gusta, lo pueden quitar. Están en todo su derecho. Los artistas no están familiarizados con esos contextos, a veces no entienden que un día la familia puede decidir quitarlo porque ya está harta después de verlo tres años.

Paola describe aquel proceso como un diálogo, un momento de interacción entre la comunidad. Cada comunidad es distinta, en algunas los resultados son tan positivos que el proyecto es adoptado por agrupaciones locales. El caso de la colonia Hércules, en Querétaro, ejemplifica muy bien esta situación:

—Las comunidades son muy diversas, algunas están muy unidas, otras más fragmentadas. En Hércules hicimos doce murales por un amigo que me invitó. Fue un trabajo voluntario, no había presupuesto, solo nuestros recursos y los que se juntaron. Después otro colectivo se apropió del proyecto y continuaron la chamba. Actualmente hay más de cien murales, cuando empezamos con doce. Me parece una historia de éxito. La comunidad se apropió de la idea.
Xanenetla, por su parte, logró tener mayor visibilidad y, en consecuencia, mayor inversión por parte del gobierno.

—Después de cuarenta años de no tener inversión, el gobierno arregló banquetas, pusieron luminarias, arreglaron la iglesia de Santa Inés, modificaron el cableado. Esos me parecen logros. Xanenetla se reconoció como un barrio importante.

¿Y la colonia América?

Sobre la colonia América, Paola no parece muy optimista. Vale señalar que ella no tuvo una participación intensa ni de tiempo completo en este proyecto, salvo al final.

—En la colonia América ha sido más difícil integrar el proyecto. Es una comunidad más dispersa, no está tan unida, no es pequeña, es muy diversa en sus habitantes. Cada lugar ha tenido su propio impacto, algunos mejores que otros.

A la lista de inconvenientes en la colonia América se sumaron el flujo interrumpido de dinero, lo que les impedía trasladarse a la ciudad cuando lo requerían, a veces no podían conseguir los andamios, por ejemplo. Parte de los recursos vinieron de los bolsillos de pinturas Osel y Universidad Centro. Sin embargo, algunos otros problemas desarmaban la logística, como cuando algunos artistas se retiraban sin avisar.

El trato con los habitantes facilitó la implementación del proyecto. Trabajar cerca de las personas ha enriquecido a los integrantes del colectivo con cada una de sus historias. El transcurso del tiempo e intercambio de ideas les ha permitido ser más abiertos.

El arte es una herramienta de transformación social

Si uno se pasea por las calles de la colonia América encuentra un discurso visual muy flexible, con una buena cantidad de referencias a los temas religiosos, tema que antes era una frontera que no quería cruzar el Colectivo Tomate.

—Nosotros como colectivo no queríamos pintar temas religiosos, no queríamos identificarnos con eso. A lo largo de los años nos hemos dado cuenta que eso es también importante para la gente. Nos dimos cuenta que teníamos que relajarnos con eso.

El Colectivo Tomate se siente satisfecho con aquellos logros, no obstante tienen la mirada puesta hacia adelante, donde los murales fungen un papel importante para transformar las condiciones de vida de los vecinos:

—Queremos seguir pintando. Queremos que la gente de la comunidad ofrezca talleres sobre pintura, sobre los murales, que haya un intercambio de conocimiento. Queremos que la gente multiplique los proyectos, que surjan más murales, que los murales hablen de las realidades de las personas. No queremos que un barrio se tache por un síntoma o un problema que tuvo. Hay mucho más allá, más historias. Las narrativas de la comunidad deben ser elegidas por los propios habitantes, quienes eligen qué compartir, no que se hable de ellos a través de juicios hechos por personas de otras zonas.

Paola termina la entrevista con una reflexión:

—El arte es una herramienta de transformación social. No estamos perdiendo el tiempo con esto. El arte no nada más es el mural, de hecho, eso es como la cereza del pastel, sino que el arte está en el tejido que se va construyendo entre las personas, en el vaivén de resolver conflictos y conocernos genuinamente. Eso es lo que me parece más arte que el mural en sí.

Colectivo Tomate



César Palma
César Palma
Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com




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