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Por los humillados y ofendidos

05 Jul, 2018 Etiquetas: , ,

El camino hacia la regeneración que pregona AMLO, lo tiene que fincar el pueblo, con la dignidad de sus actos, en solidaridad, reflexiona Gonzalo Trinidad en este texto que ubica el triunfo del tabasqueño también como una posibilidad de construir algo distinto a lo que México ha sido.

TEXTO: GONZALO TRINIDAD VALTIERRA  / FOTO: CÉSAR PALMA

Luchas en nuestra causa de trabajo

y eres de los luchadores

que marchan cumbre arriba desde abajo

arrastrando una cauda de dolores.

Carlos Gutiérrez Cruz

 

El primero de julio, después de una sucesión de luchas sociales, sindicales y campesinas, tan larga y complicada que muchos de nosotros ni siquiera la tenemos presente en su totalidad, pero que seguramente puede rastrearse desde la lucha ferrocarrilera a mediados del siglo XX, por fin, el pueblo respiró una atmósfera menos sucia, aligerada por el triunfo de un hombre aferrado, sí, pero también congruente y decidido.

Un político cuya claridad está engarzada con la historia de nuestra nación. No se trata de un personaje ignorante que se regodea en el cinismo. Si algo ha sabido hacer AMLO —cosa que todo mexicano debería envidiarle— es conocer el país: la tierra que nos sostiene, las ciudades donde nuestras vidas se desenvuelven en relativa calma, también aquellas ulceradas por la violencia y la muerte. Él ha visto los pueblos y su gente incrustados en las sierras, junto a los ríos y en las costas. El Peje, como lo llaman despectivamente sus contendientes, debe ser el único mexicano que ha andado de sur a norte, poniente y occidente, por penínsulas, selvas y desiertos, todas ellas pobladas por mexicanos variopintos, muchos de los cuales no hablan español y son parte fundamental de nuestra cultura. Todos con motivos de indignación tan diversos como ellos mismos.

Quiero detenerme, en otro aspecto de este triunfo abrumador: la victoria de AMLO no se reduce a la de una contienda deportiva, como muchos han querido malinterpretar. La razón de tanta felicidad es el sabor de un triunfo moral para los mexicanos, quienes se saben escuchados y reconocidos por primera vez desde que Lázaro Cárdenas expropió el petróleo. Incluso para aquellos que no votaron, por desencanto, desidia o falta de interés, la dignidad que se respira no les resultará indiferente. Quizá con el anuncio que a todos nos tomó por sorpresa, la noche del domingo, los ciudadanos que no se animaron a participar en nuestro defectuoso sistema representativo, puedan reflexionar y cambiar de opinión en los años por venir. En mi familia hay muchos de ellos y son los primeros a los que aludo.

¿Qué nos ha enseñado hasta el momento la historia reciente de México? Dos cosas, a mi parecer, fundamentales. Somos un pueblo indisciplinado. Y pecamos, como pocos, de poseer un ego desmedido, quizá porque nos sentimos herederos de muchas culturas que hemos convertido en motivo de orgullo y vergüenza, sólo por mencionar a los olmecas, mexicas, mayas y españoles [estos con toda su raigambre árabe, ibérica y grecolatina]. Pero, me pregunto, ¿qué somos capaces de crear con esa savia vigorosa llamada cultura? Sin disciplina, nada, cero, a lo mucho un intento mediocre, un simulacro de civilización.

Para medir nuestras fuerzas, no basta que el ángel de la historia nos sonría de vez en cuando. La vida se conquista en el acto político diario, en la plaza pública, las calles, alamedas, parques y avenidas. Hemos de perseverar, dueños de nuestro destino, confrontados con nuestro pasado, de manera inteligente, generosa y crítica, siempre y cuando seamos capaces de crear un lugar más justo, donde el agua, el pan y la cultura [material e inmaterial] les pertenezca a todos.

Si el triunfo de AMLO hace sonar las campanas de la transformación nacional, se debe al esfuerzo de muchos que fueron perseguidos y torturados hasta la muerte. Pero veamos las cosas fríamente, para lograr lo que el domingo ocurrió —beneplácito incluso de muchos extranjeros— hemos tenido que atravesar doce años muy oscuros, de miedo y frustración, de violencia real, soterrada a veces y otras visceral y descarnada. No me sabe a triunfo, no del todo, que Morena ostente la mayoría de los cargos por los que compitió. Por una razón: quizá lo que movió a los mexicanos fue la conciencia apenas insinuada, no un acto político razonado, de que vivimos en una tierra plagada de fosas, donde nuestra gente, en oscuras tumbas sin nombre, yace junto a migrantes, hombres, mujeres y niños, de por lo menos una docena de países. Quizá, en el futuro, aprendamos a llamarle a las cosas por su nombre, y digamos que el 1 de julio del 2018 hubo una respuesta no violenta de un pueblo destrozado por la guerra civil [disfrazada de malos contra buenos] impuesta por los oligarcas y el capital, sobre todo, extranjero.

Los pobres, desheredados, huérfanos de porvenir, los humillados y ofendidos que pueblan esta tierra, ¿nos pueden escuchar todavía o ya es demasiado tarde? ¿Qué les decimos? ¿Cómo los recuperamos? ¿De qué manera les hacemos entender que son parte de nuestra vida?

Semejante panorama, documentado por periodistas, documentalistas, fotógrafos, líderes religiosos, grupos comunitarios y pueblos en resistencia, no se convertirá en un lecho de flores, de la noche a la mañana, quizá ni en treinta años. El daño, está hecho, en lo profundo de nuestra sociedad, y sospecho que ha alcanzado el corazón de muchas personas, ahora agentes de la desesperación y la muerte. Muchos de ellos, como dije, no votaron. Otros, no figuran en el padrón. Y otros tantos ni siquiera se miran a sí mismos como sujetos políticos, es decir, como partes individuales de un colectivo organizado en torno a ciertas instituciones que, quiero pensar, son rescatables, con trabajo y honestidad.

Los pobres, desheredados, huérfanos de porvenir, los humillados y ofendidos que pueblan esta tierra, ¿nos pueden escuchar todavía o ya es demasiado tarde? ¿Qué les decimos? ¿Cómo los recuperamos? ¿De qué manera les hacemos entender que son parte de nuestra vida? No con clasismo, racismo y segregación, cosas que hemos sabido hacer muy bien los mexicanos. La respuesta no la vamos a encontrar en un trozo de retórica y una bandera que aglutine las mejores causas por las que el pueblo ha luchado. No será en las respuestas tibias, y pasajeras, por bien intencionadas que sean, ni en la asquerosa retórica individualista del cambio está en uno mismo. Sólo el acto político meditado, permanente, puede convertirse en remedio eficaz contra la indiferencia.

El camino hacia la regeneración que pregona AMLO, lo tiene que fincar el pueblo, con la dignidad de sus actos, en solidaridad. Si no respondemos con disciplina y contundencia a los problemas que atañen a millones de personas, ¿cómo podemos siquiera imaginar que seremos capaces de crear una civilización perdurable donde campeen la justicia y la dignidad? Para crear un mundo más grande, de aquí a treinta o cincuenta años, tenemos que empezar ahora mismo, reivindicar las luchas del pasado y disponernos, siempre luminosos, a lidiar con el presente.

Por el bien de todos, primero los pobres, me parece el llamado sensato de un político genuino, por dejar a un lado nuestro descarnado individualismo y comenzar a pensar en los desheredados de esta tierra enorme, en la que todos podemos crear un lugar justo para vivir. Quiero pensar que los hombres y mujeres de a pie vamos hacia la vida.



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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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