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¿Qué precio tiene el arte?, una duda que aún no llega a su destino

24 Ago, 2017 Etiquetas: , ,

Una carta siempre llega a su destino, exposición de Jill Magid en el MUAC, es la detonante de una serie de reflexiones del autor de este texto —quien no duda en adentrarse en el contexto de esta polémica obra que incluye al diamante hecho con las cenizas del arquitecto Luis Barragán—, quien nos lleva a pensar dónde ubicarnos para preguntar ¿qué precio tiene el arte?

TEXTO: CÉSAR PALMA / FOTOS: OLIVER SANTANA, CORTESÍA MUAC/UNAM

El clímax de Una carta siempre llega a su destino está en un cuarto obscuro que bloquea la luz con una cortina negra. Al interior solo hay una banca para unas cinco personas. En ese sitio se proyecta un video de cinco minutos, más o menos, que comienza con unos golpes de cincel en las ranuras que hay entre una placa dorada y un orificio. El golpeteo sigue y sigue mientras alrededor hay varias personas observando.

Después de unos minutos, la urna de las cenizas del arquitecto Luis Barragán queda liberada. Comienza la proyección de las imágenes [fuertes y explícitas] sobre las que se advierte a los visitantes antes de entrar a ver el video.

El contenido de la pequeña caja se vacía, se pesa y se pasa a una bolsa de plástico. Es Barragán, o lo que queda de él. Los restos viajarán a las instalaciones de una empresa especializada en transformar restos en diamantes.

Los espectadores salen de ahí silenciosos o murmurando. Las reacciones se dividen entre la indiferencia, la repugnancia y la indignación.

Pero también surge una  pregunta: ¿esto se ha llevado demasiado lejos?

Vistas de exposición Jill Magid: Una carta siempre llega a su destino. Los Archivos Barragán. Museo Universitario Arte Contemporáneo, MUAC/UNAM. Fotografía Oliver Santana.

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Fue en un texto del escritor Juan Villoro donde leí por primera vez sobre el diamante de un anillo que se hizo con los restos de Luis Barragán. La lectura la hice de manera casi automática porque era una recomendación que me arrojaba el algoritmo de Facebook. No tenía idea de quién era Luis Barragán y mucho menos quién era Jill Magid, artista promotora de ese anillo peculiar. No tuve otra reacción salvo ser indiferente a las quejas de Villoro.

Aunque entendía el asunto toral de aquel texto [convertir en una especie de mercancía los restos de un destacado mexicano] no lograba entender la dimensión del asunto. Pero después de un año de leer ese artículo [5 de agosto de 2016, fecha en que fue publicado] llegué a ciertas conclusiones que quiero compartirles.

El catalizador de estas reflexiones fue la exposición Una carta siempre llega a su destino de Jill Magid, que permanecerá en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo [MUAC] hasta el 8 de octubre de 2017 y a la cual llegué sin plan, casi como un accidente.

La exposición generó una tormenta mediática debido a que la artista presentó ahí el diamante hecho con los restos de Barragán. ¿Cuál es el objetivo? Que esta joya sea intercambiada por toda la obra del arquitecto, la cual está en manos de la Fundación Barragán, una organización privada de origen suizo —dirigida por Federica Zanco, esposa de un millonario que supuestamente le obsequió el acervo del arquitecto como regalo de compromiso— y que permanece prácticamente inaccesible para el público: investigadores, críticos y curiosos.

Villoro en el texto ya mencionado arriba lanza varias preguntas sobre la propuesta del anillo a cambio del acervo: ¿Es concebible que este artista de las formas puras deseara la extraña posteridad de convertirse en un rutilante adorno en la mano de una millonaria? ¿Es posible frivolizar de esa manera un destino?

Vistas de exposición Jill Magid: Una carta siempre llega a su destino. Los Archivos Barragán. Museo Universitario Arte Contemporáneo, MUAC/UNAM. Fotografía Oliver Santana.

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Desde la entrada a la sala de exposición el tono irónico de la misma fue marcando la pauta: un letrero en luz neón rosa decía Barragán®.

Al inicio estaba confundido. Los textos que acompañan las obras me parecen dispersos, lo que solo reafirmó mi escasez de contexto sobre el autor y la problemática del anillo. Sin embargo, más adelante, me di cuenta de que no todo dependía de mí: los textos en español estaban redactados de diferente manera a la versión en inglés. Releí un par de veces más el letrero de la entrada y otros cuantos, pero me parecían rebuscados; pensé que tal vez era una mala redacción y traducción de los textos. ¿Mi comprensión de lectura era deficiente aquel sábado por la mañana?

Esa tarde no pude entender mucho sobre quién fue Luis Barragán, pero la curiosidad me hizo leer más al respecto. De hecho, así me di cuenta que todo el barullo no era para menos. Luis Barragán fue un prolífico arquitecto, reconocido con la máxima presea en el área: el premio Pritzker, «el Nobel de Arquitectura».

Sus aportaciones incluyeron obras que son reconocidas a nivel mundial y otras que pertenecen a la cultura popular mexicana como Las Torres de Satélite, La Fuente de los Amantes, La Capilla de las Capuchinas, entre otras.

Todas sus obras se destacan por el uso de los colores, la simpleza de las líneas y espacios; toda la influencia del modernismo europeo que Barragán adoptó mientras estudió en aquel continente y regresó a México a plasmarlo a lo largo de sus diversos proyectos.

Sus casas, edificios y jardines son sumamente atractivos porque resaltan de la misma manera las sombras como el brillo de los tonos de la pintura de cada pared. Es algo bello incluso para personas ajenas a la arquitectura, como yo.

Barragán se caracterizaba, según descubrí, por su comportamiento refinado, un sibarita que vestía con formalidad, bebía rompope, escuchaba música clásica, leía a Proust, lo transportaba su chofer en un Cadillac, hablaba pomposamente y en ocasiones pedía a su trabajadora doméstica que solo le preparara comida color rosa. Pero su manera de ser se extendía a diversos aspectos de su vida y se mezclaba con su concepción de la arquitectura. Por ejemplo, se cuenta que en varias ocasiones a uno de sus amigos le canceló varias reuniones para tomar el té porque la luz en el jardín no era la correcta.

El arquitecto nunca tuvo empacho en aceptar que dedicó su tiempo y trabajo al capital privado. De hecho, esta breve acusación, de una persona contra Barragán mientras estaban en un club ecuestre, resume el carácter de su trayectoria:

—Solo diseña casas para gente rica

—Y caballos.

Y pues sí, La Cuadra San Cristóbal [una caballeriza] es también uno de sus trabajos más reconocidos. Igual que todo lo demás, sumamente hermoso.

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Continúe escudriñando las paredes blancas del MUAC. Poco a poco fue tomando forma la «obra artística» de la autora. Era, sin duda, una mofa la primera sala. Una ironía de la que Magid se había valido en otras ocasiones para mostrar cómo trabaja el poder y las instituciones.

En ese espacio del museo, Magid colocó una serie de documentos y emails, testados en algunas partes, que intercambió con la directora de la Fundación Barragán. Su petición era que le permitiera utilizar piezas del arquitecto en una exposición en Nueva York. Zanco no cedió y le dijo que si utilizaba la obra tendría consecuencias legales. Y esa es una de las razones por las que los mails y documentos que expuso en el MUAC estaban ocultos, pues contenían detalles de la obra de Barragán: derechos de autor.

Fueron esas negativas las que impulsaron a Magid a darle forma a su nuevo proyecto: acceder al archivo Barragán hasta sus últimas consecuencias. Como si fuera una obsesión comenzó a penetrar en el mundo del resguardo de obras de arte.

Acatando la prohibición, ya en Una carta siempre llega a su destino, Magid colocó réplicas en miniatura de los trabajos de Barragán: enmarcó fotografías de reproducciones autorizadas [antes de que Zanco poseyera los derechos de autor] que se imprimieron en diversos libros de antaño y jugó con todos los elementos legales/artísticos que pudo para brincar la prohibición de la Fundación Barragán. ¿Una burla? ¿Un desafío? No lo sé. Me pareció muy creativo aquella tarde; darle unas patadas al derecho de autor.

Sin embargo, solo a través de conocer un poco más de la trayectoria de Magid se puede entender qué clase de encomienda es esa, la de liberar el archivo del mexicano.

Vistas de exposición Jill Magid: Una carta siempre llega a su destino. Los Archivos Barragán. Museo Universitario Arte Contemporáneo, MUAC/UNAM. Fotografía Oliver Santana.

El trabajo de Magid se hizo ampliamente conocido después de su proyecto System Azure Security Ornamentation, el cual empezó en 2002, cuando la artista hizo una petición al Departamento de Policía de la ciudad de Amsterdam para que le permitieran decorar algunas cámaras de seguridad. Desde luego, ellos respondieron contundentemente: no trabajamos con artistas.

Magid regresó tiempo después a las oficinas de la policía, pero ya como dueña de una empresa que creó, la System Azure Security Ornamentation; entonces, con su nueva investidura de empresaria y manejando la jerga de los negocios[y llenando cierto papelo], continúo abriéndose paso en la burocracia hasta que la policía le permitió decorar las cámaras, aunque tiempo después quitaron la brillantina y las lentejuelas.

La relación que estableció con la policía le permitió llegar muy lejos. Pero sobre todo poner a discusión cómo las autoridades y el poder concibe a las personas.

Las interpretaciones de aquella «obra» de Magid rápidamente se extendieron por el mundo del arte contemporáneo: ¿por qué se negó primero la policía y después no? ¿Cómo cambia la percepción de las cámaras de seguridad [un especie de elemento de control y vigilancia] cuando son festivas y de colores? ¿Qué pretende Magid con estas intervenciones tan exuberantes?

Incluso, en diversas ocasiones se le ha acusado a Magid de ser ella misma el centro de atención de su trabajo. ¿Pretende lo mismo con la obra de Barragán?

Se ha dicho que sí, la han criticado por ser «una figura quijotesca peleando en nombre de la abstracción indefensa del pueblo mexicano, privados de su artefacto cultural por una corporación extranjera».

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Después del video clímax de la exposición logré entender la molestia de Villoro y de otras personas. Barragán estaba siendo utilizado como una mercancía [¿por qué algo tan lujoso como un diamante y no otro objeto?, ¿por qué un anillo, porque la obra del arquitecto fue regalada a Zanco como presente de compromiso, en lugar de un anillo a la manera tradicional? Parece tan simbólico lo del anillo], aunque Magid asegura que no, pues dice que sólo es un objeto de intercambio para que la Fundación Barragán regresara la obra a México.

Inevitablemente uno termina, después de recorrer la expo, pensando también en cómo podríamos leer la historia de un país, de una cultura o de nosotros mismos si siguiéramos al pie de la letra las prohibiciones legales. Este planteamiento me parece que nos lleva a una tesis más amplia, la que propone Magid: cómo los mexicanos vamos a acceder a la obra de un personaje emblemático, si no podemos leerla sino a través de los espacios legales que permiten los ahora dueños del legado.

¿Por qué nos preocupamos de que el acervo sea público? ¿Debería? ¿Deberían las creaciones más sublimes ser abiertas al público? ¿Quién es dueño de las creaciones? ¿Tenemos el derecho [y alguien la obligación] de conocer [de mostrar] la obra de Barragán? Habrá quienes digan que sí, dada su importancia cultural, así a secas. Otros dirán que sí en la medida que… el producto de su trabajo haya sido realizado con fondos públicos, que sí si él donó alguna obra, que sí si él cedió su trabajo en vida, que sí si él así lo hubiera querido, que sí porque él era un patriota, que sí si así lo desean sus familiares y personas que lo conocieron en vida, etcétera.

Pero la realidad es que esta artista ha sacudido a gran parte de las personas que siguen [y no] el mundo del arte y su valor: ¿Por qué deberíamos tener acceso? ¿Por qué de pronto el público debe tener interés en una transacción entre privados? ¿Por qué nos preocupamos de Barragán hasta ahora, cuando viene la estadounidense a tratar de reivindicar nuestro arte?

¿Por qué nos preocupamos de que el acervo sea público? ¿Debería? ¿Deberían las creaciones más sublimes ser abiertas al público? ¿Quién es dueño de las creaciones? ¿Tenemos el derecho [y alguien la obligación] de conocer [de mostrar] la obra de Barragán?

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No sé si los tesoros de Barragán deberían estar de vuelta en el país. Esto lo digo porque la respuesta depende de cómo enfocamos la problemática: lo jurídico o lo ético.

No hubo trampa en la transacción. ¿Pero fue ético exhumar los restos? Algunos familiares no estuvieron de acuerdo, según algunos reportes. ¿Fue correcto proponer el anillo a cambio de la obra? ¿Un ente privado debería ser el dueño de nuestro trabajo [bueno, esto sucede todo el tiempo, pero pues no todos somos Barragán]?

Son demasiadas preguntas, de las cuales no tengo respuesta y ni creo tenerlas, pero me parece importante compartirlas porque la obra de Magid, a pesar de todas las críticas, es un catalizador como pocos. Nos hace cuestionar el precio del arte, de una forma que no veía en el poco arte contemporáneo que conozco. Sí, esta obra también conlleva un chisme entre las élites culturales y empresariales, pero es necesario pensarla en tiempos donde la creación artística sigue sujeta a la discusión sobre qué de todo lo que vemos es arte y qué no, [¡Vaya, el debate nunca se terminará!] y por la pujante fuerza del mercado, que a través del marketing, nos hace ir a los museos.

No fui a ver a Warhol en el Museo Jumex o a Kubrick en la Cineteca, pero vi a Magid y con esto tengo suficiente para seguir preguntando: ¿Qué precio tiene el arte?



César Palma
César Palma

Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com





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