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El recuerdo de un hombre que nos enseñó a mirar la belleza de este monstruoso mundo

22 Feb, 2018 Etiquetas: , ,

Eusebio Ruvalcaba marcó a muchas personas. La potencia de su literatura, de sus palabras y de su compañía resuena en las experiencias que comparten aquellos que lo conocieron como lectores, alumnos y amigos. Tal es el caso de Jorge Arturo Borja y Víctor Pavón, cuyos textos cierran la edición especial que Can Cerbero dedicó al escritor a un año de su muerte.


Escribir por encima*
[Texto: Jorge Arturo Borja]

Eusebio Ruvalcaba nunca tuvo un título porque dejó trunca su carrera de historia. Sin  embargo fue un reconocido Maestro. Esta palabra se le concede a la persona que demuestra un mérito relevante o que enseña una ciencia, arte u oficio. Eusebio fue, sin duda, un maestro, pero de varias disciplinas, artes y oficios.

Maestro del periodismo porque en sus columnas o colaboraciones para El Financiero, Vértigo, Siempre, Molino de Letras, Casa del tiempo o La mosca en la pared, entre otras publicaciones, demostraba siempre un dominio singular sobre el lenguaje, además de una erudición sobre los temas que abordaba. Esta doble condición de sus textos nunca lo volvió un escritor para especialistas, sino que el tono cordial y el sentido del humor a toda prueba lo volvieron interlocutor de jóvenes y adultos que sentían traslucir en sus palabras la verdad de lo que pensaban. Si a esto se añade un rasgo de provocación y cierta dosis de iconoclasia, se obtiene como resultado el que los lectores identificaran a Ruvalcaba como un cómplice de sus afanes más oscuros. De esta manera se entiende la oleada de simpatías y el consiguiente escándalo que ensayos de su autoría, como «Chavos, fajen, no estudien» suscitó entre sus seguidores y entre sus detractores.

Las columnas de Eusebio son de colección. «Erika», «Con los oídos abiertos», «Memorias de un becario», etcétera, no solamente hablan por y con las palabras del lector sino que se convierten en una fuente de instrucción sobre la cultura y el arte. En particular, ofrecen un aporte muy valioso a la difusión de la música. Tal vez Eusebio era uno de los escritores mexicanos que más sabía de música, conocía como muy pocos el repertorio de los grandes clásicos, los tradujo a la escala de las emociones y los sentimientos humanos. En sus columnas se disfruta la compañía de Mozart como la de un viejo amigo de la infancia, se retrata a Beethoven como a un portento de la naturaleza y se escucha a Brahms como a un atisbo del purgatorio o de la mismísima gloria.

Otra vertiente  de su periodismo puede constatarse en las reseñas, comentarios y noticias acerca de escritores y libros. Eusebio habla de autores reconocidos, con los que incluso es exigente ―recuerdo cómo le corrige la plana a una antología de cuento de Tito Monterroso, o cómo se expresa con sarcasmo de los autores consagrados por las ventas―, pero presenta, valora y alienta los libros de escritores nuevos o desconocidos; se dedica, como él mismo señala, a «leer a quien nadie lee, de ponderar a quien nadie pondera, de descubrir la belleza donde permanece oculta para los comerciantes de la literatura». Como no le parecen suficientes los espacios para realizar esta tarea, inventa otras columnas «La furia del pez» en El Financiero y «Las garlopas» en Molino de Letras, para dar a conocer a quienes casi nadie toma en cuenta. Somos decenas los autores que le agradecemos este gesto de enorme generosidad.

Eusebio también ejerció el magisterio de la literatura, en la enseñanza académica o en la formación de talleres de creación. Practicó la docencia en universidades como la Iberoamericana o la Universidad Autónoma de la  Ciudad de México, pero a la par ―y con auspicio de instituciones o sin éste― fundó, promovió y mantuvo talleres de creación literaria y de apreciación musical, lo mismo en Tlalpan que en el Casetón de Neza, en la Fonoteca Nacional que en el Reclusorio Norte. Incluso los hizo en su casa para el puro solaz y esparcimiento de sus cuates. Comenta Xavier Quirarte: «En su departamento en la colonia Roma organizaba las sesiones “Amigos casi solo de Brahms”, donde la música se escuchaba con reverencia y luego se comentaba al calor de unos tragos.»

Sus talleres fueron un espacio para el conocimiento de la literatura y de la música, así como para el cultivo de la amistad. Una especie de escuela multigrado, en la que el maestro atiende a estudiantes de distintos niveles con paciencia y sapiencia. No era el maestro que dictaba desde la nube del Olimpo, sino alguien que, como ocurre con su literatura, buscó siempre puntos de identificación con ellos y los hizo sentir únicos en la expresión que iban afinando.

Tampoco es el ego creador que impone su tendencia de escritura, es natural y deja que sus alumnos lo sean. Al taller asistían lo mismo poetas que intentaban el soneto que cuentistas de barrio o cronistas de la invasión zombi a la Ciudad de México. En todos descubrió la chispa literaria y les hizo observaciones que mejoraron el texto pero respetaban el estilo. Animó a quienes no sabían cómo amigarse con las palabras y les bajó los humos a quienes empezaban a volar muy alto porque ganaron algún premio. A los que llegaban por primera vez les dio la bienvenida con un vaso de vino. No les cobraba a quienes no contaban con recursos. A los que le caían en gracia y a los que llevaban más tiempo los invitaba a comer. Apoyaba en la publicación de sus libros y también menciona a sus alumnos en entrevistas y los recomienda en editoriales.

Sus talleres fueron un espacio para el conocimiento de la literatura y de la música, así como para el cultivo de la amistad.

En sus talleres desarrolló métodos de enseñanza que luego plasmó en libros como Primero la A [Palabra y realidad del magisterio, 2004], en el que hay ensayos probados para las clases de redacción. O los 52 tips para escribir claro y entendible [Lectorum, 2011]; en ellos se abordó desde el trabajo elemental con la sintaxis, la puntuación y el uso de los acentos, hasta los misterios de la novela y el corazón del estilo.

Ruvalcaba fue el mentor que inculcó en los aprendices que el oficio de escritor requiere de una disciplina excepcional, pero también de una sencillez que lo pone en comunión con cualquier hombre. El preciso lector que desentraña el andamiaje técnico que hay en novelas, ensayos y sonetos; pero también en el equilibrio etéreo de la poesía, que de acuerdo con sus palabras significa «leer con el corazón y el pensamiento».

Era una persona libre que publicó donde quiso sin encadenarse a los requerimientos de las grandes editoriales y, en ocasiones, llegó a aceptar tratos con «amigos editores» a cambio de dos botellas de vino, tal como decía Ben Johnson que era el único pago que debían recibir los verdaderos poetas a cambio de su trabajo.

A sus alumnos nos enseñó que el primer y único deber de un escritor es escribir. Escribir por encima de las desgracias familiares, de los apuros económicos, de las desdichas amorosas, de las neurosis y las adicciones; por encima de las presentaciones, los reconocimientos y las publicaciones. Escribir por encima del ninguneo, pero sobre todo, por encima del éxito.

Eusebio jugó con todas esas convenciones en varias entrevistas:

«―¿Maestro, por favor díganos en qué se inspiró para escribir su poemario?

―Es tan bella tu pregunta que no quiero ultrajarla con mi respuesta.»

«―Sr. Ruvalcaba, dicen que su literatura abunda en malas palabras y se regodea en la inmundicia y las deposiciones, ¿se considera el mayor exponente del realismo sucio en México?

―Mejor hablemos solamente de las deposiciones.»

«―Maestro, usted que ha ganado el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 91, el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí, en 92 y el Premio Internacional de Cuento Charles Bukowski de Anagrama, en 2004, ¿qué les puede aconsejar a los escritores jóvenes?

―Como me dijo un chinito: ¡Nunca tomalse en selio!»

Aparte de los más de sesenta libros ―entre novelas, aforismos, poemas, epístolas, ensayos y cuentos― que tuvo a bien escribir, Ruvalcaba también ejerció a fondo el magisterio de la amistad, esa flor preciosa que cultivó como nadie. Lo saben y pueden dar fe de ese don inconmensurable, los cantineros y meseros que siempre le invitaban las de la casa; el tortillero de su colonia, que recibió uno por uno de manos del autor la colección completa de sus libros; o los perros de la Carrasco que alborotaban los rabos y se asomaban por el pretil de la azotea cuando Eusebio salía de la cantina La Perla para saludarlos a ladridos; lo sabemos los amigos que lo seguimos extrañando.

El recuerdo de sesenta y cinco años de una vida derramada en la creación, difícilmente puede sintetizarse en unos cuantos párrafos. Me basta decir que, como ocurre a muchos otros de sus alumnos y amigos, la presencia de Eusebio Ruvalcaba sigue vigente en mí a través de sus certeras palabras y su luminosa memoria, que me invitan reiteradamente a disfrutar la inmensidad de cada minuto en este monstruoso e increíble mundo.

Gracias Eusebio. Dios y tus lectores te concedan larga vida.

 

*Palabras pronunciadas el 6 de febrero de 2018, en el homenaje a Eusebio Ruvalcaba realizado en Bellas Artes.
Marineros de agua dulce
[Texto: Víctor Pavón]

Eusebio:

Te cuento una historia de mi vida, cuando era adolescente. Un día la maestra de Física de la secundaria me dijo que si no llevaba el libro de ejercicios y el material para realizar los experimentos del laboratorio, me iba a reprobar. Me indicó que no tenía caso que entrara a la clase.

Salí del laboratorio para refugiarme en el Taller de Ajuste Mecánico de la escuela. Era una de mis clases favoritas. El maestro me preguntó por qué no estaba en mi salón. Le contesté que no asistió la profesora de Física. Sólo sonrió y continuó trabajando en un torno una polea de bronce, me dijo que era para la imprenta del Taller de Encuadernación. Ya casi estaba terminada. Le pedí acompañarlo para instalar esa pieza en esa máquina. El maestro colocó la polea y yo le ayudé proporcionándole las herramientas que me pedía. Después probó su funcionamiento: montó una caja con letras de metal invertidas. Apretó los cuatro costados con unas llaves españolas, luego vertió tinta negra en unos rodillos que formaban parte de la imprenta. Encendió la máquina y los rodillos se cubrieron con la tinta. En seguida colocó unas hojas en blanco y empezó a imprimir. Me dijo que era la portadilla del libro La isla del tesoro, y me dio una de las hojas. Cuando terminó de arreglar la imprenta me dijo que regresara a clases, que seguramente ya había llegado la profesora de Física. Tenía una rara sonrisa.

Salí del Taller de Encuadernación y me senté en una banca de madera hasta que sonó el timbre de descanso. Mis compañeros de clase corrieron al patio y jugamos fútbol. Después asistí a las clases faltantes hasta que sonó el timbre que anunciaba la salida de la escuela. Mis amigos se reunieron para jugar fútbol afuera de la secundaria, pero yo ya no tenía ganas y me fui a mi casa. Cuando llegué, mi mamá lavaba ropa en el lavadero. No quise apenarla por lo del libro de ejercicios. Al verme, me llamó y me dio un paquete. Me dijo que un señor le pidió que me lo entregara. Cuando abrí el paquete descubrí que era el libro de ejercicios de la materia de Física. No supe qué decir.

Al día siguiente fui a la escuela y le mostré el libro a la maestra. Cuando terminó la clase, fui al Taller de Ajuste Mecánico, pero otro profesor estaba en su lugar. Le pregunté por el otro maestro y me respondió que se fue, pero que me había dejado un paquete. Lo abrí y descubrí que era el libro La isla del tesoro, de Stevenson. Eusebio, te quise contar esta historia, porque me recuerdas al maestro de ese taller.

Un día me contaron que te robabas libros de las librerías [perdón por la obviedad, pero me gusta cómo suena: los libros de las librerías]. A mí me dio risa, por ese entonces apenas asistía al taller que impartías los sábados en la colonia Obrera. Recordé el libro La isla del tesoro y te imaginé con un parche en un ojo, con tu barba entrecana, con tu sombrero de pirata, en tu mano derecha una espada y en la izquierda un libro, pero en seguida dejaste la espada en una mesa y sacaste tu anforita y bebiste. Un día de taller llegaste con un paquete de libros y nos los regalaste, era El argumento de la espada, un poemario de tu autoría. Me da pena decirlo, pero era el primer libro tuyo que leía, aunque ya llevaba años leyéndote en el periódico El Financiero, donde yo también trabajaba. Tú corregías y editabas la sección de Cultura con Víctor Roura, tu amigo; yo corregía la sección de Finanzas. Y ahora releo un poema de dicho libro: «Mi padre/ Anoche se me apareció mi padre./ Tiene veinte años de muerto y se me/ apareció anoche. Venía de traje,/ con su chaleco guinda y su boina azul./ Venía de buenas. Traía su violín/ en la mano, y en la otra las llaves/ del coche. Venía de buenas porque/ sonreía./ Sonreía como un corderito./ Me dijo que venía a devolverme mis/ lágrimas, que no llorara más por él/ y menos interrumpiera mis sueños por/ su recuerdo. Que en realidad no valía/ la pena y que así era la cosa. De pronto/ se quedó callado, se echó a llorar y/ exclamó: “No me hagas caso”.»

Qué decir, en este libro hay varios poemas memorables, tan memorables como las sesiones literarias que nos brindabas todos los sábados en los diferentes espacios que ha ocupado el taller desde hace algunos años. Yo la verdad me sentía gitano, primero en la colonia Obrera, luego en la biblioteca de una estancia religiosa en Tlalpan, después en la librería del Fondo de Cultura Económica Elsa Cecilia Frost, más adelante en la Casa de Juan hasta que llegamos al Café Katsina, todo ello en el centro de Tlalpan, y te observaba cómo te brillaban los ojos cuando terminaba la sesión y decías «Hoy estuvo bueno el taller», tu taller, y recuerdo cómo los integrantes de este grupo te escuchábamos atentos cuando hablabas de literatura o de los escritores, era como si estuviéramos en el Ateneo escuchando a un maestro griego. Y vaya que tus críticas eran duras con escritores premiados por las grandes editoriales o por el gobierno. Si fueras un personaje de La isla del tesoro, seguramente les dirías «marineros de agua dulce», tú, con tu ojo parchado, tu sombrero de pirata y tu espada en una mano y con un libro en la otra. Pero también te imagino como un filósofo griego que habla frente a sus discípulos de la vida, de los padres, de los hijos.

La última vez que platicamos fue en la cantina Nuevo León, allá por Pino Suárez, después de la presentación de Post data / Post morten; ya te notabas cansado, ya te había ocurrido ese accidente maldito que te fue mermando poco a poco. Ya no pude platicar contigo. Me enteré de tu muerte y me molesta que ya no estés. Ya no te veré más en el taller. Nunca imaginé que estuvieras tan mal. Me platicaste que te caíste y se te vinieron todos los problemas. Es curioso, Eusebio, mi padre murió también a causa de una caída, tampoco se pudo recuperar y ya no pude hablar con él; lo mismo me pasó contigo, ya no volví a escuchar tu voz, ya no pude abrazarte. Recuerdo que decías que escribías a mano, estas líneas también fueron hechas a mano, y te puedo decir que cuando asisto al taller que ahora dirige Jorge Borja, a mis compañeros del taller todavía se les quiebra la voz cuando hablan de ti.

Es curioso, Eusebio, mi padre murió también a causa de una caída, tampoco se pudo recuperar y ya no pude hablar con él; lo mismo me pasó contigo, ya no volví a escuchar tu voz, ya no pude abrazarte.

Un día después de que salimos del taller, cuando se realizaba en la Casa de Juan, me invitaste a comer a tu casa, como lo hiciste en otras ocasiones. Te contesté que no podía porque tenía otro compromiso y me era difícil dejarlo. Y nos despedimos con un abrazo, como siempre. Avancé varios metros pero luego escuché tu voz que me llamaba, me alcanzaste y sacaste de tu portafolio el diccionario La fuerza de las palabras, ese libro que consultabas en el taller cuando había una duda del significado de una palabra o de la forma correcta como debería de escribirse; sé que ese ejemplar fue tu compañero de trabajo, y ahora me imagino cuántas veces lo consultaste para corregir textos, porque también fuiste corrector de estilo. Y me dijiste: «Este diccionario debes tenerlo tú» y me lo diste, me quedé sin palabras, sólo atiné a decirte gracias y nos volvimos a despedir. Ojalá que este libro también lo hubieras robado.

Quizás mi maestro del Taller de Ajuste Mecánico también se robaba los libros para regalarlos, para dárselos a sus discípulos, a sus amigos, como tú. Y quizás, Eusebio, tú eras mi profesor del Taller de Ajuste Mecánico y te trasmutaste en el hijo de Higinio Ruvalcaba, y tengo la esperanza de volver a encontrarte en el cuerpo de otra persona, de otro maestro, de otro amigo; buscaré tu sonrisa, tu mirada vidriosa a punto de las lágrimas, y quizás me regales otro libro que tal vez ya esté en tu mano derecha, tú, con tu sombrero de pirata, con un parche en uno de tus ojos, con tu sonrisa.



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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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