Recomendamos

El regreso final de Axl Rose, fragmento de «Pulphead»

19 Abr, 2016 Etiquetas: , ,

A continuación les compartimos un fragmento de Pulphead. Crónicas desde la otra cara de Estados Unidos del escritor y editor John Jeremiah Sullivan que el sello Literatura Random House comparte con los lectores de Kaja Negra. Esta crónica retrata al vocalista de Guns N’ Roses a partir del relato de quienes lo conocieron, de las visitas que el periodista hizo al barrio donde creció esta estrella de rock y, sobre todo, de analizar cómo se desenvuelve en el escenario: desde sus bailes característicos hasta sus cinco o seis formas de voz.

TEXTO: JOHN JEREMIAH SULLIVAN

1

Él no es de ningún sitio.

Esto suena coquetamente retórico, y en los tiempos que corren, resulta incluso jactancioso: una observación socioeconómica en clave para decir: «Fui a un colegio de segunda, carezco de contactos y he ganado todo este dinero yo solo».

No lo digo en este sentido. Quiero decir que no es de ningún sitio. Con los mapas pertinentes y un puntero, sé que podría convencer a las mentes más exigentes de que cuando el vasto rompecabezas empapado de sangre que es la estructura regional de este país adquirió más o menos su actual configuración después de la guerra civil, alguien extravió una pieza, que dejó un vacío, y a ese vacío lo llamaron «Indiana central». No intento decir que allí no hay nada de nada. Intento decir que eso es ningún sitio. Pensad en ello; sed metódicos. ¿Cuál es la zona de Estados Unidos que podemos considerar que es ningún sitio? El Medio Oeste, ¿verdad? Pero una vez te metes en el Medio Oeste, te encuentras con que cada uno de esos no lugares se ha puesto a reclamar su propia realidad particular. Están las solitarias planicies de Iowa. Sobre Michigan hay una canción de Gordon Lightfoot. Ohio tiene su idiosincrásica sosería y mediocridad, ligeramente cómica, para reivindicarse. Todos ellos tienen algo. Pero ahora los invito a cerrar los ojos, y cuando digo «Indiana»… la pantalla azul de la muerte, ¿verdad? Y estamos hablando tan solo de Indiana en general, que incluye también el sur de Indiana, donde crecí, y el norte de Indiana, que está pegado a uno de los Grandes Lagos. Todavía no hemos centrado el objetivo en la Indiana central. ¿La Indiana central? Eso es en plan: «¿Dónde estás?». No estoy en ningún sitio. «Ve a algún sitio.»

Cuando le pregunté a Jeff Strange, un DJ de rock matinal en Lafayette, qué opinaba de esa parte del mundo –por ejemplo, ¿lo consideraba parte del Sur? Después de todo, es un lugar con mucha presencia del Klan [lo cual puede interpretarse en cierto modo como una pose de desesperación], ¿o creía que formaba parte del Medio Oeste?, ¿o qué pensaba?–, ¿sabéis qué me dijo? Me dijo: «Aquí hay gente que lo llamaría “la región”».

William Bruce Rose Jr.; William Bruce Bailey; Bill Bailey; William Rose; Axl Rose; W. Axl Rose.

Él es de allí. Tenedlo presente.

2

El 15 de mayo apareció con tejanos, una chaqueta de cuero negra y unas enormes gafas de sol negras, todo cristales, que le daban un aire de hombre avispa. Habíamos estado esperando mucho, tanto en años como en horas. Era el tercero de los cuatro conciertos de regreso en Nueva York, en el Hammerstein Ballroom. Eran las once pasadas. Habían abierto las puertas a las siete en punto. Los teloneros habían acabado de tocar hacia las ocho y media. Ya se habían producido algunas peleas en la platea, y no parecía que la sala pudiese soportar más tensión sin que pasase algo serio. Yo estaba junto a una mujer de Nueva Jersey verdaderamente encantadora, una peluquera que me dijo que su marido «se encargaba de la pirotecnia» para Bon Jovi. No paraba de enviarle mensajes a uno de los amigos de su marido, que «se encargaba de la pirotecnia» de este concierto, y le preguntaba: «¿Cuándo va a empezar?». Y él le respondía: «Ni siquiera hemos entrado todavía». En determinado momento le dije:

–¿Has visto alguna vez a una multitud tan excitada antes de un concierto?

Y ella me responde:

–Sí, están así de excitados cada noche antes de que salga Bon Jovi.

De pronto allí estaba él. Y mis disculpas a la mujer encantadora, pero la gente no enloquece de tal modo cuando sale a escena Bon Jovi. La gente se volvió loca. Axl no es un tío alto; dudo de que contando los tacones de sus botas [de cuero rojo] llegue al metro ochenta. Avanzó hacia nosotros con una actitud pendenciera, acechante y como de dibujo animado.

Lo que ya nadie comenta sobre Axl es su extraña nueva apariencia, pero resulta difícil pasar por alto la inusual impresión que causa. A mi modo de ver, parece que llevase una máscara de Axl Rose. Se parece a un tipo al que vi hará unos doce años comiendo solo en un área de descanso para camioneros en Monteagle, Tennessee, a las dos de la madrugada. Cada vez se parece más a la leyenda albina del reggae Yellowman. Su melena evoca una masa de intrincadas trenzas con aspecto de fibra de cáñamo de un rojo frambuesa, cuyos puntiagudos y retorcidos extremos se han clavado un centímetro en el cuero cabelludo. El vello de su pecho es del color de un centavo nuevo. Con las gafas de sol de hombre avispa, las trenzas y la perilla, recuerda al monstruo de Predator, o a la esposa del monstruo en su planeta natal. En sus primeras apariciones, en las fotografías a menudo parecía una chica guapa, esbelta y pelirroja de veinte años. Ahora se le ha ensanchado el tronco, con un ensanchamiento de músculos, no ese ensanchamiento debido a la acumulación de grasa de hace unos años. Marca paquete y su paquete es enorme. Me limito a informar. Ahora planta los pies muy separados.

–¿Sabéis dónde estáis? –pregunta, y nosotros, abajo, claro que lo sabemos, pero él nos lo aclara de todos modos–: Estáis en la jungla, tíos –dice, y después nos asegura que vamos a morir.

Debe de estar encantado, no solo por el modo desmesurado en que estamos enloqueciendo por verlo, sino también por el abanico de edades que se aprecia entre el público: hay hipsters que probablemente nacieron más o menos cuando apareció Appetite y a partir de ahí todo el recorrido hasta los maduros que han reducido sus voluminosas cabelleras rockeras a una coletita canosa, y un montón de microgeneraciones entre unos y otros. Pero, ¿por qué debería parecerme importante destacar esto? Hace menos de un año, los lectores de la revista Teen lo colocaron en el número dos [detrás de los «abuelos»] en la lista de los «100 viejos más guays»… Axl Rose, que no ha publicado un disco oficial en trece años y que, durante ese tiempo, se convirtió casi en un personaje a lo Howard Hughes –solo pedía comida a domicilio, divulgaba esporádicas promesas de que un nuevo álbum, titulado Chinese Democracy, estaba a punto de aparecer y hacía ocasionales apariciones por sorpresa en acontecimientos deportivos o desfiles de moda y espectáculos por el estilo–, con un aire un poco montaraz, un poco perdido, con un aspecto no muy distinto al de un tipo al que le han concedido un primer permiso de salida de una penitenciaría estatal. Ahora ha vuelto. Los guitarristas atacan el tema, el batería inicia su aporreo en plan Estoy-refor-zando-el-¡tema!, y aun a riesgo de revelar cierta blandenguería en mis gustos, debo decir que la siniestra perfección de ese riff de apertura no ha envejecido nada en absoluto.

Solo se puede hacer una cosa, y se nota que todo el mundo lo está haciendo: comparar esto con lo de la MTV de 2002. Si viste eso, puede que lo de aquí te parezca una nueva versión de sus tediosas escenificaciones grotescas, pero frente a eso, lo que yo digo es que no hay que olvidar ningún detalle. Sobre el guitarrista Buckethead. Sobre el otro guitarrista. Sobre el ondeante jersey de rugby de aire adolescente de Axl o el desolador modo en que abortó su baile serpenteante deslizando los pies transcurridos solo unos segundos en la pantalla sobre el escenario, en plan: «¿Queréis ver mi baile serpenteante? Vale. Hago mi baile serpenteante. Oh, no, creo que me ha dado una pequeña apoplejía. Me largo». El audible resollar en busca de oxígeno en la segunda «pose de rodillas» en el Sha-na-na-na-na-na-na-na-na-na-na-na, pose de rodillas, pose [¡jadeo!] de rodillas. Los correteos y cantos que cada vez parecían más y más traspiés y graznidos a medida que transcurrían los interminables minutos. El constante toquetearse el auricular en un gesto con algo de geriátrico.

En mi opinión esta noche es diferente. En primer lugar, estos tíos pueden cubrir el expediente o incluso afrontar en condiciones las partes de Slash. No tienen que recurrir a la partitura para reconstruir sus solos, como sucedió en la MTV. A Buckethead lo ha reemplazado un tipo llamado Bumblefoot, y Bumblefoot es un virtuoso.Y también lo es Robin Finck, que antes formó parte de los Nine Inch Nails. Lo tocan todo nota a nota. Y aunque podríamos debatir sobre el asunto del virtuosismo aplicado a la música pop –concretamente que, por algún motivo, la gente capaz de tocar cualquier cosa, cuando se le pide que se invente algo, nueve de cada diez veces creará algo espantoso–, el caso es que, si pretendes sustituir a todo tu grupo, instrumentista por instrumentista, y decirles «Tocad así», tienes que encontrar músicos cojonudos.

Todo el concierto tiene este planteamiento bien claro. La rudeza está aquí al servicio de la sinceridad; es una batalla entre la disonancia de ver a estos tíos que no estaban en la formación original de Guns N’ Roses pegando saltos con Axl y tocando las canciones de Guns N’ Roses –algo que provoca una chocante e incluso perturbadora discordancia– y la perdurable calidad de las propias canciones. El resultado determinará si lo de esta noche ha sido una puta mierda o «un poco triste, pero, tío, es Axl». Por si sirve de algo, yo creo que salió victorioso. De entrada, ha recuperado la voz. Sentía lo que cantaba. Y su baile…, no sé muy bien de qué otro modo llamarlo. Ha madurado. Desde el principio, él ha sido el único varón blanco indispensable como bailarín de rock de su generación, el único que merece ser imitado en plan burlón. Considero el momento en que, en el vídeo de «Patience», hace a cámara lenta el baile serpenteante deslizando los pies mientras deja que sus manos floten como si fuesen plumas en el aire estático –un breve instante de casi pausa en su descenso por cada nota que Slash enfatiza en su transición hacia la coda–, el mejor momento de baile rock de un varón blanco en la era del vídeo. Lo siento, pero lo que hace Axl es maravilloso. Si pudiese, yo lo haría cada vez que voy caminando hasta la tienda. Al levantarme cada mañana bailaría como William Byrd de Westover, y ese sería mi baile. Y aunque no puedo decir que esta noche Axl esté bailando tan bien como solía hacerlo, que sus talones se deslizan con tanta fluidez que parece que hayan sido tocados por una varita mágica que les ha librado del peso y la resistencia, y aunque en algunos momentos puntuales a uno le recuerda a uno de esos tíos paletos que, con unas copas de más, intenta «hacer su Axl Rose» después de una fiesta de la Super Bowl, pese a todo logra salir honorablemente airoso. Está haciendo ese baile del «maldita sea, me he tirado una bola de bolera encima del pie mientras giraba sobre mí mismo con el soporte del micrófono en la mano»; está haciendo el baile, entre estrofa y estrofa, del «doy saltitos laterales agarrando el soporte del micrófono como si fuese un guerrero empuñando un arma en un ritual de ataque». Y al acabar cada frase mira fijamente a la multitud con esos ojos extrañamente sorprendidos pero sin atisbo de miedo, como si lo hubiésemos pillado en su  guarida desgarrando alguna carroña.

3

Conversación con la esposa, Mariana, el 27 de junio de 2006:

Yo: Oh, Dios mío.

Ella: ¿Qué?

Yo: Axl ha mordido a un guardia de seguridad en una pierna en Suecia. Está en la cárcel.

Ella: ¿Eso va a afectar a tu entrevista con él?

Yo: No. No creo que a ellos se les haya pasado por la cabeza en ningún momento dejarme hablar con él… Pero lo de morderle a alguien en la pierna, te obliga a imaginártelo en una, digamos, postura tan deshonrosa…

Ella : ¿Alguien ha ayudado a Axl cuando ha pasado eso?

4

Llevaba un par de días merodeando por el sorprendentemente bonito, soleado y recién renovado centro de Lafayette, husmeando cualquier cosa que pudiese encontrar. Vi la casa en que creció, eché un vistazo a las fotografías de su viejo anuario escolar en la biblioteca pública. Todo el mundo tenía su particular historia sobre Axl. Robó un televisor de esa casa de allí. Aquí es donde intentó ir con su monopatín agarrado a la parte trasera de un coche, se cayó y le quedó todo el brazo en carne viva. Salió de ese motel con una mujer medio desnuda, y un grupo de chicos más mayores se quedaron mirándola y uno de ellos tiró al suelo un cigarrillo, sin ninguna mala intención, pero Axl se cruzó, se abalanzó sobre ellos y recibió una buena tunda de hostias. Difícil documentar cualquiera de estas historias. Pero lo cierto es que existen suficientes órdenes judiciales de busca y captura dictadas contra Axl en su época en Indiana como para dar credibilidad al hecho de que la policía local y los agentes del condado se sentían justificados, y técnicamente hablando lo estaban, para retenerlo y tocarle las narices cada vez que le ponían el ojo encima. Uno duda de que saliese mucho de casa para evitar que lo pillaran, porque con esa larga y desparramada melena pelirroja era fácilmente localizable. No siempre resulta divertido ser Axl.

Hice una visita a la policía local. Están en buena sintonía con la ciudad. De hecho, resultaron ser muy amables. Encontraron y revelaron para mí los negativos de unas fotos para la ficha del detenido nunca antes vistas. Del 80 y del 82, la primera de las cuales [en la que tiene tan solo dieciocho años] es una obra maestra desconocida del arte norteamericano más desolado y cutre. Las damas del archivo rebuscaron un poco y regresaron con el informe relacionado con esa fotografía, que jamás he visto mencionado en ninguna de las biografías, ni en internet, ni en ningún lado. Está redactado por un agente que firma como «1-4». Me lo llevé al Holiday Inn y me pasé el resto de la tarde leyéndolo. Podríamos llamarlo El Incidente Sheidler. Empieza así:

Nombre completo: Bailey, William Bruce…

Alias: Bill Bailey…

Trabajo actual: autoempleado-grupo musical.

Cargos: ord[en de] búsq[ueda] agresión…

Edad: 18; estatura: 1,75. peso: 67; cabello: pelirrojo;

Ojos: verdes; complexión: delgado; tez: clara…

Y esto es lo que sucedió ese día… «supuestamente» [os seleccionaré las partes más jugosas]. Un chaval llamado Scott Sheidler pasaba en su bicicleta por delante de la casa de un chico más mayor llamado Dana Gregory. Scott derrapó y dejó unas marcas en la acera. Dana Gregory salió corriendo, agarró a Scott por debajo de las axilas, le arreó unas patadas a su bici y le ordenó al chaval que se pusiera a cuatro patas y borrase las marcas que había hecho en la acera. El chaval se fue chillando a buscar a su viejo, Tom Sheidler. Tom Sheidler se fue a ver al joven Dana Gregory y le preguntó si era cierto lo que Scotty le había contado. Dana Gregory respondió: «Sí, y a ti te voy a machacar a hostias». Entonces la madre, Marleen, apareció corriendo y empezó a gritar. Más o menos al mismo tiempo, apareció BILL BAILEY, rojo, verde, esbelto e imparcial. Y a partir de aquí me veo obligado a dar paso al informe, aunque solo sea momentáneamente, ya que me siento incapaz de emular su capacidad de síntesis y autoridad:

La señora Sheidler declaró que Bailey estaba también discutiendo con Sheidler y que estaba utilizando la palabra que empieza por «P» delante de los niños. La señora Sheidler declaró que se acercó a BAILEY y señaló con el dedo a BAILEY y le dijo que no pronunciase la palabra que empieza por «P» delante de los niños. La señora Sheidler declaró que Bailey, que lleva el brazo entablillado, le golpeó en el brazo y en el cuello con la tablilla. Eché un vistazo a la señora Sheidler y pude observar unas marcas rojizas en su brazo y su cuello que podrían ser consecuencia de haber sido golpeada.

El asunto de con qué mano se produjo la agresión pasa a ser el centro de atención durante un buen rato. Marleen Sheidler dice «con la tablilla» y el pequeño Scott dice «con una tablilla», pero el hermano pequeño de Dana Gregory, Cris, 15 , dice «con la mano que no llevaba entablillada» [y añade que Bailey golpeó a Sheidler en respuesta a «los golpetazos (sic) que Sheidler le daba» a él]. Entonces interviene el propio Bill Bailey para decir que «golpeó a M. Sheidler en la cara con la mano izquierda, la mano que no llevaba entablillada». Y una vez más, insiste en que eso solo se produjo después de que «Marleen Sheidler le golpease a él en la cara» [aunque segundos antes, según él mismo admitió le había dicho que «mantuviese a sus jodidos mocosos en su casa»]. La historia acaba de una forma repentina que resulta extrañamente impactante: «Bailey se encaró a Sheidler, le atacó y le aplastó la cara, y después se largó a su casa…» Lo que no pude dejar de preguntarme, mientras leía el documento, fue: ¿por qué se montó todo ese cristo por unas marcas de ruedas? ¿Hacer marcas con las ruedas en la acera es algo malo? Me lleva a pensar que me pasé la mitad de mi infancia enfureciendo inadvertidamente a todo mi vecindario.

 

El DJ local de las matinales de Lafayette, Jeff Strange, sobre la brevísima pero muy publicitada pelea a puñetazos con el diminuto y aparentemente amable diseñador de ropa de grandes almacenes Tommy Hilfiger; de hecho, «pelea a puñetazos» es demasiado fuerte; los testimonios sugieren que la pelea consistió básicamente en que Hilfiger abofeteó a Axl en el brazo reiteradamente, y las fotos muestran a Axl clavando la mirada en Hilfiger con una perpleja mezcla al cincuenta por ciento de rabia y divertida incredulidad, como diciendo: «¿Debería… partirle la cara?»:

–Tío, lo vi y pensé: Eso es puro Lafayette.

5

Di con Dana Gregory. Llamé a su madrastra. Es el primer amigo que tuvo Axl y trabajó con él en una ocasión, en L.A., cuando los Guns ya eran muy famosos. Cuando me senté a la mesa en el patio trasero de un local tipo pub llamado Sgt. Preston’s, él llevaba puestas las gafas de sol. Cuando se las subió y las dejó sobre su tupido cabello cano, aparecieron unos ojos de un pálido azul mineral perturbador, que habían visto muchos amaneceres. Él había estado allí. Lo sabías antes de que abriese la boca. Había hecho un espectacular montón de locuras en su vida, y pasaría el resto de su existencia recordando y reflexionando sobre esas locuras día tras día. La metamorfosis de Bill, su amigo de juventud, que desayunaba todas las mañanas en la cocina de su madre, su colega en los Scouts [lanzaron una moneda al aire, Bill sería Ann la Muñeca de Trapo en el desfile; Dana, Andy el Muñeco de Trapo, convertido –durante algún tiempo– en la más grande estrella de rock del planeta, un tío que provocaba disturbios en más de un país, se tiraba a una supermodelo, cantaba a dúo con Mick Jagger e hizo incluso cosas más raras, como contarle a Rolling Stone los recuerdos que había recuperado de haber sido sodomizado cuando tenía solo dos años por su padrastro, un hombre del que tomó su nombre legal y que sirvió para bautizar a una banda [Axl] en la que Gregory tocó el bajo durante un período y en la que Bill ni siquiera estuvo nunca, tío… Esos acontecimientos habían aparecido en la vida de Gregory como una supernova en una cultura precientífica. ¿Cómo se suponía que tenía que digerir todo aquello?

–¿Le llamas Bill o Axl? –le pregunté.

Él sonrió.

–Le llamo Ax.

–¿Sigues hablando regularmente con él?

–No he hablado con él desde 1992. Tuvimos una especie de pelea.

–¿Por qué motivo?

Desvió la mirada.

–Por alguna parida. –Y después de dudar y balbucear, añadió–: Debió de ser por una mujer.

Se mostraba nervioso, pero nervioso como lo estaría cualquier persona decente ante la que te sientas con una libretita y te pones en plan: «Tengo que tomar un vuelo a las dos y media. ¿Puedes contarme las cosas más bestias que te han pasado en la vida? Pide más aderezo de espinacas y achicoria, puedo pagarlo».

Se bebía las cervezas muy rápido. Utilizaba reiteradamente, sin ser en absoluto consciente de ello, una expresión que siempre he adorado, «De puta madre», dicho muy rápido y con una entonación una octava más elevada en el «puta», porque lo que se quiere decir no es «Correcto» o «Exacto», sino simplemente «Sí», como en «Eh, ¿te mola la fiesta?». De puta madre.

–Cuéntame algo sobre L.A. –le pedí–. Has dicho que estuviste trabajando para él allí. ¿Qué hacías exactamente?

–Arreglar lo que él se cargaba –respondió Gregory.

–¿Se cargaba muchas cosas? –pregunté.

–Su apartamento tenía unos espejos enormes por todas las paredes. Y de vez en cuando agarraba esa estatuilla de un astronauta que te entregan cuando ganas un premio de la MTV y rompía los espejos con ella. Y, bueno, él dormía hasta las cuatro de la tarde, de manera que alguien tenía que abrirle la puerta al tío de los espejos cuando venía. Me encargaba de este tipo de rollos.

Me contó otra historia de esa época en L.A., cuando Axl cogió la adorada boa constrictor albina de Slash y el bicho se le cagó encima. Y Axl llevaba ropa cara. Se puso como un loco y quería machacar a la serpiente. Empezó a maldecir al bicho. Pero Slash cogió su guitarra –en este momento Dana imitó la pose de alguien tomando impulso para cortar un árbol con un hacha– y le dijo: «No. Le hagas. Daño. A mi serpiente». Axl reculó.

Me parece que estuvimos allí sentados un buen rato. Dana tiene cuatro hijos y cuatro nietos. Cuando le dije que parecía muy joven para eso [¿os imagináis a Axl con cuatro nietos?], me respondió:

–Empecé joven. Como te decía, experimentamos un montón.

Su exmujer, Monica Gregory, también conocía a Axl. Ella le regaló sus primeros altavoces. Gregory me comentó que solo habla con ella una vez al año, «cuando no tengo otro remedio». También me contó que lo que quiere es rebajar el nivel de disfuncionalidad de la siguiente generación. Y me contó que él, Axl, Monica y su pandilla de amigos solían ir a un parque en Lafayette cuando ya había oscurecido, el Columbian Park –«Por la noche éramos los amos de ese sitio»–, abrían la cerradura de la tapa del piano que había en el escenario exterior y tocaban para ellos mismos hasta muy entrada la madrugada. Yo me había paseado por el Columbian Park. Está prácticamente enfrente de la calle en la que estos chavales crecieron. A poco más de cinco metros del escenario hay un monumento en homenaje a los hijos de Lafayette que «hicieron el supremo sacrificio en defensa del país», y la lista de nombres incluye el de William Rose, probablemente el retatarabuelo de Axl, fallecido en la guerra civil, en la que supongo que se batalló en defensa de nuestro país de algún modo más o menos incierto. Y ahora, mientras Gregory hablaba, pensé en lo raro que debió de resultar eso, todos esos años en que Axl probablemente leyó ese nombre cientos de veces, sin enterarse de nada, sin saber que era su propio apellido; él, que un buen día, después de descubrir su verdadero apellido ojeando unos papeles de su madre y empezar a utilizarlo, cantaría «No necesito vuestra guerra civil», y se haría esa pregunta todavía sin respuesta: «Porque, de todos modos, ¿qué hay de civil en una guerra?».

En aquel entonces, dijo Gregory, Axl tocaba todo tipo de música. Mencionó a los Thin Lizzy.

–Pero el único momento en que realmente lo oía cantar era en el lavabo. Se podía pasar una hora allí metido haciendo Dios sabe qué. Dando saltitos como una tía, por lo que sé.

–¿Y tú qué crees que hay de Lafayette en su música?

–La rabia, tío. Yo diría que eso le viene de aquí.

–Se solía meter en un montón de peleas, ¿verdad?

[Desde que llegué a la ciudad, más de una persona me había contado esto.]

–Yo me peleé con él un montón de veces –me comentó Gregory–. Bueno, un año ganaba yo, el siguiente ganaba él. Una vez nos estábamos peleando en el patio trasero de su casa y yo estaba ganando. Mi padre vio lo que estaba pasando e intentó detener la pelea, pero su madre dijo: «No, deja que acaben la pelea». Siempre acabábamos machacados. Conforme te vas haciendo mayor, tardas más en recuperarte.

Resultaba un poco incómodo, pero yo intentaba todo el rato reconducir la conversación de nuevo hacia el tema Sheidler sin que se notase demasiado. ¿Realmente Dana no recordaba nada de aquella algarada? Él seguía respondiendo de modo elíptico:

–Recuerdo que los polis querían saber quién había pintarrajeado toda la calle con espray –dijo, sonriendo–. La noche en que Axl se marchó a L.A. dejó escrito: «Bésame el culo, Lafayette. Me largo de aquí». Ojalá lo hubiese fotografiado.

Finalmente, me impacienté y le dije:

–Señor Gregory, es imposible que no se acuerde de esto. Escuche: usted. Un chico con una bici. Axl y una mujer se enzarzan en una pelea. Él lleva el brazo entablillado.

–Te puedo contar por qué llevaba la tablilla –me dijo–. Fue por aguantar demasiado rato una M80. Pensábamos que no pasaba nada, pero resultó que sí, porque casi te arrancaba la mano.

–Pero, en primer lugar, ¿por qué os indignaban tanto las marcas de ruedas en la acera? –pregunté.

–Mi padre trabajaba en la construcción. Todavía se dedica a eso. Y yo también trabajo en eso. Gregory e Hijos, yo y mi hermano somos los hijos. Sobre todo viviendas. Mi hermano ahora está muerto. Tenía treinta y nueve. Un tema de corazón. Mi padre aún no se siente capaz de sacar lo de «Hijos». En cualquier caso, mira, nosotros pusimos esa acera. Y se cabreaba mucho si veía que la estropeaban. «Maldita sea, ¿sabes lo que cuesta borrar eso?». Se habría pensado que lo habíamos hecho nosotros, y nos pateó el culo. De modo que lo vi [la obra del pequeño Scott Sheidler] y me dije: «No, no voy a permitirlo».

Eso fue todo. No podía entrar a fondo en ningún tema con Gregory antes de que su mirada se extraviase, antes de que se quedase meditabundo. Empecé a tener la sensación de que todo esto –el que estuviese allí, el que hubiese aceptado encontrarse conmigo– obedecía a algo, que todavía no habíamos llegado al asunto sobre el que había acudido a hablar.

–¿Sabes? –me dijo–, nunca había hablado con un reportero. Siempre me había negado cuando me lo proponían.

–¿Y por qué esta vez has aceptado? –le pregunté.

–No te iba a responder la llamada, pero mi padre me dijo que debía hacerlo. Deberías darle las gracias a mi padre. Mi hijo me ha dicho: «Dile lo gilipollas que era ese tío, papá». Y yo le he contestado: «Oh, él ya sabe toda esa mierda, hijo».

–Entonces, ¿crees que ya ha pasado tiempo suficiente y que ahora ya puedes hablar de todas esas cosas?

–Joder, no lo sé. Supongo que tal vez él verá el artículo y me llamará. Ha pasado tanto tiempo… La verdad es que me gustaría simplemente hablar con él y entender qué ha ocurrido con él.

–¿Todavía le consideras un amigo? –pregunté.

–No lo sé. Echo de menos a ese tío. Le quiero.

Estuvimos callados un minuto y entonces Gregory se inclinó hacia un lado y sacó su cartera. La abrió y sacó un trozo de papel doblado. Lo depositó en mi mano, todavía doblado.

–Pon esto en tu historia –me dijo–. Él sabrá qué significa.

Al acabar la entrevista me fui directo al coche y me acordé del papel solo cuando ya estaba en el avión. En él había escritas un par de líneas de «Estranged», de Use Your Illusion II:

Pero todo lo que hemos conocido aquí. Nunca quise que muriese.

Esta crónica fue publicada originalmente en inglés en la revista GQ. Aquí puedes leerla completa. 
La imagen de portada es diseño de Nora Grosse /Random House Mondadori. Fotografía de Marcus Doyle.


John Jeremiah Sullivan
John Jeremiah Sullivan
John Jeremiah Sullivan [Louisville, Kentucky, 1974] es escritor. Colabora como periodista en The New York Times Magazine y como editor en Harper's Magazine y The Paris Review. Ha publicado los libros Blood Horses: Notes of a Sportswriter's Son [2004] y Pulphead [2011], ambos alabados por la crítica, especialmente el segundo, que además ha sido elegido uno de los mejores libros del año por varias revistas prestigiosas de su país.




Artículo Anterior

Coldplay: un manto de estrellas de colores

Siguiente Artículo

Guns and Roses: El apetito indestructible





También te recomendamos


Más historias

Coldplay: un manto de estrellas de colores

La tercera fecha de Coldplay en la Ciudad de México también estuvo repleta de magia y color. Quienes asistieron a este...

18 Apr, 2016