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El regreso de la Anarquía

23 Mar, 2017 Etiquetas: , ,

La Biblioteca Social Reconstruir es la única biblioteca anarquista de la Ciudad de México. Fue fundada por Ricardo Mestre Ventura, un español llegado a México en el exilio, en 1978. Y desde hace 20 años quedó a cargo de un hombre nacido en Ecatepunk —quizá la persona que más sabe de anarquismo en México—. Y es a través de él, su bibliotecario, que conocemos este espacio donde parece que la anarquía es todavía posible.

TEXTO: EMILIO REVOLVER / FOTOS: SAMUEL SEGURA

Infectados por el sistema

Lo escucho atentamente. Procuro no interrumpirlo, y él fluye tranquilo y sin dudas, como alguien que hace la misma conversación todos los días. Pienso que muchos de nosotros decimos «Hola, hace frío, ¿no?»; él dice: «La gente considera que sólo se puede cambiar el mundo de arriba hacia abajo. Es decir, tenemos un presidente malo, hay que poner uno bueno. Tenemos uno bueno, pero medio tonto, hay que poner uno inteligente. Vamos a poner un presidente honrado. Creen que una vez que esté un presidente honrado, bueno e inteligente, el mundo va a cambiar. Por lo tanto, si hubiera un presidente que respondiera a la clase trabajadora, será la clase trabajadora la que mande. Es momento de admitir que eso nunca va a pasar. Jamás. El poder en sí tiene ciertos gérmenes de corrupción que son imposibles de evadir. No ha habido un presidente honrado, ni lo va a haber jamás. Poner en unas manos toda la riqueza de un pueblo, toda la fuerza militar de un pueblo, para hacer y deshacer con él, enloquece a los hombres. Cualquier persona, si llegara al gobierno, se convertiría exactamente en otro corrupto como los demás. El problema no es el gobierno, es el poder».

Estoy apesadumbrado. Sus palabras no me traen consuelo. Le pregunto si el ser humano no será más bien un virus, una plaga, que todo destruye. Es una idea recurrente en mi cabeza. «La corrupción empieza en el gobierno. Luego los diputados. Ya el líder sindical, el charro al servicio del gobierno, es corrupto. La gente lo sabe. Cuando alguien quiere aparecer en la planilla, dicen: “es por dinero, a huevo”. La gente está acostumbrada a la corrupción, al robo, a la tranza, al engaño, al abuso. ¿Es posible que exista alguien bondadoso y que quiera la libertad y no quiera oprimir a sus semejantes? Te va a decir: “pues yo no lo conozco. Es posible pero yo no lo conozco”. Yo te aseguro que yo sí. Conocí compas que eran de ese estilo, incorruptible, gente que creía que su bondad podía irradiar a los demás y que podían transformar las cosas; que establecían las relaciones entre ellos en base a la honestidad y al respeto. ¿Había problemas? Sí, pero siempre se volvían a revisar los acuerdos y se podían replantear. El mundo de hoy no da las condiciones para que pueda generar ese tipo de personas, pero las hay. El anarquismo sabe que los seres humanos no somos completamente buenos ni bondadosos, pero que hay condiciones que pueden permitir que pase eso; entonces, cuando una persona decide junto con otras personas establecer esas relaciones, crean un ambiente anárquico, ambiente donde no hay el dominio ni el abuso, donde hay igualdad, solidaridad y apoyo mutuo. La intención es que esas pequeñas comunidades vayan creciendo: puede aparecer una biblioteca, una radio comunitaria, una escuela por aquí, un proyecto cooperativo por allá, empezar a expandir las ideas en torno a la práctica y con el ejemplo. Hay que establecer las relaciones que nos permitan ponernos de acuerdo para intercambiar información, productos, lo que tengamos que hacer, en base a la igualdad y como lazo de unión la solidaridad entre todos los seres humanos». Lo escucho y me quedo pensando en el «cambiar el mundo de abajo hacia arriba». Pienso en la praxis, esto es, que el epicentro de todo no es buscar esta Revolución con «R» mayúscula, sino centrar toda la cuestión en el individuo, en cada uno de nosotros y nuestro radio de acción diaria, la familia, la calle, la comunidad.

La Biblioteca

El lugar se llama Biblioteca Social Reconstruir, la única biblioteca anarquista de la Ciudad de México, y por ende, uno más de sus lugares obligados. «La biblioteca la inicia Ricardo Mestre Ventura, español llegado a México en el exilio, en 1978, para difundir los ideales anarquistas». Platiqué con el que ha sido el bibliotecario los últimos [nada más] 20 años. Tranquilo, amable, cordial, él es la persona que más sabe de anarquismo en México. Quizá el último de su clase. «Fidel Miró, otro español, era dueño de una editorial llamada Editores Mexicanos Unidos. En el centro tenía un edificio y en los 80 hacían reuniones ahí. Eran gente arriba de 60 años, muy bien vestidos, saco y corbata, hablando del anarquismo de manera impresionante. En una reunión conozco a Ricardo Mestre. Vi una diferencia: todos casi siempre andaban hablando de Franco y España; Mestre hablaba de México, más en el presente que en el pasado. Era un hombre impresionante. Así llegara un chamaco de 16 años le decía somos iguales, háblame de tú».

El profundo respeto que guarda por Mestre se puede ver en todos lados en esos cuatro por dos metros cuadrados en los que parece que la anarquía es todavía posible. Hay cuadros, carteles de la Revolución Española, periódicos antiguos.

Cárdenas permite la entrada a importantes intelectuales españoles me dice, las manos sobre una pila de librosuna estrategia importante, que hoy todavía marca el desarrollo del conocimiento y la cultura en México.

Cárdenas es el único presidente que merece ser llamado así, y no ladrón le digo. Él sonríe pero no dice nada.

En una crisis de ésas, llamada el error de diciembre, yo en la empresa en que trabajaba me liquidaron. Con ese varo arreglé mi casa y me guardé un poco para estar un tiempo sin trabajar, a la manera punk: mientras menos horas le des al patrón, mejor. Me quedé a trabajar con Mestre. Me pagaban 125 o 200 pesos a la semana, no era ni para el pasaje. Serían como hoy tener 150 pesos a la semana. Pero yo tenía lo de la liquidación. A la muerte de Ricardo, su hija Silvia nos dice: si van a seguir trabajando la biblioteca, quédense con ella. Fue donde le empezamos a dar un toque más punk.

Si otra cosa marca el lugar son los discos. Bandas punk lanzan gestos y mentadas desde los muros y pilas de libros. Ése es el inicio de otra historia: «1980. Oíamos rock, y cuando llega el punk es un shock. Entré a una banda que se llamaba Sabotaje Final, fui vocalista ahí. Al tiempo me salí y formé otra banda que se llamaba Infectados por el Sistema. Yo soy de Ecatepunk, y allá siempre las tocadas son en casas, en terrenos baldíos, en antiguas fábricas. Cerrábamos calles y tocábamos con equipo precario pero que para nosotros era más que suficiente. Como sabíamos que cuando se cantaba no se entendía bien, siempre decíamos: “esta canción habla de esto, de esto y en esta otra decimos esto y esto demás”». Los inicios del punk en México es un tema para lo que faltan varias otras charlas. El bibliotecario me ayuda a entender un poco cómo era aquello: montones de bandas que nunca lograron grabar, de las que seguro habría alguna de invaluable sonido para el rock mexicano, realizando conciertos en tiraderos o terrenos baldíos, llenos de jóvenes proscritos, «los más tronados que pudiera haber o a los que nadie los quería, porque los habían corrido de su casa; los que andaban dando el rol y llegaban a las tocadas por azar y ahí nosotros tratábamos de llevar nuestro ideal hacia ellos». Le hablo de los mohawks y las temibles chamarras con estoperoles. Él niega. «En aquel tiempo la moda era más como se te ocurriera: una camisa de vestir, cortada, los hoyitos los marcabas con plumón negro, para que se vieran más, una corbata y una chamarra de plástico. Salíamos a las calles, del barrio salíamos dos o tres, y nos encontrábamos otros más y poco a poco llegábamos al metro y al final ya eran filas largas de 30, 50 que no nos conocíamos, nos uníamos porque la gente nos gritaba, nos decía de cosas. Nos tenían miedo, llegábamos al vagón y la gente se salía. Había películas como Clase 1984, donde los malos eran los punks. La gente solía tener miedo, sorpresa, y había quien decía: “esos weyes se ven locos” ¡y se nos pegaban!, y al rato ya traían el pelo de colores y la ropa rota, porque intuían que eran gente rechazada, gente que peleaba contra algo, que mostraba su inconformidad y decían yo también estoy inconforme».

Educados en la esclavitud

El bibliotecario habla de juicios y problemas legales, de lugares donde no los han querido recibir por la «fama» del punk y del anarquismo; me habla de los cuatro años que la biblioteca estuvo cerrada porque nadie les quería rentar el espacio, hasta llegar a donde están ahora, en la calle de Godard, a dos calles del metro la Raza, en el Frente Auténtico del Trabajo. «Para sostenerla, en primera no tenemos salario. En segunda, hay que poner de nuestro dinero para mantenerla. Hacemos conciertos, colectas, lo que se puede, y en base a eso hemos ido funcionando. Lo que hago es irme a vender al tianguis del Chopo, en el espacio anarcopunk. Llevo fanzines, revistas, libros. Los vendo y una parte es para mí, otra para los gastos de la biblioteca. La gente me dice: “No mames, ¿y de qué vives wey?, no quieres tener carro, casa… no carnal, tengo dónde vivir, no me quejo, para mí esos son lujos, o a lo mejor no son lujos pero yo no los necesito, para mí es más importante lo que hacemos aquí. Los domingos vendo en un tianguis en la Raza. Me sostengo de esos dos tianguis. Hubo un tiempo que vendí muchos diseños prehispánicos, ahora dibujos punks y ahí la llevamos.»

El anarquismo sabe que los seres humanos no somos completamente buenos ni bondadosos, pero que hay condiciones que pueden permitir que pase eso

Me quedo un poco serio, quizá hasta consternado. No me explico del todo cómo es que puede vivir y mantener la biblioteca; me pregunto con cuánto vivirá al día. Salimos a comer. En dos gorditas de chicharrón se van 30 pesos, pero no más, ni refresco ni agua ni nada. De regreso tomamos café en la biblioteca. Me comenta que mucho de lo que sobrevive es «del intercambio». Me enseña un poco del acervo: más de mil títulos, «del anarquismo que habla de la ecología, del pacifismo, el anarquismo organizativo, anarcosindicalismo y luego ya los teóricos del anarquismo. A lo mejor lo que para nosotros no tiene valor para las próximas generaciones sí lo tendrá, así que conservamos todo. Lo único que llegamos a vender es cuando tenemos tres, cuatro, cinco o más. Lo de más valor son los periódicos. Hay de España de 1930, 1938, 1940, que llegaron con los compas del exilio. Son la historia escrita, por lo que los conservamos muy bien, porque ni en la universidad u otras bibliotecas los hay. Tenemos libros de Proudhon de 1868, de 1892, libros que obviamente sólo son de consulta aquí; periódicos anarquistas de los 30, 40, 50; el famoso Regeneración, de los Flores Magón, de 1900».

Tan sólo con mirar de lejos algunos de esos títulos, sé que vale la pena el viaje a la golpeada calle de Godard. Ahora bien, platicar con él o con su amigo el Kiko, con la chica de las gelatinas o con toda la gente que va llegando, lo convierte en una experiencia imprescindible. A esta biblioteca se viene, y mucho, a platicar. «Para mí el anarquismo es una aspiración, es como desear un mundo mejor. El anarquismo me hizo darme cuenta que tener mayor libertad es posible. Fui educado en la esclavitud, como todos, por lo que a veces es difícil concebir la libertad. A pesar de las deficiencias que tenemos como personas o como anarquistas, aquí creemos que el ideal es la mejor solución que puede tener el hombre. Yo vería muy difícil que alguien se desencante de él; sí los hay, pero por lo general son gente que no conoce a profundidad las ideas, gente cuya aspiración es otra. La sociedad actual fomenta el éxito, el dinero, el triunfo, el conocimiento; ésos son los alicientes vitales de cualquiera. En la escuela le dicen a los maestros lo que ellos quieren escuchar para poder pasar y los maestros no fomentan el criterio ni la independencia de pensamiento, y la gente va por ese lado, para ellos la meta es el éxito. Para nosotros es otra cosa.»

The Feeding of 5000

Le pregunto cómo es un ambiente anárquico. «En la historia ha habido distintas formas de ambientes anárquicos. Ricardo Mella, un anarquista español, la llamaba “la coacción moral”: si tú ves bondad en otros, te nace también hacerlo; si ves honradez en los demás dices: “yo también lo voy a hacer”. Lo haces no porque te obliguen, porque te nace, gracias al ambiente que te rodea. La idea es crear esos ambientes y que sean cada vez más amplios». Veo un libro sobre la banda inglesa Crass. Ellos vivían en una comuna y hacían sus shows gratis, sus discos tenían una leyenda de que no se podían vender en más de una cantidad fijada por ellos, su visión y su música es algo que siempre me ha motivado. Por gente como ellos está el bibliotecario aquí, y yo hoy también. Me quedo pensando en la curiosa mezcla entre practicidad e ideal, muy en las estrellas y muy fijo en la tierra, de la que parece estar al mismo tiempo el punk y el anarquismo. El ideal se hace con el ejemplo.

La tutela gubernamental

¿Qué cosas sencillas podría hacer todo mundo?, le pregunto. «Primero la gente tiene que liberarse de la tutela gubernamental, del sistema, como lo quieras llamar; esto es, tener mente crítica, no creer en lo que nos cuentan; todo lo que nos dicen. “Que el país está creciendo, que la economía mejora a tal grado”; tú ves las calles y sabes que no es así. La segunda: ver al semejante como un compañero, como un amigo, amiga, y en base a eso pensar en cómo podemos establecer relaciones de libertad y de igualdad, para entonces generar un ambiente, una coacción moral que gire en torno a las relaciones humanas, no en relaciones económicas. La tercera: no ejercer violencia. La violencia es toda la esencia del autoritarismo. Cuando la revolución no sea un cambio de consciencia, sólo una imposición bélica, no se sostendrá. Cuarta: no comprar lo innecesario. Yo no tengo televisión desde hace mucho, y ni la quiero. Le digo a una amiga que llevo cinco años sin televisión. “Pues no te veo más inteligente que antes”, me responde, y tiene razón [risas]. No la extraño ni me agobia no tener televisión. El lujo es una falsa idea de progreso. Había una vez un compa en la chamba que me decía: “Me compré un estéreo”, “ah está chido”, y a los seis meses, “ya me compré otro estéreo”, “¿se descompuso el otro?”, “no we, lo que pasa es que el otro tenía nada más para un cd, éste que compré tiene para ocho cds”, “¿para qué we si nada más tienes un lector de todos modos?”, “es que así siento que progreso”, así fue como me contestó. Cada quien debe reflexionar muy bien qué es lo necesario en su vida y qué es sólo mercadotecnia.»

¿Para tí entonces qué sería progresar?, le pregunto, un poco abrumado. El bibliotecario, tranquilo, cordial y sin dudas, como ha estado toda nuestra charla, se lanza de nuevo: «Avanzar hacia el progreso sería erradicar tanta violencia. Estamos acostumbrados a ver periódicos de ejecutados, mujeres asesinadas, de desaparecidos, de tráfico de órganos; vivimos en una sociedad en la que la violencia es cada vez más cotidiana; nosotros mismos hemos sido víctimas del robo o la agresión. Para mí el progreso humano sería que esa violencia disminuyera, que pudiera una mujer salir a las 11 de la noche y estar segura que va a llegar bien a su casa, que un padre de familia pueda dejar que su hijo salga a jugar al parque y decir: “Sé que va a estar bien”».

En la historia ha habido distintas formas de ambientes anárquicos. Ricardo Mella, un anarquista español, la llamaba “la coacción moral”: si tú ves bondad en otros, te nace también hacerlo; si ves honradez en los demás dices: “yo también lo voy a hacer”

Cae la tarde, llevamos desde la mañana conversando un poco de todo y trabajos muy diferentes, en zonas muy diferentes de la gran urbe, me esperan. Me llevo en préstamo un libro de Malatesta, Artículos Revolucionarios, de esos de los que sólo se encuentran en la Biblioteca Social Reconstruir. Tras la puerta, se mira la calle Godard idéntica a sí misma: el pavimento golpeado, las casas pequeñas, la pintura cayéndose de las paredes. Una más de las infinitas calles que día a día duermen en la noche con la promesa de un cambio. Un cambio que en 80 años, en 200, en 500, quizá sólo han visto ocurrir para mal. ¿La pobreza y el dolor son realmente tan necesarios en esta ciudad olvidada del tercer mundo, en este pedazo tan rico y tan pobre de tierra? Simplemente es duro regresar a casa, una tarde más, con las manos vacías. Espero en el tráfico, trato de verlo todo por primera vez: la gente, los autos, los desvalidos, los vagabundos, los miserables, como un turista asustado. La transformación, el encontrar la manera de cómo cambiar esta situación, aquí en la Ciudad de México, no es una opción, es un imperativo que aplasta; es que simplemente no se puede hacer otra cosa que intentarlo. Vuelvo a dejar 10 pesos en una mano que duerme sobre el pavimento, y como una máquina de feria recién activada se acerca otro a volver a aventar jabón sobre el parabrisas. Hay que cambiar, cambiarnos nosotros y nuestro camino; no hay otra suerte para nosotros los descastados, los iluminados por la sed de los 400 guerreros allá en las estrellas. Al menos una inamovible verdad he escuchado hoy: tendrá que ser de abajo hacia arriba. Al abrir la puerta de mi casa, con más dificultad que otros días, recién me doy cuenta que, a pesar de todo, esta vez no llegué con las manos vacías: traigo un libro de Malatesta, y me da la extraña sensación de que no ha sido por azar.



Emilio Revolver
Emilio Revolver

Ciudad de México, 27 de junio de 1983. Escritor y músico. Maestro en letras por la UNAM. Un poemario publicado: No hay tiempo para el canto [Public Pervert, 2012]. Organizador del Festival Iberoamericano de Poesía en el Centro Histórico «Vértigo de los Aires», 2009-2011. Premio Gustavo Baz por un audiolibro de poesía Arthur Rimbaud [UNAM, 2009]. Codirector del blog NoFM [2012-2015] y colaborador de LaPopLife. Está a cargo de «Radio Móvil», radio comunitaria de la Fundación Alumnos 47. Junto con la agrupación Fan Club es autor del LP Dogmas [2014].





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