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Rezos en el subterráneo

01 Ene, 2014 Etiquetas: , ,

Entre los fieles de San Judas, otros feligreses, éstos de Agnostic Front, se abren paso para rendirle culto a esta banda hardcore, en una de las colonias más populares de la ciudad de México.

TEXTO: SAMUEL SEGURA

Aquel era un 27 de octubre y en la avenida Puente de Alvarado ya se alcanzaban a distinguir, entre la escasa iluminación de los postes, los colores verde y blanco que revisten el atuendo de San Judas. Quién sabe desde qué hora el tronadero de cohetes y el aroma hipnotizador de esquites, elotes y camotes de carrito chiflador ya se hacían oír y oler, incluso hasta las afueras del Salón Caribe, metros atrás (o adelante), en San Cosme. La gente sentada a medio camellón, enrollada en cobijas o cargando la figura a escala humana del patrono de las causas perdidas –esperando una de las misas de cada hora– no daba chance de pasar en bici y uno tenía que ir remando con la pierna para avanzar, o de plano soltar la bicla y quedarse allí, en el fervor de la devoción.

El día indicado para ver a Agnostic Front.

—Esta banda es tan underground que todavía se ecualizan solos —expresó el Guti cuando vio al grupo neoyorquino salir a escena, después de esperar en la fila de las cervezas escuchando a los últimos teloneros de cuatro que hubo, y de ahí unos cuarenta minutos en lo que lograron ecualizarse, arriba del estrado del Salón Caribe (un “salón de baile, conciertos y eventos sociales”) hasta la madre de humanos y, por lo tanto, de calor, humo de tabaco y aroma de cerveza que desde las afueras se colaba, mientras la audiencia hardcorera y punk se echaba un trago, un tabaco o simplemente charlaba, se saludaba y esperaba el momento indicado para entrar o entrar de vuelta. Las señoras que salían de bailar en el vestíbulo contiguo, ataviadas en trajes sastre y zapatos luminosos, pedían permiso para pasar a aquellos que lucían mohicanas o cabezas rapadas, con chamarras de cuero o de nylon, cabelleras rojizas o medias de red, y los miraban extrañadas por su presencia allí, en aquel infierno donde vendían hamburguesas vegetarianas, repleto de carteles que anunciaban próximas presentaciones de sonideros.

—Aquí estar tatuado del cuerpo no es nada. “Lo normal” es ver caras y calvas rayadas, penes con perforaciones… —continuó el Guti su maravillado discurso mientras ya daba un trago a su cerveza de litro, de pie y después de haber saludado a un par de conocidos suyos con dichas cualidades.

Entonces comenzó.

Vinnie Stigma, uno de los dos guitarristas de Agnostic, se colocó a la derecha del escenario (la izquierda, para él), repeliéndose el calor con la mano a modo de abanico; jugueteó con el público sonriéndoles, haciéndoles gestos, levantando el puño. Mike Gallo, el bajista, se encontraba a un lado suyo (a su derecha) con el rostro un tanto tenso: la gente no tardó en lanzarse desde el escenario para ser recibido por los brazos de quienes se quedaron abajo, gritando, empujándose, haciendo slam al ritmo de ‘My Life My Way’. Joseph James, el otro guitarrista (ubicado al extremo contrario que Stigma), aguantaba los empujones de los brazos que fácilmente llegaban a él, y con la gorra puesta interpretó ‘Peace’. Detrás de ellos Pokey, el baterista de rasgos asiáticos, aporreaba el instrumento poseído por el kupa-trupa incesante de las composiciones de esta banda neoyorquina. Roger Miret, el vocalista que de pronto se dirigió a su público en español, fue aplaudido desde que se paró ahí enfrente, sin una barrera humana protectora que lo alejara de su público, sino cara a cara, voz a voz, aliento a aliento, los sudores entremezclados.

Porque Agnostic Front ha escrito sobre sí: Throughout their storied history, (they) have been anything but a ravishing group of individuals living prosperously and content.

Ellos siguen ecualizándose, resaltó el Guti, y éste de pronto ya se había ido al slam encargándome el último trago de su cerveza en ‘All Is Not Forgotten’. Se sumó a las hordas que tiraban a cada rato el atril y micrófono de Stigma y de Gallo quienes, a falta del artefacto, gritaban a garganta limpia y uno apenas alcanzaba a escucharles o alcanzaba a verles, ahí de cerca como en todo el Salón Caribe; pero eso sí: uno veía cómo a cada rato un técnico de sonido o un asistente ayudaba a colocar las cosas en su lugar cada que unos brazos, unas piernas o unos dorsos arremetían, incontenibles, contra el escenario. Y ahí, entre aquel caos, con miles de personas en el escenario (entre fotógrafos, fans, y organizadores), la banda interpretaba sus éxitos sin quejarse –mientras saltaban sobre los dos pies o movían sus cuerpos rítmicamente de derecha-izquierda–: ‘Addiction’, ‘For My Family’, ‘The Eliminator’, y su cierre clásico: ‘Blitzkrieg Bop’ de los Ramones.

Real hardcore for life. Uuuooohhh ooohh oohhh!!! Y el público se enganchó con ‘A Mi Manera’, volviéndose más parte de la banda, y de aquellas luces verdes, azules, que todo lo homologaban, con aquel fondo de cuadros blancos, sin parafernalia ni lonas, ni presunción de que aquellos eran Agnostic Front, sólo golpes directos a la quijada, al hígado, dispuestos a noquear aún a aquellos que se refugiaban en las columnas que no dejaban ver, o a un costado de la tarima tambaleante, en una pequeña mesita, donde se vendían playeras alusivas al grupo y un par de elepés del Victim In Pain. Afuera, no hubo un solo vendedor ambulante al final del concierto que duró menos que una misa: poco más de intensos 50 minutos donde la banda, el público, mostró devoción auténtica a los amos del hardcore neoyorquino. Cada canción de dos minutos no sólo fue un golpe en el rostro, sino un llamado, un reclamo, un grito para despertar del letargo, una actitud, un ecualizarse todo el tiempo por ellos mismos, como si aquella fuera una agrupación novata, como si en vez de llevar treinta y tantos años tocando en agujeros citadinos y festivales masivos de metal, vendiendo algunas copias de sus discos en el subterráneo del mundo, llevaran apenas tres años en lo más alto de las listas de popularidad mundial, con sus canciones liderando las radios populares.

Así fue que se pasó el concierto Roger Miret: esquivando hombres y mujeres voladores, recibiendo palmadas cuando éstos se quedaban un momento junto a él para intentar cantar alguna estrofa; con un Mike Gallo –el rostro permanentemente preocupado– siempre atento a las desconexiones y a la caída del micrófono; con Vinnie Stigma sacudiéndose el calor y sonriéndole a la gente que hasta él llegaba del slam hasta sus brazos delgados, tatuados, corriosos. Ni aún avanzado el concierto Joseph James se libró de las manos que tocaban sus pies o sus piernas y que buscaban su guitarra con la misma furia con que él rasgaba sus cuerdas.

—¿Están cansados?

—Noooo —respondían las gargantas secas por la sed de la gente a Miret, y parecía que aquella era una sentencia para romperse las cuerdas y gritar en ‘Gotta Go’, todo el Salón Caribe y sus cincuenta grados centígrados, y sus vasos de chela por ahí desperdigados, y sus hamburguesas vegetarianas, o sus baños con pisos empapados; todos gritaban con él, como lo han hecho desde siempre en cada que esta banda se ha presentado en los bajos fondos de cualquier ciudad.

En algún momento sonó ‘Take Me Back’, una de mis favoritas. Le siguieron cuatro canciones.

Entonces terminó.

Y así salió el público de allí, sudoroso, ajetreado pero más fuerte, como si aquella hubiera sido una intensa jornada de ejercicio para tener el cuerpo listo antes de subirse al ring. Algunos se dirigieron, con la espalda y la cabeza sudadas, de San Cosme hacia Puente de Alvarado y fue entonces que observaron a los discípulos de San Judas allí tendidos o de pie, esperando, desperdigados en la calle, una respuesta de su patrón. Allí los vieron, después de haberle orado al agnosticismo.

 Video de aquella noche, cortesía de Gerardo Téllez de King Bong Entertainment:

 

Imagen de portada: Agnostic Front @ Saulzoir 2013 by Sylvain Stricanne-Flickr-(CC BY-NC 2.0).


Samuel Segura
Samuel Segura
Editor de Kaja Negra. Obrero de la palabra escrita. En Twitter: @SamBodoque Correo: samuel@kajanegra.com




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