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Roald Dahl, hablarle a los niños sin subestimar su inteligencia

16 Oct, 2016 Etiquetas: , ,

La obra de Roald Dahl no envejece, por el contrario, continúa inspirando a muchos escritores, cineastas e incluso a periodistas, dice Diego Mejía Eguiluz —quien fue editor de sus libros en México durante siete años— y quien, más allá de efemérides, nos recuerda la importancia del escritor que se atrevió a hablarle de manera directa, dura e inteligente a los niños.

TEXTO: DIEGO MEJÍA EGUILUZ

Quisiera decir que escribir y entregar estas líneas en octubre y no en septiembre fue un mero acto de protesta, una declaración de principios para no sumarme puntualmente a todos los festejos por el centenario del natalicio de Roald Dahl y así no parecer que sólo sigo modas, pero la verdad es que soy muy desorganizado y apenas pude sentarme a lidiar con este tema y tratar de plasmar mis ideas en el papel.

Conozco la obra de Roald Dahl desde el siglo pasado. Tuve la fortuna de ser editor de sus libros en México durante siete años. De ninguna manera fui su descubridor, él ya había sido descubierto, pero lo que se conseguía por aquel entonces eran las ediciones españolas. Era finales de 1999 y la editorial para la cual laboraba había decidido crear formalmente el departamento de literatura infantil, y teníamos que construir un catálogo sólido. La obra de Roald Dahl fue fundamental para ello.

Pero no todo fue tan veloz como hubiéramos querido. Los negativos de sus libros estaban muy maltratados y no teníamos archivos electrónicos, por lo que tuvimos que empezar el proceso de edición desde cero. Eso tuvo sus ventajas, pues había que cotejar la captura del texto, y de paso adaptar los giros lingüísticos [término muy sangrón para no emplear el no menos horrendo «tropicalizar»]. Así fue como, además de conocer sus libros infantiles y reírme a carcajadas, pude ver el efecto que generaban en la gente. Personajes como el señor y la señora Cretino, que se dedican a hacerse la vida miserable entre sí, daban muchas ideas a los niños [nunca supe si el hijo de mis vecinos preparó ese espagueti de gusanos], lo mismo que los sensacionales Cuentos en verso para niños perversos, los cuales nos ofrecían una visión mucho más fresca a todos aquellos que estábamos cansados del tradicional «y vivieron felices para siempre».

Recuerdo a una de mis primeras jefas hablar con la red comercial de la editorial y comentarles que Las brujas y Matilda no sólo son películas que nos recetan en televisión cada que se les acaban las ideas a los jefes de programación. Algunos de los vendedores sólo se quedaron con el dato de las películas y así promovieron esos títulos, pero no se habían tomado la molestia de leerlos [o al menos hojearlos]. Las brujas tiene un final mucho más crudo que el de su versión cinematográfica, y más de uno nos reclamó que la novela era muy dura para los niños.

En eso radicaba, precisamente, su genialidad. Además de ser obras con un gran sentido del humor, Roald Dahl nunca tuvo empacho en hablarles a los niños sin subestimar su inteligencia. Varios de sus libros retratan situaciones duras, injusticias, incluso horrores, pero sin necesidad de maquillar los hechos. No son amarillistas, por supuesto, pero nunca tratan a los lectores como si fueran incapaces de comprender lo planteado en sus historias.

Lo que es de admirarse es que algunos de sus libros tengan casi medio siglo de vida, y pareciera que apenas se publicaron por primera vez.

En la obra de Dahl uno encontrará niños [y a veces animales] que no permiten que los adultos cometan abusos de poder. Tal vez sus libros no son aleccionadores ni están llenos de moralina, pero aun así siempre dejan una buena enseñanza sobre lo que es justo y correcto, pero con la dosis necesaria de humor negro para que los niños no se sientan timados o piensen que siguen en la escuela.

El trabajo de Roald Dahl no se limita sólo a obras infantiles. Sus Relatos escalofriantes, sus guiones cinematográficos y para televisión, y sus dos autobiografías son también de una gran manufactura.

Este año se estrenó una nueva versión cinematográfica de El Gran Gigante Bonachón. No sé si fue éxito de taquilla o no, pero tampoco debería sorprendernos que el séptimo arte haya volteado una vez más al catálogo de Roald Dahl en busca de inspiración.

Lo que es de admirarse es que algunos de sus libros tengan casi medio siglo de vida, y pareciera que apenas se publicaron por primera vez. La obra de Roald Dahl no envejece, por el contrario: continúa inspirando a muchos escritores, cineastas e incluso a periodistas [qué mejor halago para alguien que ser definido por la prensa como «el Roald Dahl del siglo XXI», y qué compromiso, qué compromiso].

Desde el año pasado, la casa editorial para la que trabajo ha relanzado el catálogo de Roald Dahl con nuevas ediciones [sí, tengo que hacer el comercial], buscando darle una imagen que lo aleje de todo lo relacionado con las lecturas escolares, y no porque haya algo malo en leer lo que te dejan en la escuela, sino porque queremos comunicar lo divertido que puede ser leer un libro sin que vaya de por medio un punto extra para mejorar las calificaciones.

Si me pidieran dar un solo dato que englobe la importancia de Roald Dahl en la literatura universal, me quedo con la vez que fui a la Feria Internacional del libro Infantil y Juvenil [FILIJ] y vi a una niña acercarse al stand de la editorial y preguntar, con toda seguridad [y tal vez pedantería]: «¿Qué tienes de Roald Dahl?». El encargado del stand sufrió porque la chica, que no rebasaría los doce años, había leído casi todo. Afortunadamente acababa de salir Los Cretinos. Estoy seguro de que la sonrisa que se formó en su cara cuando descubrió ese libro, que hasta entonces desconocía, no se borró mientras estuvo leyéndolo. Tal vez ella sí cocinó el espagueti de gusanos.

Imagen de portada: Qui és qui al món de Roald Dahl? by BIMS Sabadell-Flickr-[CC BY-SA 2.0].


Diego Mejía Eguiluz
Empezó a escribir desde los cuatro años, y desde 1998 ha incursionado en el cuento. Ha sido asistente de producción tanto en teatro como en televisión, guionista de un programa cómico, periodista deportivo, corrector de estilo y editor. Desde 2008 combina su trabajo editorial con la crónica de lucha libre. Actualmente intenta recordar dónde dejó las llaves de su oficina.




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