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Rojo Sur, fragmento de «El candidato y la furia»

10 Oct, 2017 Etiquetas: , ,

¿Qué condiciones sociales, culturales y económicas permitieron la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos? ¿Cuáles se han agudizado desde que llegó al cargo? Más allá de las respuestas fáciles, el periodista Argemino Barro explora en El candidato y la furia la historia de este país y nos lleva a recorrer lugares y momentos que dan cuenta de aquello que sirvió de catapulta para el empresario. La editorial La Huerta Grande nos comparte este fragmento del libro.

TEXTO: ARGEMINO BARRO

1

 

El coche avanza en la oscuridad, sobre las calles ondulantes, y el Sur cobra plenitud. La noche caliente envuelve esta carraca negra y los vecinos, que se mecen en sus porches, van quedando atrás como fichas de dominó. «Me costó ochocientos dólares», dice Alex, de pelo engominado, «pero tira muy bien».

Alex cuenta su historia sin filtro aparente. Confiesa que antes trabajaba de bróker ilegal. Su empresa pagaba diez mil dólares por la «pista» de una persona con dinero. Después Alex llamaba a esa persona y la enredaba con inversiones ficticias, hasta que se cansó. Ahora hace «un poco de todo». Es el dueño de la habitación en la que duermo y me ha propuesto ir a tomar una cerveza con sus amigos.

La música llena las terrazas y en todas partes se ven escotes, músculos, tatuajes, cabezas teñidas o semiafeitadas. Dicen que la gente sureña está más cerca de su yo profundo, del subconsciente. Como si los deseos y miedos más íntimos titilaran en la superficie. Aunque solo sea por la humedad y por los árboles inclinados sobre las aceras irregulares y estrechas, o por la mujer que se cruza cantando con las pantorrillas blancas tatuadas, esta es la impresión que da Louisville, en Kentucky.

Si dividiéramos Estados Unidos en diferentes naciones [Woodard 2011], Deep South sería la más conservadora. Una tierra de estructura social muy rígida y reticente a la autoridad del Gobierno federal.

Viajar al Sur es como deslizarse por un jardín caldeado y fragante. A diferencia del Yankeedom, aquí se percibe un gusto por la retórica; la gente conversa por el placer de oírse la voz. El acento varía localmente, pero conserva un hilo común, saltarín y ceremonioso; en lugar de hablar, el sureño escancia las palabras. La hospitalidad es su orgullo, y el honor: la barrera contra el «desencanto» de la industria. «El Sur tiene dos dimensiones», observa un amigo de Alex, confirmando, a sabiendas, el estereotipo. «La gente es más hospitalaria, te mira a los ojos, te habla, ¡no como en Nueva York! Pero aquí todavía hay mucha gente de la “vieja escuela”. Ya sabes, el racismo y todo eso».

 

2

 

Si dividiéramos Estados Unidos en diferentes naciones [Woodard 2011], Deep South sería la más conservadora. Una tierra de estructura social muy rígida y reticente a la autoridad del Gobierno federal. El historiador W. J. Cash identificó la fuente de esta mentalidad en la aristocracia [Cash 1991].

Primero está la frontera, dice Cash. La expansión hacia el Sur habría cincelado el carácter hospitalario. La soledad del colono, el tener que roturar la tierra indómita, sufrir y trabajar, y estar expuesto a dificultades, desde el ataque de un oso a riadas o choques con los nativos, lo haría naturalmente sensible al prójimo. En semejantes condiciones los colonos tienen que ayudarse unos a otros. Cuando de la nada emerge un desconocido a lomos de su caballo, ¿cómo no ofrecerle una buena comida, un vaso de whisky y una noche de descanso en sábanas limpias? Este es un rasgo común a los habitantes del paisaje inhóspito. Mañana pueden ser ellos quienes necesiten de esa hospitalidad.

El estilo caballeresco, la ceremonia hacia las mujeres, el duelo con pistolas y al amanecer, serían fruto de la ausencia de autoridad estatal, de tener que hacer y aplicar sus propias leyes; y de la soberbia inherente al enriquecimiento rápido. Según Cash, muchos colonos pasaron de pobres a grandes terratenientes en pocas décadas; se hicieron «nuevos ricos». Los irlandeses que levantaron mansiones en los campos de Alabama o Georgia se convencieron de que su destino era especial y empezaron a desarrollar un gusto por el Medievo. De repente, sus apellidos provenían de los linajes más rancios de Europa. Sus antepasados habían sido reyes y grandes prelados cuya sangre noble florecía en América. Los aristócratas sureños encargaban genealogías a medida y sellos heráldicos. Refinaban sus conocimientos de alcohol, tabaco y literatura. Compraban colecciones de clásicos que luego no leían, pero que daban testimonio de su vasta cultura.

Todavía quedan plantaciones en pie, como Belle Meade, en Nashville, Tennessee. La «Reina» pasó de cabaña de troncos a mansión blanca de columnas dóricas en menos de cincuenta años. Sus dueños, la familia Harding-Jackson, vivía de la cría de purasangres, de la venta de leche y mantequilla, de la artesanía y de los viñedos. El vestíbulo de la casa impresionaba con sus cuadros equinos, cubertería de plata y lámpara de araña. Luego había un salón dedicado a las recepciones sociales, con mesas para el té, licores, dos pianos y ventanas grandes como puertas para invitar la brisa en verano. En la habitación del señor, personal y masculina, de madera oscura, con más cuadros de caballos, lucían libros y alcohol. Para cerrar tratos importantes, una cámara dominada por la cabeza de un bisonte. Ambiente de puro y vaso de bourbon. La planta de arriba, a la que se accedía por una escalera en espiral, con jarrones y cuadros colocados en la pared curva de tono pastel, daba a las habitaciones de camas columnadas y cortinajes lánguidos, mecidos por el aire del campo.

Así era el mundo agrícola, jerárquico y sentimental; una lentitud proclive a los cuentos y actos sociales para colorear el ciclo de la cosecha. Parte de este universo romántico eran el candor y los buenos modales. Y parte de él, también, era la esclavitud. El modelo esclavista llegó de Barbados; esta isla del Caribe se había quedado pequeña para los señores del azúcar británicos, que reprodujeron sus haciendas en la América colonial. Belle Meade llegó a servirse de 163 esclavos negros para desempeñar todas las tareas. La plantación, que medía veinte kilómetros cuadrados, tenía que alimentar a tanta gente que guardaba en salazón decenas de jamones y carne de ternera. Los esclavos vivían de acuerdo a su estatus. Los profesionales carpinteros, mamposteros o herreros, más propensos a la fuga, moraban en cabañas blancas; los sirvientes personales en la mansión, al pie de la cama de sus dueños, y el resto, en estructuras de troncos. Los muertos iban a cementerios separados y la familia oficiaba de noche sus ritos importados. El látigo del blanco impuso el silencio, y por el estrecho camino de la tristeza oral nacerían el blues y el jazz.

La invención de la despepitadora de algodón agrandó la necesidad de brazos en la cosecha. El Dr. Stephen Duncan, de Misisipi, llegó a esclavizar a dos mil personas para su campo de algodón; el coronel Joshua John Ward tuvo más de mil cien al mismo tiempo. La esclavitud se imbricó aún más en la vida económica. Algunos amos criaban a los hijos de los esclavos; otros practicaban la tortura, inquietos por las revueltas que estallaban en el Caribe.

Los terratenientes justificaban la «peculiar institución» como una costumbre más; un hecho natural que ya practicaban los egipcios, los griegos y los romanos. El negro, decían, es otra especie; no está hecho para vivir en la civilización y por tanto le corresponde trabajar en cautividad, al estilo medieval. Para dominar sus plantaciones, similares a pequeños estados, los aristócratas se convertían en emperadores: vestían de blanco, lucían barbas de puñal, bastones caros y amplios sombreros. Imponían castigos durísimos, hacían favores y daban fiestas bíblicas. Eran mecenas, políticos, millonarios; fuentes de saber y de fuerza. La voluptuosidad de sus maneras envolvía el horror en el que basaban su riqueza.

La guerra civil demolió la esclavitud, pero su esencia quedó intacta. La mayoría de estados aprobaron leyes de segregación racial, especialmente en el Sur; los «códigos negros» permitían a la policía detener a los afroamericanos por faltas como estar desempleados; estos eran objeto de acoso, multas y penas de trabajo forzado. La ley partía la sociedad en dos mitades: una en la que vivían los blancos, protegida y con servicios de calidad, y otra en la que vivían los negros. Había escuelas, iglesias y restaurantes segregados; cines, teatros, baños, tranvías y ligas separadas de béisbol y de baloncesto. Si en algún caso compartían espacio, en una cafetería o en un autobús, los blancos tenían preferencia. Las autoridades lo justificaban con la seguridad; los negros, decían, eran percibidos como los causantes de la guerra civil y de la derrota en ella, y mantenerlos aparte los protegía del resentimiento de los blancos, de los linchamientos y de grupos como el Ku Klux Klan. La esclavitud y luego la segregación no eran los únicos rasgos de esta sociedad de castas. Una gran parte de la población blanca se había visto reducida a un salario de miseria generado por la competencia desleal, aunque involuntaria, de los esclavos negros. El insulto White trash, «basura blanca», describe las generaciones de blancos sumidos en la precariedad o el desempleo. Una condición que pervive en las bolsas de pobreza del Sur.

Protesta a protesta, litigio a litigio, la segregación fue desmontada en los años sesenta. Pero las aguas raciales siguen agitadas, presentes en la desigualdad y en las espinas del lenguaje y la apariencia; su cresta de espuma, su parte más visible, son la violencia policial y los movimientos que han surgido para denunciarla. El «pecado original» de Estados Unidos continúa viciando su atmósfera, como gasolina derramada.

Portada del libro publicado por La Huerta Grande.

 

3

 

El racismo es un lecho de sedimentos en el fondo del país. Una capa de prejuicios que se pueden remover con un palo. La victoria de Barack Obama en 2008 removió este sedimento.

Su elección no fue casual; Estados Unidos ha mutado en los últimos cincuenta años. Desde su fundación hasta los años sesenta, más de un 90% de la población era blanca. Ahora los blancos forman en torno a un 63%, y la cifra sigue disminuyendo. El índice de natalidad de negros y latinos duplica el de los blancos y la inmigración centroamericana ha cambiado la textura del país. Según la Oficina del Censo, la raza blanca dejará de ser mayoría en 2044 [New Census 2015]. Este cambio se nota en toda la clase dirigente. 2012 fue el primer año de la historia en que no había ningún blanco protestante en ninguno de los cuatro puestos más altos del estado. No es solo una cuestión de porcentajes; la mentalidad evoluciona. Barack Obama, que ni siquiera es negro, sino mestizo [mitad Scotch-Irish, como aquellos colonos de Virginia Occidental], ganó con el apoyo de las minorías y de una buena porción de blancos de clase alta u obrera. Como habría sucedido con cualquier aspirante demócrata. Su nombre árabe o el color de su piel, aunque de gran poder simbólico, fueron solo algunos factores. Pero si bien es absurdo mirar a Obama únicamente desde el prisma racial, también lo es negar el impacto de su tez oscura en la Casa Blanca.

Según el Southern Poverty Law Center, una organización de Alabama que documenta los «grupos de odio» desde los años setenta, el número de milicias antigobierno se multiplicó por ocho durante el primer mandato de Obama; pasaron de 42 a 334 [Barro 2016]. El fenómeno comenzó nada más anunciar Obama su campaña presidencial en 2007. Parte de la reacción se debe a su credo socialdemócrata; el miedo, por ejemplo, a que limitase la venta de armas. Y parte al color de su piel, como dice Ryan Lenz, investigador del SPLC. «Tradicionalmente, las milicias se asocian con la extrema derecha; empezaron a cuestionar la ciudadanía de Obama y a hablar de sus políticas. Estos grupos ayudaron a estructurar el descontento blanco». La elección del primer presidente afroamericano hizo que la extrema derecha se organizara, y la venta de armas se disparó. La producción de armas de fuego en Estados Unidos aumentó un 18% durante los ocho años de la segunda administración Bush. Durante los años de Obama se multiplicó por dos y medio; subió un 158% [Miniter 2016].

El ascenso de Donald Trump agita de manera invertida este sedimento. Los racistas no han reaccionado, sino que han pasado a la ofensiva.

El número de «grupos de odio» está en máximos históricos; son cada vez más activos y apoyan públicamente el ascenso de Trump. Neonazis como Andrew Anglin o el supremacista Richard Spencer celebrarían su victoria en noviembre. Le llamarían «Dios-Emperador» y anunciarían el comienzo de una «política identitaria» en Estados Unidos. El antiguo jefe del Ku Klux Klan, David Duke, respalda abiertamente la candidatura del magnate, y este deja pasar unos días antes de rechazar dicho apoyo. «Donald Trump está, sin lugar a dudas, aventando las llamas de la extrema derecha en este país», sostiene Mark Potok, editor jefe de la revista Intelligence Report, del SPLC. «Les ha dado aire que respirar, les ha abierto un espacio político, lo que permite a la gente expresar opiniones que estaban fuera de los límites hace solo unos años. Mira lo que están diciendo los propios grupos: “que Dios bendiga a Trump; él ha llevado nuestras preocupaciones a primera línea”, lo cual es verdad».

Si Donald Trump fuese un barco y el racismo las rocas de la costa, veríamos cómo el barco está siempre a punto de encallar. Su casco de metal roza las afiladas rocas, se oyen chirridos, el barco sube y baja entre la espuma. La sospecha se extiende casi un siglo. Su padre, Fred Trump, fue arrestado por participar en una manifestación del Ku Klux Klan en 1927, y el currículum de ambos tiene manchas raciales; unas más notables que otras.

Año 1989. Una mujer blanca de veintiocho años, banquera de inversión, es atacada y violada mientras hace jogging en Central Park. Poco después la policía detiene a cuatro jóvenes negros y uno latino; tienen entre catorce y dieciséis años y encajan con el perfil de banda criminal clásica de la parte alta de Manhattan. Las portadas se vuelven locas; hablan de «bandas de lobos» en busca de «presas», «merodeadores», «monstruos», «locos inadaptados». Nueva York se lanza contra los presuntos culpables y un conocido millonario se ofrece a liderar la cruzada. Donald Trump pide al estado que restaure la pena de muerte y que se la aplique a estos cinco adolescentes. Compra una página entera en los cuatro periódicos principales de la ciudad para exigir la ejecución, y escribe esta frase en mayúsculas: «Las libertades civiles acaban cuando empieza un ataque a nuestra seguridad». Cuatro de los cinco detenidos confiesan, pero poco después alegan haberlo hecho bajo intimidación policial. La víctima declara que la dejaron inconsciente desde el principio y que no recuerda nada. Pese a la falta de pruebas, y a que el ADN hallado no concuerda con el de ninguno de los acusados, estos van a prisión.

El caso de «los cinco» sigue siendo estudiado como ejemplo de sensacionalismo y volubilidad de las masas. Un suceso capaz de prender una hoguera de venganza, odio y prejuicio, y cuyo maestro de ceremonias fue Donald Trump. «El alcalde Koch ha declarado que el odio y el rencor han de ser sacados de nuestros corazones», declaró Trump en su anuncio a página completa. «No lo creo. Quiero odiar a estos ladrones y asesinos. Deben ser obligados a sufrir y, cuando matan, deben ser ejecutados por sus crímenes». Según el testimonio de uno de los acusados, el anuncio de Trump provocó una oleada de amenazas de muerte contra ellos y sus familias.

Trece años después un hombre confiesa el crimen. El ADN concuerda. Los «cinco de Central Park» son absueltos, pero Donald Trump rechaza el veredicto. En 2014, después de que los cinco reciban cuarenta millones de dólares de indemnización, Trump dice que esto es una «desgracia» e insiste, contra todas las pruebas, en que son culpables.

Su campaña política empieza igual, con un llamado a restaurar la paz que supuestamente han roto los inmigrantes indocumentados: traficantes, violadores, asesinos de niñas modélicas. El islam es identificado con el terrorismo y el candidato promete vetar la entrada de musulmanes en Estados Unidos. Sus palabras son piedras arrojadas a un lago que se llena de ondas. Entre 2015 y 2016 el número de grupos islamófobos aumenta un 200%, de 34 a 101, y se incrementan los ataques a mezquitas en todo el país.

Si Donald Trump fuese un barco y el racismo las rocas de la costa, veríamos cómo el barco está siempre a punto de encallar.

Un progresista llamaría a esto dog whistle politics, o «política de silbato para perros». Un mensaje con dos niveles: el nivel visible y el nivel encubierto, los decibelios que solo capta el prejuicio. Trump no habla de los afroamericanos, sino del sistema de justicia. No habla de los mexicanos, sino de crimen e inmigración ilegal. Pero su recurrencia al estereotipo remueve el sedimento racista, que acude, como un perro, al silbido.

Estas dos figuras opuestas, Obama y Trump, la calma contra la tempestad, chocan en 2011. Trump saca el silbato para hacer un ensayo general de campaña. Obtiene de internet una información sencilla, escandalosa y falsa: el bulo de que el presidente Barack Obama no ha nacido en Estados Unidos (y por tanto no puede, legalmente, ser presidente). El chamán enciende una hoguera, la alimenta en los medios, y las llamas suben tan alto que Obama acaba pidiendo a Hawai que publique su certificado oficial de nacimiento. Donald Trump sigue insistiendo en que «mucha gente» posee otra clase de información sobre el presidente. Que ojalá se equivoque, porque sería «el timo del siglo», pero que tiene a gente «mirando el tema» y que «no puede creer lo que está descubriendo». Una vez más la televisión le da espacio y Trump lo usa para promocionar sus ideas políticas.

Barack Obama no puede contenerse, y en la Cena de Corresponsales de ese año, con Donald Trump presente en la sala, dedica su tradicional discurso cómico a humillarle. Obama se ríe de su programa, The Apprentice, se ríe de su «amplia experiencia», de las teorías conspirativas que tanto le gustan y hasta proyecta una foto de cómo sería la Casa Blanca si Trump viviese en ella, con su nombre de oro y neón en el frontispicio. El humorista Seth Meyers lo remata mofándose de su pelo, que parece un zorro muerto, y su ridícula ambición política. Donald Trump escucha inclinado hacia delante, su casco reluciendo en la oscuridad, la mandíbula tensa, la piel más roja que nunca.

Dicen que fue aquí cuando se decidió a dar el paso.

 

Imagen de portada: Sun Over Hotlanta by Brett Weinstein. Flickr-[CC BY-SA 2.0]


Argemino Barro
Argemino Barro
Es corresponsal en Estados Unidos de Capital Radio y escribe reportajes de política americana en El Confidencial. Una tarea para la que se preparó, sin saberlo, en la antigua Unión Soviética. En 2014 cubrió la guerra en el este de Ucrania y obtuvo el premio europeo «Belarus in Focus» por su trabajo sobre la dictadura de Bielorrusia. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y la ULB de Bruselas; aprendió ruso en el Instituto Pushkin de Moscú, y ha sido investigador visitante de Estudios Postsoviéticos en la Universidad de Columbia. Hoy reside en Nueva York, donde se deja llevar por las calles y el río de gente, si la actualidad lo permite.




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