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Sacarle la lengua a la desventura, fragmento de «Historias desde la cadena de montaje»

17 Ago, 2016 Etiquetas: , ,

Compartimos un fragmento de Historias desde la cadena de montaje del escritor Ben Hamper, que la editorial Capitán Swing comparte con los lectores de Kaja Negra. Este libro ofrece un relato desenfadado, sin concesiones, —y quizá por eso mismo— descarnado, sobre la vida de un obrero automotriz [el mismo Hamper], quien nos lleva a conocer lo que hay detrás de una empresa como General Motors.

TEXTO: BEN HAMPER

Capítulo 6

La mayoría de las desgracias que te suceden en la vida acaban por desvanecerse y te dejan tratando de entender cómo llegaste a permitir que te afectaran tanto. Mi ansiedad por haber acabado en la cadena de remache fue una de esas desventuras. Tardé poco en dominar la ardua tarea de fijar remaches, y me escondí detrás de una rutina bastante llevadera. Ayudado por la insistencia de mi homólogo en el turno de día, logré suscitar y promover quejas suficientes contra la parte del trabajo que tenía que ver con la acumulación de existencias, y conseguí que esa faena recayera en manos de otra persona. Así logré un poco de tiempo libre entre tareas, lo justo para enderezarme, respirar hondo y sacarle la lengua a la locura.

Había varias diferencias entre mi puesto en la cadena de remache y mi antiguo hogar en la planta de cabinas. La mayor de todas era que ahora estaba encadenado a un trabajo que me tenía todo el rato de aquí para allá. La parte positiva de aquello era que el implacable minutero cedía un poco, puesto que no abundaban los ratos de estar parado mirándolo fijamente. A menudo estaba tan inmerso en mis cosas, concentrado en el vals de los rieles, que ni me daba cuenta de que era la hora del descanso hasta que veía al resto del equipo quitándose los guantes. Me dedicaba en cuerpo y alma a mi empresa y detenía la mente para que no tuviera que interferir en la absurdidad del régimen. Pasaban turnos enteros sin que hubiera desarrollado el más mínimo hilo de pensamiento tangible. Lo último que quería era lacerar mi cerebro con la cruda realidad que acechaba detrás de la testaruda banda. Una puta siempre prefiere evitar la horrenda visión del cliente.

Pero había más cosas: al contrario que en la planta de cabinas, la cadena de remache era un lugar relativamente solitario. Rara vez se conversaba y las payasadas típicas de la cadena de1 montaje estaban extintas. A mí me parecía bien, puesto que la mayoría de los tipos que había a mi alrededor eran consumados rednecks[1]. Su atuendo los delataba: peto ancho, camisa de cuadros, gorra de caza y chaquetas con el logo del sindicato local. Traían tarteras decoradas con millones de pegatinas de plátanos Chiquita. Esas pegatinas eran una pista fundamental, pues para un verdadero redneck eran equiparables a una Medalla de Honor del Congreso. Si alguien se hubiera puesto a despegarlas, el dueño habría enloquecido y se habría puesto a buscar algún adhesivo industrial capaz de mantenerlas en su sitio. Yo desconocía el significado de aquellas pegatinas de plátanos. ¿Asistencia excelente? ¿Coeficiente intelectual? ¿Animales masacrados? Era como cuando en el fútbol americano los jugadores adornan sus cascos con las calcomanías del equipo conseguidas gracias a jugadas espectaculares. A mí me resultaban estúpidas e inútiles, pero de ningún modo me habría atrevido a burlarme de ellas, ya que la idea de tener los dientes arraigados a las encías me gustaba bastante.

Solo hablaba con Hank, mi vecino en la línea. Era un viejo chocho que tenía una voz que sonaba como gravilla arañando trozos de vidrio. Fumaba dos paquetes de Chesterfield en cada turno y oírle hablar me ponía muy nervioso. Cada cosa que decía estaba salpicada de esputos o de trocitos de pulmón que salían disparados hacia el pasillo. Él se disculpaba y encendía un nuevo cigarrillo.

Hank era un tipo peculiar que alternaba entre dos personalidades muy dispares: una semana se comportaba como un viejo pervertido y se pasaba todo el tiempo pidiéndome que le hablara de las tetas de mi novia y enumerando una y otra vez las maravillas de la anatomía de las mujeres jóvenes. Su lasciva nómina de conejitos y bollicaos le fascinaban hasta tal punto que se le caía la baba hasta con su sobrina. Si Hank solamente hubiera sido un salido, difícilmente se le podría haber considerado un bicho raro. Culos y tetas y la persecución incesante de ambos eran cuestiones perennes en la cadena de montaje.

Lo que hacía de Hank alguien muy extraño era que la semana siguiente se convertía en un colega de Jesucristo permanentemente agarrado a una Biblia. Todo su tiempo libre se lo pasaba ensalzando las virtudes de ser célibe y de tener un alma purificada. Se acercaba a mi área de trabajo y, con su horrible voz áspera, me preguntaba si «conocía a Cristo». Yo solía contestar que Cristo y yo habíamos sido compañeros de celda durante muchos años en diversas escuelas católicas, y Hank se quedaba muy satisfecho. Echaba un vistazo a nuestro alrededor y me decía que, menos yo, todos los demás trabajadores acabarían en el infierno. Entonces yo fingía que la buena nueva sobre mi salvación me hacía muy dichoso y Hank regresaba a su mesa y encendía un nuevo Chesterfield.

No obstante, prefería trabajar junto a un esquizoide hecho y derecho que tener que cruzar dos palabras con los rednecks. Al menos Hank no rendía extraños tributos a pegatinas de plátanos. Suponía que la rotación quincenal de Hank, de la perversidad más baja a la rectitud más total, no era más que una forma exageradamente extravagante de tener cubiertos ambos lados del carril. Quién sabe, a lo mejor en el salón de su casa Hank tenía una esquina forrada de conejitos junto a un altar dedicado a Jesucristo. Lo mismo daba. Hank me caía bien, pero tengo que reconocer que el día que lo transfirieron a su anterior puesto de limpiador de cabinas, los dos nos alegramos del cambio por igual.

Después de llevar unos cuatro meses en la cadena de remache, tenía perfectamente controlado el estrés físico y mental implícito a la tarea de fijar remaches. Se me endurecieron los callos tanto de las manos como de la mente, y me convertí en el maestro absoluto del espectáculo de títeres. Había simplificado cada uno de los pasos que debía dar, y llegué a tener un manejo tan competente de la maldita remachadora que me sentía como si tuviera un tercer brazo que iba de aquí para allá. Machaqué mis funciones hasta que fueron una patética redundancia.

La verdad era imprecisa: yo era el vástago de un hijo de puta, un prodigio ancestral nacido para abrirme camino a hostias a través de montañas de mierda en un trabajo idiota. Mis genes estaban saturados hasta las trancas. Era un meteoro, un pistolero, una navaja bumerán lanzada desde las prístinas gotas de semen pegadas a la polla de mis antepasados. Era Al Kaline[2] bateando un cohete desde la esquina derecha del campo. Era Picasso dando el toque maestro final a su delirante Guernica. Era Wilson Pickett subiendo por las escaleras del Midnight Hour a trompicones. Era un misil de crucero Tomahawk saliendo de los putos mocos de una anguila. Elegante e indómito. El rey de la meticulosidad y el encefalograma plano. La rata de fábrica por antonomasia: Cabeza de Remache.

Sin embargo, elevarme a aquella nueva sensación de absoluto dominio no sirvió para nada a la hora de sacarme de encima el problema inmemorial que persigue a todos los jinetes del tornillo: ¿qué cojones hacer para matar al maldito reloj? Había métodos para lidiar con los supervisores zoquetes, con los rednecks y sus pegatinas y con los largueros asimétricos. Pero el reloj era un mamífero que no se parecía a ningún otro: te consumía mientras esperabas al siguiente vehículo; te ridiculizaba cada vez que lo mirabas de reojo; cuanto más te exasperabas con él, más lento se volvía; cuanto más lento se movía, más pensabas; y pensar casi siempre equivalía a sufrir una muerte lenta.

La desesperación me hacía recurrir a las típicas tristes prácticas con las que uno se enfrentaba al reloj: aburridas excursiones al surtidor de agua, fumar un cigarro tras otro, dar de comer cheetos a los ratones, practicar tiro al plato con chocolatinas Milk Duds y gomas elásticas, batear arandelas por encima de la terminal de trenes, concursos de escupitajos. Cualquier cosa que contribuyera a aniquilar un terco minuto más.

Pero mi método favorito para vencer al reloj siempre fue pretender que mi trabajo era un acontecimiento olímpico en el que yo hacía las veces de comentarista televisivo y participante. Más o menos así:

«Hemos llegado al final de una larga jornada más para el equipo americano. Hasta el momento, los japoneses han dominado sin contemplaciones todos los eventos, barriendo para casa las medallas de oro y de plata. Ben Hamper es la última y única esperanza que América tiene de hacerse con un oro. Hamper trabaja en la cadena de montaje de la fábrica de camionetas y autobuses de General Motors en Flint, Michigan.

»Hamper compite en la prueba de Aplastamiento de Remaches Estilo Libre. Aunque sus posibilidades de ganar son extremadamente remotas, a continuación les ofrecemos una entrevista reciente en la que nuestro hombre afirma sentirse capacitado para terminar con nuestra mala racha:

»—Ben, no paramos de escuchar que aún no tienes la experiencia suficiente. Algunas fuentes señalan el hecho de que no llevas demasiado tiempo remachando. ¿Tienes algo que decir a los que te critican de este modo?

»—¡Que les [pip]! Puede que no sepa distinguir las naranjas de las manzanas, pero te aseguro que sé muy bien cómo funciona una pistola remachadora. Puedes tirar la etiqueta de inexperto por el retrete.

—Teniendo en cuenta cómo han dominado estos juegos, ¿es justo asumir que te mueve una vendetta personal contra el contingente nipón?

»—Solo mi orgullo, Mr. Mckay[3], nada más. Represento a los Estados Unidos de América, y defiendo todo lo que para nosotros es sagrado: los coches, los perritos calientes, el béisbol, Disneylandia, los asesinos en serie. En cuanto a los japoneses, los tengo bien agarrados por los huevos, yo soy como Nagasaki y Godzilla y el Enola Gay todos juntos en un solo polvorín. Pienso mandarlos de vuelta a casa a pudrirse entre radios y hornos tostadores».

Llegado a ese punto en mi fantasía, me ponía a merodear alrededor de mi puesto de trabajo, mentalizándome. Flexionaba los brazos y me echaba unas carreritas. Silbaba y rugía. Me ponía los guantes con cuidado mientras sostenía la mirada de mi rival imaginario. El público enloquecía por momentos: patriotas americanos al borde de la histeria anticipando la victoria. Entonces retomaba la narración:

«Hamper debe superar la marca de 24,26 segundos, el nuevo récord mundial establecido hace tan solo unos momentos por el representante japonés, Koy Dung[4]. Desde luego, Hamper tiene una aspecto impávido, y hasta se está tomando su tiempo para burlarse de su oponente. Solo queda por ver si este joven remachador de Michigan, tan seguro de sí mismo, está a la altura de tan altivo comportamiento.

»El americano señala que está preparado. Estamos esperando a que suene el silbato. Suena, y Hamper comienza la prueba. En un santiamén ha dado la vuelta al riel y ya está fijando el silenciador. Agarra su remachadora y… ¡OH DIOS!… ¿Pueden creer lo que están viendo? No se puede apreciar más que un borrón frenético. Hamper introduce la segunda remachadora y comienza a atacar la pieza final. Gira, se da la vuelta, suelta la pistola. Es posible que… ¡SÍ!… ¡SÍ! ¡22,19 segundos! ¡Hamper lo ha hecho! ¡Acaba de lograr el nuevo récord mundial! ¡AMÉRICA CONSIGUE EL ORO! ¡AMÉRICA CONSIGUE EL ORO!

»Se desata la locura. Hordas de americanos saltan las barreras y se llevan a Hamper sobre los hombros. Ahí está Roger Smith, eufórico. El presidente de General Motors trata de hacerse un hueco entre la masa de gente que celebra la victoria. Por fin consigue llegar hasta el ganador de la medalla de oro y le tiende la mano. Estamos sin duda ante un momento muy especial para Hamper. En pocos segundos ha saltado de la oscuridad más absoluta a una posición de prestigio corporativo. ¡Roger Smith está abrazando a Hamper! ¡Qué momento tan emotivo! Smith no puede contener las lágrimas y es el exultante remachador quien lo consuela con palmaditas en el hombro. Una explosión de júbilo como esta perdurará para siempre en los anales de la gloria olímpica».

En realidad solo duraba hasta que llegaba el nuevo juego de largueros. Los rugidos del público eran reemplazados por los rugidos de las máquinas. Jim McKay volvía a agazaparse una vez más en mi exuberante imaginación. Roger Smith no estaba por ninguna parte. El clamor popular se desvanecía y, con él, unos pocos minutos del reloj. Y eso, en sí mismo, era todo un triunfo.

_____

Al igual que yo, Dave tenía un prolífico historial familiar de ratas de fábrica. Sus abuelos y padres habían trabajado toda la vida en GM. Continuamente nos reíamos de cómo la servidumbre industrial siempre había estado escrita en nuestros genes

Después de llevar casi un año de aislamiento casi total en la cadena de remache, finalmente conocí a alguien que no era ni redneck, ni pervertido, ni lameculos, ni un fanático religioso. Se llamaba David Steel y trabajaba colocando depósitos al otro lado de la cadena, tres puestos más abajo que el mío. Jamás habría podido imaginar lo íntimamente entrelazados que iban a estar nuestros destinos en el aparato digestivo de General Motors.

Todo empezó con un artículo que yo había escrito para el Flint Voice. Estaba especialmente satisfecho con aquella pieza porque era la primera vez que iba a salir en portada algo mío. Normalmente, mi sección estaba escondida hacia el final, entre algún manifiesto de lesbianas y anuncios de restaurantes de comida sana.

El artículo se titulaba «El rock ha muerto», y era una diatriba personal en la que condenaba el deplorable estado de las ondas en la radio de FM local, la nave nodriza del rock de mierda. Todavía me resistía a las constantes súplicas de mi editor para que algo relacionado con la consagración de mi muerte natural como rata de fábrica. La idea me aburría de principio a fin, y me empeñaba en divagar acerca del rock más oscuro.

Decidí aprovechar el hecho de que mi historia estuviera en la cubierta para presentarme a David Steel, y una noche, durante el descanso de la cadena, salté sobre las vías y le di una copia del Voice para que le echara un vistazo. Dave leyó el titular y el tema pareció entusiasmarle. La línea se puso otra vez en marcha y yo salté nuevamente sobre las vías y retomé la tarea de fijar remaches.

Aunque hasta entonces nunca habíamos hablado, Steel siempre me había intrigado. Era, igual que yo, un solitario total. Guardaba las distancias y cada noche iba de aquí para allá con el ceño fruncido y aspecto melancólico. Lo que más me llamaba la atención de él era que, por alguna razón desconocida, Henry Jackson, el cruel supervisor de toda la cadena de bastidores, se cebaba con él más que con ningún otro. Jackson siempre llegaba a nuestra área hecho una fiera y empezaba a echarle la bronca a Dave por cualquier cosa. Yo nunca lograba oír lo que le decía, pero Steel se limitaba a ignorarlo. A veces, por toda respuesta, Dave le hacía un corte de mangas y entonces ardía Troya. Yo deduje que cualquier enemigo de Henry Jackson debería ser amigo mío.

Esa noche, al acabar el turno, Dave me hizo una seña mientras huíamos hacia los relojes registradores. Me dijo que estaba de acuerdo con mi valoración del horrible estado de la radio moderna, que yo había comparado con el tedio monótono de la cadena de montaje. Acto seguido, se detuvo.

—¿Bebes? —me preguntó.

—Más que nadie —contesté.

—Quizá deberíamos ir a emborracharnos.

—Me parece una idea muy razonable.

Durante las semanas y meses siguientes, Dave y yo nos montamos nuestra propia hermandad bicéfala. Era increíble la cantidad de cosas que teníamos en común: ambos habíamos sufrido infancias muy movidas; en el instituto habíamos sido unos marginados que le daban a todo tipo de drogas, y los dos nos habíamos casado demasiado jóvenes. Ambos sentíamos un fuerte desprecio por la raza humana; odiábamos nuestro trabajo y a nuestros jefes y a nuestros representantes sindicales; odiábamos a Miss América y la luz del sol y la Navidad. Los dos estábamos insatisfechos y aburridos.

Al igual que yo, Dave tenía un prolífico historial familiar de ratas de fábrica. Sus abuelos y padres habían trabajado toda la vida en GM. Continuamente nos reíamos de cómo la servidumbre industrial siempre había estado escrita en nuestros genes, y posiblemente ambos ya practicábamos maniobras de la cadena en el útero materno: «Bernard, el bebé acaba de dar una patada. No, espera… ¡Está REMACHANDO!». Los dos nos considerábamos unos pura sangre.

Por eso me quedé muy sorprendido cuando Dave me dijo que había estudiado una carrera. Se había pasado cinco años en la Universidad Estatal de Michigan y se había licenciado en Telecomunicaciones. Eso no cuadraba en absoluto con la ruta habitual de un pura sangre GM. Dave me explicó que simplemente había estado esperando el momento oportuno, y que se había tomado varios años libres para hacer el tonto un poco antes de volver a casa y vivir a cuenta del viejo derecho natural de la familia.

—Siempre supe que acabaría aquí —me confesó. —Quería ser un don nadie.

—Vaya, pues elegiste el lugar adecuado —me mofé yo.

—Exacto —prosiguió Dave—. Supuse que, ya que es imposible no trabajar, ¿por qué no dedicarte a algo triste y tranquilo que no requiera comeduras de tarro? Odio este trabajo, pero lo odio menos que cualquier otra cosa que supusiera un contacto diario con seres humanos.

Y he aquí el auténtico motivo de mi simpatía hacia Dave: por fin había conocido a alguien más cínico y malhumorado que yo, algo nada sencillo. La tendencia de Dave hacia el pesimismo y la autocompasión parecía no agotarse nunca. Todo lo contrario que mi viejo colega Bob-A-Lou. Por ejemplo, si le hubieras preguntado a Bob si un vaso de agua estaba medio lleno o medio vacío, sin dudarlo Bob habría contestado que lo primero. De haberle planteado la misma cuestión a Dave, seguramente habría dicho algo parecido a «más seco que una pasa y totalmente cubierto de sanguijuelas».

Dave se convirtió en mi mártir interino. Su desenfrenada pesadumbre y su autodegradación constante hacían que, en comparación, yo me sintiera una persona más afortunada. Cada vez que necesitaba un chute rápido de alegría, no tenía más que pasar un rato con Dave. Era como compartir una celda en el corredor de la muerte con Woody Allen.

Pasábamos el descanso para la comida siempre juntos en el viejo Chevrolet Vega de Dave, bebiendo whisky, con la mirada fija al frente, hacia la alambrada de espino y la luz de la luna y las gaviotas picoteando huesos de pollo desechados. Recuerdo que una noche se me ocurrió preguntarle algo que siempre me había producido mucha curiosidad.

—¿Qué le pasa a Henry Jackson contigo? ¿Por qué siempre te está dando por el culo?

Dave dio un trago a la botella.

—Ese puto gorila me odia.

—¿Pero qué le has hecho? ¿Derramar fluidos transexuales sobre alguno de sus trajes de corte italiano?

—Peor que eso: nacer.

—Conociendo a Henry, supongo que ese es un motivo suficiente.

—La primera vez que me contrataron trabajé para él, y desde entonces la tenemos día sí, día también. Me odia porque sabe que soy mucho más inteligente que él, aunque, pensándolo bien, también lo es una llave de tuercas.

—Me recuerda a Muhammad Ali.

Dave negó con la cabeza.

—Te equivocas. Henry Jackson es el Idi Amin del hemisferio occidental. Dios, odio a ese capullo. Siempre quejándose de que tengo un problema de actitud.

—¿Un problema de actitud? ¿Dave Steel? —me reí.

—¡Que te jodan! Mi hipotético problema de actitud se solucionaría de inmediato solo con que una caja de herramientas se cayera sobre su culo gordo y lo aplastara sin piedad. Eso mejoraría mi actitud una barbaridad, te lo digo.

Resultaba extraño tratar de consolar a un hombre condenado a mantener su empleo mientras a su alrededor había hordas de trabajadores abatidos que, camino de la salida, se lamentaban de haber perdido el suyo.

Trabajamos varias semanas más, hasta que volvieron las suspensiones. Después de llevar un año fijando remaches, jamás agradecí tanto que me dieran una nueva carta de despido. Empezaba a faltarme el espíritu de equipo, y quedarme en la cuneta me vendría bien para volver a rellenar mi cerebro. La euforia de Dave era incluso mayor que la mía, me recordaba a un chucho echando espuma por la boca tratando de soltarse de la cadena.

Aun así, de camino a la cuneta sucedió algo muy curioso: la última noche antes de que nos soltaran, Henry Jackson atravesó nuestro departamento a grandes zancadas y se llevó a Dave aparte. Le dijo que, en lugar de despedirlo como a los demás, él se había ocupado personalmente de que Dave fuera transferido a la cadena de furgonetas. Lo más cruel del asunto era que había varios trabajadores que por nada del mundo querían que los echaran. Padres de familia que habrían preferido la seguridad monetaria de trabajar cuarenta horas semanales. Pero a Henry Jackson, consumido como estaba por sus venganzas personales, se la sudaban los acuerdos razonables.

Dave estaba que echaba humo. Quería marcharse como el resto, pero no podía ser. Tenía un problema de actitud. Era un poco raro que GM quisiera que alguien así se quedara trabajando entre sus filas. Aunque, bien pensado, Idi Amin nunca destacó por su lógica racional.

A la salida, me detuve para desearle mucha suerte. Dave casi ni me dirigió la palabra, y yo le dije que algún día nos reiríamos de aquel flaco favor que le habían hecho. Resultaba extraño tratar de consolar a un hombre condenado a mantener su empleo mientras a su alrededor había hordas de trabajadores abatidos que, camino de la salida, se lamentaban de haber perdido el suyo.

Era incapaz de comprender muchas cosas. De hecho, cada día que pasaba entendía menos.

HistoriasDesdeLaCadenaDeMontaje

Portada del libro publicado por Capitán Swing.

Mientras tanto, poco a poco me estaba convirtiendo en una de las lecturas preferidas para los lectores del Flint Voice, espoleado por mi editor, quien veía en mí a una especie de experto en los habitantes del Mundo Séptico. Evidentemente, me usaba como cuña de entretenimiento pirado para dar un poco de respiro entre todo el denso parloteo dedicado a las atrocidades de la policía, los vertederos químicos, los derechos de la mujer y los conflictos que estuvieran desarrollándose en América Central o en Oriente Próximo. Yo no tenía ni puta idea sobre estos temas, y a Mike Moore le parecía bien. Incluso dejó de insistirme para que escribiera crónicas sobre las ratas de fábrica, y yo le estaba muy agradecido.

Como bufón oficial del Voice, se me asignó cubrir todo tipo de acontecimientos excéntricos: escribí sobre emborracharme primero y ser expulsado después de un concierto de la Osmond Family; fui sometido a una pésima cura milagrosa durante la actividad campestre de resurrección de un predicador; entrevisté a Buddy Holly, quien, curiosamente, llevaba más de veinte años muerto; relaté mis experiencias sexuales con una mujer que casi me mata después de bebernos hasta el agua de los floreros en el espectáculo de un imitador de Elvis. En definitiva, periodismo del serio que nunca habría aprendido con las monjas.

Entonces me llegó el encargo del «Combate de los tíos duros». Nada en la faz de la tierra habría resultado más representativo de la Experiencia Flint que aquella pelea de gallos humanos: una sangría de la vieja escuela, un teatro para cafres que contaba con el consentimiento del Ayuntamiento. Para quien no lo conozca, el «Combate de los tíos duros» es un evento en el que la gente paga pasta por ver a un gilipollas cualquiera tratando de pulverizar a otro gilipollas cualquiera para ganar los mil dólares del gran premio. Muchos estados habían ilegalizado este tipo de combates puramente primitivos, pero estábamos en Michigan. Mejor aún, en Flint. Que empiece el apaleamiento.

Recuerdo que me negué a asistir a esa carnicería yo solo. Desde luego no podía invitar a mi novia, y no conocía a nadie con tanta tolerancia a las hostias como para querer venir. Al final me acompañaron en aquella desagradable aventura Molly, la jefa de personal peor pagada del mundo, y Mike Moore, su superior con cámara al hombro.

Llegamos a nuestros asientos justo en el momento en que los pesos pesados hacían su entrada en el ring. Anunciaron al luchador de la esquina azul como el «representante de la fábrica de camionetas y autobuses GM», y yo enseguida me puse en pie de un salto y aplaudí. El contrincante de mi valiente hermano sindicado era una montaña con piernas y bigote a lo Pancho Villa que parecía estar dispuesto a arrancar la pechera de la primera cosa que le pusieran delante. Los buenos parecían tener todas las de perder.

Sonó el silbato y las dos bestias empezaron a cargar. Enseguida te dabas cuentas de que defenderse era la última prioridad de aquellos tíos duros. Atacaban en constantes sacudidas hacia delante, moviendo los brazos como si fueran pistones fuera de control, con las piernas separadas y tambaleantes, clavando sus protegidos mentones en el contrincante a modo de intensa tarjeta de felicitación. Era una guerra total, sin reservas. Rabia kamikaze que tenía tanto que ver con el arte del boxeo como el pogo se parece al ballet clásico.

En la tercera y última ronda, a ninguno de los muchachos les quedaba ya mucho que ofrecer. Parecía que ambos se dirigían sonámbulos hacia el cementerio. Hinchados y ensangrentados, basculaban de un lado a otro, abrazados, separándose de vez en cuando para asestar un último y flojo puñetazo directo. Al mismo tiempo, el público chillaba para reclamar muertes.

—¡Dale con el bolso, maricón! —gritó un magnífico ejemplar americano que se sentaba unas filas más abajo.

La decapitación era lo único que iba a poder calmar la sed de sangre de aquellos patriotas. Recuerdo que miré a Molly y vi que se tapaba los ojos con las manos. Volví la vista al público y miré a todos impasible. Rugían como hienas en un frenesí de comida, con una necesidad insaciable de dolor y tumulto. Cuencas oculares inyectadas en cerveza saltando desde cuerpos ataviados con ropa encogida de ir por casa. Una noche en la ciudad para los muertos y los moribundos.

La gloriosa Flint. Creo que comprendía su dolor y lo que fuera que les atraía a aquella ridícula pesadilla. Por supuesto, no acudían como meros espectadores deportivos, pues el «Combate de tíos duros» difícilmente habría podido considerarse otra cosa salvo barbarie organizada. Pienso realmente que todos iban allí para perpetrar algún tipo de exorcismo personal bizarro. Los tíos duros eran simplemente prácticos sustitutos de los verdaderos exterminadores mundiales: dueños, polis, jueces, esposas gruñonas, capataces estúpidos. Laviolencia entendida como una mordedera para las masas entumecidas y pisoteadas.

Flint, con todos sus lanzamientos automotrices y sus cierres, con toda la incertidumbre y paranoia y tensión acumulada. Bien pensado, no tenía nada de extraño, lo realmente asombroso era que no estuviéramos todos cortados por el mismo patrón de taparrabos y narices rotas. Where have you gone Joe Dimaggio, nuestras afables ratas quieren ¡PATEARTE ESE CULO CAÍDO Y PERCOLADO QUE TIENES!

Nos tragamos algunos combates más. La conmoción terminó por afectarme y me uní a las consignas sangrientas. Mike regresó a su asiento después de pasarse una hora haciendo fotos en primera fila de ring.

—Ahí abajo huele a pis y a vómito —anunció. Molly volvió a cubrirse la cara con las manos.

Curiosamente, mi editor pensó que sería una gran idea que le acompañara al ring para entrevistar a alguien del público que estuviera cerca de la acción. Yo me negué, naturalmente.

—Ben, un buen reportero tiene que meter las narices en el centro mismo de la noticia.

—¿Dentro del pis y del vómito? —protesté.

—Solo baja y habla con alguna de esa gente —me imploró—.

Un periodista ha de moverse.

—¡Por el amor de Dios! No soy periodista, no soy reportero, ¡SOY UNA RATA DE FÁBRICA! Como el noventa por ciento de estos perdedores. ¿Cuándo se te meterá en la cabeza?

La respuesta, por supuesto, era nunca. Moore continuó incentivándome para cada plazo. Empezó a intercambiar y vender mis piezas a otros periodicuchos undergrounds. Yo no estaba nada puesto en esa red de publicaciones de izquierda, solo sabía que pagaban bastante mal, las que pagaban. Moore me aseguraba que todo estaba saliendo viento en popa, que lo importante era que estaba obteniendo reconocimiento. Yo, por mi parte, le aseguraba que tener dinero para cerveza era una prioridad mucho mayor.

Sin embargo, no todo el mundo estaba tan entusiasmado con mi afición a la escritura. Fui consciente de ello una mañana mientras echaba un vistazo al Flint Journal. Debajo de un titular que rezaba «En busca de una solución fecunda», se anunciaba que un establecimiento llamado Good Times Lounge demandaba por injurias y calumnias al Flint Voice, a Michael Moore y a Ben Hamper ante el Tribunal de Circuito de Genesee.

En lugar de perder el tiempo con todas estas tonterías, ¿por qué no escribes una columna en cada número sobre la vida en la fábrica?

Había escrito aquel artículo sobre el Good Times Lounge hacía más de un año, y en él había dicho que sin duda era el punto de partida nocturno más agitado de la ciudad. Un verdadero palacio de matones repleto de escorias moteras, porreros y heavies retrasados que, solo porque sí, se dedicaban a abalanzarse sobre la clientela, procediendo así a transformar caras de facciones armoniosas en gulash regurgitado. «Lo que este lugar pierde en audiencia lo gana en ambulancia», había opinado en su momento. Y, por semejantes conclusiones, me querían soplar diez mil dólares. Lo mismo que a Michael Moore y al Voice.

El día de la vista, esperé a Moore en el vestíbulo del tribunal. Llegó quince minutos tarde, atravesando afanosamente las grandes puertas de cristal y vistiendo unos vaqueros horribles y descoloridos y una raída camisa de cuadros que parecía haber robado de la habitación infecta de un granjero. Nada de encandilar al tribunal con trapitos elegantes.

Yo sacudí la cabeza en gesto de desaprobación.

—¿Quién es el juez de nuestro caso? ¿Un granjero?

—Lo siento, es lo único limpio que he encontrado —dijo Moore, quitándole importancia.

Aquel día, el juzgado me dio la impresión de ser un lugar muy transitado. Una procesión de sabuesos de las leyes circulaba pasillo arriba y abajo mientras nosotros esperábamos impacientes el turno de pasarlas canutas delante de un señor con toga. El ambiente parecía agradar a Moore, y charlaba de esto y aquello con varios de los litigantes allí reunidos. Yo permanecía a su lado, encogido, palpándome la camiseta nervioso en busca de cigarrillos. Estaba muy perdido. Solo quería estar otra vez fijando remaches, sepultado hasta los codos en silencios y la nada más absoluta. Ningún tipo de sorpresa aguardaba jamás al remachador.

Por fin, nuestro abogado nos indicó que entráramos en una de las salas del juzgado. Parecía que estábamos en la iglesia: nadie sonreía, y olía a mentiras nauseabundas y a lágrimas viejas. La mecanógrafa de la sala miraba al vacío como si acabaran de condenarla a la silla eléctrica por haberse saltado una coma.

El juez divagó por la inevitable introducción legal del caso. Cuando acabó, nuestro abogado se puso en pie, preparado para soltar las observaciones preliminares. Pero el juez lo frenó de golpe, recostándose en el sillón con una amplia sonrisa en el rostro y mirándonos directamente a Moore y a mí.

—¡Ostias! —me estremecí—. ¡Se está descojonando de nosotros! Somos más culpables que el pecado. Criminales apestosos que rezuman culpabilidad. ¡Virgen Santa!, voy a acabar compartiendo celda con un psicópata rabioso que debe llevar sin ver un culito prieto desde que la espichó el presidente Johnson. No me puede estar pasando esto. La mecanógrafa tiene la palabra «muerte» escrita en sus ojos de marsupial. ¡Seguro que antes fue monja! Me sentía como si estuviera a punto de hacer el salto del ángel desde un puto tercer piso. ¿Dónde quedaba eso de «la justicia es para todos»?

El juez, finalmente, habló:

—Caballeros, lo más justo para todos es que yo mismo me inhabilite del caso inmediatamente.

¿Qué? ¿Cómo? El juez se puso a explicar que una vez había alquilado un espacio de oficinas al abuelo de mi editor, que su mujer había coincidido en algún estúpido comité con él y que una vez él se había anunciado en el Flint Voice para promocionar su reelección. ¿Por qué narices tenía que haber abierto el pico ese hombre? Podíamos habernos metido al juez en el bolsillo, pero no, ahí estaba él, dejándonos tirados. Dejémonos de formalidades, vamos a mandar las difamaciones a tomar por culo al otro lado de los detectores de metal. La conclusión era que éramos HOMBRES INOCENTES. ¿A quién coño le importaban aquellos detalles fortuitos? Solo porque tal conocía a Pascual no significaba de pronto que el Good Times Lounge fuera el Vaticano.

¡Me cago en Dios! El caso se reprogramó para el mes siguiente, supuestamente con un juez que no hubiera sido el monitor scout de Mike Moore, ni su compañero de póker ni su amante gay.

Mientras esperábamos a la próxima vista, recibimos el agradable notición de que el Good Times Lounge había decidido echarse atrás en su demanda. Al parecer, el dueño había cerrado el garito y se había marchado a Alaska [o que, en mi humilde opinión, había sido una decisión fantástica]. Todo aquel asunto de abogados y demandantes y mociones me estaba destrozando el sistema nervioso.

Mi editor se dio cuenta y vio la puerta abierta para invitarme de nuevo a su oficina y por fin convencerme: «En lugar de perder el tiempo con todas estas tonterías, ¿por qué no escribes una columna en cada número sobre la vida en la fábrica?».

Ni me lo pensé:

—Me parece un buen paso adelante en mi carrera profesional.

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[…]aquellos remaches se me habían metido muy adentro: me encantaba su aspecto una vez empalados en los cubos oxidados, la forma en que rodaban por la palma de mi mano, como si fueran dados[…]

Pasado un tiempo, GM volvió a reclamarme al nido, pero esta vez me esperaba una bola curva imposible de prever. Me pidieron que me presentara allí al día siguiente, a las seis de la mañana. Algo no cuadraba, a las seis empezaba a trabajar el primer turno, y el primer turno siempre era el de los más veteranos: tipos a quienes les gustaba despertarse con el gallo y llegar a la fábrica haciendo rodar cubas industriales de café de supermercado que salpicaban todo el suelo.

Teniendo en cuenta mi más bien escasa antigüedad, ¿cómo es que me encontraba en aquel grupo? Era relativamente joven. No tenía dientes postizos, ni tatuajes de guerra ni discos de ocho pistas de Benny Goodman. Odiaba el puto café. Odiaba el piar de los pájaros y los despertadores y a los presentadores de radio recitando la sensación térmica prevista para el día. No había forma de entender cómo operaba General Motors, parecía que a la hora de hacer cambios simplemente jugaba a lanzar los dados o a sacar la pajita más corta.

Para agravar mi miseria, me dijeron que me personara en la cadena de ejes. Aunque esa área estaba a muy poca distancia de la cadena de remache, a mí me parecía que estaba a mil kilómetros. Era un lugar espeluznante: luz amarilla y lúgubre, trabajadores con pinta de demonios avanzando entre bancos de niebla. El silencio era igual de incómodo y perturbador; en lugar del típico sonido de golpes y choques, no se oía más que un insoportable repiqueteo, como si alguien estuviera jugando a las canicas a lo lejos.

Mi nuevo capataz, un tal Mr. Hurley, garabateó mi nombre y mi número de identificación y me pidió que lo siguiera a mi nuevo puesto.

—¿Has usado antes un elevador, Hamper? —preguntó.

—No, señor –contesté—. Remachar es mi especialidad.

—Lo siento, colega, aquí no hay remaches.

Seguí al encargado serpenteando a través de incontables pilas de ejes de las más variadas formas y diseños. Se amontaban unos sobre otros, como misiles a punto de ser lanzados.

—Te presento a Mark Garrison, Hamper —dijo Hurley—. Vas a sustituirlo elevando los ejes traseros.

El colega Garrison estaba dándole tan fuerte a lo suyo que no tuvo tiempo de darse la vuelta para una presentación formal. Lanzó la mano derecha por encima del hombro y yo se la palmeé. Solo llevaba cuarenta y cinco minutos de turno y el pobre infeliz ya tenía la camiseta completamente empapada de sudor.

Hurley nos dejó a solas. Para poder hablar con Garrison tenía que perseguirlo de un lado a otro mientras él arrastraba el elevador por todas partes en busca del siguiente eje indicado en la hoja de programación. Una vez ubicado, elevaba la pieza y regresaba rápidamente de nuevo a los brazos extendidos del transportador. Con un lanzamiento potente, deslizaba el eje en el lugar correspondiente. Enseguida se daba la vuelta para echar un nuevo vistazo al programa, y al momento salía disparado en busca de otro tipo de eje. Yo solo acertaba a sacudir la cabeza de lado a lado. Aquel trabajo hacía que golpear remaches fuera como pasar un día en la mansión Playboy.

Llegó la hora del primer descanso y acompañé a Garrison a la cafetería que estaba en el piso de abajo. Quería preguntarle muchas cosas: antes que nada, ¿qué hacíamos un par de tipos jóvenes como nosotros en el primer turno? Garrison me explicó que la fábrica estaba tirando de muchos reempleados para cubrir algunos de los trabajos de mierda que ningún veterano estaba dispuesto a hacer. La opinión de Mark era la siguiente: «GM piensa que a un trabajador recién sacado de la calle básicamente no le queda otra opción que aceptar lo que sea que le echen».

—¡Venga ya! —me reí—. Seguro que en el segundo turno hay muchos padres de familia deseando ocuparse de estos menesteres. Aceptarían cualquier cosa con tal de librarse del turno de noche. Yo creo que solo quieren putearnos.

—No sería la primera vez —respondió Garrison.

El resto de la semana se sucedió como una pesadilla extrema. Por mucho que lo intentara, no era capaz de acostumbrarme a elevar ejes traseros: leía el programa incorrectamente una y otra vez, construí al revés varias piezas, se me caían los ejes al suelo; rompí el cable del elevador, las líe tan pardas en la secuencia que tuvieron que detener la línea varias veces para poner las cosas otra vez en orden.

Había algo que fallaba. No sabía exactamente el qué, pero sabía que tenía que ver con la descarga del eje sobre los brazos del transportador. Le pedí a Garrison que se hiciera cargo del trabajo y yo me situé detrás de él en el pasillo para observarlo. Desde aquella perspectiva aventajada el problema era evidente, y no tenía nada que ver con la fuerza, el estilo o la técnica: ¡ES QUE YO ERA DEMASIADO BAJO PARA ESE PUTO TRABAJO! Mientras Garrison era larguirucho y desgarbado y podía mirar a los ojos al proceso de inserción que sucedía en los brazos del transportador, yo era un enano que no llegaba al metro setenta y que constantemente necesitaba depender del ciego azar a la hora de deslizar el eje.

Me dirigí al encargado para hacerle partícipe de mi descubrimiento, pero en ese momento estaba hablando con alguien por teléfono y yo me planté en la mesa de los trabajadores y encendí un cigarrillo. Me sentía mucho mejor que los otros días: hombre equivocado para puesto equivocado, así de simple.

Hurley colgó el teléfono de un golpe y llegó furioso hasta mí.

—Hamper, acabo de hablar con el supervisor de la cadena, y acaba de decirme que en la última hora has puesto tres ejes equivocados. Maldita sea, ¡voy a abrirte un expediente AHORA MISMO!

Me estaba tocando las pelotas.

—Ábreme todos los expedientes que quieras, el problema es que soy jodidamente bajo para ver qué cojones estoy haciendo. ¿Cómo voy a acertar en los putos brazos del transportador si ni siquiera soy capaz de verlos?

—Déjate de chorradas, Hamper, y no me vendas la moto. He tenido a gente baja en ese puesto antes.

Aquello no nos iba a llevar a ningún sitio. La situación requería un nuevo modelo de ataque. Tenía un as guardado en la manga y había llegado la hora de utilizarlo.

—¡Quiero que baje ahora mismo mi representante sindical!

Hurley fue corriendo a llamar por teléfono a la oficina del sindicato. Estaba convencido de que me tenía bien pillado, pero lo cierto es que no tenía ni pajolera idea de lo que se le venía encima.

Apareció el representante sindical, y él y yo deliberamos largo rato mientras Hurley nos miraba cada vez más encolerizado desde su mesa. El asunto que estábamos tratando no tenía nada que ver con mi estatura o la falta de ella, sino que estaba informando a mi representante sindical sobre las tergiversaciones que Hurley me había estado endosando acerca de mi solicitud de ser transferido al turno de noche. Según Hurley, cualquier transferencia era imposible dada mi escasa antigüedad, pero en realidad estaba mintiendo como un cosaco para tener bien cubierto un puesto que no quería ni Dios.

Mi representante sindical indicó a Hurley que se uniera a nosotros. Iba a ser una charla muy gratificante.

—¿Es cierto que le ha estado diciendo a este trabajador que a falta de la antigüedad necesaria no tiene derecho a ser transferido al turno de noche?

A Hurley aquello lo pilló totalmente desprevenido. Había anticipado una discusión sobre el asunto de mi estatura. Tragó saliva y trató de forzar una sonrisa.

—Hum, supongo que sí. Lo que pasa es que hay trabajos en esta área que necesito tener cubiertos.

—Deje que yo le explique lo que pasa aquí —gruñó mi representante—. Hay cientos de trabajadores con una antigüedad superior a la del señor Hamper que están tratando por todos los medios ser transferidos al turno de día. Al señor Hamper no se le ha perdido nada aquí, salvo el hecho de que usted ha estado engañándolo intencionadamente para que creyera que no tiene más opción que quedarse. Estoy dispuesto a redactar una queja sobre este asunto en representación del señor Hamper.

—No hace falta, déjale tranquilo —dije—. Solo quiero largarme de este maldito lugar.

—Es libre para marcharse cuando acabe el turno de hoy —respondió Hurley. Acto seguido me miró—. Pero, hasta entonces, será mejor que ni se le ocurra salir por esa puerta.

Fue divertido. No se me había ni pasado por la cabeza largarme antes de tiempo hasta que el propio Hurley lo propuso. En cuanto llegó el primer descanso, cogí mi abrigo y me marché de allí. Volví a casa y me desplomé sobre la cama justo cuando la mayoría de la gente normal salía de la suya.

Al día siguiente me dirigí a la fábrica y deambulé hacia la cadena de remache. Había decidido ir a ver si quedaba algún puesto por cubrir en el turno de noche para un ex remachador bajito y nostálgico. Por conversaciones telefónicas que había mantenido con Dave Steel sabía que Gino Donlan era el nuevo supervisor encargado de la línea. En una de nuestras últimas recontrataciones, Dave y yo habíamos trabajado durante un tiempo a las órdenes de Gino, y la verdad es que me parecía un tipo extremadamente justo y honesto con sus trabajadores.

Esperé a Gino en su despacho, y cuando llegó se sorprendió de que me dejara caer por ahí. «Steel me ha dicho que estabas trabajando el primer turno en la línea de ejes».

—Eso es agua pasada —contesté—. Escucha, Gino, ¿no tendrás por casualidad algún puesto vacante?

—¿Me tomas el pelo? Tengo para dar y tomar. De hecho, tu antiguo trabajo de fijar remaches está libre. No logro encontrar a nadie que quiera hacerlo.

—Yo soy tu hombre —sonreí.

Gino se rió y me extendió la mano.

—Bienvenido a bordo, viejo amigo.

Seguramente, Gino Donlan pensaba que estaba como una cabra, y a lo mejor tenía razón. Lo único que sabía era que aquellos remaches se me habían metido muy adentro: me encantaba su aspecto una vez empalados en los cubos oxidados, la forma en que rodaban por la palma de mi mano, como si fueran dados, sus cabecitas redondas aplastadas bajo la arrolladora potencia de las pistolas remachadoras. Me gustaba todo lo que tuviera que ver con aquellos champiñones de metal gris. Puede que se me hubiera ido la pinza, la verdad.

De nuevo las cosas volvieron a una normalidad tolerable. Una vez más empleé mi lamentable colección de fantasías para ayudar a que el minutero avanzara más deprisa. También comencé a tomar apuntes, escribiendo sobre servilletas, etiquetas de existencias, sobres o cualquier superficie que encontrara, algunas de las cosas más peculiares de la vida en una planta de montaje. Cuando volvía a casa después del turno, trataba de descifrar el caos resultante y lo reordenaba en diversas piezas para mi nueva columna en el Flint Voice: «La venganza de Cabeza de Remache». Una vez más, Dave Steel estaba al otro lado de la cadena, esta vez abajo a la izquierda en el puesto de extracción de rieles. Retomamos nuestra vieja rutina de quejarnos sin parar sobre cualquier aspecto del trabajo en la cadena, aunque en realidad no se trataba más que de proteccionismo quejica. Pertenecíamos a ese lugar y lo sabíamos, simplemente no queríamos reconocer que en lo más profundo de nosotros estábamos muy cómodos en el regazo sin perspectivas de un viaje tan soporífero. En los descansos nos sentábamos en el coche de Dave y maldecíamos el laberinto al completo, soslayando oportunamente el hecho de que, al igual que resto de ratas, nosotros no éramos más que un par de humildes mercenarios.


[1] El término redneck se refiere a hombres blancos que viven en ciudades pequeñas o en el campo, especialmente en el sur de EE.UU. Suelen tener trabajos obreros y se les considera incultos, violentos y retrógrados.

[2] Albert William «Al» Kaline [1934] es un exjugador de béisbol de las Grandes Ligas que jugó toda su carrera [22 temporadas] para los Detroit Tigers.

[3] James Kenneth McManus [1921-2008], más conocido por su nombre profesional de Jim McKay, fue un periodista televisivo de deportes, de nacionalidad estadounidense. McKay es principalmente conocido por presentar el programa de la ABC Wide World of Sports [1961-1998]. Su introducción al show ha pasado a la historia de la cultura popular americana. También es conocido por su cobertura de 12 juegos olímpicos y de la masacre en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972.

[4] Juego de palabras que vendría a significar «Estiércol coreano».

 

Imagen de portada: A study of the blast furnace (1911) by CircaSassy. Flickr-[CC BY 2.0].


Ben Hamper
Ben Hamper
Ben Hamper [Flint, 1956] Trabajó durante varios años para la compañía General Motors [al igual que varios integrantes de su familia] y escribió una columna regular sobre la vida de fábrica para La voz de Flint y más tarde para La voz de Michigan, publicaciones iniciadas por Michael Moore. La columna se hizo tan popular que se publicó en revistas como Harper y Mother Jones . También ha sido corresponsal en varios proyectos televisivos de Michael Moore y en la pelicula Roger & Me, y escribió la comedia de TV Take No Prisoners , un valioso documento sobre las comunidades locales y la escena musical underground en Estados Unidos. En 2006, lanzó un nuevo programa de radio, La posesión del alma , en la radio comunitaria WNMC-FM en Traverse City, Michigan. Ha sido portada de publicaciones como el Wall Street Journal . En ellas relata sus experiencias y observaciones como trabajador de fábrica en General Motors, un relato sarcástico y divertido sobre las formas en que él y otros se ocupaban de la monotonía del trabajo en una cadena de montaje.




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