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Seis perros negros

29 Ago, 2013 Etiquetas: , ,

No encontraron rastro alguno del hombre ni del sexto perro. Todavía lo están buscando: se fue sin pagar completo el funeral y no se sabe nada de su paradero.

TEXTO: JESÚS MÁTERO

No hay principio, nada. Pero si debo comenzar por un momento, mejor que sea por El Funeral: un hombre joven, solo, esperando que todo termine rápido, bajo la tarde lluviosa y socavada de un casi abandonado panteón de pueblo. Es una lástima que nadie te acompañe. El frío hace que le duelan las rodillas, el aire le corta la piel y siente que la sangre en su cuerpo se hiela. Él quisiera esperar un poco más pero decide darse por vencido, porque la lluvia arrecia: caen gruesas gotas, como una burla, sobre su rostro; y es que el panteón se encuentra en las afueras, subiendo un cerro a través de un camino que se ha complicado por el agua. Nadie vendrá. Hay festejo en la noche, la fiesta del barrio. Te habría gustado morir la próxima semana, dice, casi sin abrir los labios, sin parpadear, Nadie vendrá, pueden enterrarlo. El velador y sepulturero palean callados las piedras y el lodo que se desbordan a la fosa, el hombre querría ayudarlos, pero el frío, el ansia. Sólo se queda parado como en una vieja fotografía, un gigante desde el punto de vista del féretro, cargando el pesado cielo de tono cobalto. Insiste en no moverse para no romper el momento; sin embargo, todo a su alrededor cambia, nada se detiene. El ataúd cae desbordando agua sucia con un grave sonido y él insiste en no moverse más.

Camina de regreso, solo, todo lo hace solo, momento a momento, punto a punto, trazando una línea que conecta desde el pasado con recuerdos irracionales, imágenes casi simétricas en el tiempo de los lugares por los que vaga, han cambiado poco a través de los años: el puente de piedra, los huertos de guayaba y, por aquellas fechas del año, las ofrendas para el señor del buen temporal: una serie de arcos decorados con frutas, calabazas y mazorcas, dispuestos a través de un par de calles hasta llegar al altar del templo de San Juan, donde se pone la mejor ofrenda; únicamente les echa un vistazo pues ya no son, como lo fueron en su niñez, cuando incluso ayudaba a decorarlos con los otros niños del barrio, tan impresionantes y enormes; después, pasa por el templo de capuchinas, la fábrica de Carolina y Reforma, hasta llegar a la casa de su padre. Sitios silentes e incoloros.

No se supone que llueva en estos días, si se hubiera tomado la molestia de conocer las predicciones del servicio meteorológico sabría que lluvias ligeras habrían de precipitarse después del mediodía; sin embargo, no durará este fenómeno, se espera que mañana, o el día después de mañana a más tardar, el cielo se encuentre con nubosidad baja y clima soleado para los inicios de noviembre. Si él se hubiera molestado sabría que no se puede confiar nunca en nada.

La casa es antigua, aunque utilizando las palabras adecuadas: descuidada, angosta y vieja. La puerta ocupa casi todo el frente, entra empujando la pesada hoja de madera y cuida de que al cerrarla no azote, no lo logra: después del largo rechinido y el eco del portazo, aún dice Perdón como una costumbre imborrable y luego lee un papel que ha caído lentamente de alguna comisura en la madera: “Ponerle aceite”. El hombre camina lento por un corredor que atraviesa toda la casa pasando por la pileta en abandono, una sala cubierta con el mismo plástico viejo desde que su padre la compró cuarenta años atrás, ahí estaba un papelito doblado: “Sacudirlos”; pasa a lado de un par de cuartos vacíos cuyos techos tienen vigas apolilladas, pegado a ellas, casi imperceptible, hay otro papel: “Llamar al exterminador”; las paredes muestran con vergüenza grandes manchas informes de humedad junto con enormes grietas y cuarteaduras debido al cimiento de tepetate. De niño su hogar estaba siempre vacío, la casa se llenaba de resonancias, de sonidos fantasmas. Esta noche no hay mucha diferencia, se deja llevar por el silencio y la iluminación difusa por las nubes tratando de no pensar en nada.

Camina hasta la cocina donde prende una vela, ve la nota dirigida a él sobre la mesa, a un lado del radio de pilas. Para sentarse arrastra una silla, los perros sueltan los primeros ladridos; él sin inmutarse se sirve un vaso grande de mezcal, observa la etiqueta con aquel nombre tan curioso: Mala Suerte; trata de encender el radio sin un verdadero interés de escuchar algo, la aguja se mueve de lado a lado sintonizando débil estática nada más, deja caer el aparato, no lo avienta, sencillamente lo suelta despacio de entre sus dedos. El ruido se desliza por el piso en pedacitos, otro trozo de papel queda volteado hacía abajo: “comprarle pilas”. Los perros siguen ladrando. Se levanta hacia el fondo de la casa donde está el altar con una figura de San Francisco y amarillentas estampas religiosas, opacas, irreconocibles si no fuera porque se ha reescrito a mano el nombre de cada uno: San Jorge, Santo Domingo, Santa Teresa, San Miguel Arcángel. Su mirada va profana, sin santiguarse, hacia el otro lado: a la tierra baldía del patio trasero y el cuarto diminuto donde están encerrados los animales, los escucha como a un disco viejo en una sinfonola, los mismos desde hace unos años, ruido rítmico y molesto, es, muy a su pesar, gran parte de la herencia que ha recibido de su padre. La casa es vieja, descuidada y angosta, pero por derecho era suya.

El cuarto de los perros es un cubo no más grande que tres por tres, hecho de improviso con adobe, lámina y cartón, las paredes tienen alambres sueltos y clavos con corcholatas aplanadas. Los ladridos se embravecen al acercarse a la puerta de hierro, cuando se asoma por el pequeño abismo de ventana le cuesta trabajo acostumbrarse a la penumbra, le cuesta tanto que no ve a uno de los perros estirando el hocico hasta que por poco es muy tarde. El movimiento es tan rápido que el miedo ni siquiera aparece. Permanece quieto después del ataque fallido y sus ojos por fin comienzan a distinguir seis siluetas danzando entre las sombras, los colmillos aparecen mientras surgen ojos resplandecientes, miradas feroces que no conocen más que la noche.

Nunca supo de dónde los sacó, un día su padre llegó con seis cachorros en una caja. No era fácil adivinar la mezcla de razas pero el color de su pelo era tan oscuro que azulaba. Son animales del diablo, recuerda que así los describió su madre, esas palabras quedarían grabadas de manera indeleble en la memoria de aquel hombre debido a que ella no estuvo ahí para conocerlos el tiempo suficiente. Recuerda algunos juegos con ellos en el pequeño huerto, cuando no era todavía terreno baldío, corriendo y brincando entre los chayotes y el limonero, sólo unos días, a ratos, porque no eran juguetes, su padre los educó para que cuidaran la casa. Él no puede hacerlos callar, no como su padre, a quien bastaba levantar la voz para que no hicieran ruido. Permanece quieto, callado, respirando pesadamente, mojado, frente a la diminuta ventana. Los perros temían sólo a una persona.

El viejo los alimentaba dos veces al día, en la mañana les arrojaba algo de comida gritándoles y con un palo los golpeaba en orden para que todos recibieran su parte, en la medianoche les abría la puerta y dejaba que corrieran por el patio bajo la luz de la luna, les acariciaba hablándoles como a pequeños niños, con afecto, cantando boleros rancheros, totalmente diferente al hombre furioso de la mañana. Encerrados de día, por la noche libres, tal era la contradicción de su existencia. Los enseñó a amarle tanto como a temerle. El Hombre lleva la mano atrás de la espalda sin dejar de ver a los perros, que no han parado de gruñir inquietos, toma el revólver que ha cargado en el pantalón todo el día y dispara apuntando a las sombras, escucha un quejido fuerte y luego gimoteos.

Quizá debí comenzar con el hombre y el revólver, no tiene sentido escribir un cuento narrando que hay una escopeta en la pared si no se va a utilizar en la historia, de la misma manera no se puede aparecer un arma de la nada, no existen los eventos azarosos ni situaciones sin antecedentes. Éste había abandonado la casa paterna muy joven, se casó en la primera oportunidad de compañía, tuvieron un bebé enfermizo y rápidamente serios problemas económicos. Cuando le avisaron de la muerte de su padre le costó reaccionar, hacía años que se había alejado y no sabía nada de él; le dolió darse cuenta de que se sonreía, con el dinero de la herencia podría saldar deudas y vivir holgadamente por un tiempo. Se decidió a hacer el pesado viaje. Todo para qué. Llegando, los hombres lúgubres de la funeraria le notificaron que su padre lo había perdido todo, la casa y los muebles apenas alcanzaban para cubrir lo de las deudas; la verdad, le habían traído de regreso para que desalojara el lugar y se hiciera cargo del servicio funerario. Quiso llorar, luego maldijo por dentro, lo único que le dejaron quedarse fue una caja con media docena de botellas de Mala Suerte, un pesado y feo revólver, una caja con documentos, algunas fotografías y los seis perros negros. Vaya herencia. Le dijeron que tenía tiempo para limpiar la casa, para concluir le dieron una nota de su padre: “Por favor, no me odies…”, una última broma, pensó mientras doblaba el papel, me escribiste una broma antes de irte.

Su padre tenía una fascinación por lo escrito a pesar de que no terminó la primaria. Le gustaba escribir todo, dejaba papeles como recordatorios por todos lados en la casa, listas, nombres, teléfonos. Le encantaba escribir, aunque fuera su nombre. Todos los días al despertar escribía en un cuaderno lo que había soñado, y si no lo recordaba escribía varias veces su nombre, sintiéndose al verlo como una persona importante, dejando un legado. Lo que más le gustaba escribir eran versos de canciones, prendía el radio todo el tiempo cuando se encontraba en la casa y en las cantinas apuntaba fragmentos en servilletas.

Dobló la nota, acomodó el revólver en el pantalón, caminó al panteón donde ya todo estaba arreglado y lo único que faltaba era su pago.

Ni siquiera se preocupó por verificar si estaba cargada. Da un trago de Mala Suerte directo de la botella mientras dispara de nuevo, el estallido ilumina por un momento la faz ensangrentada de los perros mientras atraviesa la cabeza de otro. Huesos, pelaje y carne saltan por todas las direcciones. Recuerda cuando de niño su padre lo mandó a trabajar al huerto, algunos hombres se subían a los árboles y tiraban las guayabas maduras, otros las recogían y hacían montoncitos para que después otro grupo las empacara en las cajas. Él pertenecía al segundo grupo, un trabajo no muy pesado para un niño pero que le daría algo de dinero, él único problema fue que después de una semana de trabajo, al estar en contacto con la yerbamala del campo, le dio la bemberecua: manchas en la piel, comezón y fiebre. Su padre ni siquiera se enteró para ayudarlo, estaba borracho una vez más; tuvo que pagar la medicina con su primer y último pago.

La lluvia sigue, los perros ya no ladran pero hay un gruñido sedoso. Al tercero lo mata sólo para verlo morir.

Miedo, los perros que quedan comienzan a tenerlo. Él también lo conoce, por supuesto que sí, recuerda los problemas de su padre, ya con la edad suficiente tenía que visitar El gato negro, Los payasos, La Gloria, todas las cantinas y pulquerías del pueblo, bajar incluso a El infierno; lugares donde las peleas eran de lo más normal y se veía involucrado con frecuencia. Recuerda, todavía, mientras ayudaba a su padre a salir de La Chirringa sosteniendo aún la caminera, como un hombre sombrío se les acercaba, vestía de negro y llevaba un sombrero de ala ancha en medio de una calle oscura, el rostro era tenuemente encendido por un tabaco liado a medio consumir, de entre sus manos escondidas relampagueó la luna en el filo de una navaja y en un movimiento brusco se abalanzó hacia ellos. El tiempo se interrumpió con el sonido de un disparo, aquel desconocido se derrumbó antes de que su sombrero cayera al piso. Su padre sonreía. Las pistolas son para usarse no para traerlas de adorno, dijo con una risilla.

Da el cuarto balazo para el cuarto perro y comienza a recordar a su esposa e hijo. Maldice a su padre, a su suerte, a Dios, la maldice a ella y a su hijo. No creo necesario escribir sobre lo que pensaba en ese momento, hay cosas que es mejor no decirlas, lo que también aplica en lo escrito; la perversidad de lo humano radica en los deseos privados; dejémoslo así, sin escarbar más en sus malos pensamientos.

“Si hubiera heredado el dinero de tu abuelo, me habría gustado ser escritor, pero tus tíos me hicieron una mala jugada, somos pobres hijo, pero no incultos”, eso repetía su padre cuando bebía. La botella está terminándose, queda una sola bala y un perro. Ríe al darse cuenta de la extraña resta, oscuras matemáticas del universo. Duda por unos momentos qué hacer, la bala podría no estar destinada para el perro. Duda, triste y nervioso, porque considera que su vida es un fracaso, él siempre quiso ser mejor que su padre y parece que no lo ha logrado, al menos eso siente mientras sostiene una botella de Mala Suerte en una mano y en la otra el revólver, con sólo una bala, la última. ¿Qué hacer? Puede beberse una bala o un caballito. ¿Y el perro? Se asoma para verlo y ahí, en medio de los cuerpos de sus cinco hermanos se encuentra sentado, con una actitud mansa, es, de entre todos, el favorito del padre, lo sabe sólo con verlo. Es, de entre todos, al que más odia. El perro está contento porque recuerda la figura amenazante, el revólver, el olor a Mala Suerte, se da cuenta de que no tiene de qué preocuparse porque su amo ha regresado y nada malo puede provenir de éste. El hombre se queda parado, como un gigante desde el punto de vista del animal, cargando el cielo derrotado, él no lo sabe pero en unos segundos habrá de tomar una decisión importante; En ese momento se da cuenta de que ama a su padre, siempre lo ha hecho. Un aullido demasiado humano termina con la noche.

Cuando abrieron la casa no encontraron mucho, faltaban un par de botellas, los documentos y fotografías seguían sobre la mesa junto con el cuaderno donde el padre escribía (este manuscrito se consideró como basura y se dispuso como tal). No encontraron rastro alguno del hombre ni del sexto perro. Todavía lo están buscando, se fue sin pagar completo el funeral y no se sabe nada de su paradero.

Acá en Salvatierra el aguacero sigue, aunque el servicio meteorológico predijo otra cosa, ha llovido toda la semana como no había pasado en años.

Imagen de portada: Macchia & Lines by enki22-Flickr-(CC BY-ND 2.0).


Jesús Mátero
Jesús Mátero
Narrador. En 2008 fue becario por parte del Instituto de Cultura del Estado de Guanajuato. Ha tomado cursos y talleres con Eusebio Ruvalcaba, Beatriz Espejo y Daniel Sada. Actualmente radica en la ciudad de México y es becario del Fonca, Jóvenes Creadores, en la categoría de cuento.




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