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Siempre vuelve al abrevadero

01 Mar, 2018 Etiquetas: , ,

El encuentro con el pasado ocurre entre el eco de  los muros de mampostería ―dañados por los sismos― de una pulquería sin nombre cuya puerta oxidada desemboca en un puesto de periódicos, en las calles de Xochimilco, a donde Can Cerbero nos lleva en esta entrega.  

TEXTO: GONZALO TRINIDAD VALTIERRA / FOTOS: BAUDILIO MATUTE

Los cantos de los antiguos mexicanos conservan la memoria de los dioses y los hombres que habitaron este valle de inmensos lagos. El canto XVII [de los conejos, del dios del pulque] comienza con una música iracunda, que sólo los borrachos comprenden, mientras comparten el delirio. Entonces adquiere sentido ese «yyaha, yyayya, yya ayya, ayyo/ oviya, ayya yya, ayya yya, yyoviya…», que los antiguos mexicanos temían y veneraban por tratarse de la voz de un dios.

Esa misma voz que, en nuestro español mestizo, ahora hace eco en los muros de mampostería ―dañados por los sismos― de una pulquería sin nombre cuya puerta oxidada desemboca en un puesto de periódicos, en las calles de Xochimilco. No hay letreros. Ni siquiera intuyes que detrás de la pesada puerta que rechina se encuentre el patio del cubil ―techado con lámina―, los tinacales, los bancos largos de madera que anteriormente amueblaban los cuartos, hasta que la tierra se sacudió el 19 de septiembre.

En compañía de hombres recios [hidalguenses, milpaltenses, xochimilcas y hasta un chiapaneco de ascendencia negra] y una mujer gorda que se deja acariciar los senos a cambio de un jarrito de pulque natural, el divino brebaje cumple su función, incluso mejor que en el famoso Templo de Diana, donde el pulque se licua con azúcar, Hershey’s o Nescafé [así se adapta el paladar de las nuevas generaciones], y la pantalla distrae de la conversación ―el corazón de la pulcata. Allí las cosas han cambiado para atraer a los jóvenes, para no sacrificar una pulquería más de las que abundaban cerca del embarcadero ―cuenta una señora que vende tlacoyos en el mercado―: «uy, namás aquí enfrente había dos pulcatas, ahora son zapaterías».

«Yo soy Leo», me da la mano un hombre delgado, barba rala y ojos negros, de unos cincuenta años, «neta, conozco los verdaderos problemas de Xochimilco», y, en cuanto me siento a su lado, comienza a explicar, paso a paso, su proyecto de reconstrucción. Cuando le pregunto por las pulquerías responde con un gesto de desprecio, como si no quisiera recordar los viejos tiempos, cuando «se hacía buen pulque, carnal, no estas chingaderas». Pero bien que te lo tomas, pienso. Quizá se refiere a la edad heroica del pulque, cuando los abrevaderos superaban en número a las iglesias y cantinas.

La plática se contagia y de pronto todos hablan sobre el oficio del tlachiquero y las tierras fértiles donde el maguey de montaña sobrepasa los dos metros de altura. En la imaginación son incluso más verdes, más altos, más violentas sus formas. Se habla del acocote [calabaza alargada para succionar el aguamiel] y del toro, «pura piel de chivo», donde se almacena el aguamiel. «Te digo que es de vaca». «Ah, cómo eres pendejo, de chivo, por eso el pulque y la barbacoa se llevan». Las frases se revuelven unas con otras y en el fondo parece escucharse el «yyaha, yyayya, yya ayya, ayyo…» delirante, mezclado con gritos y risas.

Qué diferencia con el Templo de Diana. Esta pulcata anónima, habitada por hombres que sin pensarlo salvaguardan la lengua de los antiguos mexicanos que le dedicaron cantos al «pulque, que le da cuerpo al dios»: el conejo blanco, como el brebaje sagrado de «blanca cabellera», que nos recuerda las leyendas que nuestras abuelas nos contaban, «allí en la luna vive un conejo». Qué diferencia entre uno y otro templo, en éste se respira esa atmósfera de vacilón que ahora sólo insinúan las fotos de principios del siglo XX.

La borrachera del pulque tiene su propia definición: «ya andas chato», le dicen a Leo. De pronto se escucha un grito, «hijos de su puta madre, quién se cagó fuera de taza». Alguien aúlla como un perro, y no es que haga falta uno, allí está Naila, la pitbull café, y un gato que la mujer gorda patea cuando se le acerca demasiado. Mentadas de madre. Leo insiste [«Leo para xochimilco», y nos pide que le hagamos promoción]; los dueños de la pulquería, dos milpaltenses, hacen cuentas para que nadie se vaya sin pagar, cosa por lo visto habitual cuando alguno se descuida. No por conocidos, menos cabrones, los asiduos del templo anónimo.

La casa del conejo sería un buen nombre para esta pulquería, pintado en los muros con rojo y negro, como en los días de antaño, cuando Xochimilco no era un remedo de canales moribundos. Enseguida pienso que nombrar una pulquería conlleva ciertas obligaciones morales hacia los parroquianos. Genera expectativas. Es mejor que permanezca anónima. Que la encuentre quien tenga que encontrarla y que vuelva al abrevadero.



CanCerbero
Can Cerbero
Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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