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Sin casa

16 Sep, 2018 Etiquetas: , ,

En esta ocasión, en Can Cerbero encontramos un relato de Liliana Rojas que nos lleva a conocer una historia plagada de agitación y contrastes.

TEXTO: LILIANA ROJAS

«Sans abri», «sin abrigo», o «SDF», sin domicilio fijo, así los llaman aquí. Eufemismos tramposos, pienso y traduzco rápido de forma más conveniente: desamparado, vago. El metro parisino está lleno de ellos y de corrección política. Como esa curiosidad antropológica que hay de llamar a los negros «marrón» y a los blancos «beige», moda vibrante para algunos en este país decadente y apestoso, rara vez entrañable en su arrogancia.

Arrastro mi maleta hacia interior del vagón. De vieja, se rompe la agarradera y se cae al piso del andén sucio y casi vacío salvo por el viejo que duerme en el interior. Pateo indolente la maleta desde afuera cuando el sonido del cierre de puerta me sorprende. Salto al interior y mis ojos brincan de un asiento ocupado a uno vacío mientras la puerta se cierra y el metro arranca desde Saint Michel Notre Dame a Chatelet, Gare du Nord y luego al Aeropuerto Charles de Gaulle.

Un hombre negro [negro, no marrón] está sentado junto a la ventana. Es tan negro que sería ofensivo matizarlo. Percibo el olor pesado de alcohol y hombre. El negro tiene una lata negra de cerveza entre sus manos. Me enternecen esos hombres porque a veces me figuro que han sido abandonados por quienes los aman. Me desplazo al asiento detrás del hombre para ver por la ventana. Después de todo, me gusta el metro parisino porque es confortable. Las personas no se dicen nada, sobre todo no se dicen «salud» cuando estornudan. Muchas veces evitan estornudar. En México, las personas están llenas de susceptibilidad, lo cual resulta paradójico si se observa de cerca la cantidad de cosas que soportan. Quizá las cosas hayan cambiado, pienso. Quizá se haya silenciado el ruido de sonideros y mendigos con órganos enfermos en exhibición, regularmente muy impresionantes, tan regularmente que en general ya no sorprenden al grueso de la población que usa todos los días el metro de la Ciudad de México, el De Efe. Estos franceses consentidos no lo soportarían ni una jornada, pienso. Aunque el metro parisino también tiene sus numerosos mendigos. A menudo son personas jóvenes y fuertes, como esa pareja que acaba de subirse.

Él lleva puestos unos tenis Nike, ella, una gorra Nike. Él pide permiso y dinero a todos mientras cuenta que ha perdido su trabajo, que necesita nuestras monedas para comer y para sobrevivir esa noche. Nos dice que no tiene casa, que agradecerá la ayuda. Ella lo sigue caminando y mirando las manos de todos los pasajeros para leer sus poco frecuentes buenas intenciones.

Un hombre tan joven, saludable y hermoso que aparentemente ha fracasado en conservar un empleo o en obtener uno alguna vez. Tiene hambre. Quizá no es su culpa. Su empresa ha sido quebrada por la mano invisible del gobierno, aventuro. Quizá sus viejos amigos lo han saboteado. Alguien le robó sus bienes y la enfermedad destruyó a sus aliados.

La mujer joven que viene con él no es fea. Tiene una cara bella e inteligente, es decir, bastante común. Me avergonzaría sugerirle a mi amor, à ma chérie, que mendigara conmigo, pienso. Ella fue quien se lo pidió, imagino. Qué vergüenza arrastrar a tu bella e inteligente novia a mendigar contigo en el metro. Siendo un hombre tan joven y bello. Pienso. Vamos a mendigar y a desafiar el status quo. Vamos a mostrarles una alternativa a su life style.

Desde su asiento, el negro, que es bastante viejo, grita algo en un idioma que no conozco. Sólo alcanzo a escuchar légion étrangère. El negro interpela al joven mendigo también con sus manos. Justo, cuando eres un mendigo joven y bello te arriesgas a que un hombre negro con lata de cerveza te grite que eres un pendejo, pienso. Un con, un lâche, un inepte, pienso. El hombre joven se siente herido en su orgullo y esa es la razón por la que intenta responder a la llamada a la violencia.

–Qu’est-ce qu’il y a? Qu’est-ce qu’il y a?

El hombre joven repite esa única frase pidiendo con sus manos al viejo negro que se calle. El viejo negro ebrio manotea gritando quién sabe qué cosa y señala hacia afuera. La mujer cómplice del joven mendigo intenta retener las manos de su hombre, suplicante.

–Parle français déjà, fils de pute–, dice el joven mendigo, un mexicano habría dicho: «primero habla bien francés, hijo de tu puta madre», pienso. Aunque en realidad, en ese contexto sería español, habla bien español, pendejo.

El tren llega a la estación y disminuye su velocidad como sentencia. Afuera el andén iluminado se vuelve nítido. Adentro todavía huele a cerveza mezclada con hombre. El joven mendigo aún grita manoteando.

–Qu’est-ce qu’il y a? –bájate, cabrón, traduzco en mi mente.

El tren finalmente se detiene. El hombre negro se levanta y sale. El joven mendigo desciende apresurado del tren por otra puerta. La mujer suplica. No puedo ver sus ojos. Adivino que la piel de su rostro de mujer de mendigo está enrojecida. Sus ojos escapan de sus órbitas también suplicando. Cálmate, cálmate. Inútil anti Beatriz que quiere ahorrarle a su hombre la vergüenza de pelearse en el metro después de mendigar. Quizá fue ella quien le pidió que mendigaran. Quería un anillo de diamantes, la muy lasciva. O quiere sólo un pain au chocolat que será más fácil de conseguir cuando alguien les dé algunos centavos de euro. Yo no vi que nadie les diera nada. No soy la única que piensa que qué vergüenza ser tan joven y apuesto y tener una novia y estar mendigando en el tren. ¿Qué esperaba del hombre negro borracho? Quizá su simpatía y condescendencia. Sí, es difícil, sí, mira lo que me han hecho a mí también. Toma mi cerveza. Pero el joven desamparado recibió sólo reproches en una lengua inteligible para él y lo que se imagina que el negro le dice lo tortura en su frágil dignidad. Entonces apresura su paso sobre el andén y lanza una patada que hace volar su propio tenis por los aires. La mujer grita con desesperación.

La cara de la mujer se llena de miedo y miseria y me pregunto por qué son las mujeres las que deben tener miedo y ser miserables cuando sus hombres quieren pelear. A menos que ella, le haya pedido al hombre ese anillo de diamantes, ese pain au chocolat.

Los golpes se blanden en el aire. Algunos pasajeros logran separar a los hombres. Ambos recuperan su libertad con un brioso impulso para seguir peleando. El hombre negro es enorme y se quita su enorme camisa mientras grita improperios, creo. Ya no tiene la lata de cerveza entre las manos. Es él quien quiere pelear. Llama al joven mendigo que esta vez es retenido por esa mujer. Quizá ella podría irse, sin más. Cada escalón brotante de la escalera eléctrica la invita a marcharse. Quizá él entonces se limitaría a acompañarla, así como la obedeció cuando ella le dijo que quería ese anillo, ese pain au chocolat, que tenían que mendigar, pienso. Después de todo es el negro que quiere pelear y va a pelear.

La agitación y el intercambio de puñetazos frustrados recomienzan frente a la ventana donde estoy sentada. Golpes al aire del negro que el joven mendigo esquiva hábil. Las puertas del tren permanecen abiertas y estos notables parisinos a mi alrededor comentan la pelea escandalizados. Les digo en silencio adiós a cada uno de ellos. Es mi contribución a la solemnidad del momento. De buena gana me levantaría también a decirles que yo tampoco tengo casa. La Ciudad de México y París ya constituyen un espacio muy grande de falta de abrigo. También yo estoy desamparada, acaso un poco más. Pero nadie lo sabe y entonces mi falta de refugio es anónima y mucho menos grave, se diría. Aunque a ellos nadie les dio una moneda o un ticket restaurant, envidio un poco esa osadía de pedir dinero siendo tan joven y tan apuesto.

Por los altavoces el conductor pide paciencia pues si el tren avanza podría resultar peligroso. De todas formas, el metro emite la señal para cerrar la puerta. Al mismo tiempo unos ocho policías con armas y un pastor belga embozado llegan y rodean al hombre negro y al joven mendigo. Los policías tienen cortes de cabello perfecto y son más «beiges» que «marrón» pero la luz inclemente de sus ojos se parece más a la del hombre negro sin camisa.

Pienso que tendría que disculparme con demasiadas personas si quisiera asegurarme un lugar para dormir mañana en la noche y sencillamente no lo voy a hacer. Esta noche dormiré en el avión, con cobija de estrellas turbulentas e incertidumbre. Pienso que ese joven mendigo, rodeado de policías, debería amarrarse las agujetas de su zapato y dejar de escuchar a esa mujer, que llora arrepentida de haber pedido un anillo de diamantes, un pain au chocolat.

 

Imagen de portada: Sortie- Metro Paris by Charlón. Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0]


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Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



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