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Sin miedo y sobre ruedas: la historia de Pepe Cleto

23 Abr, 2014 Etiquetas: , ,

José encontró en el ciclismo una nueva forma de vida. Ha recorrido parte de México convencido de que andar en bici “sirve para bajar el miedo social”.

TEXTO Y FOTOS: CÉSAR PALMA

Un seis de octubre José Sarmiento, “Pepe Cleto”, escribió en “Crónicas de un Ciclista urbano”:

“Hace dos años, no habría creído que yo estaría por aventurarme en un viaje en bicicleta por el país, y es que hace dos años yo no sabía andar en bicicleta (…) Recuerdo que lo único que hice antes de subirme fue decir: no voy a caer, no me tengo por qué caer. Y no caí… jajajaja pero supongo que un espectáculo sí era. Eso fue con bicicletas rentadas… pero ahora que estaba arriba de una bici no me iba a detener… tenía que comprar una, y así comenzó todo”. (Sic)

Cuando comentó sus ambiciones con la bici le decían: “Ah, pinche gordo, ustedes qué, si ni siquiera saben andar en bici, además tú ni condición tienes”. Recuerda que fue como un balde de agua fría, pero era cierto. Antes de convertirse en ciclista no hacía nada, paseaba sus 150 kilos en automóvil mientras se fumaba varios cigarros al día, dos cajetillas diarias.

Eso cambió, ahora tiene una compostura robusta; manos curtidas por pasar horas sobre el manubrio. Carga con todo el equipo de seguridad: casco negro mate, un par de guantes amarillos, chaleco fluorescente; sobre sus tobillos ata una cinta del mismo color para hacerse visible a los conductores y peatones. El miedo que alguna vez tuvo fue sustituido por la pericia.

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José Sarmiento cuenta su historia como si se tratase de un producto milagro, expone su caso como uno de superación, una protesta para un estilo de vida incompatible con lo que él buscaba. Antes José era un automovilista empedernido.

La transformación que ha experimentado es consistente con las recomendaciones hechas por distintos organismos que buscan incidir en el entorno de las personas -movilidad, urbanismo, medio ambiente- como en su salud: bajar de peso y aumentar la esperanza de vida. Organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud ha emitido recomendaciones al respecto.

Hoy la Ciudad de México —a pesar de sus 132.54 kilómetros de ciclovías— resulta pequeñita para alguien que ha recorrido varias veces Monterrey, que rodeó el Cerro de la Silla en un recorrido intermunicipal —189 kilómetros en un día — o que va a ver a la familia hasta el Cerro del Judío como mero esparcimiento de fin de semana. La bici va compactando los trayectos de tal forma que veinte, treinta o cuarenta kilómetros no son nada. Para ir y regresar de su trabajo pedalea aproximadamente sesenta kilómetros. Al cabo de tres días laborables recorre 180 kilómetros.

Por el contrario, en el carro las distancias parecen inconmensurables, a veces José prefiere mandar a sus amigos por Metro y alcanzarlos en bici: “Luego llego primero y los espero ahí”.

Sí, la bici es “el vehículo” para José, pero no para todos; de hecho “Pepe Cleto” forma parte de una minoría: en el DF se calcula que poco más de 26 mil personas utilizan la bicicleta. El Conteo Ciclista del DF indica que si uno se establece en una arteria más o menos transitada podrá ver 7.8 ciclistas por hora de observación. Es ridículamente pequeño el número si lo contrastamos con los 4 millones 787 mil 77 automóviles que se calculan en la ciudad durante 2010; a la fecha se cree que superan los cinco millones con facilidad. Ni hablar a nivel mundial, México aún no logra consolidarse como una ciudad amigable con el medio ambiente; en Copenhague la ciudad más bicicletera del mundo, existen 5.2 bicis por cada automóvil, la tercera parte de la población pedalea para ir al trabajo o escuela.

De ahí que una de las preocupaciones más frecuentes tanto para los iniciados en el ciclismo urbano como para las organizaciones civiles es la seguridad: ser atropellado. En respuesta a estos desafortunados sucesos, las agrupaciones bicicleteras, han colocado más de once “bicicletas blancas” para honrar y hacer honor a las personas que fallecieron por accidentes relacionados al uso de bici.

José con el tiempo ha superado el miedo a pedalear por el ambiente de camaradería que hay entre los ciclistas:

—Los ciclistas son personas muy solidarias, si ven una ponchadura y traen herramienta, te ayudan, si hay accidentados, te auxilian.

Sin embargo, una cosa es usar la bici en trayectos pequeños, otra muy grande es cambiarte de ciudad, atravesar el país de norte a centro. Cuando planeó abandonar Monterrey se mostró reticente. Algo faltaba, un pequeño empujón. Ganar un poco de seguridad. Aquella motivación vino a través de un don que le presentaron en una rodada. Un amigo insistió:

—Ese señor se ha ido en bicicleta de Monterrey al DF cuatro veces; pregúntale qué onda. Hablé con él y me motivó mucho. Empezó porque le habían disparado en una pierna, empezó a hacer bici como rehabilitación, cuando se recuperó quiso venir a dar gracias a la virgen. Lo que me sorprendió y se me hizo muy chido era demostrarles a sus hijos y a la gente que querer es poder.

José quería.

El día que decidió partir tenía todo perfectamente empaquetado y listo sobre la parilla. Fue difícil hacerse de accesorios para acampar, nunca había hecho nada al aire libre y ahora estaba dispuesto a salir mientras caía una tromba intensa.

Y la bici… como para qué

“Yo estaba negado para esto de la bicicleta”, dice José y recuerda que cuando montó su primera bici, armada por su papá, terminó chocando contra un árbol. Botó el vehículo. Lo intentó de nuevo. Falló. De nuevo lo intentó a los diecisiete años. Otra vez a los veintiuno. Empeoraba en algo que muchas personas saben hacer.

En 2009 José atravesaba un periodo de depresión muy fuerte y a modo de reto quería lograr lo imposible hasta ese entonces:

—Fui al Parque Fundidora donde rentaban bicis. Desde el momento en el que me subí me programé para pensar “no me voy a caer”.

Comenzó una vez a la semana, después dos veces; luego, diario. De pronto estaba tan involucrado que le sorprendió no abandonar las ruedas como los cursos de portugués o las clases de violín que alguna vez tomó.

—Todo siempre lo dejaba ahí aventado en el closet. Para qué me compro una bici si voy a dejarla botada.

Pero la compró: una bicicleta de montaña color vino; fue a recogerla en su auto.

Tiempo después dejó de usar el auto por completo.

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La bici con la que ahora anda sobre la Ciudad de México es verde esmeralda, delgada para alcanzar el mayor rendimiento con el menor esfuerzo. Es impecable el acabado de la pintura, ni un sólo rayón. José la recarga con suavidad sobre una jardinera esperando que no se caiga o vaya a estropear el brillo. La devoción es similar a la de los amantes de autos, sólo que una bici es más barata. Los costos van desde los dos mil pesos hasta once mil o más. El deterioro del bolsillo es una de las razones por las que José dejó el auto; de hecho, las bicicletas que ha tenido aún existen. La vino sigue en casa de sus papás.

En cambio, la que soportó el viaje de Monterrey al DF cuelga sobre la pared de su departamento decorada con una serie de luces. Es un objeto de culto para personas como él.

Bicicleta de Pepe Cleto

José voltea a su bici y lleva la mirada hacia la pared en la que cuelga mientras formula una reflexión que vincule su vida y el ciclismo urbano, una posible explicación a un cambio tan repentino:

—Se estaba viviendo un estilo de vida muy americano, de consumismo, de tener: eres lo que tienes; conseguir tu carro, tu casa. Yo tenía un trabajo muy sedentario, un call center, estar sentado ocho o nueve horas. Además Monterrey es una ciudad muy borracha, tomar todos los días. Estaba muy metido en este estilo de vida. Entré en una crisis, una depresión, porque todo esto era muy vacío, no dejaba nada y empecé a replantear lo que quería con mi vida.

Y agrega:

—Tenía las ganas de venir a vivir acá. Se me habían complicado las cosas allá en Monterrey, me quedé sin trabajo; donde vivía no pagaba renta, iba a tener que empezar a pagar e iba ser demasiado caro. Básicamente era iniciar de cero, volver a buscar trabajo, departamento o regresar con mis papás, cosa que no quería.

Cuando abandonó Monterrey dejó atrás al primer círculo de amigos y familia; no obstante, en el camino fue creciendo la red de complicidades con personas que disfrutan la velocidad y el viento en la cara que una bici ofrece.

En Monterrey formó parte de Pueblo Bicicletero, una organización que se encarga de fomentar el uso de la bici en las urbes. En este colectivo José quedó realmente sorprendido:

—Fue como un shock, tenía la idea de que la calle era para el auto, que los estabas molestando, que estorbas. Con estos cuates me doy cuenta que el rollo es político, social, todo lo que implica la movilidad; el derecho que uno tiene para circular en la calle, porque pagas impuestos como cualquier otro individuo.

A José le pareció impactante toda la pluralidad que puede haber dentro de una actividad como la bici. Fue así que en Monterrey trabajó de cerca en un proyecto que si bien no era su objetivo principal, buscaba disminuir la violencia de la ciudad a través del uso del espacio público.

—Quisimos llevar de aquí (DF) a Monterrey un proyecto que se llama Paseo a Ciegas el cual trata de la recuperación del espacio público de una manera incluyente. La idea es pasear en bicicletas dobles con una persona ciega o débil visual en la parte de atrás. Queríamos mucho ese proyecto (para combatir) por la violencia, eran balaceras todos los días, la gente no salía a la calle después de las siete de la noche; yo creo que los únicos locos que salíamos éramos los ciclistas. Nos tocaron varias balaceras andando en bicicleta: a un amigo enfrente, otro iba acompañando a una amiga al camión, llega una camioneta y se bajan cuatro tipos con cuernos de chivo… ¡córrele! Nosotros creíamos que la bicicleta servía para bajar el miedo social porque de alguna manera las cosas no están tan feas si ves que alguien se atreve a salir en bici a la calle. Dices “Bueno, no me voy a morir si salgo a la calle”. Pensamos que era una manera de atacar la violencia, porque mientras más gente hay en la calle es más seguro. Qué mejor manera de mandar el mensaje que con un ciego en bicicleta.

El clima de inseguridad, principalmente durante 2010, convirtió a Monterrey en una ciudad poco amigable para el ciclista, ni hablar de los baches y las pocas vías para transporte no motorizado. Incluso, las acciones en contra de la violencia entorpecían el libre tránsito:

— (En Monterrey, tenían) la loca idea de una colonia cercada es una colonia segura. Cortaban el paso al peatón, a bicicletas, a coches. No podías entrar en esa zona si no eras de ahí. Eso de alguna manera afectó mucho porque para evitar avenidas grandes tomaba esas rutas que ahora estaban bloqueadas. Me afectó mucho, me obligaban a usar avenidas grandes. ¡Pues se aguantan! No dejé de usar la bici.

José considera que no debería existir ningún impedimento para que el ciclista circule en las mismas condiciones que un automovilista; deberían compartir el mismo espacio, asegura. A diferencia de otras propuestas, no cree necesario tener vialidades especiales sino simplemente respetar los reglamentos existentes.

Al respecto hay posturas a favor y en contra; la asociación Bicitekas compiló una serie de testimonios y retratos de ciclistas del DF donde es posible ver una panorámica sobre la utilidad de la bici y las expectativas que cada uno tiene. La mayor parte de ellos confluyen en el mismo punto que José: más respeto para los ciclistas.

 Pepe Cleto. Foto: César Palma.

Sin miedo por la noche

“Pepe Cleto”, como se hace llamar en su blog, prefiere andar en bici por la noche. No hay nada de qué preocuparse, la ciudad solitaria, la temperatura adecuada, las calles dormitando sin ruido ni preocupaciones. A sus padres les causaba angustia que él anduviera rodando a altas horas de la noche. No obstante, hizo casi todo el trayecto de Monterrey a la Ciudad de México bajo la luna. Desde luego que no es lo mismo circular sobre una calle que en una carretera. Su papá le aconsejaba:

—Siempre me decía que tuviera cuidado, sobre todo que no saliera de noche… (Ríe) pero es lo que más hago. La primera vez yo diría que es más seguro viajar por la noche, ahorita yo creo que ya no tanto. Tuve muy buena suerte, la luna te iluminaba todo, era prácticamente como estar pedaleando en el día. El problema es cuando son noches completamente negras, que no se ve ni madres; es un peligro porque puedes encontrar bajadas muy pronunciadas, agarras más de sesenta kilómetros por hora y si en medio hay un pozo o algo… no lo ves y te llamabas…

Los riesgos son sólo parte de la ecuación: la adrenalina provocada por andar en bici es lo que le da un plus a los recorridos. A pesar de los riesgos inherentes a un viaje tan largo y en bicicleta, recuerda las malas anécdotas como un camino de experiencias, que si bien en el momento quebrantaron su ánimo lo ayudaron a confirmar la solidaridad que existe entre las personas. Recuerda vívidamente cómo fue que se accidentó en su último viaje a Puerto Vallarta:

—Eran las ocho de la noche, no se veía nada, en medio de la sierra. En la última lectura que hice de velocidad eran más de sesenta kilómetros con los voladeros a lado; el peso que llevaba no ayudaba a bajar la velocidad. Cuando abro los ojos, estoy boca abajo atorado con la bici, sino salgo volando. A dos metros ya está el voladero. Sentía que estaba quebrado mi hueso. Todo me daba vueltas. Pasaron tres autos y no se detenían. Quienes me auxiliaron venían de regreso de Guadalajara. Me dijeron que la zona donde me caí era de robo, asaltos y mucho narco. Se paró porque en el casco traía porta cámara “no es un cuatro de alguien tratando de asaltarnos”.

No disfrutó el viaje como lo había esperado, tan sólo faltaban cerca de sesenta kilómetros para poder pasear por el malecón, disfrutar en bicicleta sobre el Pacífico; con dificultad pudo caminar, tenía el rostro inflamado y la clavícula rota.

—No lo había querido confesar, pero me preocupaba quedar con miedo para subirme a la bicicleta de nuevo. En diciembre -de 2013- ya estaba encima otra vez; ya sabes, despacio, tranquilo. Paulatinamente me he ido restableciendo. Sí traigo un poco de trauma en bajadas muy fuertes.

El miedo ha disminuido, pero no deja de sentirse intimidado como la primera vez en el Parque Fundidora. Son cuatro años los que han pasado desde que tomó la bicicleta —2010— y no le ve sentido regresar todo el camino recorrido. Hoy es una persona con mayor confianza, con una red de amigos que no podría haber hecho de otra manera más que en bici; gasta menos dinero, es más saludable y donde puede promueve la bici como el producto milagro por excelencia. El miedo se quedó varios kilómetros atrás, hoy José piensa en lo que puede haber por delante. La bici que ayudó a sentir la velocidad a los ciegos, a sobrellevar el narcotráfico, a colaborar en la Casa Xochiquetzal para ex trabajadoras sexuales, puede transportarlo a más lugares.

—Siento que ya pasé y viví lo que tenía que vivir en el DF. Claro que hay muchas cosas que hacer, pero me gustaría irme a otro lugar. Me gustaría irme a vivir a Uruguay… en bici.



César Palma
César Palma

Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com





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