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Sin pronunciar una sola palabra

08 Ago, 2016 Etiquetas: ,

«Se han abierto las ventanas para que conozcan a los sordos, para que haya cambios. Ahora: ¿Qué es lo que quieren hacer?», soltó Ernesto Escobedo a sus alumnos en la última clase del diplomado que busca contribuir a la educación de la comunidad de sordos y también de oyentes. ¿Por qué importa esta iniciativa? A través de las manos de sus estudiantes nos aproximamos a la respuesta.

TEXTO: XOCHIKETZALLI ROSAS

Esa mañana, los cinco estudiantes: Eduardo, Erwin, Jacqueline, Miriam e Ivonne [los tres primeros del interior del país], se prepararon con vestimentas color negro y unos guantes blancos; resplandecientes. Sus manos, y lo que dijeran con ellas, eran lo más importante. Todos estaban nerviosos —justo con la misma emoción de la semana anterior; en su última clase del Diplomado Inclusivo a la Introducción a la Lengua de Señas Mexicana y Estudio del Sordo, cuando cada uno externó sus ideas y motivaciones: lo que harían con lo aprendido—. Llevaban semanas preparándose para su graduación: el Primer Festival Literario en Lengua de Señas.

Ellos sabían que en la presentación del festival no sólo era importante la seña y la expresión. El peso de lo aprendido durante los seis meses que duró el diplomado era grande: tenían que transmitir la empatía y el entendimiento a quienes los vieran, contarles historias sin pronunciar una sola palabra.

Porque el curso iba, precisamente, más allá de la Lengua de Señas Mexicana [LSM], de aprender a mover las manos en la figura perfecta para condensar el significado de algo y expresarlo, también incluía las temáticas relacionadas con la educación de sordos, con la  investigación que cada uno había realizado para aportar conocimiento y comprensión sobre la comunidad a la que de alguna forma querían o pertenecían.

Desde un cubículo, a espaldas del improvisado escenario, los cinco miraron cómo el auditorio se iba llenando. Cada uno esperó paciente su turno para contar el cuento que les había tocado, ya fuera el de un gato perezoso, o los versos de un poema de amor, o la canción de una banda de rock. Uno a uno se fueron colocando en el centro del escenario, intercambiando el vestuario según la pieza narrativa, coordinando sus expresiones con las figuras y movimientos de sus manos y cuerpo.

Parecía que ninguno escuchaba —en realidad dos de ellos son sordos de nacimiento; el resto oyentes—, y no porque no prestaran atención al público que los apoyaba, sino porque, por unas horas, decidieron incluirse en ese mundo donde el silencio era lo menos importante.

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El profesor Arturo [a la izquierda] en clase, enseñando a señar . Foto cortesía: Ernesto Escobedo.

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En la última clase del diplomado, Ernesto Escobedo, uno de los profesores y quien perdió la audición a muy temprana edad, se paró frente a sus cinco alumnos. Signó con sus manos cada una de sus palabras sin dejar de gesticular, acción que siempre le agradecen sus estudiantes porque les permite comprender en su totalidad lo expresado. Ernesto se apoderó del espacio que ocupan en la asociación Seña y Verbo [un proyecto de teatro para sordos], donde imparte sus clases. Así, con el movimiento de su cuerpo, rostro y manos resumió los seis meses de enseñanza: «Se han abierto las ventanas para que conozcan a los sordos, para que haya cambios. Ahora: ¿Qué es lo que quieren hacer? ¿A dónde se van a insertar: como educadores, intérpretes, o van hacer algo en la parte social para ir formando sus propios grupos?».

Todo el tiempo, Eduardo, uno de los estudiantes que es oyente y sabe lengua de señas, me interpretó lo que decían con las manos, y también me ayudó a señar cuando yo necesitaba preguntar o expresarles algo.

Así, detrás de Ernesto, la pared blanca que fungió como pizarrón se fue tapizando con los trazos de las ideas, motivaciones, expectativas de cada uno de los alumnos. El resultado final fue un mapa conceptual unido por el corazón y cerebro de cada término: la comunidad de sordos.

Erwin frente a la clase_Diplomado

Erwin frente al salón de clase en la exposición de uno de sus temas de investigación. Foto: cortesía del diplomado.

Foto cortesía: Ernesto Escobedo.

El primero en pasar frente al grupo fue Erwin Juárez. Un hombre sordo con padres oyentes, que en su afán de integrarlo le pusieron aparatos auditivos y lo oralizaron para que pudiera comunicarse. Por eso, fue hasta los 14 años que aprendió la lengua de señas, cuando estaba ávido de encontrarse así mismo, de crear su identidad como sordo. Desde entonces no ha parado en su búsqueda de conocimiento.

Ahora tiene 33 años y viajó desde su natal Cozumel a la Ciudad de México para cursar el diplomado. En éste es donde ha encontrado las mejores opciones para conocer todo sobre su cultura, pues considera que para el desarrollo óptimo de una persona sorda es importante la parte de la socialización a través de un lenguaje que los represente.

«Es importante hacer investigaciones. Eso es lo que yo quiero, aprender para enseñar. Yo como maestro de lengua de señas quiero fortalecer a mis alumnos. Para que a las familias les enseñes, a partir de la integración, a cambiar la historia de los sordos», dijo con las formas de las manos y remató: «Vine al diplomado para ampliar el panorama, tener más elementos para conocer de mi propia cultura. Yo quiero iniciar proyectos en Cozumel, impartiendo conferencias, porque hace falta mucho más impulso».

La historia de Erwin es similar a la de Jacqueline Amador, otra de las alumnas que también es sorda de nacimiento. Una mujer de 39 años, originaria de Apizaco, Tlaxcala, y a quién la oralidad le fue impuesta como obligación para poder comunicarse en su entorno. Sus padres no le permitieron que aprendiera su lengua, incluso si la veían formando figuras con las manos le pegaban. Así que fue aprendiendo a hurtadillas en compañía de su hermana oyente; las dos escondidas debajo de la mesa de su hogar practicaban las señas.

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Jacqueline en una de sus presentaciones en el Festival Literario y Cultural. Foto: Xochiketzalli Rosas.

Por eso quiere seguir aprendiendo, para transmitirle a sus dos hijos, oyentes, la cultura y su identidad y la de su esposo, quien también es sordo.

Después tocó el turno de la alumna más joven: Janeth Ivonne Porras, quien con 24 años de edad sintió la necesidad de aprender LSM para poder ayudar a uno de sus alumnos. Ivonne es maestra de preescolar y de inmediato notó cuando uno de sus pequeños estudiantes comenzó a perder la audición. Tuvo la capacidad de comprender que las herramientas con las que ella contaba no eran suficientes para el desarrollo del infante.

«Yo quiero seguir aprendiendo para fortalecer la parte de la inclusión. A mí me interesa aprender más la lengua, sé que es complicado porque tienes que guardar silencio, pero esa situación me permitió comprender que se requiere entender la inclusión para poder enseñar en la diversidad. Para expresarme con él, para enseñarle», narró mientras intentaba hacer algunas señas, pues cuando ella ingresó al diplomado no sabía nada de LSM.

En cada intervención Ernesto y Arturo Alcocer, el otro profesor del diplomado y también sordo de nacimiento, miraban con atención a Eduardo, quien fue el intérprete de la sesión. Él por ser quien más dominio tiene de la LSM tuvo que partirse por momentos: señar y hablar, a veces al mismo tiempo.

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Ivonne mientras exponía su tema de investigación: ¿Qué es la educación Bilingüe? Foto: Xochiketzalli Rosas.

La historia de Eduardo Ramos es también peculiar. Cuando tenía 18 años tuvo su primer acercamiento a la comunidad de sordos en unos cursos que tomó, pero la necesidad de emprender algo por ellos y por su propio conocimiento ocurrió en su trabajo en la Biblioteca Central del Estado de Hidalgo, donde apoya a jóvenes, niños y personas adultas con sordera.

«Presenté un proyecto en 2006 para tener un espacio para ellos, porque a nivel nacional no había bibliotecas con espacios destinados para sordos, había experiencias con ciegos, por ejemplo, y yo planteaba que era importante porque la mayoría de los sordos no saben leer, porque no saben español, porque tienen papás que son oyentes y no tienen acercamientos a la lengua de señas. Un espacio en bibliotecas es un espacio social, gratuito, donde ellos se pueden integrar», relató Eduardo con las manos y con la voz.

Él había estudiado logogenia [método que tiene como objetivo estimular la adquisición del español o de cualquier otra lengua histórico-verbal, en niños y adolescentes sordos, llevándolos a adquirir la capacidad de comprender lo que leen y de escribir correctamente, como lo haría cualquier oyente], pero no sabía lengua de señas. Así, con la misma comunidad se fue apropiando de la lengua y entre todos fueron construyendo el espacio de sordos en la biblioteca donde trabaja: ellos aprendían de él y él de ellos.

«Las ganas de tener un estudio formal me llevaron a tomar el diplomado. En Hidalgo hay intérpretes muy buenos, instituciones, pero el apoyo a la parte social que ofrece este diplomado no lo hay. En Pachuca hay estas opciones, pero acá veo una enseñanza mejor. Conocí no solo lengua de señas, también conceptos sobre la identidad de los sordos. Me da otras posibilidades; me da mayor calidad en el servicio y la atención de la comunidad en la biblioteca», describió el joven de ahora 33 años de edad que cada fin de semana se trasladaba de Pachuca a la Ciudad de México para tomar dos horas de clase.

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Eduardo al terminar su exposición en el Festival Literario y Cultural. Foto: Xochilketzalli Rosas.

Finalmente llegó el turno de Miriam López. Esta mujer sintió la necesidad de tomar un curso especializado en sordos luego de que se pusó en sus zapatos: una tarde acudió a la Cineteca Nacional y eligió sin darse cuenta una película para sordos. Hasta que estuvo frente a la cinta y vio que no había subtítulos fue que se sintió apartada. Pensó en cómo era para ellos estar del otro lado. Le dio ansiedad, sensación que sabía duraría sólo dos horas; para ellos es una vida y nosotros ni siquiera lo pensamos, se dijo.

«Soy psicoanalista, me dedico a dar terapia. La verdad es que en toda mi formación nunca había pensado en los sordos, mi trabajo es a través de la palabra y del escucha. El mundo y la sociedad están hechos para los más comunes. Qué pasaba con ellos emocionalmente, fue una idea que me vino a la mente, en todo lo que ellos enfrentaban no sólo a nivel educación y familiar, sino también a nivel emocional, quién podía atenderlos y si es que había atención que se les diera», narró la mujer de 37 años.  

Ella, al igual que Ivonne, llegó al curso sin saber nada de LSM y se le dificultó un poco más el aprendizaje porque por ser zurda tenía que reinvertir la forma de la seña. Erwin, quien sabe señar con ambas manos, la ayudó mucho en el proceso; fue su espejo. Aún así su propósito es claro: «Soy demasiado oral por eso tengo que seguir practicando, aprender más. Quiero incluirme más socialmente con ellos para absorber el conocimiento. Quiero dominar la lengua de señas para poder hacer un espacio de terapia; estoy lejos de eso, lo sé, pero no quiero perder lo que aprendí».

Miriam, psicologa, el d+¡a del festival con su exposici+¦n_ket

Miriam en la presentación de su tema de investigación. Foto: Xochiketzalli Rosas.

Al finalizar cada una de las participaciones, los aplausos explotaron en el aire, en silencio.

Después, Arturo les dedicó unas palabras. Les dio sus opiniones sobre sus trabajos finales, un preludio para que mejoraran lo que expondrían la semana siguiente en el festival tras la representación de los cuentos.

«Sus investigaciones tienen que ir en aumento para que vayan apropiándose de la lengua. Debe haber más compromiso para enriquecer sus conceptos. Esa es la responsabilidad que tienen ahora con la lengua de señas».

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Mientras miraba, al finalizar la última clase, cómo los cinco estudiantes conversaban, definiendo los últimos detalles del festival: en qué orden iban los cuentos, los poemas, las canciones, el nombre correcto de los autores [noté un gran cuidado, impulsado por Ernesto, en que todo estuviera bien escrito, sin faltas de ortografía, en los programas y carteles; también le importaba una excelente comunicación en español], comencé a charlar con Ernesto —como siempre lo hecho desde que lo conozco: escribiendo—. Él abrió un documento en su computadora y ahí empezamos a intercambiar ideas, pregunta-respuesta.

¿Qué es lo que consideras que hace diferente tu diplomado a cualquier otro curso para o relacionado con los sordos? le pregunté.

Precisamente que es un diplomado y no un curso. Aquí vas a aprender lengua de señas si no sabes nada y si sabes la fortalecerás, pero no sólo lo básico como vocabulario, sino también teoría, no sólo lengua de señas, sino un estudio profesional del sordo en todas sus generalidades y particularidades. Es para formar profesionistas de distintas áreas que requieran especializar, agrandar o iniciar su conocimiento sobre nuestra comunidad. Por eso pueden venir sordos y oyentes, avanzados o principiantes, porque queremos impulsar la inclusión y generar proyectos en conjunto entre sordos y oyentes. La educación está rezagada en ambos lados. Por ejemplo, hay muchos sordos que si no saben lengua de señas, menos van a saber de su cultura, su historia, sobre sus posibilidades de desarrollo, inclusión, etc. Lo mismo con los oyentes, a veces consideran que por saber lengua de señas ya es suficiente para integrar al sordo, y se requiere de más para que tenga un desarrollo como cualquier persona. Entablar comunicación en nuestra lengua es fundamental, pero es apenas el primer paso —respondió y en cada línea que escribía me miraba para ver si entendía, incluso algunas palabras las oralizaba y gesticulaba.

Nuestra charla se vio varias veces interrumpida por sus alumnos que lo consultaban sobre la organización o porque ya estaban por partir hacia un cafetería cercana donde, después de un almuerzo, pasarían otras cinco horas más ensayando sus cuentos —Ernesto y Arturo corregirían la ejecución de cada pieza, desde la construcción de la seña hasta la expresión corporal y facial—. En todos esos momentos comprendí, aún más, toda la labor de Ernesto con los proyectos que impulsa y en específico su esfuerzo por un sistema educativo que permita que se le dé el significado correcto al rol social y cultural del sordo dentro de la vida cotidiana. Comprendí por qué la mayoría de sus alumnos viajaban del interior del país para tomar su diplomado.

Y una idea me retumbó: el silencio en el que viven los sordos queda reducido a nada con respecto a todo lo que hace falta para que los derechos de la comunidad logre una verdadera inclusión y respeto. Por un momento comprendí esa gran necesidad, de la que habló cada uno de los alumnos del diplomado.

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Ernesto en el aula de clases en la asociación Seño y verbo. Foto: cortesía del diplomado. Foto cortesía: Ernesto Escobedo.

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Ernesto, siempre ocupado de difundir las actividades de la comunidad de sordos, decidió que la graduación de la generación del diplomado fuera en el marco del XI aniversario del Día Nacional de la Lengua de Señas Mexicana [10 de junio]; por eso, justo ocho días después de la celebración de tan importante fecha para la comunidad se realizó la primera edición del festival literario [la segunda se realizará a finales de agosto, con el segundo grupo del diplomado]; la primera vez que aprendices, en su mayoría oyentes, de la lengua participaban en un evento en pro de la cultura del sordo.

Las instalaciones del Instituto para la Integración al Desarrollo de las personas con Discapacidad [Indepedi] —sitio en el que también trabaja Ernesto, participando en la elaboración del primer diccionario de lengua de señas mexicana de la Ciudad de México— se convirtieron en el escenario. Todos los que nos encontrábamos ahí reunidos [varios jóvenes del Instituto de la Juventud, personas de la comunidad de sordos y familiares de los graduados] los mirábamos atentos; a ellos, a los cuentacuentos.

Observar los rostros de las personas sordas cuando alguien les expresa algo en su lengua resulta indescriptible: sus sonrisas lo dicen todo; observar a los oyentes en el silencio, intentando descifrar lo que están viendo resulta aún más indescriptible: la ansiedad que se cuela entre los gestos y el desconcierto.

Cada uno se apegó al programa que habían definido el fin de semana anterior. Ivonne, Miriam y Eduardo, los oyentes, memorizaron las señas, los gestos; y cada que podían miraban a los sordos del público intentando descifrar en sus rostros si se habían expresado correctamente, si les habían entendido. Jacqueline y Erwin, por su parte, sólo se sacudieron los nervios de estar frente a un grupo de más de 20 personas y una vez pasados los instantes del bochorno se apoderaron del espacio, de sus movimientos y sonrientes se comunicaron con los presentes con su lengua.

Al final todos sonreímos con ellos. Por el esfuerzo en la interpretación y por los temas que expusieron: la importancia de la educación bilingüe [español-LSM], las variaciones en la LSM, la evolución de la educación en las personas sordas.

Mientras veía cómo sus manos blancas se convirtieron en las ratas o en el flautínde «El flautista de Hamelin» y en los demás relatos, tenía en mi mente las palabras de otras dos alumnas de Ernesto; una de 26 años que tiene padres sordos y que quiere que su familia no viva minimizada, y otra de 23 que cada sábado viajaba desde Tlaxcala para tomar el diplomado porque quiere ser intérprete y formar una asociación para la difusión y creación de eventos culturales, principalmente deportivos, para la comunidad de sordos: «Pienso que aprender LSM es como aprender cualquier otro idioma; es complicada la estructura, trasladar las frases idiomáticas; pero también creo que es cultura e historia en un contexto completamente visual». Y sólo el silencio al final de cada presentación me abstrajo de mis  pensamientos. Los aplausos se agitaron con el movimiento de las manos en el aire. Todo era un festival por el silencio.

Imagen de portada: Learning to let go by Indigo-Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0].


Xochiketzalli Rosas
Xochiketzalli Rosas
Coordinadora editorial de Kaja Negra. ¿Que si escribo? No, imagino que lo hago. En Twitter: @xochketz Correo: ketzalli@kajanegra.com




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