Recomendamos

#Sismo19S: No somos tan pequeños

28 Sep, 2017 Etiquetas: , ,

El sismo del 19 de septiembre pasado cambió la ciudad que conocíamos. Puso frente a nosotros el miedo, la crisis, y también, nuestra capacidad de organización para hacer frente a la catástrofe, una respuesta que mostró que no hemos perdido la dignidad. Y ahí está el gran reto: no dejar que esto se nos olvide porque ahora sigue repensar la ciudad, nuestra ciudad, dicen los autores de Can Cerbero quienes en esta ocasión comparten los que han vivido durante y tras el 19S.


Cielo de polvo
[TEXTO: JORGE ARTURO BORJA]

19 de septiembre de 1985.

Ropa limpia, recién lavada. Una falda gris con arrugas en la cintura, un suéter azul rey todavía húmedo, un delantal a cuadros rojos salpicado de minúsculas manchas de grasa y una bata blanca sembrada de verdes tréboles. Ropa seca, lista para plancharse.

Uniforme de colegiala que arregazada mostraba sus piernas pálidas y escurridizas a las ansias del novio adolescente; atuendo de ama de casa que recordó su boda mientras fregaba platos percudidos; vestido de bella durmiente que soñó, en lecho desvencijado, convertirse en princesa y tener un deslumbrante ajuar.

Ropa para la escuela, para la casa, para la cama, para soñar. Ropa diaria que a diario se ensucia, que luego se lava y se vuelve a usar. Ropa para siempre: mameluco o mortaja. Ropa que nos cubre del frío, que nos disfraza, que nos caracteriza como los personajes de este absurdo teatro. Pero hoy no hay función aunque haya ropa. El vestuario está colgado en sus ganchos. Muy ordenado, pende de los alambres. Está dentro de una jaula cerrada con candado. Junto a más jaulas con candado. Y más allá los lavaderos y un cuarto de azotea. De lo que era una azotea. De lo que hoy, después del derrumbe, es una enorme lápida bajo un cielo de polvo.


Bajo otros escombros
[TEXTO: ENRIQUE I. CASTILLO]
I

El ruido de sirenas llena la noche de la ciudad. También el día, pero por la noche hay un silencio poco usual, sostenido. La gente duerme pero no deja de estar alerta ante cualquier movimiento, ante la alarma que da el aviso de un sismo próximo. Cuando funciona, claro. Descreía de lo que leí en crónicas sobre el sismo de 1985: la gente dormía con la luz prendida los días siguientes al terremoto, para notar el movimiento de las lámparas, o quienes sentían como si el movimiento no se hubiera detenido y lo tuvieran todavía dentro del cuerpo. No he dejado la luz encendida por la noche pero cuando estoy por dormir siento como si empezara de nueva cuenta el sismo. Vuelvo a la vigilia un rato más. Y el ruido de sirenas inunda la noche todavía.

Apenas cierro los ojos y de nuevo veo lámparas, escritorios, el piso y yo mismo, moviéndonos, ajenos a nuestra voluntad. También la histeria que hizo presa de hombres y mujeres. La señora de la limpieza aferrada a un muro que no soltó incluso después que todo había pasado. Quienes salieron corriendo apenas empezaba la sacudida. Los gritos, el llanto. El miedo. Las mismas escenas que debieron ocurrir hace treintaidós años, también un 19 de septiembre. A veces la vida nos juega bromas macabras.

Aun quienes no guardamos memoria clara de 1985, conocemos el terror y la destrucción de lo ocurrido ese año. A pesar de no haber sufrido entonces, tenemos grabada la fecha.

Hacemos simulacros, conmemoramos la desgracia, pero no hemos aprendido del todo. Treintaidós años y muy poco ha cambiado. Olvidamos con facilidad sobre qué construimos. No estamos preparados para lo que hay que hacer después de un sismo tan terrible. Seguimos atenidos a la respuesta y organización espontánea de la gente. El gobierno, otra vez, estuvo rebasado en los trabajos de rescate, y en cuanto se hizo presente lo primero fue cercar áreas, limitar información. Ojalá no tengan que pasar años para que sepamos cuántas personas murieron, cuántas quedaron sin hogar.

II

El puño en alto. Silencio consensuado entre los rescatistas. Silencio para oír cualquier ruido que delate vida bajo los escombros. Picos, palas, mazos, cubetas, botes, las manos, lo que sea para remover los pedazos de concreto y metal que hasta hace poco eran el símbolo de nuestros días: la construcción desmedida, mal planeada y mal hecha. Edificios inaugurados hace menos de un año ahora son ruinas.

El mismo martes 19 de septiembre recorrí la colonia San Rafael, en la que vivo. Presentí  lo peor porque es una de las más viejas de la ciudad. No vi daños mayores. Más tarde, intenté llegar a la Narvarte. Imposible el acceso. Desanduve el camino. Me detuve en la colonia Roma. Sobre el camellón de Álvaro Obregón había pacientes desalojados del Hospital Obregón. Los alrededores estaban solitarios. No así del otro lado de Insurgentes, la gente agolpada para llegar al número 286, para ayudar en lo posible en el rescate de quienes quedaron atrapados en ese edificio colapsado.

La Fuente de las Cibeles convertida en centro de acopio. La ayuda no se hizo esperar. Agua embotellada, papel higiénico, comida, ropa, en fin. En el Parque España abundaban más herramientas, medicinas, material para curación. Sobre todo, manos dispuestas a ayudar en lo que fuera. Manos jóvenes. Siempre los jóvenes son puestos a prueba ante la catástrofe.

Sólo la memoria permitió desplazarse entre las calles cercanas, cubiertas de tinieblas. La ausencia de luz dio al lugar un aspecto siniestro, irreconocible. No había transporte posible más que caminar. Mejor hacerlo sobre la calle que en las aceras. Aún así caminé sobre pedazos de vidrios, bajo el acecho de la masa informe de concreto, la amenaza latente. Había personas afuera de sus casas, como a la espera. No sabían qué, pero esperaban. Que volviera la luz, que alguien dijera que todo estaba bien, que no había sido más que una pesadilla y que pronto vendría el despertar. Cualquier cosa era mejor que quedarse adentro, todo podía venirse abajo en cualquier momento.

Al día siguiente la claridad no trajo consigo consuelo. Más bien evidenció la magnitud del horror. Edificios tan dañados que, aunque no cayeron, quedaron inhabitables. Olor a gas que inundaba algunas calles. Los autos que servirían para trasladar víveres avanzaban empujados por personas. El motor apagado para evitar que una chispa, la más mínima, comenzara una explosión. Los celulares también. Ninguna precaución es poca en estos casos. En algunos puntos las máquinas ya estaban apostadas, listas para el momento de olvidarse de posibles sobrevivientes y comenzar la remoción de escombros. El primer paso para la reconstrucción. El primer paso para el olvido.

Sobre Álvaro Obregón estaban todavía algunos pacientes. Del otro lado de la calle ya había restaurantes abiertos. Entendí. A pesar de todo, hay que sobrevivir. Lo que me pareció incongruente fue ver jóvenes en esos lugares, despreocupados y bebiendo café. Como si el mundo terminara en esa acera y no hubiera gente enferma en el camellón frente a ellos, ni cientos de personas en las calles próximas buscando la forma de ayudar. Aunque fuera con un abrazo. La forma en que dos almas se estrechan y reconfortan. No sentí tristeza ni enojo contra esos jóvenes. Sólo sé que algo andaba mal ahí.

Ese día también reveló la destrucción en otras partes de la ciudad. La colonia Narvarte, la Obrera, la Tránsito, la Álamos, Coyoacán, Xochimilco. No sólo eso. La destrucción en Morelos, en el Estado de México, en Puebla. Que se sumaba a la ya existente y acrecentada en Oaxaca y Chiapas, ocasionada por otro sismo, el  de magnitud 8.2, que ocurrió un par de semanas antes, el 7 de septiembre. El horror. Uno que no se irá en una semana ni dos. Estará varios meses entre nosotros.

Perdimos la ciudad que conocimos, la de nuestra infancia. ¿Exagerado? No lo es.  Los edificios que cayeron nos hacen pensar que la cara de la ciudad será otra. Además hay que agregar los miles de edificios más que tendrán que demolerse. No hay forma en que puedan seguir habitados. Urge repensar la ciudad –urgía hace treinta, cincuenta años. Para que en los terremotos por venir no volvamos a tener las mismas lamentaciones. Para que las generaciones venideras no digan que urge repensar la ciudad todavía. Para que la organización no tenga que darse ante la emergencia y la desgracia. Para que no se pierdan vidas bajo otros escombros.


19 de septiembre
[TEXTO: LUIS ENRIQUE AGUILAR]

A los mexicanos nos bastaron quizás unos segundos convertidos en minutos del sacudir de la tierra para tendernos la mano desinteresadamente, salir a las calles y con una organización sin líderes, comenzar a apoyarnos, a pesar de nuestro egoísmo. La esperanza en los habitantes de la Ciudad de México volvió a mí, caminé por las calles, me incluí en filas brindando fuerza hombro a hombro con extraños, formamos brigadas y acarreamos víveres o escombros según se necesitase, sin importarme el tiempo invertido; me sentía extraño, confiaba y creía en la gente que tiene hecha una mierda la ciudad. Llegó el cansancio que dio paso al inevitable descanso donde no hice más que leer noticias al respecto de algo que viví de primera mano, preguntar a mis cercanos sobre su experiencia y si todos sus allegados se encontraban sanos y salvos. Las redes sociales hablaban mayoritariamente de un tema, me sirvieron para dimensionar el tamaño de la tragedia, nos hemos acostumbrado a que si queremos medir la profundidad de algo, recurramos a ellas; se desbordaban, pareciera que la gente quería tener la primicia de la nota sin importar la veracidad de la información. Leí comentarios que me resultaban soberbios por parte de jóvenes que, orgullosos, presumían sentirse felices por tanta ayuda que brindaban y, lo más importante, al menos para ellos, la toma de la ciudad. Salió a relucir su fidelidad a la creencia de pertenecer a una generación de la cual el país no espera nada y ahora, ellos solos, demostraban que servían para algo. El resto del mundo no dejó pasar la oportunidad para enviar expertos en salvamento a México que relevaban a su impetuosa población convertida en rescatista que 32 años después de un terremoto tan intenso como para devastar a una ciudad, sigue sin cultura de prevención ante los sismos. Sumamos fuerza y de paso rechazamos al gobierno en cualquiera de sus representaciones: ejército, marina, policía, medios de comunicación, etcétera. Me alegraba, los mexicanos estamos hechos de algo más, aparentaba que sí podemos convivir en paz y avanzar a pesar de la aplastante vida contra la que batallamos día a día.

Mi alegría rejuvenecida, el renovado brío de esperanza y fe, me llevaron a investigar sobre el 19 de septiembre de 1985. Quería conocer un poco más a fondo la visión y sentimientos de aquellos que dejaron su voz; la verdad es que tenía ganas de descubrir cómo mejoramos como sociedad a lo largo de los años. Me encontré con que seguimos siendo los mismos, que justo la poca ayuda que he aportado, ya generaciones previas lo habían cruzado y hoy, cierto sector de ellos, los menos optimistas o quizá lo más realistas, se la piensan dos veces para otorgar ayuda, se muestran distantes ante el inminente apoyo al cual se han volcado los mexicanos; pero sospecho que no es su egoísmo lo que los tiene alejados de la parafernalia, son personas que percibo decepcionadas por el abuso y burlas a las que fueron expuestas. Empujaron con fuerza tal vez similar a la que ahora ejercemos y, en un abrir y cerrar de ojos, todo volvió a la normalidad, vieron a México seguir adelante sobre sus escombros; la gente recordó que debe cumplir con horarios, que les es imposible hacer dos cosas a la vez, o se trabaja o se ayuda. Las calles fueron devueltas a sus gobernantes y los jóvenes de esos años se olvidaron del poder que ejercieron, ni siquiera fueron conscientes de lo que tenían entre sus manos. Temo que esto nos vuelva a suceder.

Después del terremoto del 19 de septiembre de 2017, mis ideas siguen removiéndose, esperando que termine el azote, deseando que no gane la decepción de volver a ser los mexicanos de siempre, los hipócritas y clasistas, los interesados y doble moral. Quiero creer que sí estamos hechos de algo más. Me gusta creer en la esperanza para sentarla como base de algo diferente, no sé si mejor o peor, sólo algo nuevo, que no nos quedemos en cargar piedras o aplaudir por llenar camionetas con víveres; en sentir terrible ante la muerte de alguien atrapado entre escombros o nos burlemos de las pendejadas del que se dice ser presidente de México. Es el momento indicado para exigir que se cumplan nuestras exigencias, impedir que la apuesta del gobierno por el olvido vuelva a ganar, justo como sucede con un sinfín de injusticias. Si nos dejamos vencer, será mejor acostumbrarnos a ser vistos como la nación que soporta ser ridiculizada por su clase política, por el denostar de su propia raza y que, por una temporada, se siente orgullosa de llamarse hermanos ante las catástrofes.


No somos tan pequeños ni tan vanos
[TEXTO: GONZALO TRINIDAD VALTIERRA]

Durante el temblor del 85 mi tía comenzó a rezar: Padre nuestro que estás en los cielos y retiembla en su centro la tierra… No tardaron en censurarla a gritos sus hijas, pues el rezo mal ejecutado enfurece a Dios. El temblor se prolongó, haciendo añicos fábricas, edificios, hospitales y escuelas. Mi tía no fue la única responsable por el castigo bíblico, el pánico a cualquiera lo hace equivocarse. Los verdaderos responsables nunca fueron castigados. Treinta y dos años después un temblor de magnitud 7.1 —con epicentro entre Morelos y Puebla— golpeó la Ciudad de México, derrumbando una fábrica textil, una escuela y decenas de edificios de departamentos —incluso los recién construidos. Eso sin contar los edificios dañados y en peligro de desplome. ¿Los responsables seguirán impunes hasta el próximo sismo?

_____

Una vez más la Sociedad Civil —siento la necesidad de decirlo en mayúsculas— superó al desgobierno —con minúsculas, porque no son más que eso, una piedra en el zapato de los mexicanos. No la masa amorfa, la sociedad de consumo, de la que muchos se han tratado de distanciar leyendo teoría crítica y comprando alimentos orgánicos. Tampoco ese cuerpo masificado que asiste a conciertos y a los estadios de fútbol, o el deporte del que se trate. Hablo de la Sociedad Civil de la que Carlos Monsiváis escribió luego del temblor del 85, un cuerpo organizado que toma el poder y, de pronto, se descubre más capaz que las instituciones anquilosadas e incompetentes que pretenden gobernarla. Lo hemos visto en estos días. Los hemos sentido en carne propia, incluso quienes no asistieron directamente a las zonas más golpeadas por el sismo. Hay algo diferente en la ciudad. El aire, aunque envilecido por la amenaza de nuevos derrumbes y fugas de gas, se respira más ligero, la gente se preocupa por el de al lado, le tiende su mano, una torta o una frase de aliento. Por las noches un silencio desacostumbrado nos recuerda, irónicamente, que hay gente afuera, ayudando desinteresadamente. Los ciudadanos, una vez más, como hace treinta y dos años, superaron al gobierno. En respuesta, el gobierno tomó el control de las zonas colapsadas y, como era de esperarse, manipuló la información, al extremo de crear un teatro del horror en la televisión.

_____

La mierda siempre flota. Noticias sobre la manipulación de los medios de comunicación, del bloqueo a los voluntarios y rescatistas profesionales —de México y el extranjero— por parte del ejército y la marina, intentos de las autoridades por integrar maquinaria pesada en zonas donde aún podría haber sobrevivientes bajo los escombros —«quieren quitarle la esperanza, lo único que le queda a la gente, de encontrar a sus familiares», dice alguien en la calle; ¿no es eso lo que el gobierno ha hecho desde la masacre de los 43? Arrebatar la esperanza—. Porque la mierda no se puede esconder, su olor la delata. Apariciones teatrales y ofensivas por el despliegue innecesario de elementos de seguridad, Osorio Chong, Miguel Mancera, Peña Nieto y el ave de mal agüero La Gaviota, Graco Ramírez, Aurelio Nuño y un montón de sátrapas que, en un intento fallido por darse un baño de pueblo preelectoral, han tenido que abandonar las calles ante el repudio de la Sociedad Civil. Los imagino refugiados en sus fortalezas, relamiéndose las heridas, pensando que todo ha sido un error de percepción por parte de los mexicanos.

_____

Gobierno y sociedad, insiste Peña Nieto en su retórica oportunista, en cada anuncio desde el día del temblor, tratando de forzar la unidad de los opuestos. Nada se ha divorciado con mayor violencia en los últimos treinta años como las instituciones de la sociedad. Y todavía insiste en anteponer al gobierno y sus intereses de clase por encima del bienestar de una sociedad mancillada hasta la miseria. El sismo del 19 de septiembre quizá haya sido su última oportunidad de hacer las cosas bien, de poner las instituciones al servicio de la gente. Pero no, ni así hubiera podido enmendar las consecuencias de una política rapaz en todos los niveles de gobierno. Si algo queda claro es que la dignidad sólo puede venir del pueblo organizado.

_____

La Ciudad es un pacto con los dioses. Con los que cada quien guste, las leyes de la naturaleza o los dioses telúricos, pluviales, furiosos del mundo antiguo. Si violamos el pacto, por vanidad o por un crimen, los dioses hacen justicia. ¿No es un crimen levantar torres de departamentos sin atender a los reglamentos mínimos para garantizar la seguridad de quienes las habitan? ¿La avaricia inmobiliaria no es un crimen contra de la ciudad? ¿La especulación? ¿El montaje del caso de Frida Sofía —por nueve horas— en el derrumbe de la escuela Rébsamen? Excesos que hemos pagados con vidas, con el bienestar y la confianza de la población. No podemos permitir que la impunidad campee victoriosa sobre los escombros.

Sócrates nos enseña que hay más gente que le teme a la muerte que a cometer un acto de injusticia. El martes 19 hubo muchas personas que por temor a ser injustos, salieron a las calles, sobreponiéndose a su miedo y a la muerte. Los primeros en llegar fueron los albañiles. Que nadie olvide ese acto desinteresado. Que no haga falta otro sismo para recordarlo.

_____

No somos tan pequeños ni tan vanos como nos han hecho creer. Gente que no podía correr, corrió para atender a sus vecinos. Ancianos que no podían sostenerse, se apostaron en las calles alentando a los jóvenes, dándoles su bendición, instándolos a no rendirse. Hombres y mujeres que rara vez abarrotan las calles, cargaron víveres y organizaron los centros de acopio. Gracias a esta generación, tan criticada por su individualismo y ensimismamiento, se pudo actuar rápidamente. Esta vez, con asistencia de las redes sociales y un mapeo inmediato de los daños, se pudo actuar con mayor precisión que hace treinta y dos años. La tecnología se humanizó para auxiliar a los heridos y movilizar a los voluntarios. Quizá no todo está perdido para un pueblo que parecía haber extraviado su dignidad.


 

Fotos en interiores: Enrique I. Castillo.


CanCerbero
Can Cerbero
Blog tricéfalo dedicado a la literatura, el cine, la música y la bebida. Un invitado diferente cada mes. Porque cuatro cabezas son mejor que tres. Autores: Enrique I. Castillo | Gonzalo Trinidad Valtierra | Luis Aguilar * Contacto: cancerbero0666@gmail.com



Leave a Reply


Artículo Anterior

Después del 19 de septiembre: Manos unidas para no sucumbir ante el desastre

Siguiente Artículo

Bajo el cielo protector





También te recomendamos


Más historias

Después del 19 de septiembre: Manos unidas para no sucumbir ante el desastre

A 32 años del sismo del 19 de septiembre de 1985, el centro del país experimentó un temblor que dejó centenas de personas...

20 Sep, 2017