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Sobre James Ellroy

07 Jul, 2014 Etiquetas: , ,

Si hay algo en común entre James Ellroy y Eusebio Ruvalcaba es su enorme pasión por la música, la escritura y, sobre cualquier otra cosa, por las mujeres. He aquí una reseña del autor jalisciense que establece esa comparación en unos cuantos puntos.

TEXTO: EUSEBIO RUVALCABA

Un amigo —¿o fue una amiga?— puso en mis manos una novela de James Ellroy. Se intitula A la caza de la mujer. Me atrajo de inmediato no por la portada, que está de dar horror, sino por el título. Pues, qué hombre no ha andado tras la mujer emblemática —para él. En la mentalidad de todo individuo que se jacte de serlo, hay una mujer oculta. Que está esperando el momento ideal para manifestarse. Lo cual puede acontecer en cualquier momento, en cualquier lugar, en las circunstancias más favorables o en las más adversas. La revelación se produce con el ímpetu de un relámpago. ¿Es ella? ¿Así es la mujer de mis sueños? Pues sí. Ni modo. A lo mejor es una beldad. A lo mejor es un esperpento. Que en cuestión de gustos, los hombres vamos de un extremo al otro.

 Resuelto mediante dosis de autobiografía y dosis de ficción, el libro es entretenido y muy, muy disfrutable. Lo comparé conmigo. Método que me llevó a las siguientes conclusiones.

—Dice James Ellroy que su padre escuchaba todos los días música de Johannes Brahms.

—Digo yo que mi padre también oía todos los días música de JB (Johannes Brahms, no la marca del whisky).

—Dice James Ellroy que su padre poseía una verga de 40 centímetros.

—Yo nunca se la vi a mi jefe.

—Dice James que tenía escondido un busto de Beethoven en los arbustos de un jardín.

—Yo me robé un busto de Beethoven de una casa de recogimiento. Y lo oculté en una chimenea de la misma casa.

—Acota Ellroy: “Mis breves relaciones no estaban marcadas en modo alguno por la ternura”.

—Acoto yo: Las mías sí. Cada mujer que se ha cruzado en mi vida ha desplegado cuando menos tres cosas: ternura, cachondería y lindos senos.

—Apunta James que se masturbaba hasta sangrar.

—Apunto yo que no es para tanto.

—Anuncia James Ellroy: “Nunca codicioso de las riquezas que me rodeaban. Nunca envidioso”.

—Anuncio yo: Yo igual.

—Confiesa Ellroy que robaba juegos de ropa interior. Que quitaba cabellos de los cepillos y se los acercaba a la mejilla.

—Confieso yo que me robaba los calzones de mi mamá. Y los olía profusamente. Pero nunca extraje cabellos de ninguna parte.

—Dice James que hojeó pilas de revistas de coños.

—Yo también. Las recortaba y pegaba las fotos en un cuaderno de dibujar. Las juntaba en orden semántico. Aquí las piernas, allá las tetas, acá las nalgas. Y presidiendo a todas, los coños.

—Afirma Ellroy que en la presentación de un libro de su autoría dijo: “Necesito una mujer tan fuerte que me domestique con su amor y que me pise todo el cuerpo con sus botas negras de tacón de aguja”.

—Yo nunca dije nada semejante. Pero a las mujeres hermosas que se acercan a que les autografíe un libro, les apunto mi celular o mi mail. Quién quita.

—Insiste Ellroy que a sus veintinueve años deseaba mujeres. Deseaba escribir novelas.

—Yo no. Las mujeres las deseé toda mi vida. Desde mis tres años ya se me paraba. He escrito novelas. Pero jamás deseé escribir una.

—Informa James que cuando vivió en un hotel, para mear usaba el lavabo de la habitación.

—Yo siempre usé los lugares más raros para orinar. Y los sigo usando. Aunque tenga el escusado a la mano.

—Indica James Ellroy que la revolución sexual era para otros.

—Para otros, pero no para mí. Siempre he sido enemigo de afiliarme a nada. Odio cualquier revolución. Principiando por las sexuales.

—Precisa Ellroy que escuchaba a Beethoven y a sus acólitos menores, y hablaba mentalmente con las mujeres.

—Yo no. Yo hablo mentalmente con Beethoven. Lo escucho y me pongo a platicar con él. Con una mujer es imposible conversar. Las mujeres no dan nada y piden mucho.

—Confiesa James que su seriedad sólo atraía a las mujeres solitarias y atormentadas.

—En mi caso, ni mi seriedad atrae a las mujeres. Ninguna clase de mujeres.

—Dice James que el objetivo moral de la lucha es superarla y cambiar.

—Dice Eusebio Ruvalcaba que el objetivo moral de la lucha es lamer el bulbo de la derrota.

—Indica Ellroy que las mujeres lo llevaban a un lugar tormentoso y lo dejaban tirado.

—Señala Eusebio que las mujeres lo llevan a un lugar de pesadumbre y él les ruega que lo abandonen ahí.

En fin. Así podríamos seguir ad infinitum. Como dicen los cultos. Pero no. Vale la pena dejarla aquí. Y tan tan.

Imagen de portada: James Ellroy eyes DDC_3396 by thierry ehrmann-Flickr-(CC BY 2.0).


Eusebio Ruvalcaba
Eusebio Ruvalcaba

Escritor mexicano. Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951. Entre sus obras destacan: Un hilito de sangre (1991), Músico de cortesanas (1993), Banquete de gusanos (2003), Una cerveza de nombre derrota (2005). Ha colaborado en las revista La Mosca en la pared y en el blog de música de Nexos. Su blog.





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