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Sobre la soledad y los frijoles saltarines

10 Sep, 2016 Etiquetas: , ,

Esta mujer dedica sus letras al hombre que dibuja triste y ausente, al hombre que le dio la vida y que se la arrebata de a poco con tanta melancolía.

TEXTO: EMILIANO PÉREZ PERALTA / ILUSTRACIONES: SARA CASTRO BARRAGÁN

Pasada la medianoche, el ligero ladrido de un perro recorre las solitarias calles iluminadas por focos incandescentes en cuyo derredor danzan tupidas nubes de zancudos; el sonido parece acercarse, montando en el erizado lomo de los perros más próximos que corean y responden al lejano ladrido. Por momentos, aquel distante perro regala su silencio a las calles y, de nuevo, la noche se aferra a la calma.

Solitaria, como desorientada ave alejada de la parvada, la ventana rectangular, incrustada en el último piso del edificio de departamentos, resplandece y regala su fluorescencia a las mohosas paredes exteriores de la edificación y otras ventanas contiguas con las cortinas echadas. Adentro, en el pequeño cuarto que hace de recámara, una mujer observa su reflejo en el monitor apagado de la computadora, mientras sostiene en la mano una fotografía a color. Después de algunos minutos coloca la estampa sobre el desordenado pupitre y vuelve a escribir sobre el cuaderno:

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Mi padre no deja de hablar con los frijoles saltarines que compró en el mercado, contenidos en una pequeña bolsa aterciopelada. Tristona brota la voz que entabla prolongados diálogos con las semillas que se agitan dentro del vaso de cristal en el que los coloca durante el día. Mis niños, mis niños –les dice mientras los acaricia con la punta áspera de su dedo meñique, como si jugase con un pequeño que revienta en risotadas al sentir el travieso cosquilleo sobre su barriga. ¿Cómo llegaron tan lejos? –les cuestiona–; Cuéntenme sobre las olvidadas montañas sinaloenses desde donde los trajeron. Mi piel se eriza con cada palabra que cariñosa se arrastra entre las paredes salitrosas de este departamento mortecino. Les consiente: silba alegre muy cerca de ellos, como si les arrullase, y, a momentos, coloca una de sus trigueñas orejas sobre la orilla del vaso y guarda silencio, como escuchando, como si las historias de tierras lejanas brotaran de las semillas que saltan y repiquetean al interior del añejo vaso de veladora.

Hace meses que mi mamá no se pasea por la casa. Y, sin embargo, a diario le veo; le encuentro frente al espejo como ominosa imagen, reflejo de mi rostro mal aseado, cubierto de maquillaje que perdura por días. Estás igualita a tu mamá, me dicen quienes la conocen cuando me encuentran en las calles; sonrío y me entrego al inevitable pensamiento que me aborda desde hace unos meses: quizá mi padre y yo, a pesar de vivir en la misma morada, cada vez hablamos menos porque sobre mis párpados encuentra el recuerdo sombrío de mi madre.

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El departamento casi eternamente en silencio; afonía rota esporádicamente por los frijoles que repiquetean en el vaso de cristal y la voz de mi padre que les alienta. En ocasiones, el teléfono timbra insistente, pero no levanto la bocina desde que regresé a vivir a este apolillado departamento; temo las ardorosas voces que surgen al otro lado de la línea y cuestionan sobre mis casi doce meses sin empleo, mi ruptura matrimonial, el progresivo cáncer de Gerardo [mi mejor amigo] y la muerte de mi hermana Artemisa.

Cuando el timbre del teléfono persiste, mi padre coloca la mano sobre el aparato, y su voz repite monótona: Sí, No, Sí, No, Sí, No, Adiós. Cuelga. ¿Quién era?, pregunto desde mi recámara. Nadie, contesta. Siempre es nadie. Nadie: las voz de mi tío que llama desde Tampa para recordarle que su hija, Artemisa, está muerta y debe dejar de llorarle. Déjala descansar –le piden y le asignan, una vez más, otra culpa: la de sentir y llorar y recriminar a dioses a los que poco a poco ha abandonado por su hija muerta. También llama aquel otro tío que insiste en entablar largas charlas, a pesar de los cansados monosílabos que brotan de mi padre, para narrarle sus exitosos movimientos comerciales en los negocios de cárnicos que dirige. Describe aburridas cifras que redundan en la compra de camionetas de lujo y propiedades-habitacionales-familiares-ociosas en alguna playa a la que nunca asisten; también detalla información sobre escuelas de alto prestigio y constantes viajes al extranjero que sus hijos realizan al menos cuatro veces por año. Vente a vivir con nosotros –le insisten–; Artemisa no va a regresar, Julia tiene otro hombre y tu hija –se refiere a mí– es una fracasada que seguro no llegará a los treinta años. Pero las respuestas son las mismas: Sí, No, Sí, No, Adiós…

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He olvidado cómo confortar a otro ser; ente que ha oxidado, al paso de los años, aquellos mimos y caricias que invirtieron en mí los sonrientes seres que posan para estas fotografías. Sentada frente a la computadora apagada, escucho los sollozos que emergen empapados en tristeza, culpa, angustia y decepción del oprimido pecho de mi padre, refugiado en su solitaria recámara, y me avasalla la inclemente certeza de saberme incapaz para extenderle un brazo, una mano o una palabra que le rescate de ese puente existencial sobre el que camina, mirando al vacío, con la cuerda bien sujeta al pescuezo.

Incapaz de ayudarle, cierro los ojos, aprieto los dientes y aguardo a que la noche arrastre las lágrimas paternales a la coladera más próxima y, de nuevo, el lúgubre silencio en este departamento reine. Pero la sabiduría de los frijoles saltarines emerge y el vaso que les contiene repiquetea insistente. Mi padre sale de su cuarto, arrastra una silla y se sienta frente al comedor. Suspira. Cruza los brazos, los recarga sobre la mesa e inclina la cabeza hasta observar como el niño que mira a través del cristal una longeva tortuga, las semillas. ¿Cómo están mis niños? –inquiere–; ¿me llamaron? –el traqueteo al interior del vaso crece–. Cuéntenme, háblenme de esas tierras lejanas desde donde los trajeron. Recarga la cabeza sobre la mesa, mantiene la mirada y escucha el repiqueteo, como atendiendo y evocando historias que sólo él conoce.

La luz que emana de la última ventana del edificio de departamentos se apaga. En las calles, los perros han abandonado la cansada tarea de responder ladridos ajenos y descansan ocultos bajo los autos estacionados. La noche persiste, también las lámparas fluorescentes y las nubes de zancudos, vigilantes eternos de la noche.

Técnica de las imágenes: dibujo en tinta.


Emiliano Pérez Peralta
Emiliano Pérez Peralta

Geógrafo. Caminante eterno. Pessoa le guía: “No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Aparte eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”. Escribe y sobrevive. En Twitter lo encuentran como: @Emilixxx.





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