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Sólo fue un Día de Mulas

18 Jun, 2014 Etiquetas: ,
Cómo es posible dormir así, cuando miles de personas
han sido agredidas por salir a la calle a manifestar sus ideas.
A 43 años del Halconazo.
TEXTO: EMILIANO PÉREZ CRUZ 
FOTOS: XOCHIKETZALLI ROSAS

 

Para Leti, con amor

Tu hermano Carlos duerme plácidamente, arropado con una pijama verde pistache. La atmósfera beatona que lo envuelve resulta indigna a tus ojos. Olas de ira sacuden tu organismo, cómo es posible dormir así, cuando miles de personas han sido agredidas por salir a la calle a manifestar sus ideas. Por eso estamos como estamos, piensas. No logras registrar la multitud de imágenes que sacuden tu memoria atropellándose unas a otras; estás embotado, sientes que el fin de una colosal borrachera se acerca y no confías en la información que tus sentidos te proporcionaron.

Mientras, de qué manera mitigar la duda; calor y frío, alternados, te estremecen. Infructuosamente enciendes y apagas la radio, pues las transmisiones han llegado a su fin. Optas por colocar un disco en el cuadrafónico de tu hermano, recordando las discusiones que con él has tenido por esa división entre lo mío y lo tuyo. Ojalá no despierte porque iniciará la cantaleta de costumbre. De nuevo estás oyendo esas porquerías, cuando el aparato se descomponga no vas a cooperar para arreglarlo, ¿verdad? Carlos es un anciano con cuerpo de atleta; no le gusta su trabajo en el despacho del licenciado Tragacaca, como, le llama, pero gana bien y eso lo resigna. Después de todo, lo importante es que está haciéndose de algún prestigio entre sus clientes, pero para ello necesita de cierta personalidad y piensa que el hábito hace al monje, por eso invierte buen dinero en “trapitos” y evita hablar con palabrotas, dobla la cerviz, ante quienes considera superiores a él (los de cartera preñada de billetes de alta denominación, olor a lavanda importada, zapatos relucientes, modales altivos, prepotentes, casimir impecable…) y se comporta altanero con quienes le siguen. Cuando platica con tu padre menciona la riqueza de los demás como si fuera de él. Tú lo compadeces, y él a ti. Están a mano.

El roce de la aguja sobre el acetato te eriza la piel, hasta que la voz brota violenta. Nuevamente la indignación sacudiéndote. Carajo, carajo, ¿cómo fue que nos dejamos engatusar? El noticiario de la noche, como siempre, no ofreció mayores elementos para enjuiciar. Y ni los esperes. Pura anécdota tergiversada: “Grupos antagónicos estudiantiles se enfrentaron cerca del Casco de Santo Tomás”. Imbécil, a otro perro con ese hueso. Como si no hubieses estado allí, sintiendo las balas silbar sobre la cabeza, haciendo añicos la esperanza, el deseo de creer que los tiempos mejoraban. Carajo. Antes que el locutor terminara sus peroratas tu padre ordenó ir a dormir: Apaga la tele, es hora de descansar, como tú te levantas a la hora que te pega tu gana, “Gazmoño”, dijiste entre dientes, “ni que no hubiera oído cuando con tus putas vienes a la casa; entonces sí, no hay cuidado, todo mundo puede andar fuera hasta el otro día.”

Mil veces prefieres la compañía de Margarita a la de Carlos, pero cuando tú y ella propusieron dormir en la misma habitación, tu hermano y tu padre se indignaron pensando seguramente en un hipotético incesto. Margo es diferente. Acostumbra aconsejarte al tiempo que ilustra con ejemplos tomados de su propia experiencia. “Haz siempre lo que deseas, pero a fondo, no te quedes en las medianías”, dice.

Después de lanzar lo que siente, aconseja todo lo contrario se burla de ella misma por ponerse en plan de adulto. Siempre te tiene al tanto de su vida. Ha adoptado como lema vital parte de un libro que alguna vez te mostró, pero cuyo título olvidaste: Perder, pero perder de verdad para dar lugar al hallazgo. Ella estudiaba pintura, pero ahora es empleada de una farmacia. Hoy no ha llegado. Cuando tu padre advierta su ausencia pegará el grito al cielo; armará el escandalito semanal, ya es viernes, último día para llevarlo a cabo.

En la mesa de noche encuentras los Raleigh de Carlos, vas al rincón más apartado de la recámara para que el ruido del fósforo al encenderse no revele que sigues despierto.

Ahora Carlos acaricia la almohada, la cubre de besos espasmódicos abrazos; queda con una estúpida sonrisa de satisfacción. Paso a paso mides la recámara, fumando desesperado; con esto expones tu mesada, si Carlos despierta. “No vamos a sostener viciosos”, amenazan al unísono él y tu padre. En el tocadiscos la voz de tu cantante favorito, obviamente de la especialidad “protesta”: Se precisan niños para amanecer, se precisan ni/

                                                                                                         Tan dulce que era la vida, caray: recién abandonabas el uniforme verde olivo de la secundaria y te convertiste en universitario de nivel medio, hecho y derecho, pantalón de mezclilla desteñida adornado con parches de Peace & Love, Fresas No, Aliviánate, Cristo es el camino. Dejaste que el pelo te creciera un poquitín, calculando el ánimo de don Isaías tu padre, quien siempre que se refiere a los greñudos necesariamente los identifica con el comunismo, la barbarie, el caos, la lascivia… Además, manifiesta sus reprimidas ganas de raparlos pues no es de gente decente andar así, si yo fuera del gobierno verían lo que es amar a Dios en Tierra de Indios. Lo imaginas enchiquerado en un uniforme militar, pelando estudiantes a bayoneta calada, como los soldados del 68; por cierto, la escuela te gusta porque has estado en contacto con jóvenes profesores de la generación ésa/

                                                                                                                                        abres la ventana para que el humo escape. La voz de Viglieti y la canción de El Chueco Masiel. Lo que narra te estremece. Comienza a amanecer y la modorra acaricia tus sentidos, pero aún tienes los sucesos demasiado frescos, adheridos a tu cuerpo. Iluso, crees que la prensa dirá todo imparcialmente. Quedarás defraudado: sostiene valores bien definidos, sabe hacia dónde jalar, ha memorizado el timbre del cencerro. Cuando hablan de conjuras extremistas, disturbios en las universidades, desmadres en el campo, bondades empresariales, deberás buscar otros significados. Por lo pronto, Viglieti canta que el padre del Chueco Masiel abandonó la tierra del Tacuarembó buscando una más amplia, pero nunca la encontró. Atiendes la grabación: Encuentra la triste basura donde viven mil, encuentra la muerte, encuentra el silencio de aquel cantegril. Carlos sorbe la barba que le escurre por las comisuras: tira un manotazo entre sueños. La música te enardece; quisieras ser el Chueco, mandar todo al demonio, compartir, pero si no tienes nada qué dar, si apenas…

                                                                         Imposible.

La palabra que se obstina en ser repetida una y otra vez.

                                                                                                Imposible.

Sacas la botella de brandy que tu hermano guarda bajo la cama, el muy egoísta y cobarde, porque teme las reprimendas. Se embriaga cuando todos se han acostado, y pone los discos de Los Panchos y lágrimas furtivas se le escapan al recordar a su noviecita/

¡La sirena de la policía!

                                                         te sobresalta: ¡Redadas! ¿Andarán haciendo redadas? “La cabrona tira, encargada de sostener la división entre tú y yo, lo mío y lo tuyo”, dices sin una esperanza en qué afianzarte, necesitas alguien a quien confiar que desobedeciste a tu padre, fuiste a la manifestación, la reprimieron, lo que hasta ahora se ha dicho es pura mierda, y lo que se dirá, también: simple y pura mierda. Carlos, ¿despertará? Que ni lo intente, porque hueles a vino y eres capaz de pelear, ya no tienes miedo, al menos mientras sorbes otro fajo de siete kilos de uva embotellados. La soledad agranda los espacios vacíos de tu estómago, insertándose en ellos a pesar de los ronquidos de los demás.

La patrulla pasó de largo.

                                                                           Ya casi es hoy.

                                                                                                                              Quisieras ir a la escuela, pero temes que la policía haya cerrado los centros educativos para salvaguardar la paz pública y erradicar la subversión; esta última palabra se ha vuelto cotidiana, intuyes que la subversión es un pretexto para -la subversión la encabezan miles y miles de estómagos vacíos, dices, dices, dices- la hipotética muerte de tus compañeros te acobarda. El brandy sabe mal.

Tus compañeros, todos trinando contra la organización familiar, exasperados de tanto oírlos lamen -vuelves el disco- tos de papá y mamá que asisten al reino de su reinado, lloriqueando por el control que sobre sus hijos han perdido, siguen considerándolos unos niños débiles, faltos de calor hogareño, expuestos a mil y un peligros, sobre todo en esos centros, cuevas de comunistas esquizofrénicos, violadores de menores, envenenadores de la paz pública. Tus compañeros, ¿felices? Porque no están expuestos todo el día al hogar, presenciando la muerte de sus padres, nostálgicos seres que añoran el amor perdido entre los papeles de la oficina o el diario quehacer doméstico…

                                                                                          irse con ellos al billar y jugar póker en los prados de la escuela y asistir al Cine Río a funciones sólo para adultos que no tienen en que emplear su tiempo de desempleados; y leyendo que el trabajo en que el hombre se enajena es un trabajo de autosacrificio, de mortificación y dejarte y ellos también la melena alegrándote de no tener que trabajar por ahora Gracias a Dios perder las clases de matemáticas y método experimental y física no por repulsión a la ciencia sino por no escuchar a los maestros de rostros ajados y barrigas prominentes diciendo madre y media No dejarse arrastrar por la fiebre de la juventud Mantenerse firmes La patria necesita de ustedes No defrauden a sus padres Ellos hacen esfuerzos desesperados para que ustedes sean hombres de bien Esgriman la cordura y la Razón cinturones de castidad para gentes como ustedes; y por el estilo eran las de Biología o Lógica mejor buscar otra cosa Cuál Cómo saberlo Mejor experimentar la carcajada perpetua ¿Crítica? Para qué si la vida nos habían dicho aguardaba con las piernas abiertas a que nosotros llegásemos triunfadores con un título universitario La bola de cristal auguraba sólo la buena lana el prestigio de una situación económica estable los trajes de High Life como piel venerable Un matrimonio ventajoso cuestión de seguir los buenos ejemplos y después embarazar a la esposa Margo decía que las cadenas no siempre son de acero Y buscar una amante a quien poder confiarle las broncas matrimoniales pero unilateralmente y de lo mucho que se quiere a los hijos por ellos es que no me divorcio

                                                                                                        tesoro de la juventud en ellos tengo cifradas todas mis esperanzas

                                                                                            no merecen que yo les haga esta

perrada

             pueden odiarte

                                                     para que seamos felices

                                                                                                        por lo pronto a emplear el tiempo buscando la puerta de entrada a la biutiful sosaieti ¿Por qué ahora que se te ocurre pensar eso? Te recuestas en la cama sin quitarte los zapatos, ora verás cuando entre la sirvienta y vea las manchas en la colcha, amenazará con contarle a papá, arrecho el buen papá porque se le hace efectiva a la micifuza.

Tu madre murió al darte a luz y piensas que por eso Carlos y tu padre han sido hoscos contigo. Pareces un maniquí después de desnudarte. Hace falta el color de una mu/ mula, dice tu hermano, yo no me enredo, pero siempre se enreda con beatas/ jer como las que describen tus amigos o de tu hermana, que las pinta como chicas desinhibidas pero como las revistas porno/ 

                                                                                                analizar el por qué Bubú dice que en la familia la mayoría son los hijos que están explotados por los padres. Le das categoría de Ley Científica. Flashazos. Saltos de un tema a otro.

Los maestros de la escuela, animosos que iban a la manifestación. No lograron amedrentarlos ni las calentaditas en Lecumberri ni las huelgas de hambre y los atracos de los presos comunes ni las amenazas de cadena perpetua. Otra vez los escalofríos atosigándote, similares a los experimentados durante la ascensión a la Mujer Dormida cuando fueron por primera vez. Frío. Poco a poco, renqueando, el frío te estremece. Destapas la botella y se la tiendes a Bubú. Las mochilas pesan demasiado. Para qué trajimos tantas cosas inservibles. Tomas un trago más, los Macana están inquietos. Sepa la bola, te contestas. Fue por el temor a pasar mala noche. Viglieti ya no canta desde zumba el regulador porque no lo apagaste Zapatos chamarras de lanas cobijas pantalones de repuesto cuerdas implementos para caminar sobre la nieve estufa de gasolina petróleo lámpara de carburo comida hecha en casa casa de campaña campaña casa para obtener permiso, les falló el dinero y no pudieron comprar latas. Como de costumbre Filos lleva un tambache de libros y tú le dijiste para qué, si allá no hay corriente eléctrica, todo el día vamos a caminar. El Perro no fue, sus piernas poliomielíticas no se lo permitieron. Bubú devuelve la botella a macana Dos, el de los anteOjOs. “Ugggh, esto es vil lumbre”, exclama y escupe el jugo de agave. “Maldita mochila, voy a encargarla por ai”, le dices, pero crees que no es el momento adecuado para flaquear, te sientes el líder. Decides jugarles una broma cuando vayan a mitad del camino: “Me he perdido, la ruta de ésta”. Reaccionará como si les hubiesen dicho: Jóvenes, están ustedes detenidos por drogos, miren, aquí está la yerba, y ustedes preguntándose de dónde la sacaron/

                                                                                                             Los Halcones fueron los efectivos, actuaron sin obstáculos. No juegues, no juegues, ¿de verdad?, dijeron. Pues de verdad, éste no es el camino. Paranoicos, desesperados, una nevada como de tarjeta navideña contribuyó. En una noche sin luna. Olvidaron las linternas y la lámpara no funcionó. Los pantalones empapados. Pretexto: la hierba alta cubierta de nieve. Realidad: el miedo presionando sobre la vejiga urinaria. Al Zurdo Izquierdo le dio disentería, miedoso; además, había escuchado las pláticas del viejo don Manuel, guardián del primer albergue. El tiempo fluía lóbrego mientras él hablaba de árboles misteriosos que atrapan a la gente y cuando la sueltan está como muerta, con la mirada extraviada, pálida. “Quedan hechos unos zombis”, decía. No mames, ruquito, se mofaba el Zurdo, eso lo viste en alguna película del Santo o Blue Demon. Don Manuel acostumbraba sembrar miedo entre la gente que se detenía a charlar con él. Cuando le preguntaban si haría buen o mal tiempo contestaba: “No se preocupen, a lo más nevará, pero no hay cuidado, para cuando eso suceda ya ustedes estarán en el tercer o cuarto albergue, y les conviene, porque los caminos se tornan intransitables y podría pasarles lo que a los chavos que vinieron de Guadalajara, quedaron tiesos bajo un pino, congelados, sólo el árbol les dedicó algunas de sus lágrimas de resina.”

Y contaba el viejo los enfrentamientos que había tenido con tripulantes de platillos voladores, marcianos de a deveritas que intentaron secuestrarlo, y el miedo del Zurdo Izquierdo obligó a noquearlo porque cuando veía un tronco tirado aseguraba que era una vereda y comenzó diciendo en broma: “¿Saben rezar?” y al rato él estaba con la oración a grito abierto, desgarrado, y el Padre Nuestro rebotaba en las paredes rocosas de la montaña y regresaba multiplicado. Después, echó a correr cuesta abajo como poseso, tropezando una y otra vez hasta que lo alcanzaron; tenía el cuerpo cubierto de rasguños y los pies ampulados por el frío. 

Mostraron su miedo desde que Bubú hizo la petición de atrapar murciélagos en la mina abandonada, arguyendo que en la Secretaría de Agricultura se los pagarían bastante bien. Encendieron antorchas de periódico y penetraron con el agua en los tobillos, cristalina, helada. No habían avanzado diez metros cuando los Macana se precipitaron hacia la salida temblando de miedo, alegando que habían sentido una mano que los jalaba y un murciélago rozó con sus alas y pensaron que les succionaría hasta la última gota de sangre. Dejaron unas mochilas adentro y nadie quería regresar por ellas, pero por mayoría de votos Bubú fue elegido. 

Recuerdas eso cuando, por fin, la calma comienza a invadirte, es el efecto del vino, te adormece la cara y las sábanas se han calentado. Carlos ronca.

Casi estallas en una carcajada al recordar el último incidente en el volcán, cuando decidieron bajar, aguijoneados por el miedo, bajar, hasta que la nieve quede atrás. Bajar. El Zurdo se repuso y estaba tranquilo. Bajar, bajar hasta entrever luces a lo lejos. Por la orientación, seguro estaban pero los reconfortaron y hasta se atrevieron a bromear. Pero el cielo pareció anunciar una tormenta o el fin del mundo, y el suelo bajo sus plantas comenzó a crujir. Esto ya valió gorro, dijeron; el estruendo era infernal y los intestinos se les sobrecogieron al recordar los platillos voladores disparando ráfagas de rayos antimateria. Bubú se desmayó en tus brazos y tú en los de Macana; ellos pusieron nieve en tu cara y al despertar y tratar de ponerte a salvo lo único que lograste fue caer en el arroyuelo. Los huevos que llevaba Macana en el envase de plástico quedaron hechos talco. Los perros se acercaron y una linterna llegó en su auxilio. La escopeta Güero posándose en tu nariz. “¿Qué quieren?”, preguntó. La luz te deslumbra. “Somos nosotros”. “Ah, chilangos tan pendejos, qué diablos hacen en el corral desvelando a las vacas”. La frescura de su risa. Los invitó a tomar té. Y allí pasaron la noche. 

                                                                                                                 Mientras sudas copiosamente y es Día del Estudiante, la tira escolta sus desmadres. Nada de grilla, parecía ser la consigna. Futbol americano, hacerle al jipi, organizar torneos de billar, todo menos salir con jaladas como “Proletarios de todos los países, uníos”. Las broncas empezaron. Los “grupos culturales” se oponían a la formación del Comité de Lucha; las autoridades organizaban campañas de limpieza. Nada de Carteles, Nada de Pintas. Los “culturales” a despintar y los comitecos a comenzar de nueva cuenta. Participabas a nivel desmadre en las acciones de estos últimos: pintar camiones, repartir volantes, organizar brigadas de información…

En provincia la cosa está que arde. Pensabas, como muchos otros, que el sistema tendía a abrirse, que la política olímpica quedaba para la historia. Y mientras, el grupito de cuatezones se dedicaba a la buena vida: Chúpale, hermano Macana, que poco veneno no mata. El hermano Macana siempre le hacía gestos a la bebida, pero después de haberla ingerido y regañaba a su hermano por beber sin reservas, a pico de botella. “Vamos a echar una cascarita de fut, propuso el Zurdo izquierdo y luego vamos a la manifestación.” Todos aceptaron, excepto tú, el Perro –razones obvias: la polio- y el Filos, fingiste hastío. Ellos fueron a jugar mientras ustedes trataban de adivinar como sería una manifestación. Filósofo agregaba que era una treta más para ganarse a los estudiantes y así confundir a la gente. “Pero, decía, la política represiva busca enmascararse”. El hermano del Filos murió en Tlatelolco y por eso, pensabas, Filos está resentido, por puro coraje. El Perro propuso que se dejaran de mamadas, mejor vamos a ver el juego. Filos, leyendo, pidió ser escuchado:

El deja que la noche entre y lo huela

Y que la soledad entre y lo lama,

Porque está miel pensándose la vida,

La vida miel que ha hecho con sus manos

Hasta que un día supo:

                                    Quién se come

La miel multiplicada de mi patria

                                    Quien sea que lo come

           Ése me come

                               Ése come la miel de mi trabajo,

Come, me come, alguien me está comiendo

La tierra, el agua, el sol, el día, el año 

Y se come lo dulce que yo quiero

                                                                                                                  Calmado, Filos, dijo el Perro, Filos cerró su Ahí va Lucas Romero. Mejor cuéntenme cómo estuvo la cosa del último campeonato. Hiciste un gesto de desprecio. Tendido indolente a los rayos solares del atardecer. No estoy de humor, alegó Filos y al Perro le quedaron las ganas de saber cómo fue la pelea entre el equipo de su grupo y los Tompiatudos, uno de los más recios dentro del plantel.

Los hermanos macana estaban imparables junto con el Zurdo izquierdo en la delantera; le arrastraban para eso de las combinaciones, pasecito de talón, cabezazo al área grande de servicio para el Rizos que toca para atrás de primera intención hacia Modesto Sencillo quien la pone al Zurdo para que empeine sin más y el balón lento, suavecito hasta la red de los contrarios y contrariados tompiatudos; el portero se jalaba los cabellos porque eran los últimos minutos de juego y ustedes se abrazaban en la media luna mientras ellos perseguían al árbitro alegando un fuera de lugar inexistente para que el partido continuara parejo. “Nada, compañeros”, alegaba el juez, “fue una jugada limpia; que siga el juego”. Pero si fue faul. “Silencio”, ordenó; “capitán, llame a su jugador o lo expulso”. Ni madres, dijo el tompiatudo. El árbitro levanta la tarjeta roja. Uno de los indignados jugadores llegó y le puso al del silbato, una guitarra de corbata; éste luchaba por quitársela, hiriéndose más el cuello. Se armó la bronca general, gente del público con vocación de redentores intentaron meter paz, pero la lluvia de rocas puso fin a las buenas intenciones/

                                                          la primera andanada dividió en dos la columna; los gritos habían llegado a la calle, la protesta tomaba un lugar más amplio-. Ustedes llegaron por Avenida de los Gallos. Una patrulla le impidió pasar con el autobús. Siguieron a pie. “Vaya nombre para una calle”, Advirtió el Perro. Se unieron a los demás contingentes. Las mantas comenzaron a extenderse, las leyendas en rojo y negro. Quién sabe cómo, pero Filos consiguió una que decía Libertad a los Presos Políticos. Continuaba la gritería. Al Perro se le llenaron, los ojos de lágrimas. Todos querían sostener la manta. ¿Habrá grupos de choque? Mencionaban a los Halcones, Boinas Verdes, Panchos, MURO y otros. La confianza a medias. ¡Genaro, seguro, al gobierno dale duro! Cantando el Himno Nacional y los brazos unidos para “evitar infiltraciones”. ¡Únete pueblo, únete pueblo! Fue sorpresiva la primera andanada. La columna se desmembró. Es en serio la cosa. Calma, compañeros, no acepten provocaciones. Saltando bardas, tirándose pecho a tierra. Balas, ráfagas de ametralladora contra palos y piedras. El Perro fue puesto a salvo de inmediato; los Macana lo subieron al auto de un periodista que venía de frente gritando: No sigas, caramba, que allá hay hijos de perra, los van a matar. Subieron al Perro y ustedes quisieron jugarle al héroe. Era pura indignación, dirás posteriormente, porque si no es así, si nos dejamos pisotear, si nos dejamos qu/

                                                      armados con palos y piedras proporcionados por albañiles que arengaban: “Ora, denle en la madre a esos ojetes.” Las ráfagas otra vez y el alarido de las ambulancias y patrullas y los altavoces y la imposibilidad de ayudar y los tiras indiferentes que no hacían nada más que observar la masacre, te desesperaban. ¡Ya les dieron a los de la Prepa Pop!

La rabia que sube desde acá y le echas la culpa al tercer vaso de brandy, y la refriega, sentías que la cabeza iba a estallarte y apretabas el garrote buscando furioso al enemigo, pero no lo descubrías, no eran los gorilas que tiraban varazos a ciegas ni los policías ocultos tras sus implementos represivos. Aturdido, cumplías la misión que te encomendaron: repartir volantes. ¡Fuera, fuera!,” gritaban los tiras y empujaban a la gente al centro de los madrazos y recibiste un varazo en plena nuca; los Macana y el Zurdo te arrastraron hasta la banqueta. ¿Cómo te repusiste? Cuando despertaste estabas montado en una banca y con otros te ocultaste en los guáteres, encerrándose por dentro. No sean pendejos, váyanse. La calma volvía por momentos. Huyan, los Halcones han tomado la escuela. Ustedes corren por la México-Tacuba, tiempo para increpar a los chavos del Colegio Militar, a correr nuevamente con las balas detrás y/

                                                                                                                   estiras la mano, otro vas de Viejo Vergel y la huida es más lenta, él corazón a punto de reventar. Llegas a la estación Popotla y atrás quedan las calles con su atmósfera plagada de grumos de pólvora y pancartas desgarradas, retratos del Che en el suelo, sangre, zapatos sin dueño, volantes… Llegaste a la casa y la tele, apágala que tengo sueño y cuidado despiertes a Carlos que duerme soñando con su novia y al otro día encenderás la radio con el recuerdo del Zurdo Izquierdo en la montaña, cagado, golpeado por sus compañeros para amedrentar su miedo. Ayer fue día de las mulas y te levantaste y escuchas el Clan Infantil en Radio Voz; cambiaste hasta la Hora del Observatorio, misma de Haste la Hora de México. Son las 7:00 horas. Vuelves al clan: Buenos días amiguitos. Nombres de quienes se han portado bien o mal. Miguelito moja la cama; no hagas eso, a tu edad… Irás al baño con el estómago encogido. No puedes vomitar. Una navaja en el rastrillo para rasurarte la barba que se niega a salir. El agua cae multiplicada por la regadera, te salpica; entras bajo la lluvia y sientes que la respiración se te va, olvidaste encender el bóiler. “Margo no llegó anoche”, dice Carlos; “además te embriagaste y quemaste mis cigarros, ¿por qué no compras los tuyos?”.

Este texto fue originalmente publicado en el libro Si camino voy como los ciegos.


Emiliano Pérez Cruz
Emiliano Pérez Cruz

Escritor y periodista. En 1979 fue nombrado por el Edomex cronista honorífico de Ciudad Nezahualcóyotl. Su más reciente libro de relatos: Ya somos muchos en este zoológico, Fondo Editorial Estado de México, 2013. En Twitter: @perecru





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