Recomendamos

Soñar que podemos ser otros: cómo construir una ciudad

12 Feb, 2017 Etiquetas: , ,

Durante 236 horas el Congreso Constituyente de la Ciudad de México discutió distintos aspectos [del medio ambiente a la autonomía de pueblos y barrios, del uso medicinal de la mariguana a la renta básica universal, de la eutanasia a decir adiós al fuero] para conformar su Constitución. Fue un proceso intenso, según nos describe la autora de este texto, quien fue testigo de las 28 sesiones tras las cuales se dijo: «Habemus Constitución».

TEXTO: RUTH MUÑIZ

El cáncer de legislar es esconder intereses bajo principios.
Héctor Bonilla

 

Cuando escuché hablar sobre «la reforma política del DF» no me hizo más sentido que cuando leo encabezados en la prensa sobre nuevas iniciativas de ley. «Una más», pensaba desde la ignorancia de la historia de una generación de políticos que tienen 40 años esperando por tomar un micrófono y anunciar: la Ciudad de México ya tiene Constitución.

Y sí, hacer leyes nos parece tan «común» y tan ajeno que ocho de cada 10 capitalinos no sabe y/o no le importa tener una Constitución. ¿Cómo lo sentirían cercano si la Carta Magna Federal se ha reformado más de 600 veces sin consultarles?

El 5 de febrero se cumplieron 100 años de que aquel Congreso Constituyente de 1917 le dio al convulsionado México postrevolucionario las reglas que le permitieron a una sociedad que venía de una guerra civil que pudiera convivir y tuviera garantizados aquellos derechos por los que se había derramado sangre. En dos meses el centenar de hombres —sí, en aquella ocasión sólo fueron hombres— dieron a Venustiano Carranza un documento bajo el que nos hemos regido desde entonces.

Con ese referente histórico, con los pocos detalles que nos enseñan en la escuela pública cada vez menos precisa y más anecdótica, ser testigo del proceso constituyente que le ha dado a la Ciudad de México su primera Constitución, me permitió sorprenderme, enojarme, aprender, soñar, admirar, repudiar, transformar ideas y reencontrarme no sólo con la responsabilidad que significa dejar testimonio de este pedazo de historia, sino con la forma en que se hace política y con la posibilidad real de que se puede —y se debe— soñar con construir una nueva ciudad.

La herencia priista de las mayorías dominantes

No voy a aburrirlos explicándoles el proceso político por el que llegamos hasta la tan anhelada reforma política, que los exjefes de gobierno Marcelo Ebrard y Andrés Manuel López Obrador tanto buscaron. Resumiré una etapa de grillas políticas diciendo que si Miguel Ángel Mancera lo consiguió no fue por ser un mejor político ¿que ellos?, sino porque aceptó la negociación de condiciones que permitieran al PRI [que fue expulsado del poder en la ciudad desde hace 20 años] tener un poder de veto que condicionó cada uno de los artículos que hoy son los derechos y las reglas que nos definen.

Y, sin embargo, la negociación de una reforma política —que significó dejar de depender de la federación y convertirnos en una entidad federativa más— también significó que una generación de políticos de izquierda que han hablado durante 40 años de tener una Constitución capitalina vieran convertido su sueño político en una realidad.

Así, Alejandro Encinas, Ifigenia Martínez, Cuauhtémoc Cárdenas y, sobre todo, Porfirio Muñoz Ledo, vieron coronada una lucha histórica que, aunque se «descafeinó» del proyecto original, logró tres condiciones que hacen de esta historia constituyente la oportunidad de pensar que es posible hacer una nueva ciudad.

Primero, aún con el poco interés que la ciudadanía mostró —porque sólo el 28% acudió a las urnas para elegir a 60 de 100 constituyentes—, es el único proceso en el país en que la gente de a pie y, sobre todo, organizaciones de la sociedad civil, pudieron opinar, incluir propuestas y obligar a ese centenar de «ilustrados políticos» que escucharan lo que querían de esta nueva ciudad que pretendían tejer.

Mil 400 iniciativas ciudadanas fueron ingresadas. Muchas de ellas no se incluyeron en el texto final, pero por lo menos dieron a los constituyentes la tarea de ver que estaban ahí, de las cosas que pedían y obligarlos, cuando menos, a argumentar por qué sí o por qué no podían incluirse. Es un paso insuficiente y pequeño, pero es un avance.

Segundo, se pusieron sobre la mesa temas necesarios para una sociedad que evoluciona y que exige igualdad y que a nivel federal el conservadurismo del PRI-AN han atorado, minimizado o acallado. Se debatieron temas como el uso médico y lúdico de la mariguana, el derecho que tienen aquellos presos que no han sido condenados de poder votar, el derecho a la muerte digna, entendida —y por cobardía política no nombrada— como eutanasia.

Se habló de derechos que aquí hasta parecen broma, como el del descanso y el tiempo libre, derecho al cuidado, a la ciudadanía universal, el derecho a ver a la buena administración pública —sí, es decir, que tus dirigentes no se roben tu dinero y lo aprovechen bien— como un derecho fundamental.

Cuestionó la existencia de figuras como el fuero político, regresar a la reelección —esa por la que Francisco I. Madero inició una revolución— o el legítimo derecho del ciudadano a quitar a un gobernante que no cumple, antes de que termine su periodo, bajo la simple premisa de: «El pueblo lo pone, el pueblo lo quita», la revocación de mandato [eso que el 86% que no quiere a EPN quisiéramos poder hacer].

Derecho al trabajo sexual legal, a que los de 16 años voten, a tener una renta básica universal, a casarte con quien quieras, a tener control de lo que pasa con tu cuerpo y a decidir sobre él, a la planeación de una ciudad ordenada o a que los desarrolladores inmobiliarios tengan reglas para seguir construyendo en la ciudad que los ha hecho millonarios y que ha expulsado a quienes no pueden pagar una renta aquí.

Mucho de esto quedó fuera, la mayoría fue desbaratado, minimizado, negociado o descafeinado por el PRI-AN, pero el debate se dio.

Y el tercero fue justo quizá una de las características más emblemáticas: los políticos que estuvieron cuatro meses y medio encerrados en una vieja casona, cuyas paredes lo mismo han sido hospital que sede del Senado, tuvieron que sentarse a escucharse. Debatir, discutir, negociar, ponerse de acuerdo. Ceder, perder, ganar y soltar.

Ya sé, parece una obviedad decir que los políticos negocian, porque en teoría es lo que debería pasar en un parlamento: parlamentar. Pero no. En México, el PRI que hoy tiene una dominante e intransigente mayoría en el Congreso Federal no escucha, vota por aquello que no ponga en peligro su «establishment», eso que no haga que sus privilegiados puestos peligren. Lo demás a veces no llega ni a la tribuna. Menos aún se vuelve ley.

Su condición de minoría en una ciudad que desde hace dos décadas es predominantemente de izquierda, más el as bajo la manga que significó para PRI y PAN la jugosa negociación que consiguieron de la reforma política y que gracias a Mancera les permitió tener una sobrerrepresentación en el pleno, los obligó a tener que defender, ceder y negociar cada uno de los derechos.

Pelear por una ciudad de izquierda

Los artículos —71 y 39 transitorios— que hoy tiene esta primera Constitución pese a no ser tan progresistas como se prometió, sí implican para la CDMX una transformación de fondo. Es la reestructura de su forma de planear un ordenamiento territorial, es haberle arrebatado poder a la enquistada mafia que hay en el sistema judicial que donde pudo dio a los ciudadanos más armas para defenderse.

Puso a rango constitucional debates que hace una década volvieron a la capital una ciudad de vanguardia y garantizó derechos para sectores sociales que lo han peleado con sangre y sudor, como la comunidad LGBTTTI o los pueblos, barrios originarios y comunidades indígenas.

¿Ponerlos en papel es suficiente para terminar con la corrupción, con la desigualdad, con la mala política? No, pero es la herramienta jurídica para que los ciudadanos exijamos esos derechos, para que despertemos y pidamos a los que nos gobiernan que cumplan con lo que hace 100 años era visto «como la máxima norma».

Y sí, una de las grandes lecciones de este proceso —profesional y personal— fue ser testigo de debates entre personajes que, para bien y para mal, han construido la historia de este país desde hace 50 años.

La defensa de argumentos y el debate ideológico de un Bernardo Bátiz, César Camacho, Dolores Padierna, Santiago Creel, Augusto Gómez Villanueva, Porfirio Muñoz Ledo, Jesús Ortega, Olga Sánchez Cordero, Bertha Luján, Javier Quijano, Fernando Lerdo de Tejada, Gabriel Quadri, Alejandro Encinas, fue de una riqueza con poca comparación.

Y no se trata de creerles o no. Cada uno tiene una trayectoria que podríamos debatir y cuestionar, pero ver pelear, argumentar, exponer ideas, defender posturas a  los hombres y mujeres que han moldeado a la nación es algo que, tristemente, ya no se ve en el país. Hace décadas que aquí los parlamentos son una simulación de debate que esconde «el mayoriteo» de una clase política que se niega a abrirse y avanzar. Eso que tanto ha alejado a la política de la ciudadanía. En el Congreso no se debate, se impone el interés de una mayoría.

Ser testigo de una manera distinta de hacer política y ver a esos que siempre son mayoría intentando convencer, es un lujo que quizá requiera décadas para que se replique.

El voto de por sí es una palabra empeñada… y aunque poco valga la palabra de un político hoy en día, aquí estamos aquellos reporteros que fuimos testigos de la promesa, para recordársela. ¿No sirve también para eso nuestra profesión?

¿Quién ganó? Nadie. Todos. Si acaso la ciudad que por primera vez cuenta con un texto constitucional que se pondrá a prueba al entrar en vigor para saber qué tanto es el reflejo de esta tan heterogénea ciudad.

El que el PRI y el PAN, siendo minorías en la ciudad, impusieran sus condiciones para otorgarnos los derechos históricamente ganados fue una pérdida para la izquierda. Pero también fue una oportunidad de evidenciar los intereses del ala conservadora de la política y de comprometerlos a llevar muchos de los debates a nivel nacional, como la eliminación del fuero, que fue aceptado por unanimidad, voto a favor que compromete a un César Camacho —líder de la bancada tricolor en el congreso— a avalarlo para todo el país. El voto de por sí es una palabra empeñada… y aunque poco valga la palabra de un político hoy en día, aquí estamos aquellos reporteros que fuimos testigos de la promesa, para recordársela. ¿No sirve también para eso nuestra profesión?

Soñar que podemos ser otros

El proceso fue intenso, en un solo día aquellos que contábamos la historia pasábamos de la euforia por logros como el uso medicinal y terapéutico de la mariguana, la eutanasia, una cláusula de conciencia que permita libertad ética y editorial al periodista, el reconocimiento a las familias —en plural—, la educación bilingüe obligatoria para las comunidades indígenas, la autonomía de pueblos y barrios o el derecho al matrimonio civil igualitario, sin posibilidad de marcha atrás… y saltábamos al enojo por el constante bloqueo del PRI y el PAN ante el derecho a una renta básica universal o un régimen de prestaciones para los trabajadores no asalariados que en la ciudad aportan el 53% del PIB. Morena y el PRD tuvieron que ceder para lograr concluir a tiempo. ¿Por qué esos que tienen menos del 20% del voto ciudadano están decidiendo? Era una pregunta constante. Una cuya respuesta la dará la historia.

Fueron 236 horas de un férreo debate de cada aspecto de la ciudad: medio ambiente, salud, política, procuración de justicia, derechos básicos, organización del Congreso, planeación territorial, las nuevas alcaldías, todo… en 28 sesiones nos embriagamos de temas de la ciudad.

¿Por qué esos que tienen menos del 20% del voto ciudadano están decidiendo? Era una pregunta constante. Una cuya respuesta la dará la historia.

Quizá por esa misma intensidad, aquel 31 de enero en que Alejandro Encinas tocó la plateada campana con que daba arranque a cada sesión en el pleno para concluir y disolver los trabajos del Congreso Constituyente del siglo XXI —ahora formado por hombres y mujeres— fue emocionante para todos.

En la sala de prensa donde el grupo de reporteros que dimos seguimiento a este proceso formamos una hermandad profesional y personal, las hojas que tenían artículos y anotaciones volaron por los aires. Era un festejo colectivo al margen de los peros.

Sí, todos sabíamos que estar ahí cuando se pronunció «Habemus Constitución» es algo que pasará a la historia y que en las próximas décadas los que contamos los detalles seremos la fuente que tendrán las nuevas generaciones de enterarse de lo que pasó. Fue emocionante, aun cuando todos ahí conocemos los vicios del proceso y que esa Constitución no es el fiel retrato de la ciudad en que vivimos.

Vivimos en un momento en que en las calles se percibe desánimo, preocupación. Mientras era testigo de cómo se escribía la Constitución, en el mundo un dictador, misógino, racista y vecino nuestro llegaba al poder. El dirigente de mi nación no es sólo un mal negociador y una nula figura de autoridad, sino un personaje deslegitimado que sólo acentúa el desasosiego de un país que necesita unirse para sobrevivir.

Con ese panorama, ¿es válido pensar en refundar una ciudad como la Ciudad de México? ¿Se vale redactar un documento con el sueño de ver en 50 años un territorio donde la gente sea igual, donde no se discrimine a nadie, donde los ciudadanos estén empoderados y los dirigentes corruptos sean sancionados? ¿Se puede pensar en que las cosas cambian? A riesgo de ser tachada de utópica, creo firmemente que sí. No sé si una Constitución sea el inicio de esa transformación, pero es el testimonio escrito de la intención. Soñar no es la solución, pero es, estoy segura, la antesala para despertar y recobrar la sensación de que es un buen empujón para empezar.

Imagen de portada: Torre Latinoamericana by www.haaijk.nl. Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0].


Ruth Muñiz
Ruth Muñiz

Soy reportera. Inquieta y necia. Mexiquense de nacimiento y de corazón, pero capitalina por convicción. Profesionalmente me formé en la UNAM. He trabajado desde 2009 en distintos medios: Gente Sur, Reforma y Metro como corresponsal y ahora hago base en La Capital. También he colaborado en Animal Político. Mi interés profesional se centra en temas judiciales y de seguridad pública, migración, derechos humanos, nuevo sistema de justicia penal y, recientemente, me he vuelto curiosa de temas legislativos en la ciudad. Soy esa reportera a la que las fuentes culpan de hacer las preguntas “políticamente incorrectas”. Me encuentran en Twitter como @RootMuniz





Artículo Anterior

#AristeguiEnVivo: el periodismo por Internet se está escribiendo

Siguiente Artículo

La Dos Naciones, el último suspiro de un lugar donde se podía ser feliz





También te recomendamos


Más historias

#AristeguiEnVivo: el periodismo por Internet se está escribiendo

A casi dos años de la ruptura con MVS, Carmen Aristegui y su equipo volvieron con un programa en vivo que se transmite solo...

09 Feb, 2017