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Svetlana Alexiévich: la guerra es otra guerra en voz de las mujeres

16 Mar, 2017 Etiquetas: , ,

Svetlana Alexiévich escribe sobre la guerra. Sobre la gente en la guerra. Sobre los recuerdos. Así, las historias de la escritora y periodista bielorrusa, que obtuvo el Nobel de Literatura en 2015 y no ha estado libre de críticas, nos permiten repensar nuestro papel como periodistas en un panorama naturalizado por la violencia, apunta Yesenia Torres en este texto que nos aproxima a las voces sin ficción de Alexiévich.

TEXTO E ILUSTRACIONES: YESENIA TORRES

Recordar es, ante todo, un ejercicio creativo. Los recuerdos no son solo relatos apasionados que delatan una realidad desaparecida, también son líneas que, muchas veces, reescriben un exceso de algo, de nostalgia, de felicidad o de dolor. Svetlana Alexiévich se hizo experta en el tema. Aprendió a trabajar con la memoria ajena, a dar fuerza a las voces silentes y transformarlas en páginas seductoras de escenarios peligrosos.

Alexiévich, periodista apasionada por los recuerdos, por las grandes historias de personajes pequeños, profesora universitaria que, aunque siempre prestigiada, fue reconocida por el mundo entero cuando en 2015 la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura. Ella escribe sobre la guerra. Sobre la gente en la guerra. Su obra fue presentada «como un monumento al sufrimiento y al coraje de nuestro tiempo», y con ello se convirtió en la primera escritora de no ficción en recibir el máximo reconocimiento a las letras, premio que se entrega anualmente en cinco categorías y que lleva el apellido de Alfred Nobel, el hombre arrepentido de haber creado la dinamita.

El reconocimiento fue tema de debate: que merecía el premio y que no lo merecía. Que por qué la Academia había elegido a una periodista si había premios exclusivos para ese gremio. Que la elección para el Nobel de Literatura 2015 fue meramente por razones políticas. Cierto era que gran parte de sus obras no eran conocidas porque no habían sido traducidas, mucho menos en América; sin embargo, y pese a ello, en México, la escritora Elena Poniatowska definió como snobismo las críticas nacientes contra Alexiévich y escribió para La Jornada que dicho reconocimiento cambiaba por completo el valor del testimonio:

«El galardón ha sido criticado [mejor dicho “snobeado”] por tratarse de una periodista ajena a la llamada gran literatura. Svetlana denuncia, evidencia lacras y tragedias, incurre en la llamada no ficción y no altera los hechos. ¿Es menos acreedora al premio por documentar y denunciar las lacras de su país? Putin ni siquiera se dignó a felicitarla…».

Poniatowska no sólo defendió el papel o técnica de Alexiévich, similar a la que ella misma ocupa en La noche de Tlatelolco, sino también al periodismo narrativo como una forma absoluta y válida de literatura. También refirió que el oficio del cronista, periodista o reportero no solo se trata de transmitir o difundir, sino de escuchar. Tener oído atento, paciencia y el corazón bien puesto.  

Algunas críticas suscitadas en contra de Alexiévich fueron documentadas en la revista argentina Anfibia por el investigador y traductor literario Alejandro González, quien leyendo la prensa soviética pudo dar con algunas declaraciones de escritores de occidente. Uno de ellos es el escritor ruso Eduard Limónov, quien, según la investigación, había declarado que la galardonada sólo era un «ama de casa inofensiva» que había recibido el reconocimiento, y añadió su sentir hacia la Academia de la siguiente manera: «Si antes lo otorgaban por razones políticas, hoy se lo dan a todos sin distinción. ¿Recuerda un solo gran nombre en los últimos veinte años? Tomo ese premio como una orden en decadencia. Me recuerda más al concurso de Miss Universo». Una opinión más en el trabajo de González es la de Zajar Prilepin, también escritor ruso: «Eligieron la opción más absurda y lamentable: otorgar el premio a una buena periodista que se ha hecho famosa por sus entrevistas banales».

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Cuando el equipo de la Kaja me propuso leer La guerra no tiene rostro de mujer [Debate, 2015] me emocionó la idea de encontrarme con la polémica autora que a mi percepción era tan sensible como política. La obra fue publicada por primera vez en 1983, solo que esta reedición ofrece algunas anécdotas que la misma Alexiévich había decidido censurar en aquellos años, además de algunas que fueron censuradas por el gobierno de Mijaíl Gorbachov. Se trata de un centenar de testimonios de mujeres que fueron soldados, francotiradores o enfermeras que salieron a luchar durante la Segunda Guerra Mundial. Desde las entrañas, estas mujeres nos llevan al lamento, el coraje y la soledad.

La autora confía que en las mujeres, a diferencia de los hombres, la sangre tiene otro sabor y otro olor. Para Alexiévich la guerra es otra guerra en voz de las mujeres.

Sin embargo, La guerra no tiene rostro de mujer no solo es una historia de la Segunda Guerra Mundial contada por mujeres, ni se trata solamente de relatos feministas aborreciendo al homo sovieticus. La autora fue extremadamente cautelosa al registrar las historias de estas mujeres rusas, bielorrusas y ucranianas que combatieron con el Ejército Rojo, aquellas que fueron francotiradoras, oficiales y conductoras de tanques, los sinsabores de mujeres que tenían que matar o morir.

Svetlana inició este trabajo en 1978 y se publicó cinco años más tarde. En México terminó de imprimirse en 2015. Probablemente la mayoría de las mujeres que leemos en el libro ya no vivan hoy y quizá muchas murieron sin ver publicada su historia en papel.

Las mujeres de este libro hablan de violaciones, sangre, menstruación, tiros en la cabeza, masacre de animales. Sus anécdotas dejan ver que la victoria no es bella incluso cuando la batalla ha terminado. No solo se trata de un acontecimiento en el tiempo, se trata de su juventud y de la vida que llevaron después de participar en el acto. Como se puede ver en el relato de Lola Ajmétova, quien fue soldado tiradora:  

 ¿Me preguntas que qué es lo más espantoso de la guerra? Seguro que estás esperando que te diga… Ya  sé lo que estás esperando… Crees que te voy a responder: “Lo más espantoso de la guerra es la muerte”.

A qué sí. Cómo si no os conociera, a los periodistas… Vosotros y vuestros tópicos… ja,ja,ja…¿Por qué no te ríes?¿Eh?

Pues te voy a decir otra cosa… Para mí, lo más terrible de la guerra era tener que llevar calzones de hombre.

Como este, los relatos simulan ser una plática grupal: uno tras otro, en tercera persona y con la nula intervención de la autora, Alexiévich utilizó una técnica llamada «montaje documental» que aprendió de quien fue su maestro, Alés Adamóvich, y en pocas palabras se trata de crear una secuencia de monólogos para lograr una novela colectiva documental. Sin embargo, el libro también se trata de un monólogo con la autora misma. Ella relata que muchas veces no se trató de una entrevista, sino que fueron sesiones de días y meses. Sus testimonios querían hablar y alguien debía escucharlos.

Las mujeres describen la guerra como un asesinato y un duro trabajo. Matar es un ejercicio insoportable, las mujeres dan la vida y la llevan dentro por nueve meses, luego la cuidan. ¿Cómo explicar que después tenían que deshacerse de ella? Por lo que también se trató de una guerra interna que libró la autora: «Recorrí un largo camino junto a mis personajes. Como ellas, pasó mucho tiempo hasta que pude asumir que nuestra Victoria tenía dos caras: una es bella y la otra es espantosa, cubierta de cicatrices. Mirarla es doloroso.».

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Svetlana se hace llamar historiadora del alma. En Voces de Chernóbil [Debolsillo, 2015], libro publicado por primera vez en 1997 y posteriormente traducido a diferentes idiomas, utiliza la misma técnica polifónica pero esta vez como si se tratase de un reportaje extenso. Para la autora, las personas que fueron víctimas del accidente radiactivo ocurrido en 1986 sufrieron estragos parecidos a los de una guerra. Aquí la voz de Svetlana es más presente y esto se nota en el capítulo del libro llamado «Entrevista de la autora consigo misma», en el que expresa su conflicto interno al encontrarse con tantos recuerdos ajenos que se hicieron suyos. No es una tarea fácil llegar con una grabadora y lograr que alguien revele con profundidad su historia. Como el caso de Liudmila Ignatenko, quizá el relato más profundo:

Así es como vivo… Vivo a la vez en un mundo real y en otro irreal… Y no sé dónde estoy mejor…
Tengo de vecinos a todos los de la central; ocupamos aquí toda la calle. Así la llaman: la calle de Chernóbyl. Esta gente ha trabajado toda su vida en la central. Y hasta hoy van allí a hacer guardia. Allí ahora no vive nadie; en la central solo se hacen turnos de guardia.

Muchos sufren terribles enfermedades, son inválidos pero no dejan la central. Tienen miedo hasta de pensar que cerrarán la central. ¿A quién le harían falta como están en otro trabajo?

Muchos se mueren. De repente. Sobre la marcha. Va uno sobre la calle y de repente cae muerto. Se acuesta y ya no despierta. Le lleva unas flores a una enfermera y de pronto se le para el corazón. Esta gente se está muriendo pero nadie les ha preguntado la verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido… Lo que hemos visto… La gente no quiere oír hablar de la muerte. De los horrores…

Su historia va describiendo el horror de la tragedia y el coraje contra la ciencia y contra quienes ocasionaron el histórico accidente. Con esta historia la reportera deja ver que al paso del tiempo aún no somos capaces de vislumbrar o de percibir los niveles de horror que dejó tras de sí este hecho.  

las voces sin ficción de Svetlana Alexiévich son una invitación a repensar nuestro papel como periodistas en un panorama naturalizado por la violencia.

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Alexiévich sabe que no es la protagonista de sus historias y que lo fundamental en las tragedias son las voces de quienes la sufrieron. En La guerra no tiene rostro de mujer se lee en algunas ocasiones: «Ojalá alguien hiciera una película sobre mi vida o escribiera una novela sobre lo que nos pasó», y en este sentido sobran los datos duros y las cifras oficiales. El trabajo periodístico resguarda un compromiso, ya sea personal o social, y las voces sin ficción de Svetlana Alexiévich son una invitación a repensar nuestro papel como periodistas en un panorama naturalizado por la violencia.

Cuando en 2015, por las razones que fueran, se reconoció a la periodista como Nobel de Literatura, se abrió la puerta para recordar que el periodismo, «el mejor oficio del mundo» como Gabriel García Márquez solía llamarlo, se ha olvidado de principios básicos en su papel de informar en un panorama que parece cuestionar día a día: ¿Qué tanto de humano hay en los humanos?

Es cierto que el periodista no es un artista. También es cierto que García Márquez no recibió el Nobel por uno de sus trabajos periodísticos y que la ficción parece tener un valor meramente literario, mientras que el periodismo parece tener conciencia sobre una realidad muchas veces ignorada. Porque recordar es también un ejercicio olvidado. Escribe Alexiévich: «Es cierto que los recuerdos no son Historia y tampoco son Literatura, simplemente son la vida llena de polvo y sin el retoque limpiador de la mano artista».

 

Técnica de las imágenes: sharpie sobre papel.


Yesenia Torres
Yesenia Torres Torres

México, DF, 1992. Comunicóloga egresada de la UNAM. Periodista en proceso.





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