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¿Tecpan se quedará sin puentes?

05 Jun, 2014 Etiquetas: , ,

 ¿Cómo se vive un sismo en Tecpan de Galeana, Guerrero? Aquí cuatro momentos.

TEXTO: MARÍA TERESA PÉREZ CRUZ

Qué son los puentes colgantes sino los árboles jugando
con el vértigo.

William Ospina

I. La sacudida

Franco gritó desde la cocina:

—¿Sentiste, Tere?

—¿Qué?

—¡Que si sentiste! Tembló, fue muy rápido.

—No, no sentí. Me estaba bañando.

Envuelta en la toalla me dirigí a la recámara. Iba a vestirme cuando Franco volvió a gritar:

—¡Salte, Tere, salte! Está temblando de vuelta.

Tomé la toalla y me cubrí. Salí corriendo al patio, casi me caigo, la zarandeada estaba buena, mi cuerpo trastabillaba y mi estómago se encogía. Franco me sostuvo, me abrazó con fuerza pensando que enloquecería. Lo escuché rezar:

—¡Padre mío, no permitas que nos pase algo; Padre nuestro, apiádate de nosotros; para por favor, para!

El tiempo se nos hizo eterno. La casa crujía, las cuatro columnas que sostienen el tejaban del patio parecían juntarse. Escuchamos caer cosas de las habitaciones mientras duró el temblor. Rita, la perra de Franco, salió ladrando despavorida rumbo a la playa. Vi volar una sartén que fue a dar al patio, junto a nosotros. El tinaco de agua en la azotea se movía, amenazaba con venírsenos encima. Permanecimos abrazados hasta que la tierra dejó de moverse. El corazón de mi amigo se agitaba con fuerza, lo sentía latir junto a mi rostro que reposaba en su pecho mientras esperaba que la casa se viniera abajo. El movimiento fue tan fuerte que tuve la certeza que moriríamos aplastados. Estaba aturdida, no pude decir nada, sólo agarraba con fuerza la toalla que me envolvía.

Al término del temblor corrí a vestirme, al poco rato se sintió una réplica.

—¡Tere, por favor! ¿Qué putas haces ahí adentro? Sal, la casa se nos vendrá encima —gritó Franco, quien caminaba de un lado a otro con el rostro descompuesto.

—Por favor, Franco, cálmate. Me pones nerviosa. Si nos hemos de morir, ni modo, pero cállate. Eres un histérico. Harás que me encabrone y sabrás lo que es temblor de verdad.

—¡Por Dios, estuvo fuertísimo! ¿Qué más da si te mueres encuerada?

—Esperemos noticias, Franco. Si algo grave ocurrió, ya lo sabremos por la televisión.

Pero la luz se fue más de medio día, el Internet y toda la comunicación se perdió. No sabíamos nada. Cuánto duró, de qué magnitud fue, qué se derrumbó. Estábamos incomunicados. Sólo se escuchaba el mar. Las olas rompían con fuerza sobre la playa. Rita ladraba nerviosa, corría de un lado a otro. Sentí miedo ¿Y si nos sorprendía un tsunami, si el mar se embravecía y lo cubría todo? En Chile, después del último temblor hubo alerta de tsunami y esto podría ocurrir en México. Debíamos salir de ahí corriendo. A cuatro kilómetros a la redonda no existían más de 20 casas en ese poblado lejano de la cabecera municipal. No habría testigos que platicaran lo que fue Villa Dildea, nombre que mi amigo dio a su casa.

—Franco, vámonos de aquí. Nos va a tragar el mar. Vayamos a Tecpan —le insistí.

—¡Estás loca! Yo no me voy de mi casa. Debo comunicarme con Mateo, debe saber que estoy bien.

—Pero si no hay señal, ¿cómo le harás para comunicarte con él? —le repliqué.

—No debe tardar en regresar la luz y la red, ya verás —dijo esperanzado.

—¡Pero si habitualmente batallas con la red, tardas siglos en conectarte! Hoy con más razón. No seas necio, vámonos. Yo también quiero comunicarme con mis hermanos y sólo en Tecpan sabremos cómo están las cosas, allá nos informaremos.

—¿Con tus hermanos o con el heavy metalero ese que te pretende? Por eso me apuras; pero ese es tu problem, querida.

—No seas malo, vámonos —le insistí con cara mustia.

Franco no me contestó, quedó pensativo y después de un rato dijo que iríamos.

En la casa de Costa del Sol, el saldo fue un trastero vacío. Las copas, los vasos, platos y demás enseres cayeron al suelo haciéndose pedazos. Las tejas del tejaban se separaron, algunas se rompieron contra el piso; los muebles pequeños se voltearon; el tinaco de agua de la azotea se movió algunos centímetros de su base. En el baño, los artículos de higiene personal volaron hasta la puerta; dos azulejos se tronaron y las cuijas cantaban agitadas. La única víctima mortal fue un pequeño ratón al que le cayó encima una carretilla que lo dejó fracturado. Franco lo levantó tomándolo de la cola y lo arrojó a la calle donde sus ojos saltones miraban al cielo.

Rita ladraba, corría y jadeaba. La veía nerviosa y me ponía nerviosa. Casi de salida hacia Tecpan entró un mensaje a mi celular, era mi sobrino Manuel preguntando cómo estábamos. No pude contestarle porque la comunicación volvió a perderse. Salí al patio y a la calle buscando señal para responder, pero nada, sólo el pájaro carpintero, enemigo mortal de Franco, picoteaba con frenesí el poste de la luz lleno de hoyos que algún día se caerá. Su pico aporreando la madera parecía el sonido del telégrafo. Me hubiera gustado tomarlo como mensajero y enviar un telegrama a mi familia que seguro estaría preocupada por saber de mí, pero Franco lo espantó con su resortera. Nunca atinaba a pegarle, pero lo espantaba. Volví a insistir:

—Franco, no la hagas de emoción. No hay señal por ningún lado. Vámonos a Tecpan. Necesito saber cómo está el DF.

—Está bien, vayamos. Ahora la histérica eres tú. De paso veré al artista que presentará su obra en la biblioteca de Tecpan.

—¡Anda, ya ves! Tienes cosas que hacer allá ¿qué con que te quedes aquí?

Tomé mi bolsa, mis lentes oscuros y mi abanico. Afuera el sol caía sobre la arena,  brillaba y resplandecía lastimando mis pupilas, mi piel traspiraba copiosamente, un malestar me producía náusea. Apresuré a Rita para subir al cacharro que Franco tiene por transporte. Un vocho blanco, más bien amarillento y medio oxidado por los estragos de la humedad, la sal marina y el poco mantenimiento.

Me irritaba la lentitud con que mi amigo subía al carro, pero me callé, no quería que se arrepintiera y nos quedáramos en Costa del Sol. Por fin enfilamos hacia la carretera Zihuatanejo-Tecpan. En el camino de terracería no vimos nada extraño, sólo una empalizada y algunos mangos caídos; fuera de eso, todo era calma. Ya sobre la carretera, vimos venir gente vestida a la usanza romana y judía. Venían de escenificar el vía crucis; pero el nuestro empezaría a pocos kilómetros del puente Cuajilote. Se fracturó por el temblor y la Policía Federal sólo permitía el paso a carros chicos en tandas de treinta por carril, es decir, treinta de ida y treinta de regreso. Una larga fila de autos se formó como en peregrinación. Fueron dos horas y media de asfixiante espera para cruzar el puente. El sudor escurría por nuestros cuerpos, pero salir del vocho era peor con el  sol a plomo. La lengua se me pegaba al paladar, me ardían los ojos cuando las gotas de sudor que resbalaban de mi frente los penetraban. Por primera vez en mi vida me concentré para no desesperarme. Caminar ¡Ni loca! Terminaría insolada y desmayada.

—Señito, tengo cocas y aguas frías para la sed  — dijo un hombre que asomó su cara por la ventanilla del vocho. Siempre me he preguntado si los comerciantes son magos, aparecen productos donde se les necesita.

—¿A cómo das las aguas de medio? —le respondí.

—A quince pesos, señito.

—¿Qué? ¡Pero si son a ocho en la tienda!

—Sí, pero aquí se va a tardar un buen rato, el calor arrecia y no hay tiendas cerca.  Allá usted si no compra, se arrepentirá cuando tenga sed. Mire, están bien frías, las traigo con harto hielo; además la gasolina ha subido y la moto no anda sin ella.

—¡Eres muy abusivo! Te aprovechas de la situación —le dije molesta.

—Señito, ¿si no es ora, cuándo? No siempre se rompe el puente.

Indignada por la respuesta me negué a comprar el agua, pero Franco le compró una para la Rita que jadeaba insistente por la sed. Mi amigo se sonreía y me miraba de reojo. Le sorprendía que no hubiese comprado el agua y me ofreció un trago. Me negué a tomarlo. Esperaría a llegar a Tecpan. No le daría gusto al vendedor ni a él tampoco; además me evitaría buscar  donde orinar más tarde. Después de todo, no beber agua en ese momento sería mejor para mí, pues apenas tomaba líquidos y quería ir al baño.

Cuando logramos pasar el puente eran las 5:00 de la tarde, mi estómago gruñía, tenía hambre. Le pedí a Franco que buscáramos dónde comer, pero a él lo que le preocupaba era escribirle a Mateo, su pareja sentimental que estaba en las Islas Canarias. Lo dejé en el cuarto que rentaba como estudio y me fui volando al Oxxo. Compré una Coca y un sándwich, más tarde iríamos con un amiguito de él a la Feria de Tecpan. Todo estaba en calma y los tecpanecos no se perderían el baile con la Arrolladora Banda Limón, ni los chistes renovados de El Costeño, ni las curvas de Maribel Guardia contoneándose a ritmo de banda. Mucho menos de las cervezas y tragos bien fríos, el jaripeo y el relajo.

II. La celebración

Pudimos comunicarnos y saber que todo estaba bien. El DF no sucumbió al movimiento telúrico y las vacaciones seguían su curso. Las calles de Tecpan lucían adornos de color morado y blanco. Cadenas de papel crepé, globos, moños y otros adornos pendían de las puertas, ventanas y portales de las casas; mesas sobre las banquetas con cuadros que representaban las estaciones del viacrucis; gente abanicando el calor y meciéndose en la hamaca o la mecedora. Los chiquillos jugaban sobre el pavimento que parecía encharcado por el resplandor del sol; los jóvenes enfilaban sus pasos hacia la Expo-feria Tecpan 2014. Todo un acontecimiento en aquel pueblo globero, como decía mi abuelo Pablo a los lugares donde no pasaba nada. Vestían pantalón de mezclilla, botas vaqueras, camisa a cuadros y sombrero tejano. A pesar del temblor todo ocupó su sitio de nuevo y la celebración continuó.

Nos bañamos de a jicarazo, en el estudio no había regadera y mucho menos agua caliente, así que un bote de 20 litros era suficiente para quitarnos la sal. Más salado no podía haber estado el día. Bañaditos y perfumados subimos al vocho y junto con el galancito en turno y un “primo” del galán nos dirigimos a la Expo -feria. Cuando llegamos la gente se carcajeaba con los chistes y esqueches de El Costeño, aplaudían a cada insulto que éste propinaba a los machos o fodongas tecpanecas.

Le pedí a Franco que buscáramos comida, los sobresaltos del día me dieron hambre y no lograba controlarla. Después de cenar unos taquitos de cecina y barbacoa, nos fuimos a la zona de bares a tomarnos unas chelitas bien frías con su sal y su limón. Ahí nos encontramos con gente conocida, el ambiente y la charla mejoraron. Más tarde sugirieron que fuéramos al bar gay que se encontraba frente al nuestro: una bandera del arcoíris colgaba en la entrada, era el mejor iluminado y el único decorado. Pinturas y fotografías cubrían sus paredes hechas de tablones, veladoras rojas al centro de sus mesas iluminaban el espacio. Hombres y mujeres bailaban a ritmo de banda; cuerpo a cuerpo; cachete con cachete y en algunos casos bigote con bigote; otros preferían salsa o de plano “La vida loca” en voz de Ricky Martín. Las carcajadas de los presentes se escuchaban a pesar del ruido de la feria que anunciaba los costos de los juegos mecánicos, del merolico que invitaba a ver a Linda, la niña tortuga:

—Pasen, pasen a ver a Linda, la niña que se convirtió en tortuga por desobedecer a sus papás. Sólo veinte pesitos, pasen a verla, ella les platicará.

También gritaba el del castillo del terror y el del toro mecánico, uno de los juegos más socorridos. Larga fila de intrépidos jinetes esperaban turno para domar al toro y recibir un muñeco de yeso o de peluche como premio o estrellar sus cuerpos sobre el inflable que los recibía cuando eran lanzados por el aire.

Junto al rodeo, donde flotaba en el aire un olor a estiércol, dos grandes escenarios con luces de colores y enormes bocinas darían cuenta, a partir de las 23 horas, de las canciones de la Arrolladora Banda Limón que alternaría con grupos de la localidad. Los jóvenes que nos acompañaban se formaron para entrar al baile, el resto nos quedamos cheleando y platicando hasta la una de la mañana, hora en que mis ojos exigían dormir. Franco optó por dejar a los morros en el baile y hacerme segunda para retirarnos.

En su estudio nos repartimos los lugares, él se quedó en una tabla improvisada como cama, Rita bajo el escritorio y yo en la hamaca. Dormí como bendita hasta que el galancito de Franco nos despertó. Venía cuete y pedía posada, pues si llegaba borracho a su casa, su abuela lo pondría zumbo. Era menor de edad el dichoso Peluche de Franco y la abuela se encargaba de cuidarlo. Sus padres eran divorciados y lo pelaban poco. Pasado el escándalo los cuatro dormimos hasta las 9 de la mañana. El sol se filtraba por las rendijas de la cortina de palma que cubría la ventana, los gallos cantaban, y las señoras que vendían bolillos rellenos nos despertaron con sus pregones.

—Lleve sus bolillos, los hay rellenos de carne, de jamón o de queso. Llévelos calientitos, llévelooos.

La vecina chismosa merodeaba cerca de la escalera dizque regando las plantas, lo cierto es que esperaba poder ver algo a través de la rendija de la puerta, pero la Rita la descubrió y le ladró, ahuyentándola.

III. La biblioteca

Ya era sábado de gloria, Franco debía ir a la biblioteca a impartir un taller de animación a la lectura para niños de entre 8 y doce años de edad. Me apresuró a bañarme para salir a desayunar al mercado. Me pidió que lo ayudara a dar el taller. Le dije que sí y nos fuimos.

Llegamos a la Biblioteca Pública de Tecpan de Galeana, fundada por el Club Tecpan, un grupo de gente entusiasta que en 1975 consiguió el local y los primeros libros de lo que hoy parece un cementerio. Libros llenos de polvo, rotos, mal acomodados y sin utilizar. El edificio es bonito y amplio, con grandes ventanales por donde penetran el polvo y la luz solar, enemigos mortales del papel. Don Federico, un septuagenario hombre pagado por el estado para atender la biblioteca, sólo atina a abrirlo por si se ofrece algo, después toma su periódico El Sol de Guerrero y comienza a hojearlo. Los catálogos lucen oxidados, los estantes llenos con libros sin orden, sin clasificación la mayoría, revueltos. Los de literatura con los de texto gratuito, con los de matemáticas o con la revista Vuelta, donde Octavio Paz y Enrique  Krauze callan, donde una antología de Alfonsina Storni sucumbe al calor desojándose por la resequedad. La abro al azar y leo:

Monotonía

¿Cómo decir este deseo del alma?

Un deseo divino me devora,

pretendo hablar, pero se rompe y llora

esto que llevo dentro y no se calma.

Un manual del bibliotecario, editado por la Dirección General de Bibliotecas del Conaculta, parece no tener sentido, porque al bibliotecario del Club Tecpan sólo le interesa que salgamos para poder cerrar e irse a comer. Dos computadoras de quién sabe qué generación se encuentran tapadas con dos manteles bordados en puntos de cruz descoloridos por el sol. Los alumnos del taller no llegaron, sólo el artista de 20 años de edad, que dibuja y pinta bonitos cuadros y que no pudo venderlos en la Expo; aspira a embellecer con ellos, por unos días, la biblioteca. Llegó para que Franco le ayudara a enmarcarlos. Se pusieron a elaborar los marcos con cajas de cartón, cubriéndolos con papel América negro para darles vista.

Pedí a don Federico una franela para sacudir la mesa donde trabajarían. Una gruesa capa de fino polvo la cubría. Mientras enmarcaban, subí a la segunda planta del edificio. Ahí encontré libros tirados en el suelo, llenos de hongos y cubiertos de hojarasca que entraba por la ventana, estantes oxidados, cajas de cartón que presumiblemente contenían papelería para etiquetar los libros; probablemente fichas catalográficas para alimentar los catálogos de autor, título y materia. La parte trasera de la biblioteca albergaba huacales con jitomates, cebollas, papas y chiles jalapeños que los comerciantes del mercado guardaban ahí. ¡Uff! Me dieron ganas de llorar y bajé para apresurar a Franco. Una vez más tenía hambre y sed. Me sentía tan empolvada como los libros del Club Tecpan.

Salimos de la Biblioteca, subimos al vocho y nos dirigimos hacia Costa del Sol. Debía recoger mi maleta, bañarme, poner todo en orden. Salía el domingo a las 10 de la mañana rumbo al Defectuoso.

Para prevenir un atorón con el puente fracturado, nos quedaríamos en Tecpan. Después de bañarnos y comer salimos de Costa del Sol rumbo a la cabecera municipal. Todo parecía que tendría un final feliz, pero después de que nos impidieron cruzar el puente y nos hicieron bajar por una improvisada rampa que el ayuntamiento hizo para desviar el tráfico, la mala suerte nos alcanzó. Las velocidades no quisieron entrar, el vocho nos tiró en la carretera, muy cerca de Tecpan. Ayudé a Franco a orillar el vocho en la cuneta, pedí apoyo al chofer de una camioneta de redilas, pues Franco y yo no éramos fuerza suficiente para mover el carro; también le pedimos raid y accedió.

—Para eso estamos señito, pa ayudarnos ¡qué, pue! –me dijo aquel joven moreno que viajaba con su esposa y un bebé.

—Gracias, es usted muy amable, se ha ganado la gloria  —le dije, zalamera.

Monté mi mochila en la parte trasera de la camioneta, las herramientas del vocho y una bolsa que Franco llevaba con ropa; después subí yo. Mi amigo me miraba con cara de estúpido. Le tendí la mano para ayudarlo a subir. No le quedó más remedio que agarrarse a veinte uñas de las redilas y viajar conmigo. Una vez que la camioneta arrancó se percató que de mi mano derecha escurría sangre.

—¡Hijo de puta! Te cortaste ¿con qué fue! —dijo asombrado.

—¡Uch, Franquito! No lo sé. No me dolió. Si no es por la sangre ni cuenta me doy.

—¡Pinche día, sólo falta que la Rita nos orine! Ahora que lleguemos te curo.

—Sí, Franquito. Lavamos la herida y con un poco de limón que apliquemos cicatrizará pronto. No te preocupes.

Llegamos a su estudio, preparó café y compró pan. Cenamos. Platicamos sobre las peripecias del día, sobre nuestras viejas amistades y sobre el viaje que haría a Alemania para visitar a Mateo. Hace 24 años que nos conocimos en la Biblioteca de México. Él se fue tras el amor de un polaco. Vivió en Berlín siete años y regresó para instalarse en Tecpan. Su sueño, una casa a la orilla del mar, “alejado del bullicio y de la falsa sociedad”. Mientras el Polaco lo mantenga, aquella aventura le parece buena. Hace promotoría cultural en la Costa Grande, con cero pesos y pocos seguidores que de vez en cuando lo ayudan con gastos. Todo por amor al arte y porque a algo debe dedicar su vida.

Estábamos muy quitados de la pena cuando de nuevo se puso histérico:

—¡Puta madre! Dejé las llaves del carro pegadas al switch —vociferó.

—¿Qué te apura? Tu carro está más viejo que la bacinica de mi abuelo y no arranca. ¿Quién se lo va a llevar? Te harían un favor si lo desaparecieran.

—No me hace gracia tu comentario, pero tienes razón. Mañana voy por ellas. Vamos a dormir, por hoy es suficiente —contestó, resignado.

Sonó el despertador a las 6:30 de la mañana, froté mis ojos hasta que pude enfocar y ver con claridad. Me levanté temprano para bañarme y preparar la retirada. El Tres Estrellas de Oro salía con destino a la terminal Tasqueña en el DF a las 10 de la mañana. Lo que menos quería era perderlo. Franco se levantó y propuso que desayunáramos en un puesto que está junto a la iglesia. Según él, ahí hacían buenos tacos de cecina y vendían buen café. No era cierto, la carne parecía de hule y el café de olla estaba muy aguado y sin sabor.

10 am en punto, el Tres Estrellas se estacionó junto a la iglesia. Un empleado acomodó las maletas en la cajuela y los pasajeros abordamos el autobús. Abracé a Franco y lo besé en la mejilla. En el camión, un aire fresco invadió el ambiente y el chofer nos pidió que tomáramos una botella de agua. Me acomodé en el asiento número treinta y dos que sumando los dos dígitos dan 5, mi número de la suerte según la numerología de mi nombre. Me tocó ventanilla y televisión. Agité la mano en señal de despedida y lancé un beso a Franco, quien suspiró aliviado.

El Tres Estrellas tomó carretera. Me chuté dos películas antes de que el tráfico en La Pera, en el estado de Morelos, nos detuviera. Una larga fila de autos amenazaba con desquiciar a los paseantes. Me dispuse a dormir. Como no tenía compañero de viaje, me recosté en los dos asientos colocando mi cabeza en la codera. Recordé un fragmento de Cansancio, otro poema de Alfonsina Storni:

Todos, todos tenemos una hora cobarde,

Una hora de hastío cuando muere la tarde.

Morfeo me envolvió en sus brazos hasta que el chofer anunció que habíamos llegado.

IV. Continúa el baile

Era mediodía, me encontraba en la Biblioteca Alejandro Aura del Faro de Oriente, conversaba con mis compañeras sobre las acciones que debíamos emprender para continuar con nuestra labor de fomento a la lectura. La visión de la Biblioteca de Tecpan me perseguía desde aquel Sábado de Gloria que la visité. No podíamos dejar que el polvo invadiera nuestra biblioteca y nuestra imaginación. Sabemos, como José Emilio Pacheco, que “un mundo sin lectura es un orbe en el que el otro sólo puede aparecer como enemigo. No sé quién es, qué piensa, cuáles son sus razones. Sobre todo, no tengo palabras para dialogar con él. Por tanto sólo puedo percibirlo como una amenaza”. Pero otra amenaza estaba sobre nosotros. La alarma sísmica se escuchó en la radio y en todo el Faro era un sonido intermitente que indicaba que debíamos evacuar el edificio.

Me coloqué el chaleco anaranjado fosforescente que me identificaba como brigadista e invité a los usuarios a salir. Mi corazón se agitaba, pero debía conservar la calma y cumplir con el cometido de trasladar a la gente al punto de encuentro. Pasaron quince minutos, cuando la brigada de comunicación del Faro nos informó que todo estaba bien y que podíamos ingresar al edificio. Pasado el susto nos incorporamos a nuestras actividades. Una sensación de vacío invadía mi estómago, sentí hambre y sed. Recordé al hombre que vendía las botellas de agua en Tecpan, supuse que estaría haciendo su agosto.

“El sismo ocurrido ayer al mediodía, de 6.6 grados en la escala de Richter y con epicentro 28 kilómetros al suroeste de Tecpan de Galeana, Guerrero, se percibió desde Oaxaca hasta Jalisco y Veracruz y provocó la caída de dos placas del puente El Cuajilote, en dicho municipio de la Costa Grande, lo que interrumpió la circulación en la carretera federal Acapulco-Zihuatanejo”. Leí en el periódico La Jornada del 9 de mayo.

—¡En la madre! Por fin se cayó el puente —exclamé.

Corrí a la computadora, le escribí por Facebook a Franco, quien en ese momento se encontraba en Berlín con Mateo, que a su regreso encontraría cambios en su municipio: el puente fracturado el Viernes Santo por fin había colapsado.

Pero el baile continúa. La madrugada de este 10 de mayo un nuevo sismo nos agarró durmiendo. “El temblor se registró a las 2:36 hora local con epicentro a 38 kilómetros al suroeste de la localidad de Tecpan, en el estado sureño de Guerrero, muy cerca de la costa del Pacífico, informó el Servicio Sismológico Nacional”. De pacífico no tiene nada y al paso que vamos Tecpan se quedará sin puentes —pensé, desconsolada.

 

Nezahualcóyotl, México, a 10 de mayo de 2014

Imagen de portada: el puente de karimov by the apocalypse according to...-Flickr-(CC BY-NC-ND 2.0).


María Teresa Pérez Cruz
María Teresa Pérez Cruz
Estudió la licenciatura en Bibliotecología en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y el Postgrado Virtual en Educación Artística Cultura y Ciudadanía en el Centro de Altos Estudios Universitarios de la Organización de Estados Iberoamericanos. Trabajó en la Biblioteca de México “José Vasconcelos”, donde fue Jefa del Departamento de Servicios al Público y en la Asesoría de Comunicación Social del PRONASOL como coordinadora de la videoteca. Actualmente es responsable de la Biblioteca Alejandro Aura del Faro de Oriente. Ganó el Premio al Fomento a la Lectura México Lee 2011, convocado por el CONACULTA, y en 2010, la mención honorífica en el mismo concurso. Ha publicado: Biblioteca Alejandro Aura, contagiando emociones [Dirección General de Publicaciones del Conaculta, 2012] y  El cuerpo que se niega a ser, antología sobre trastornos alimenticios  [DEMAC, 2014]. 




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