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Terapia narrativa: un paliativo para la desolación

02 Ene, 2014 Etiquetas: , ,

Yolanda es escritora, su vida pasaba en talleres académicos hasta que conoció la terapia narrativa. Ahora, encabeza un proyecto dentro del sistema de salud mexicano en el que los pacientes mentales tienen una oportunidad de expresarse.

TEXTO: XOCHIKETZALLI ROSAS / FOTOS: ANGÉLICA ALPE

Mira la hoja frente a ella y sonríe; dos hoyuelos se dibujan a un costado de sus comisuras. Extiende los brazos en la mesa, rodeando aquel lienzo blanco; deja al descubierto las cicatrices en forma de equis que resaltan en sus antebrazos. Ella, la otra ―quien la lastimó―, no está. Y escucha por vez primera aquella voz femenina que la invita a contar y a escribir cómo se siente, mientras el movimiento de su pierna derecha se intensifica: el talón en el aire y la punta del pie tocando velozmente el suelo frío, provocando el temblor de toda la extremidad. Andrea se siente emocionada porque su más profundo deseo se hará realidad.

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Yolanda deja la bata blanca que nunca usará en el perchero del consultorio psiquiátrico que no tiene. También abandona la tristeza, la ira y los malestares que se le han incrustado en el alma por su reciente estado de salud. Y usa, para ir al taller de escritura que imparte en el pabellón psiquiátrico Emil Kraepelin del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía Manuel Velasco Suárez (INNN), un saco de piel roja que brilla y suena con cada uno de sus movimientos y la hace lucir fresca y jovial.

Se dibuja una sonrisa imperturbable y afina el oído. Y carga, como tesoro, con los escritos que semana a semana le han obsequiado después de la sesión de dos horas.

Ellos no son sus pacientes y ella no es psicóloga ni psiquiatra. Yolanda de la Torre es escritora, pero desde hace más de dos años ha ocupado el rol de terapeuta en el espacio que aquel pabellón ha destinado para la terapia ocupacional de los pacientes, que por su condición psíquico-emocional requieren de hospitalización y medicamento, y en el que ella ha explotado los umbrales que se generan entre el encierro del internamiento y la libertad de la calle −en la figura que se forma entre el padecimiento y la salud−, y el de la mente como aquel sitio donde se mezclan los acontecimientos de la vida.

Como cada semana, Yolanda se dirige al encuentro con los pacientes psiquiátricos, a quienes a través de la escritura les ha regalado un paliativo para la desolación de la reclusión, y que, sin ser conscientes, le han dado un enorme sentido a su vida.

La fortaleza de los elefantes

En el pabellón Emil Kraepelin el viento frío no hace ruido. Este martes apenas es audible el correr de las ruedas metálicas que transportan el suero o los medicamentos de aplicación intravenosa. Sin embargo, un estruendo rompe con el silencio: la ligera descarga eléctrica que retumba cada vez que la puerta principal es liberada para que alguien externo ingrese o salga.

El momento distrae a algunos de los pacientes uniformados de azul, que de inmediato miran a los externos por largos instantes, escudriñándolos para después desviar la mirada y permanecer inmóviles, atravesados por los destellos de la incandescencia que proviene del tragaluz central que les proporciona la única iluminación natural en el pabellón; esa que cae como cascada sobre el pequeño espacio con plantas y se extiende disimulada hacia los cubículos con camas.

Una vez dentro del pabellón, Yolanda baja un poco sus anteojos, da un vistazo a la redonda y cuenta velozmente qué tantas personas hay en el espacio que sirve como patio, un par de metros frente a la estación de enfermeras. “Hay pocos hoy en condiciones de tomar el taller”, dice en voz baja como preámbulo a la afirmación que lanzara la enfermera. Ya ella lo había vaticinado en una charla previa: era una población distinta cada sesión ―raramente había estado dos veces seguidas con los mismos pacientes―, además de que quienes asistían al taller, la mayoría de las ocasiones, estaban narcotizados.

“Cuando llegas al taller, debes tener la conciencia de que todos los pacientes están sedados para controlarlos y poder atenderlos; pero sobre todo, tener conciencia de que han sido estigmatizados por la sociedad, por su propia familia como por el medio psiquiátrico, quizá no los han visitado, y ellos tienen la conciencia de que están separados del mundo y que tienen una enfermedad”, relató la también profesora de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem).

Sólo tres pacientes serán los que asistan al taller en este día. Entre ellos, Andrea, la única mujer visible entre los que no están en sus camas; ella sobresale por su estatura, complexión robusta y por los mechones rojos que se esconden entre su cabello caoba; sus movimientos son lentos como el parpadeo de sus ojos. Gustavo, en cambio, un muchacho bastante entusiasta y que no deja de sonreír, se mueve todo el tiempo y emocionado cuenta que está a la espera de la llegada de algún familiar porque tiene siete días que fue dado de alta pero sus padres no han ido por él. Y Josué, quien se encuentra a unos metros de distancia de Andrea y Gustavo, con los ojos cerrados y recostado en el sillón plegable luce sin fuerza, quizá por su extrema delgadez, pero no se inmuta con la presencia de los extraños que pasan a  su costado.

La enfermera conduce a Yolanda y a su asistente, Gabriela Espinosa, por el pasillo derecho del pabellón hasta el salón donde se realizará el taller. Este día no se podrá en un pequeño espacio anexo al patio que cuenta con iluminación natural, sitio que Yolanda prefiere porque ―aunque en algún momento presencian el traslado de pacientes al cuarto de electrochoques― quiere eliminar la sensación de encierro a través de la luz.

Ella, principalmente, es la que ha aprendido a adaptarse a la dinámica del lugar, a la escena en que ve entrar en aquella habitación a los pacientes exaltados y, tras unos minutos, salir dóciles y adormecidos. Soportarlo le costó una serie de nocauts.

Terapia narrativa

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En las hojas por favor escriban la fecha –y silabea lentamente el día, mes y año− y su nombre. Les platico lo que hacemos con estos textos; normalmente les pido que nos los quedemos nosotras, pero si no quieren, no nos los llevamos, pero lo que sí van a tener que hacer es leerlos, ¿va? Andrea, Josué, Gustavo, ¿qué quisieran sentir?

−Yo quisiera sentir… los impactos de la vida –dice pausadamente Josué, como deletreando cada frase.

−¿Cuáles son esos impactos de la vida?

−El impacto de… tener una madre… de sentir amor por los demás… de expresarlo… −contesta Josué con la mirada perdida en la hoja blanca frente a él; con el cuello doblado, siempre hacia abajo. La escritora sigue interrogándolo; las respuestas siempre son pausadas y sin dirigirle la mirada, por más que ella busca el rostro del joven de 21 años.

Yolanda entiende y no presiona. Nunca les pregunta la razón por la que están ahí y cómo han sido diagnosticados. A ella le interesa cuánto tiempo tienen internados, cómo se han sentido y que escriban sobre eso.

Al oír la dinámica, Gustavo de inmediato solicita una hoja y un lápiz. Apresurado comienza a escribir sobre el lienzo blanco, manifestando ante cualquier cuestionamiento que él se encuentra muy bien: “ya fui dado de alta, sólo que mis papás no han venido. Yo sé que es porque algo se les atoró… y van a venir”, pronunciaba continuamente sin borrar la sonrisa que se tatuó en el rostro. Por eso, se abstrae del diálogo de sus compañeros con la escritora. Rodea su hoja con el brazo izquierdo, cubriéndola de la mirada de Josué o de alguien, cerciorándose con el movimiento de los ojos que nadie más quiere husmear en lo que escribe. Y el lápiz se desliza con velocidad, sin pausas, mientras Yolanda continúa la charla.

−Y tú, ¿cómo te gustaría sentirte, que querrías para ti? −se dirige a Andrea.

−Quiero recuperarme… ―dice casi sin mover los labios, como si no quisiera que su voz rebasara el borde de su boca― porque ahorita tengo muchos problemas… −y baja aún más la voz.

−¿Tienes frío? −le pregunta Yolanda al mirar el movimiento de la pierna de Andrea; y dirige la vista a los ojos de la joven de 18 años para empezar a acariciarle la espalda, sin que ésta ponga resistencia o evite el gesto.

−No… Es que así me muevo hasta cuando estoy durmiendo… −dice Andrea con un tono de voz cada vez más audible.

−Ese es un movimiento como para arrullarse, para calmarse… −completa las oraciones Yolanda.

−¡Sí! Es que yo estoy muy emocionada porque quiero ser escritora −sube la voz Andrea y el diminuto lunar arriba del labio parece bailar con el movimiento de su sonrisa.

−¡Cuéntanos! ¡Cuéntanos!

−Yo quiero ser escritora desde hace como dos años… Ahorita estoy estudiando Arte en la UAEM de Morelos. Estoy muy emocionada porque quiero ser escritora y ustedes son escritoras −responde mirando de frente a Yolanda.

−¿Y qué te gustaría escribir?

−A mí me gustan las novelas… como de policiaca y de ciencia ficción.

Yolanda se emociona y expresa que Andrea será la próxima detective Marlowe, y comienza a hablarle de Agatha Christie; le dice que fue una famosa escritora de novela de misterio. Andrea escucha atenta. Su parpadeo se resiste a la lentitud.

−¿Por qué decidiste estudiar Arte?

−Porque me gusta. Yo pinto, dibujo; y como ahí también llevaban composición, literatura, escritura y lectura, por eso me metí, porque dije: igual aprendo a hacer otras cosas como Diseño Gráfico.

−¿Sobre qué te gustaría escribir: cuento, poesía o sólo novelas de misterio? −indaga Yolanda.

−Me gustan más las novelas… los cuentos, sí he llegado a escribir, pero no se me dan.

Andrea sonríe y sus ojos resplandecen en un tono aceitunado bajo el destello de luz que se cuela entre los escombros de aquella habitación con sillas, que luce como un salón de clases que fue empleado como bodega.

−¡Escriban! −lanza Yolanda−. Sobre lo que quieren en este momento. Uno de los proyectos que estamos haciendo es reunir los textos de lo que ustedes escriban para un libro. ¿Te gustaría que lo que escribas hoy se integre en ese libro? −pregunta Yolanda a Andrea.

La joven no ha dejado de sonreír, asiente con la cabeza.

−Pero, ¿Como qué escribo? −pregunta Andrea con un temblor en la voz.

−‘Ahi’ te va, “yo quiero para mí”… y una lista. Por ejemplo, yo siempre quise un elefantito.

−¿Un elefantito? ¿De verdad o de peluche? −inquiere Gabriela a Yolanda. Gabriela ha terminado de repartir las hojas y los lápices. Ella conoció a Yolanda en la Sogem, era su profesora, hasta que la invitó a participar en los talleres.

−¡Sí! Uno de verdad −asevera Yolanda−. Bueno, sería un elefantazo… ―todos sonríen con estruendo ante la sentencia.

−Yo también −la interrumpe Andrea y abre por completo los ojos.

−¿Ah, sí? ¡Cuéntanos!

−Yo quiero uno. Tengo muchos elefantes de peluche.

−¿Por qué te gustan mucho los elefantes?

−Porque siento que son como yo. Son grandotes y fuertes, pero al mismo tiempo son tímidos.

Terapia narrativa

‘Lo que narras de ti es lo que eres’

No recuerda la fecha exacta, pero sabe que han pasado más de dos años desde aquella propuesta que le cambió la vida. Yolanda pasaba sus días entre el periodismo cultural que ejerció durante varios años, sus clases para el INBA y para la Sogem, y los talleres de creación literaria con grupos de adolescentes de 16 años, cuando el psiquiatra y jefe de la Unidad de Neuropsiquiatría del INNN, Jesús Ramírez-Bermúdez, le pidió su ayuda para armar una serie de talleres de escritura que les fueran impartidos a los pacientes psiquiátricos recluidos en el instituto, a quienes una vez a la semana les programaban actividades de la terapia ocupacional.

“Yo que soy escritora ―te soy muy honesta― lo primero que pensé fue: ‘¡maravilloso! Es un lugar donde voy a obtener muchas historias’. Y me aventé, porque él me comentaba que uno de los problemas con la gente que hace voluntariado es que a los psiquiátricos les da miedo, y a mí no me daba miedo y mi experiencia en los talleres de escritura me hizo darme cuenta que podía sumarme a un mundo interior a través de la creación literaria, porque tarde o temprano, por más distante que quieras permanecer, se incluyen tus vivencias, tus prejuicios, tus emociones, tu psique y pones en juego una serie de herramientas escriturales ya sea para mostrarte o para ocultarte y eso me resultó fabuloso”, contó la también periodista.

Cuando Yolanda llegó a su primera sesión no tenía una estrategia hecha ni un instrumento terapéutico para trabajar, no sabía cómo iba a hacerlo. Pero sólo tuvo una petición: no quería un auditorio donde hubiera un escritorio que la separara de los pacientes; se mostró contundente y solicitó un espacio donde pudieran trabajar todos sentados en círculos y con suficiente luz. El único sitio así fue a un costado de la sala de electrochoques.

Y vino el primer nocaut.

Vagando en los recuerdos, Yolanda dibuja con su voz la figura de la mujer que por la esquizofrenia añoraba al esposo e hijos que no tenía. El lamento en el que se convirtió su escritura. Las sesiones de descargas eléctricas que no amainaban las alucinaciones. La fuerza con la que la vio partir de aquel pabellón con la certeza de que la volvería a ver.

Vivir continuamente ese tipo de experiencias le concedió la empatía para encontrar la manera de insertarse, de no separarse de ellos y de no ponerse en una situación de autoridad. Volver horizontal la relación y explicarles desde un principio que ella no era terapeuta ni psiquiatra.

Estoy aquí porque me gusta escribir y hacerlos escribir.

Así sus sesiones en el pabellón Emil Kraepelin han sido, desde los inicios, como la de cualquier taller literario. Primero les plantea una idea sobre la cual escribir, generalmente partiendo de la experiencia personal, después les pide que lean su texto en voz alta y que se retroalimenten entre ellos. Su táctica fue la exploración para saber qué más se podía implementar.

La sed que ella vio en las personas por compartir su vida a través de la escritura la impulsó para implementar ejercicios centrados en la idea de un pintor que ella conocía y que cuenta su vida a partir de la construcción “me acuerdo…”, pero en un “pasado positivo”: “Cuéntame tus mejores recuerdos, porque estoy trabajando con personas en depresión ―normalmente estoy yo sola sin enfermeras o custodio―. Y si se pone mal uno, se sigue. Tienes que aprender a contenerlos y generalmente vuelvo a empezar cada clase”.

La premisa fue fundamental: si las personas se van a aferrar a algo que sea bueno, “el objetivo es sacarlos de la vivencia de dolor y de victimización que implica hablar de su dolor”. La táctica, explica la narradora, es el reforzamiento en el que el pasado se vuelve una herramienta para enfrentar el presente. Así, los ejercicios posteriores se centraron en el presente, a partir de una pregunta simple para poner a los pacientes a reflexionar, sacarlos del estado de víctima y anclarlos en algo positivo que los hiciera vivir.

Los siguientes ejercicios los proyectó al futuro: qué quiero, qué quiero hacer, obtener; los ejercicios más complicados, porque la misma Yolanda manifestó con el rostro desencajado la dolencia de saber cómo expresarles que tuvieran esperanza.

Fue entonces que el taller de escritura de Yolanda de la Torre se gestó en los momentos terapéuticos de la triada de la psicología: pasado, presente y futuro. “Lo que narras de ti es lo que eres, de quien crees que eres y como te concibes”, expresó contundente.

Así, descubrió la necesidad urgente de los pacientes por el comentario tras la lectura de sus escritos; que se convertiría en la regla inquebrantable.

“El paciente tiene mucho conocimiento sobre sí mismo y si no te sientas a escucharlo te estás perdiendo la parte más valiosa de su historia”. Por eso, sostiene que en la medida en que ella fue capaz de reforzar el ánimo, los otros hacían lo mismo, se generaba una especie de contagio. La sensación de intimidad provocaba que en automático se reforzaran los lazos afectivos.

Llegó así el segundo nocaut.

Las dos horas de taller se tornan agotadoras, porque de cada sesión la escritora hace un ejercicio intenso emocionalmente y genera una conexión individual con cada paciente para responderles con inteligencia y sensibilidad. Cargar el traje de la empatía le resultó cada vez más sencillo y fue capaz de poner una barrera de contención que le permite tener en claro que no va a salvar a nadie y que no puede hacer más por ellos que acompañarlos un pedazo de su vida.

De pronto dejó de improvisar. La terapia narrativa y el nombre de Michael White aparecieron en su camino.

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Corría la década de 1960 en Australia, cuando los psicólogos Michael White y David Epston crearon una nueva corriente de psicoterapia: la terapia narrativa, en la que construyeron un aparato conceptual que, como principal método, usaba certificados, cartas, escritos y diversos tipos de documentos para externalizar el problema que aquejaba a alguna persona y, de esa manera, ésta construyera una identidad distinta a la que el problema le proponía.

Con el paso de los años, la terapia narrativa se volvió un enfoque respetuoso por el cambio de conceptualización con respecto a quien busca ayuda, por no llamarle paciente, sino “coautor” del proceso de terapia. Lo que pretendía White era, justamente, cuestionar la posición del terapeuta como experto y la superioridad, explícita o implícita, sobre la persona que busca ayuda; porque desde esta corriente narrativa el “coautor” ayuda al terapeuta a comprender la situación y facilita la auto descripción del problema.

La historia y el discurso de la persona resultan fundamentales para el terapeuta narrativo, acompañándolo siempre de un análisis reflexivo sobre la posición que ocupa y de la necesidad de no imponer sus criterios a la vida de los consultantes.

De este modo, algunas de las premisas principales de la práctica de la terapia narrativa son:

¥        La externalización del problema para analizarlo separado de las personas, considerando que las personas tienen habilidad, capacidades, competencias que les ayudarán a cambiar su relación con los problemas de su vida;

¥         Se interpreta lo que sucede para darle un significado, uniendo determinados hechos para darles un sentido y así formar el argumento de la historia que se escribirá; y como en todo argumento, se eligen ciertos sucesos y otros se dejan fuera;

¥       Los relatos mediante los que se da sentido a nuestra experiencia están influidos, sobre todo, por factores culturales y sociales por lo que no se pueden dejar fuera;

¥        El lenguaje sirve de mediador en estos procesos interpretativos, por medio de él se define y se mantienen los pensamientos y sentimientos;

¥        Los seres humanos tenemos vidas con historias múltiples, lo que permite la creación de una historia alternativa; premisa fundamental.

A pesar de que la terapia narrativa es muy joven, a Yolanda le emocionó el trabajo de White al descubrir que era el método que ella practicaba en las sesiones de taller en el pabellón psiquiátrico del INNN. Le encantó la lógica de ruptura del esquema de poder que se genera entre doctor y paciente, cuando el terapeuta se asume como un colaborador que ayuda al paciente a generar un discurso alterno de vida, donde convivan sus esperanzas, sus sueños y su pasado, algunas veces, doloroso y caótico.

Con la conciencia del tipo de terapia que quería hacer y con la plena intención de desestigmatizar a las personas en reclusión psiquiátrica para generar puentes con la sociedad civil para que ésta pueda comprenderlos e integrarlos a espacios de convivencia; Yolanda busca la ruptura con la visión tradicional de la psiquiatría en cada sesión, “romper con la estructura jerárquica de que hay alguien más o menos saludable que te tira una neta a ti, pobre enfermo, acerca de quién eres y cómo estás”.

Ella había pasado ya por experiencias propias. Su intención era ser la terapeuta que le hubiera gustado tener.

“Una de las críticas que se le puede hacer al medio psiquiátrico es la tendencia a etiquetar al enfermo: eres psicótico, esquizofrénico, y a confundir la identidad del paciente. En lugar de decir: tú tienes rasgos de algo que yo médico llamo psicosis; pero no, suelen decir sin piedad: eres un psicótico”, narró Yolanda.

Así, el convivir con el enfermo le resultó valioso porque la parte sustancial de lo que hace es el acompañamiento con el paciente: “no me importa tu sintomatología, ni cómo estás diagnosticado, me importan los rincones de tu vida que no cuentas”; por eso, siempre se incluye en ese nosotros. “Porque todos somos gente que está peleando contra sus demonios”.

“Adquirí un buen de lenguaje psiquiátrico, de experiencia terapéutica. Asumí que estoy trabajando como terapeuta, haciendo terapia narrativa. Yo misma había pasado por la terapia conductual, algo de psicoanálisis. No me era ajeno el lenguaje psicológico. La experiencia de White me gustó mucho porque era una propuesta sumamente anti-psiquiátrica y absolutamente alternativa porque tiende a romper los esquemas de poder”.

‘Soy un grito vacío de emergencia’

Andrea cuenta que apenas lleva el primer semestre de la carrera de Arte; de hecho sólo fue el primer día de clases porque después la trasladaron desde Morelos al pabellón psiquiátrico del INNN.

−Así me sentí yo cuando entré a la Sogem –dice Gabriela, la asistente de Yolanda, y empieza a compartirle la experiencia tan impactante que sufrió al momento de iniciar a estudiar: las clases, los maestros y sentir que lo que ella quería no era una locura.

−Todos nos hemos sentido solos y que no hay gente como nosotros. ¿Cierto? Uno de pronto siente que tiene un monstruo dentro y si otro lo viera se echaría a correr; yo creo que es momento de darnos cuenta que somos montones de raros, que no estamos solos, que estamos conectados –remata Yolanda.

Las dos escritoras relatan cómo eran sus clases como profesora y alumna, y el sentir de pertenencia que ambas encontraron en la escritura.

−El chiste es encontrar un lugar donde uno se sienta seguro y a veces ese lugar está adentro… ¿han estado cómodos adentro alguna vez; con ustedes mismos? ¿Quieren volver a eso? –todos asienten−. Entonces escríbanlo.

Mientras los jóvenes echan a andar los lápices sobre la hoja blanca; Yolanda sigue cuestionándolos de acuerdo con lo que ve: ¿Tienen frío el día de hoy?, se dirige a Josué, quien permanece encorvado en su silla; ¿Te duele la cabeza?, al notar que su mano izquierda le sirve de soporte y no la aleja de la sien, el joven apenas lleva un día en internamiento. Todas las respuestas son negativas.

−A mí –responde Andrea−, porque no tengo mis lentes.

−¿Los dejaste afuera?

−No puedo tener mis lentes.

−¿Por qué?

−Porque… tienen vidrio y me corto… me lastimo… −y vuelve a bajar la voz.

−¿Por qué te lastimas?

−Tengo un trastorno disociativo… Ella se lastima…

−¿Ella tiene nombre? –no, le responde Andrea−, ¿y notas cuando está ella, o tú te vas cuando está ella?

−Está sola…

−¿Sabes que todos en algún grado tenemos cierto nivel disociativo? Por ejemplo, cuando nos abstraemos mucho en una lectura, hay gente que lee tan profundamente que le hablas y no te hace caso. Cuando están así están en un estado disociativo. ¿Cómo te sientes? La gente a tu alrededor se ha de haber sacado mucho de onda. ¿Cambias mucho? ¿Cómo se dieron cuenta?

−Por las cicatrices…

−¿No eras tú la que se lastimaba? ¿Qué se siente darte cuenta de que no estabas?

−¡Se siente horrible despertar y que te duela todo; no saber qué te pasó! Ver sangre… es como escribir en mi novela…

−Tienes mucho, mucho que escribir, son experiencias muy fuertes, pero son apasionantes. Yo creo que esto te va a enriquecer mucho como persona. Y como ves, aquí nadie se espanta –y Yolanda voltea a ver a todos a sus alrededor.

−Pero hay quienes sí se espantan –sentencia Andrea.

−Claro, porque a la gente le asusta lo diferente y no se dan cuenta que ellos tienen otras cosas, también. ¿Y quisieras conservar eso, o que se fuera de tu vida ese estado disociativo?

−Es que yo le tengo miedo a ella… entonces yo quisiera que se fuera, pero si no se puede… pues controlarla…

Yolanda termina la charla alentando a Andrea a que le exprese su sentir a los médicos para que puedan trabajar con ella y pueda salir pronto del pabellón y retome sus clases; de las cuales la madre de Andrea ya le dijo que tiene tareas que los maestros le han dejado.

Alienta a Josué a que busque más ideas que plasmar, luego de que él interrumpió su escritura, arguyendo que no sabe de qué más escribir; entonces, Yolanda sigue preguntando. Sólo Gustavo sigue centrado en lo que escribe, ha terminado la primera cara de la hoja y ahora desliza el lápiz en la cara posterior, realizando un dibujo.

Les regala 10 minutos más para que terminen su escrito y puedan leerlo y comentarlo.

Terapia narrativa

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Yolanda estuvo una vez del otro lado. Esa vez, llegó deprimida al taller; los estragos de un padecimiento que apenas le fue diagnosticado hace unos meses, hipertiroidismo, la sumieron en momentos que le impedían abandonar la cama por su estado emocional y físico. Gabriela, quien empezó a ser su asistente a un año de iniciado el proyecto y apenas empezaba a planear sus propios ejercicios con los pacientes, tuvo que hacerse cargo de la sesión.

Gabriela le entregó a Yolanda una hoja y un lápiz. Yolanda sabía lo que eso representaba: ese acto de intimidad en el que quien escribe pone en las manos del lector sus emociones y su ser. La experiencia resultó enriquecedora, además de que afianzó la importancia de la retroalimentación y que el comentario posterior a la lectura es vital para quien escribe.

“He podido reconocer que la línea que nos separa a los de adentro y los de afuera es delgadísima. La experiencia humana es la misma, sentimos igual, la tristeza es la misma, las emociones, alegrías, esperanzas; desde afuera reconocernos en los de adentro y viceversa”.

Yolanda sabe que su taller es un voluntariado y que no podría aventarse más días. Pero quiere que cimbre a otros, porque le interesa generar redes de replicación. Institucionalizar el proyecto para que se creen recursos y le permitan reunir fondos para establecer convenios con escuelas y, así, llevar actividades culturales a los pacientes psiquiátricos.

Soy un grito vacío de emergencia”, retumba en las paredes de sus recuerdos la frase de aquel paciente plasmada en la hoja. Yolanda la releyó y la imaginó impresa en un libro.

¡Bingo!

Apareció su nuevo proyecto: hacer un libro con los textos de los pacientes. Para lo cual, invitó a cuatro personas de Conaculta para que vieran lo que estaba haciendo. También los puso a escribir y a comentar los textos para que vivieran la experiencia como debía ser.

Tras aquella sesión de humanización, Conaculta financió el proyecto a través del Centro de Cultura Digital (CCD),  interesado en tejer proyectos digitales que vinculen a la sociedad civil y la población en reclusión.

Así nació Umbrales, libro que reúne de manera lúdica textos de pacientes psiquiátricos que participaron en una o más sesiones del taller de escritura en el pabellón Emil Kraepelin. Éste será coeditado por el CCD y la editorial Acapulco. De manera paralela se realizará un micrositio web, con el mismo nombre, que tendrá los mismos contenidos del libro, pero con ejercicios, en los que se podrá incluir la voz del lector junto con la de los autores, a quienes, por su calidad de internos, su privacidad les será protegida.

“Para mí sería muy importante que por medio de los institutos generemos convenios con la activa de fotografía, con la nacional de danza, para que un alumno, un maestro, un practicante pueda ir a un psiquiátrico a dar un taller, dos horas de su vida, y que les puedas pagar los pasajes, simbólicamente, y para eso no necesitas que la gente esté preparada como terapeutas, se necesita cierto entrenamiento básico sobre cómo trabajar con pacientes, tacto, y siempre devolverle, que se vayan con la sensación de que iniciaron y terminaron algo. Quisiera replicar la experiencia y yo con gusto podría ser capacitadora”.

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La puerta se abre de súbito. Una enfermera aparece y rompe la burbuja que se ha creado en el salón.

−Andrea, me acompañas por favor.

De inmediato la joven se pone de pie. El lápiz queda temblando en la hoja. Yolanda, decepcionada de la retirada, le pide a Andrea que regrese después a compartir lo que escribió. La joven acepta dubitativa, como si supiera que eso no ocurrirá, que no podrá leerle ni comentarle a sus compañeros, ni ellos a ella, pero se marcha con una sola certeza: Yolanda le permitió ser la escritora de misterio que siempre había querido.



Xochiketzalli Rosas
Xochiketzalli Rosas

Coordinadora editorial de Kaja Negra. ¿Que si escribo? No, imagino que lo hago. En Twitter: @xochketz Correo: ketzalli@kajanegra.com





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