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Terremoto 1985: lo que quedó bajo los escombros

17 Sep, 2015 Etiquetas: , ,

¿Qué descubrió México de su capital y de su gente durante y tras aquel fatídico 19 de septiembre de 1985? Este texto nos muestra un poco de lo que se puede encontrar al escarbar en la memoria documental y testimonial de aquellos escombros, así como un puñado de historias absolutamente extraordinarias.

TEXTO: CLAUDIA ALTAMIRANO

¿Qué se puede decir sobre “El temblor” que no se haya dicho ya?

Cada año lo conmemoramos, cada vez que tiembla lo invocamos, y cada vez que se menciona todos volvemos a contar una y otra vez el mismo relato de cómo lo vivimos. Por eso creemos que ya no hay nada nuevo que decir de la máxima tragedia que ha vivido la ciudad de México en su historia moderna. Pero basta escarbar un poco en los escombros para encontrar varias explicaciones a lo que nos pasó, así como un puñado de historias absolutamente extraordinarias.

En realidad se ha dicho poco de lo que México descubrió de su capital y de su gente aquel fatídico 19 de septiembre. La prensa reportó con rigor todos los datos que tuvo a mano y todos los hechos que fue capaz de abarcar, pero había tanto por hacer y reportar en cada edificio caído, cada hospital, cada albergue, que resultaba imposible cubrirlo todo. Más cuando los periodistas evidentemente no eran un sector inmune y también tenían bajas que reportar, compañeros muertos, desaparecidos, heridos.

Quizá hoy, con la existencia de la telefonía celular, internet y las redes sociales ese mismo terremoto dejaría un hervidero de información que no necesariamente mejoraría las labores de rescate, pero sí las agilizaría. Los sistemas reventarían de tanta gente tratando de comunicarse, pero habría menos incertidumbre. Por lo menos, alguien debajo de los escombros quizá alcanzaría a recibir intermitentemente una débil señal en su fracturado celular, que alcanzaría a sonar desde la mano cerrada de su dueño herido, delatando su ubicación y haciendo posible su rescate. Quizá.

Pero en 1985 no sólo no había celulares ni internet: la telefonía local había sufrido severos daños: alrededor de 14 mil 500 líneas telefónicas dañadas y un bloqueo total de servicios de larga distancia. Sin luz, sin teléfonos, con poca agua potable pero con lluvia, el rescate se volvió totalmente orgánico. El pánico cundía en provincia y el extranjero por las noticias del terremoto y la imposibilidad de comunicarse con los habitantes del DF. Quienes tenían la posibilidad tomaron un avión y volaron a México a buscar a sus familiares, como el tenor Plácido Domingo, quien participó directamente en la búsqueda de cuatro personas que, lamentablemente, murieron en el edificio Nuevo León, de Tlatelolco. Sobre el tenor, por cierto, se ha especulado mucho: algunos testigos han asegurado que no ayudó en nada y sólo posaba para las fotos, pero algunos de los rescatistas y sobrevivientes que entrevisté cuentan otra cosa: que entregó dinero en mano a cada sobreviviente del Nuevo León, que hubo quienes se acercaban a pedirle un autógrafo y él los ignoraba, indignado por su imprudencia. Lo cierto es que el 18 de septiembre de 2015, tres décadas después, volvió a Tlatelolco para ofrecer un concierto en la Plaza de las Tres Culturas en memoria de los fallecidos, los sobrevivientes y los rescatistas.

Todos esperaban que cantara: es mucho más conocido como tenor que como director de orquesta. La Secretaría de Cultura del DF ya estaba advertida: el español no iba a cantar, sólo a dirigir, pero era obvio que la gente insistiría. “¡Que cante, que cante!”, le gritaban desde las sillas en la explanada y desde las ventanas en el edificio Chihuahua, pero Domingo no cedió y se disculpó con la audiencia. Un concierto anterior que ofreció en Los Ángeles lo dejó agotado. Utilizó el muy chilango recurso de “nos ponemos de acuerdo” y ofreció volver, hacer otro concierto con un motivo menos triste, “con la esperanza de que nunca más vuelvan a ocurrir las tragedias que han sucedido en este lugar. Espero que la próxima vez que nos veamos no sea con un réquiem, sino con una canción alegre y que podamos hacer un concierto porque las cosas vayan mejor”, dijo. Nadie objetó. Después de todo, en 1985 ofreció varios conciertos a beneficio de los damnificados. La relación de Plácido Domingo con Tlatelolco es inmutable. *

Edificio 11 del ISSSTE frente a la Plaza de Las Tres Culturas. Foto: Roberto Esquivel Sánchez. Wikimedia Commons--(CC BY-SA 4.0)

En la Plaza de las Tres Culturas se instaló un campamento para los damnificados. Foto: Roberto Esquivel Sánchez. Wikimedia Commons.

“Quédense donde están, aquí siempre tiembla”

Muchos testimonios de sobrevivientes y rescatistas coinciden con gran exactitud en varios puntos. El primero: los 8.1 grados tomaron a todos por sorpresa, como si fuera el primero en esta urbe bien conocida como zona sísmica. Todos, los que sólo lo sintieron sin sufrir ningún daño, los que quedaron atrapados entre escombros, los que perdieron a un ser querido y los que colaboraron en alguna medida en los rescates y la reconstrucción, todos permanecieron quietos cuando empezó el sismo, todos sabían que era normal, que pronto pasaría. Para cuando advirtieron que era un sismo atípico, las puertas ya estaban atascadas. Las paredes ya crujían, los techos se desmoronaban. Un día después y para siempre, todos los habitantes del DF -nacidos y por nacer- reaccionarían distinto ante el menor movimiento del suelo. El terremoto de 1985 reconfiguró nuestra ciudad y nuestra psique.

Eso le pasa a Sara Blanco y Martha Ongay cada vez que tiembla en la ciudad de México. Ambas quedaron atrapadas entre las ruinas de su edificio derrumbado y permanecieron allí por horas. Así que cuando tiembla ambas salen corriendo de donde estén, de manera instintiva, automática, incontrolable, “todos me dicen que afuera es más peligroso, pero si alguien me detiene, le pego. Yo necesito aire”, dice Martha mientras agita los brazos para hacerse espacio. “No puedo quedarme encerrada, necesito salir”, coincide Sara con Martha, aunque no se conocen.

El padre de Sara fue una de esas víctimas que confiaron en su conocimiento de esta ciudad. Manuel Blanco era un español radicado en México que, harto de estar lejos de su familia, se la trajo a esta capital. Su hija Sara, de 16 años, llevaba ocho días en la ciudad cuando ocurrió el terremoto, pero Manuel ya se había acostumbrado a eso, así que tranquilizó a su familia y nadie salió del departamento, “aquí tiembla todo el tiempo, tranquilos”. Las paredes crujieron, la familia corrió a la puerta pero ya se había atorado. Padre e hija forcejearon con ella hasta abrirla y salieron corriendo. Era apenas un segundo piso, pero para cuando llegaron a la escalera ya era tarde: Sara escuchó su nombre, volteó y miró a su familia irse abajo con el edificio. Su padre y su hermano de 20 años murieron en aquel lugar de la colonia San Rafael; su madre fue rescatada por los voluntarios y ella, la adolescente Sara, salió sola desde el estacionamiento hasta la cima de esa montaña de piedra y varillas. Escaló por cinco horas jalándose de los autos aplastados, de las lozas y de cuerpos que se topaba en el camino. A ella, ni Protección Civil ni nadie le puede decir que la calle es más peligrosa que un interior en un sismo.

María de Jesús también decidió mantener la calma y esperar cuando sintió el movimiento, desde un cuarto de azotea del edificio Nayarit, en la Unidad Nonoalco Tlatelolco. Ella y su esposo estaban por salir a la escuela a dejar a sus pequeños cuando el edificio de siete pisos se remeció. Al ver que no paraba, María tomó su bolso de la mesa, ambos cargaron a sus hijos y trataron de salir, pero la misma historia: puerta atascada. La forzaron, salieron y mientras iban bajando, escucharon un estruendo desconocido, se sumergieron en una nube de cal y, cuando llegaron abajo, notaron que el edificio Nuevo León se había desmoronado. Caminaron sobre Paseo de la Reforma y, una vez a salvo, María de Jesús notó que la bolsa que traía en la mano no era su bolso personal, sino la del pan.

El gobierno colocó una escultura de manos enlazadas en el lugar donde estuvo el mítico Hotel Regis y lo bautizó como Plaza de la Solidaridad; entregó medallas y diplomas a los rescatistas y… ya. 

Muchos advirtieron la verdadera magnitud de la tragedia hasta que tomaron camino hacia su trabajo o escuela. Sabían que había sido fuerte, pero nunca imaginaron encontrar la ciudad en ruinas al salir de su casa. El impacto fue tal que cientos de estudiantes, obreros, amas de casa, oficinistas, ciudadanos comunes sin ninguna preparación ni recursos, se transformaron en cuestión de horas en rescatistas. La indiferencia que siempre se ha reprochado a los chilangos fue reemplazada por una sorpresiva y sorprendente solidaridad que no ha vuelto a verse en esta urbe. El gobierno colocó una escultura de manos enlazadas en el lugar donde estuvo el mítico Hotel Regis y lo bautizó como Plaza de la Solidaridad; entregó medallas y diplomas a los rescatistas y… ya. Esta ciudad la rescataron, levantaron y reconstruyeron los ciudadanos a mano limpia: ese es el segundo punto en que coinciden todos los testimonios.

Unknown. Foto: USGS- Wikimedia Commons.

Foto: USGS- Wikimedia Commons.

20 de septiembre

Una de las peores cosas que te pueden pasar después de sufrir un golpe es volverte a pegar en el mismo lugar. El sismo del 19 duró un minuto y medio, y un día y medio después, otro terremoto sacudió a la ciudad, empeorando todo con 7.5 grados de intensidad. Todos a la calle. No sólo los que estaban en sus casas o quizá todavía en sus trabajos, sino los heridos, los enfermos de los hospitales que habían quedado de pie. Los daños más importantes ocurrieron en tres centros hospitalarios públicos: el Hospital Juárez, el Hospital General de la Secretaría de Salud y el Centro Médico del IMSS, que perdieron instantáneamente una capacidad de cinco mil camas para atender a los que ya convalescían, más los miles de heridos que se sumaron con el primer terremoto. Me resulta difícil imaginar una mayor desolación que estar enfermo o herido y encima estar en la calle, vulnerable para hacer algo por sí mismo y sin poder recibir atención de otros; o haber perdido el hogar y uno o varios miembros de la familia en un segundo. Estar solo y ni siquiera tener dónde llegar a dormir, qué comer, de dónde obtener dinero y sin poder llamar a ninguna parte.

El Hospital General colapsado. By USGS. Wikimedia Commons. 

El Hospital General colapsado. Foto: USGS. Wikimedia Commons

Esta soledad era relativa, sin embargo. Muchos estaban solos porque no encontraban a su familia y conocidos, pero nadie estaba aislado, no había forma: las calles estaban repletas de gente, entre los que perdieron su casa; los evacuados ante el riesgo de más derrumbes; los heridos; bomberos, policía, soldados, personal médico, voluntarios que ayudaban en las labores de emergencia y cientos de civiles aterrorizados que se negaban a permanecer bajo techo ante la posibilidad de un nuevo sismo. Desde entonces y durante los últimos 30 años, hay personas que prefieren correr el riesgo de ser atropellados, golpeados por un poste de luz o un cable, de que les caigan vidrios rotos, cualquier cosa antes que quedarse dentro de una edificación que podía convertirse literalmente en un sándwich de concreto. Hubo quienes creyeron que era el fin del mundo, aquella noche nació un cliché que hoy provoca risas, pero que el viernes 20 de septiembre era la suplicante muestra de la impotencia humana: señoras hincadas a media calle, pidiendo misericordia a Dios. Que ya pare esto, por piedad.

Me resulta difícil imaginar una mayor desolación que estar enfermo o herido y encima estar en la calle, vulnerable para hacer algo por sí mismo y sin poder recibir atención de otros; o haber perdido el hogar y uno o varios miembros de la familia en un segundo. Estar solo y ni siquiera tener dónde llegar a dormir, qué comer, de dónde obtener dinero y sin poder llamar a ninguna parte.

La réplica complicó aún más los rescates, derrumbando lo que había quedado frágil, tapando huecos por los que los rescatistas empezaban a sacar a los atrapados, pero las labores continuaron. Uno de los voluntarios que ayudó en las labores de rescate fue Javier Del Razo, un joven de 22 años que salió a buscar a su hermano después del primer sismo y se encontró con esa zona de guerra en la que Tlatelolco se convirtió tras el derrumbe del Nuevo León. Su hermano apareció ileso, pero lo que Javier vio no lo dejaba dormir, de manera que regresó para ayudar y terminó convertido en uno de los Topos de Tlatelolco. Allí encontró rostros de la condición humana que podrían ser incomprensibles para quien no lo ha vivido: una mujer atrapada con su bebé en brazos, que cuando finalmente fue liberada, no quería salir, pues estaba desnuda. Los rescatistas le prestaron algunas prendas para convencerla, así que salió, pero pedía que apagaran la luz para que no la vieran. Un hombre que perdió un brazo durante el derrumbe estuvo 17 horas atrapado y sobrevivió humectando su boca con sus propios orines, pero cuando salió, pidió que cerraran su casa. Muchos ni siquiera se enteraron de lo que ocurrió hasta que estuvieron fuera.

El lado oscuro

La más profunda de las heridas que ha sufrido esta ciudad no tuvo matices: descubrió de un tirón su lado más luminoso y el más oscuro. Sí, hubo miles de voluntarios que metieron las manos a los escombros y arriesgaron sus vidas para rescatar las de otros, no sólo sus familiares sino desconocidos. Sí, hubo otros que llevaron comida, agua, cubetas, palas, cascos, micrófonos a los rescatistas para ayudarles en su labor, incluso extranjeros que vinieron a prestar ayuda, pero también hubo rapiña en los edificios derrumbados. También hubo un taxista que vio a Martha Ongay herida, cubierta de cal y sangre, con su bebé en brazos, y se atrevió a preguntarle si tenía con qué pagarle el viaje. También hubo quien le vendió a Sara Blanco una cobija en la que después encontró un papel con la leyenda “Ayuda del gobierno español”. “Yo no tengo nada bonito qué contar de la supuesta solidaridad de los mexicanos”, advirtió Sara antes de ser entrevistada.

También quedó expuesta la corrupción del gobierno local al permitir construcciones inadecuadas o con materiales baratos que las volvieron totalmente vulnerables al sismo; las advertencias de los vecinos de Tlatelolco, por ejemplo, sobre los daños estructurales que estaba sufriendo el edificio Nuevo León se materializaron cuando se desmoronó, y las autoridades eludieron su responsabilidad argumentando que se trataba de un evento natural por estar en una zona sísmica, recuerda Cuauhtémoc Abarca, entonces líder vecinal que tras el sismo se convirtió en uno de los fundadores de la legendaria Coordinadora Única de Damnificados. Abarca afirma que el arquitecto que diseñó la Unidad Nonoalco Tlatelolco, así como el Multifamiliar Juárez que también se derrumbó con el terremoto, Mario Pani se defendió de quienes lo acusaban de haber construido mal, diciendo que fue una catástrofe natural, y que en todo caso, los únicos a los que se podría culpar eran a los Aztecas, por haber establecido una ciudad sobre un lago.

Torturas en la PGJDF

Otro de los trapos sucios que el sismo sacó a la luz fueron unos cuerpos hallados en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, que dieron pie a la hipótesis de que en esa instancia se torturaba a los detenidos.

El edificio de la PGJDF también colapsó con el terremoto. Según una nota del diario unomasuno, del 20 de septiembre de 1985, la Procuraduría “virtualmente desapareció”, por lo que la procuradora pidió a los reporteros que cubrían el desastre que “por primera vez en su vida dejaran de cumplir con su oficio y se dedicaran a rescatar a las personas que estaban entre los escombros del inmueble”. No se sabe si lo hicieron o no, pero otra nota del mismo diario, del día 25, consigna que fueron hallados entre esos escombros los cuerpos “amarrados, amordazados y con visibles huellas de tortura” del abogado Saúl Ocampo Abarca y del estudiante de contaduría de la UNAM, Ismael Jiménez Pérez.

La procuradora aseguró tras el sismo que ninguno de los detenidos que se encontraban en los separos sufrieron daños, porque “fueron reubicados a tiempo”, pero la nota del 25 de septiembre que no está firmadaasegura que habían desaparecido 10 ciudadanos colombianos que estaban bajo arresto, acusados de asalto a banco y comercios. “Según algunos agentes policíacos, todos ellos están entre los escombros”, reza la nota.

También menciona el caso de Miguel Guzmán, otro detenido que fue rescatado con vida y trasladado a la Cruz Roja por agentes judiciales para recibir atención médica, pero cuyos familiares lo hallaron muerto en el panteón de San Lorenzo Tezonco, en donde estaba en calidad de desconocido y se ignoraba quién lo había llevado hasta ahí.

“Varios médicos de este servicio han recibido amenazas por haber proporcionado información a los periodistas. El director de la Policía Judicial, Raúl Melgoza Figueroa, molesto por habérsele preguntado qué había pasado con los colombianos, respondió que fueron puestos a disposición de la Procuraduría General de la República, lo cual no es cierto, como lo pudo comprobar este diario”, concluye la nota de unomasuno.

Estos hechos generaron un rumor que acabó convirtiéndose en leyenda urbana sobre la práctica de torturas en la Procuraduría capitalina, pues era fácil culpar al sismo por los cadáveres, pero los que estaban amarrados y amordazados dejaron un cabo suelto. Algunos de los activistas de ese entonces refieren que Marco Rascón fue torturado en esa dependencia antes del sismo, pero él mismo niega esta versión. “¿Sabes qué fue lo que sí destapó el temblor? La imaginación de la gente”, respondió con sarcasmo.

Las costureras

Otra infamia que salió a la luz con el terremoto fueron los abusos laborales cometidos contra las trabajadoras del vestido, conocidas para la posteridad como “las costureras de San Antonio Abad”. Además de explotación, falta de prestaciones y condiciones insalubres de trabajo, las costureras fueron víctimas de otra iniquidad que sólo tuvo efecto hasta el sismo: los talleres clandestinos de costura eran instalados de forma improvisada en casas, departamentos y bodegas que no cumplían con las condiciones para soportar el peso de tantas máquinas, lo que los hizo más frágiles. Según el libro Nada, nadie de Elena Poniatowska, unas 600 trabajadoras quedaron sepultadas. “Me sorprendió ver fábricas verticales”, recuerda el bombero español Enrique Valdearcos, quien formó parte de las brigadas extranjeras que ayudaron a los rescates. Enrique se refiere, precisamente, a los talleres insertados en edificios de departamentos.

En contraste con esta ruindad, Enrique protagonizó sin querer otra de esas historias que parecen ficción, que nadie creería si no hubiera testigos para contarlas. Nueve días después del sismo las esperanzas de encontrar personas vivas se agotaban, incluso el gobierno empezaba a presionar por la demolición de los edificios, pero un perro de la brigada francesa dio señales de haber hallado vida en las ruinas de la fábrica Amal, en San Antonio Abad 50. Los bomberos creyeron que el perro había errado, pues lo que encontraron fue un cadáver debajo de una mesa de trabajo, pero luego Enrique tocó un brazo sin rigor mortis, tibio aún. Bajo la mesa, el cuerpo inerte y cinco pisos de concreto hechos sándwich respiraba todavía Rosa Luz Hernández, costurera de 25 años. Nueve días atrapada. Enrique la sustrajo por una ventana del edificio y la emoción sólo le permitió decir “es la compensación de todo el esfuerzo”.

Javier Del Razo, Martha Ongay y Fernando Ongay. Foto: Claudia Altamirano.

Javier Del Razo, Martha Ongay y Fernando Ongay. Foto: Claudia Altamirano.

Lo mismo ha dicho el rescatista Javier Del Razo, quien por una asombrosa coincidencia se volvió a encontrar 29 años después con Martha Ongay, aquella mujer que quedó atrapada con su bebé bajo los escombros del Nuevo León, en Tlatelolco. La sobrina de Javier hizo amistad con aquél bebé, Fernando Ongay, y ese lazo llevó a Martha y a Javier a reencontrarse en redes sociales, pero fue hasta agosto de 2015 un mes antes del aniversario 30 del terremoto que se vieron de nuevo. Javier se lo atribuye al destino, cree que la vida tiene una misión especial para Martha y Fernando. Respecto a él, en días recientes sólo ha podido pensar en aquel sismo que le cambió la vida: no duerme bien, no deja de recordar y, como él mismo dice, “echarle limón a la herida”. Recién abrió una cuenta de Twitter y su primer tuit fue “ya me puedo morir”.  

 

Imagen de portada Nuevo Leon building 2. By USGS.-Wikimedia Commons. Versión actualizada de este texto: 19 de septiembre 2015.


Claudia Altamirano
Claudia Altamirano
Reportera y Editora independiente. Nació, vive y morirá en Ciudad de México. Busca historias y a veces ellas la buscan. Tiene orejas muy grandes para escucharte mejor, y un olfato de perro que no siempre la lleva a buenos lugares. Haciendo desde 2004 su mejor intento por comprender realidades para luego explicarlas. Tuitea en @claualtamirano




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