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Territorio en rojo, fragmento de «Los 43 de Iguala»

27 Sep, 2015 Etiquetas: , , ,

A continuación les compartimos un fragmento Los 43 de Igualaque su autor, el escritor mexicano Sergio González Rodríguez, y la editorial Anagrama, comparten con los lectores de Kaja NegraEste libro propone una lectura que rompe la división artificiosa entre buenos y malos, insurrectos y gobiernistas, para comprender una crueldad que remite a la normalidad de lo atroz, al exterminio de personas en los resquicios de las reglas universales, al orden constituido.

AUTOR: SERGIO GONZÁLEZ RODRÍGUEZ

Ayotzinapa, que en náhuatl quiere decir «río de calabacitas» o de «tortuguitas», es una localidad de clima semitropical y entorno montañoso que se encuentra cerca de 400 kilómetros al sur de la capital mexicana y en la periferia de Tixtla. Su centro es la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, a 125 kilómetros de distancia de Iguala, que fue fundada en 1926 como parte de la cruzada educativa de alcance nacional en la época posrevolucionaria. En la actualidad hay 245 Escuelas Normales públicas en los 32 estados del país, 17 de las cuales son Escuelas Normales rurales. El legado de un tiempo que confiaba en la educación como salvaguarda del bienestar.

En 1931, comenzó a construirse la sede actual de la escuela y, a partir de la década de los treinta del siglo xx, la Normal de Ayotzinapa solidificó su ideología nacionalista con ingredientes del marxismo revolucionario, que a la fecha pervive entre sus profesores y alumnos, y está presente en los muros del plantel: efigies multicolores de Ernesto Che Guevara («Volveré y seré millones»); el Subcomandante Marcos («Somos la dignidad rebelde»); Lucio Cabañas («Protestar es un derecho»). O bien avisos: «Ayotzinapa, cuna de la conciencia social», «Si el gobierno sigue reprimiendo y cerrando las escuelas normales rurales, el Pueblo tendrá la última palabra (Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, FECSM)». La tenacidad rebelde.

Ahora contemplo a esos estudiantes mientras marchan por las calles de la gran ciudad para protestar por sus muertos, y son la presencia de la desposesión y la furia que, por sí solas, quisieran recobrar la unidad de sentido y vida que la sociedad les ha negado. La mirada firme, el malestar que concentra la negrura brillante de sus ojos, un filo mineral. Sus consignas son tristes y exultantes: estremecen, mueven a una incredulidad que termina herida. La experiencia y la expectativa de que disponen ofrecen un contraste ardiente.

En la escuela de Ayotzinapa, los alumnos viven en régimen de internado e inmersos en ese tipo de consignas revolucionarias bajo los perfiles de Marx, Engels, Lenin, Mao Tse Tung, cuyas respectivas doctrinas aprenden a través de sus obras e ideas. Disciplina y castigo a quienes muestran blandura. Los de nuevo ingreso, «los pelones», lo saben mejor que nadie. El edificio frontal de dos plantas y arcos coloniales antecede a un área más moderna en la que se encuentran las aulas y los dormitorios.

Allí se apretujan para dormir en literas o colchones sobre el suelo decenas de estudiantes provenientes de Guerrero o de otras partes del país. La escuela tiene 3,6 hectáreas cultivables, más 1,2 hectáreas de construcción de las instalaciones, de las que sólo el 35 % está dedicado a la enseñanza, el resto son viviendas de alumnos y maestros que colindan con otras tierras de cultivo. La escasez une a los estudiantes y el campo.

Los barandales sirven de tendederos para la ropa recién lavada y los pasillos reavivan el trato cotidiano del alumnado, que padece las carencias de una escuela que no cuenta con el favor de las autoridades educativas de México. Su pugna con el gobierno ha sido un problema constante a lo largo de las décadas. Los gobiernos estatal y federal suelen ver en esa escuela un foco subversivo vinculado a la guerrilla revolucionaria: el peligro rojo.

En Ayotzinapa las frases son reiteradas, la voz dulce y bronca al mismo tiempo, y los estudiantes se expresan en tono de proclama, convicción, denuncia y autoafirmación áspera: «Queremos un México justo», «Estamos decepcionados con el gobierno», «Tenemos bastante rabia», «Extrañamos mucho a nuestros compañeros, los queremos de nuevo aquí», «Los funcionarios no se preocupan por nosotros», «El Estado debe asumir su responsabilidad», «Nos han mentido, nos han engañado», «Exigimos justicia, no olvido», «Hay que gritar fuerte», «No confiamos», «Basta de promesas», «El Estado pavimenta la vía violenta», «El descontento se generaliza», «Fue el Estado»…

Y, sobre todo: «¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!»

Guerrero es el segundo territorio de la República mexicana con mayor pobreza, con cerca del 71 % de su población por debajo de la línea de bienestar que reconoce el propio gobierno mexicano. Guerrero está dividido en 81 municipios y 7 regiones: Acapulco, Centro, Norte, Tierra Caliente, Costa Chica, Costa Grande y la región de la Montaña. Su geomorfología es accidentada, ya que lo atraviesa la Sierra Madre del Sur y la Sierra del Norte. Sus principales actividades económicas son la agricultura (de maíz, sorgo, arroz, limón, café, sandía); el turismo costero en Acapulco, Ixtapa, Zihuatanejo o, tierra adentro, en Taxco, y la minería (oro, plata, cobre, hierro…).

Su nombre proviene de Vicente Guerrero, un héroe de la Guerra de Independencia de México (1810-1821) que nació en Tixtla. En 1821, Vicente Guerrero firma un pacto con el ejército realista español, encabezado por Agustín de Iturbide, que ratifica la independencia de México, reconoce la monarquía de Fernando VII, establece la religión católica como única en el país y llama a la unión de todas las clases sociales.

Durante 1829, Vicente Guerrero fue presidente de México, apoyado por el Partido Liberal. Entre sus propuestas estuvo el impulso de la tolerancia religiosa, la educación y la protección de las artes, la industria, las ciencias y el comercio. Y expidió el decreto que abolió la esclavitud en el país. Esta medida le valió la animadversión de los esclavistas de Estados Unidos.

En 1831, Vicente Guerrero fue traicionado por sus opositores políticos de corte conservador y fusilado en Oaxaca. La huella de la sangre y la rebeldía han permanecido en Guerrero desde la época precortesiana, cuando la tribu yopes resistió a los aztecas y nunca fue sometida. Durante la conquista y la colonización los españoles exterminaron a los yopes, y el impulso insurrecto arraigó en el seno de comunidades mestizas, sujetas al dominio de caciques y a la mentalidad premoderna o la política autoritaria, donde las desavenencias suelen dirimirse por la fuerza.9 La ley del machete o el arma de fuego.

Mapa de Los 43 de Iguala

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Presagios: cuando supe de la masacre de Iguala, recién ultimaba un diagnóstico sobre los jóvenes y las amenazas del crimen en México y en América Latina, que me solicitó un organismo académico. Mi conclusión es tajante: observo en ese escrito que las instituciones del gobierno tienden a imponer políticas que se centran en lo represivo y, al mismo tiempo, dejan de lado en la práctica lo preventivo, aunque afirmen que procuran atenderlo, así como eluden la reflexión disciplinaria desde el derecho penal y el conocimiento del crimen.

Me desconcierta que las acciones expeditas, autoritarias y proclives al incumplimiento de la ley marquen la presencia pública del gobierno. Desde este punto de vista autoritario, deben «resolverse» los problemas con prontitud inédita, que es lo que muchos aplauden, aunque, como en el caso de Ayotzinapa, las averiguaciones previas sean endebles desde un punto de vista jurídico de carácter crítico. Ni siquiera se concede a las víctimas el mínimo de justicia que el derecho otorga a la existencia en sociedad.

He insistido en que para el gobierno la gestión o control de daños (realizados mediante operaciones comunicativas en la prensa, la radio, las televisoras o las redes sociales) es más importante que la procuración de la justicia, la defensa de la ley y el respeto institucional.

Como otras veces, en este diagnóstico mis argumentos incluyen datos y, de los datos disponibles, prefiero aquellos negativos que muestran los mayores contrastes. Estoy de acuerdo con quien piensa que las cifras desalentadoras son las que fomentan los avances en las sociedades, porque obligan a detectar y, quizás, solucionar anomalías y fracasos.

Cargo con la mala fama de anunciar males que, para desgracia de todos, suelen cumplirse, como aquel de casi veinte años atrás, cuando preví la degradación que ahogaría a todo el país. Mientras se vivía bajo el júbilo reformista, pocos querían examinar a fondo la realidad o el funcionamiento institucional.

Alertar sobre amenazas o peligros se consideraba, y se considera aún en todas partes, un oficio de aguafiestas, de resentidos, de amargados, de activistas, de radicales. La gente está acostumbrada a entender la vida como un juego de intereses o un entretenimiento. Ni yo ni otros que sosteníamos el punto de vista opuesto, el de atender los reclamos de las víctimas, nos equivocamos. La autocomplacencia de concentrarse en lo positivo sólo auxilia al orden constituido que quiere reproducirse sin casi aceptar cambios.

En la capital mexicana, la edad promedio ahora se estima entre 29 y 30 años. Cuando yo tenía esa edad, ya los Sex Pistols habían gritado «No future!», una consigna generacional que enterraba los sueños juveniles de las sociedades industriales en la víspera de generalizarse el mundo posindustrial de la globalización financiera, la maquinaria bélica, la economía rapaz de los mercados abiertos y las autorregulaciones.

Ese conjunto de políticas ha condenado a los jóvenes en México, en todo el continente americano, Europa, Asia y África, a una suerte de juvenicidio. Algo peor que la escasez de futuro. Cuando comencé a escribir y publicar artículos y otras piezas de escritura, al mismo tiempo que tocaba con el grupo de rock Enigma!, fundado por mi hermano Pablo, uno de mis primeros textos fue una crónica dedicada a entrevistar a una banda de marginados que se autodenominaba Los Mierdas Punk, que hizo suya una canción nuestra en la que se veían reflejados, «Cucaracha», cuya letra quise que ironizara sobre el trato despectivo que la sociedad reservaba a los marginados de los suburbios en aquella época.

Los Mierdas Punk: publicar aquel nombre en el seno de una sociedad conservadora, consignar los testimonios furiosos y desoladores de aquellos jóvenes que se perderían en el tiempo más cruel, constituyó una mínima contribución y un desafío para mí mismo, al que he tratado de ser leal.

Entre el país de aquella crónica y el actual surge un horizonte inquietante: cuando la escribí había menos de 70 millones de habitantes en el país. Ahora hay 121 millones y en una década habrá 130 millones. Si en la República mexicana habitan a la fecha más de 16 millones de jóvenes, la mitad de todos ellos viven en la pobreza. Y el problema crecerá: la mitad de los mexicanos es menor de 26 años y hay menos muchachos que muchachas, las cuales padecen discriminación y agresiones incesantes; la mayoría de ellas sufre algún tipo de violencia, desigualdad, discriminación o maltrato. Estos índices rebasan el promedio mundial.

Para alguien como yo, que creció bajo la bandera de una generación en pos de un mundo mejor, luce inaceptable el presente. Los jóvenes, excepto una minoría, son extraños en su tierra, ya que están expuestos, más que a las necesarias oportunidades de educación, empleo, cultura, justicia, civilidad, a los riesgos de la violencia, el crimen, la toxicomanía, la economía informal, el pandillerismo, las armas, la explotación laboral o la de tipo sexual.

También están sujetos a la posibilidad de autodestrucción. Los jóvenes enfrentan la disyuntiva de la legalidad o la ilegalidad, ya que la opción del voto como instrumento de participación o cambio se muestra precaria bajo la sombra del nuevo autoritarismo encubierto con tres pilares: una democracia formalista y ciega ante lo sustancial, que protege reformas ajenas a una deliberación cabal y apoya francas contrarreformas; la tendencia habitual a sostener «estados de excepción» como recurso de gobernabilidad, y legitimación mediática a través de poderes monopolísticos de los negocios de la comunicación masiva, que dominan la práctica y el discurso políticos, y lo hacen a partir de la uniformidad de la versión oficial y la propaganda basada en «percepciones positivas», mientras las redes sociales se conforman con ser una válvula de escape a la usanza de una oclocracia, un gobierno de la muchedumbre o de la plebe, según el diccionario, reducida a un número de caracteres en una pantalla interconectada con el mundo virtual. Lo que está en cuestión rebasa el ámbito ideológico-partidario: es un llamado a la ética y la responsabilidad de quienes debieran ejercerlas. En todos los países del mundo, exterminar jóvenes de una u otra manera se ha convertido en una perspectiva que será habitual en el futuro. El juvenicidio empieza con el ataque a la universidad o su destrucción. Universitas: el campo de las aspiraciones igualitarias víctima de la barbarie tecnificada. A cambio, los sucedáneos son vicarios: violencia, hedonismo, explotación y consumo obligatorios…

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El auge de las revoluciones marxista-leninistas en América Latina a partir del triunfo de la Revolución Cubana en 1959, hizo crecer en México el entusiasmo entre algunos sectores obrero-campesinos, vinculados con el Partido Comunista, por crear un movimiento popular de tendencia revolucionaria para oponerse al autoritarismo presidencial y de partido único del PRI.

Tal fue el caso de Lucio Cabañas, un profesor egresado de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa y ex miembro de las Juventudes del Partido Comunista, nieto de un adepto del revolucionario Emiliano Zapata. Alguna vez dirigente estudiantil en la FECSM, emprendió la concientización social entre los comuneros de la zona al convertirse en maestro en Atoyac. Esta tarea le ganó la enemistad del poder local. En 1967, mientras encabezaba una manifestación pacífica que pedía la renuncia de la directiva de la escuela, que, azuzada por caciques, hostigaba a los padres de familia, la policía reprimió con armas de fuego a los manifestantes. La matanza acreció agravios que ya eran ancestrales.

Una docena de asesinados, incluida una mujer embarazada, decidió el destino de Lucio Cabañas: a partir de entonces, se declaró militante clandestino y se refugió en la sierra de Guerrero, donde realizó el adoctrinamiento popular en distintos pueblos y rancherías (mediante su Partido de los Pobres) y una operación de castigo a caciques y gente de dinero (su Brigada de Ajusticiamiento). El desdén gubernamental terminó por agravar la situación.

En 1974, el guerrillero secuestra a un candidato del PRI a gobernador, quien luego es liberado por la policía y meses después cae muerto en un enfrentamiento con el ejército mexicano. Así, Lucio Cabañas se erigió en símbolo revolucionario en Guerrero: lo más que podía perder era la vida en nombre de sus ideales.

Genaro Vázquez, otro egresado de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, militante social y fundador de la Central Campesina Independiente (CCI), opositor del régimen desde finales de los años cincuenta, tuvo un destino semejante: su lucha política
se radicalizó por la intolerancia oficial. Fue preso por el gobierno y liberado a la fuerza por sus compañeros de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR).

Una vez libre, lideró una guerrilla en la sierra de Guerrero, que fue combatida por el ejército mexicano. Durante una persecución militar en una carretera de Michoacán, Genaro Vázquez estrelló el automóvil en el que iba y, al parecer, quedó herido, pero fue asesinado por los soldados. El fantasma del guerrillero comenzó a recorrer aquellos territorios.

Para la ideología revolucionaria, la sangre sacrificial marca el acontecimiento del que derivará una lucha continua, como repetiría en 1994 el Subcomandante Insurgente Marcos en Chiapas, al encabezar el movimiento neoindigenista del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) (1994-2000): «Hoy nosotros, los muertos de siempre, venimos a decirles a nuestros muertos que estamos listos, que la larga noche de mentira que se niega a hacerse amanecer necesita más sangre para abonar la semilla que sea la luz mañana, nosotros venimos aquí para hablarles a nuestros muertos.» El futuro cifrado en la sangre, en lo que llaman la digna rabia.

Y, en muchas partes del mundo, la solidaridad con los necesitados.

Imagen de portada: Diseño de la colección Julio Vivas y Estudio A, utilizado en la portada del libro «Los 43 de Iguala».


Sergio González Rodríguez
Sergio González Rodríguez

Sergio González Rodríguez [1950-2017] fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo con El centauro en el paisaje [1992] y en 1995 recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez. Escribió el reportaje Huesos en el desierto, que fue finalista del Premio Internacional de Reportaje Leerte Ulyses en 2003 en Alemania. Es autor de las novelas La pandilla cósmica [2005] y El vuelo [2008]. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. También fue reconocido con el XLII Premio Anagrama de Ensayo por la obra Campo de guerra.





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