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The Leftovers: Relatos del duelo

07 Jun, 2017 Etiquetas: , ,

«Todos recordamos nuestras pérdidas. Nuestros procesos de duelo y aflicción. Los revivimos de tiempo en tiempo y volvemos a contarlos», dice Fernando Rodríguez para sumergirnos en la reflexión que le provocó la serie de HBO The Leftovers, que el pasado 4 de junio llegó a su fin; el tour de force emocional de cuatro años el cual resultaría imposible recorrer en un maratón de fin de semana.

TEXTO: FERNANDO RODRÍGUEZ

«–Do you remember cousin Orson? Orson Lannister?

– Of course. Wet nurse dropped him on his head, left him simple».

Este diálogo entre Tyrion y su hermano Jamie, en la cuarta temporada de Game of Thrones, es la mejor escena de toda la serie. El momento es único: Tyrion atraviesa uno de los peores días de su vida. Está a punto de ser ejecutado y, frente a su hermano, sin saber por qué, recuerda la historia del primo Orson.

La serie vive de los momentos épicos. Y en medio de ellos, la simpleza de esta escena es deslumbrante. Porque los cuatro minutos que dura el relato de Tyrion no están acompañados de flashbacks o de algún otro recurso visual que nos enseñe lo que ocurrió con el primo Orson. Por el contrario, renegando de una de las máximas televisivas [«show, don’t tell»], la serie rescata por completo la tradición del relato oral.

El primo Orson se pasaba el día aplastando escarabajos con una roca, recuerda Tyrion, quien muchos años después sigue sin entender por qué lo hacía. Y más aún, no entiende por qué aquello lo marcó de una manera tan profunda. Cómo puede un detalle mínimo de la vida de alguien convertirse en una historia tan personal como para que puedas recordarla momentos antes de tu muerte.

Con la historia del primo Orson, Game of Thrones nos recuerda el poder catártico, y el profundo desgaste psicológico de contar, y escuchar, un relato personal.

Todos recordamos nuestras pérdidas. Nuestros procesos de duelo y aflicción. Vivimos con esa maldición. Los revivimos de tiempo en tiempo y volvemos a contarlos. Pero hay momentos que no son fáciles de compartir con los demás: lo que sentimos un segundo después de enterarnos de una muerte, el último vistazo a una persona antes de una separación, lo último que le dijiste a un amigo antes de dejar de serlo para siempre.

Porque el duelo no llega solo con una muerte. Cualquier pérdida nos obliga a atravesar por el mismo proceso. Todos esas trilladas etapas de Kübler-Ross conforman nuestra narrativa personal del duelo. Y cuando las platicamos, encontramos en el relato oral el último refugio para la redención.

Los espectadores de The Leftovers hemos caminado, sin guía, por todas las etapas del duelo desde su primera temporada. La serie de HBO ha sido en estos cuatro años un tour de force emocional. Cada capítulo de The Leftovers era una experiencia tan demandante que hubiera sido imposible ver la serie en maratón.

El 4 de junio, la serie emitió su último episodio, pero escribo esto aún sin haberlo visto. No es necesario. A estas alturas, The Leftovers podría dedicar su último episodio a dejar la pantalla en negro [con el desasosegante soundtrack de Max Richter de fondo] y aún así nos haría llorar, y seguiría siendo la mejor serie de los últimos años.

Las sinopsis dicen que The Leftovers es la historia de la repentina desaparición del 2% de la población mundial. Un día se esfumaron. Nadie sabe a dónde han ido los hermanos, padres, parejas, hijos. Nadie sabe si regresarán. No hay explicación, y nunca la habrá. Eso queda claro casi desde la primera escena.

Los espectadores diremos que The Leftovers no es la historia de la Ascensión, como han llamado al fenómeno, sino el relato de las víctimas. «De los despojos» que se quedaron, ávidos de explicaciones.

Las comparaciones con el 11-S, el temblor de 1985 o cualquier otra gran catástrofe son innecesarias. La metáfora es mucho más simple. Como dice Emily Nussbaum, en el mundo real, cualquier muerte [cualquier pérdida, diría yo] puede resultar inexplicable.

el duelo no llega solo con una muerte. Cualquier pérdida nos obliga a atravesar por el mismo proceso. Todos esas trilladas etapas de Kübler-Ross conforman nuestra narrativa personal del duelo. Y cuando las platicamos, encontramos en el relato oral el último refugio para la redención.

La serie inicia tres años después de la Ascensión. En su búsqueda de explicaciones, los «despojos» han transitado entre la autodestrucción, la pérdida de la fe, las sectas cuasi religiosas y la locura. Algunos de ellos, pocos, han decidido seguir adelante. Como Nora Durst.

Nora, interpretada de forma impecable por Carrie Coon, es uno de los mejores personajes femeninos que jamás he visto en televisión. Nora es el icono de la Ascensión. Sus dos hijos y su esposo han desaparecido. Recibe pensiones y consuelo público. Pero al mismo tiempo, es epítome del duelo. Escéptica, Nora trabaja para la oficina que recopila estadísticas sobre los desaparecidos, la burocracia de la tragedia. Por las noches, contrata prostitutas para que le disparen en el pecho mientras usa un chaleco antibalas.

Durante dos temporadas, Nora, Kevin [Justin Theroux], Lori [Amy Brenneman], Matt [Christopher Eccleston], y los demás protagonistas, han transigido por dualidades similares. Cada uno, una narrativa distinta del duelo. Relatos que acompañamos siempre desde dentro. Incluso vimos el momento exacto de la Ascensión, en flashback, al lado de cada uno de ellos.

Pero The Leftovers cambió. En la tercera temporada, la serie logró suavizar el drama solo para recordarnos en momentos muy precisos que seguía ahí. Y en cada uno de esos momentos, la evocación no nació de los recursos visuales, sino del relato oral de cada doliente: el viaje de Kevin Sr. por Australia, la pelea por la custodia de Lilly, el tatuaje de Nora, Lori buceando, la historia del hombre que decía ser Dios.

Todas estas historias ocurrieron fuera de cuadro. Nos las contaron sus protagonistas y con ello, las revivimos de una manera más profunda que si las hubiéramos visto. Porque hay heridas que hablan por sí solas. Y al hablar, algunas de ellas recuerdan no la tragedia en sí, sino los detalles más ínfimos.

Porque si en la primera temporada Nora nos deprimió por completo con aquella escena en la cocina, ahora lo hace con el relato de una pelota de playa en un estadio.

The Leftovers encontró en este recurso su mayor mérito. Damon Lindelof, su creador, ha dicho que la idea de narrar las historias en lugar de mostrarlas las vuelve más convincentes. Esa obsesión no es gratuita. Lindelof, creador también de Lost, vivirá por siempre con el estigma [inmerecido] de haber imaginado uno de los finales más polémicos en la historia de la televisión.

Durante todo este tiempo, Lindelof ha defendido una y otra vez a su creatura y ha renunciado públicamente a hacerlo. Ha convertido este proceso en su propio duelo personal, en un relato que parte también de los detalles, para maximizarlos.

Si una de las mayores críticas al final de Lost fue su trasfondo religioso, en The Leftovers Lindelof entrega una última temporada profundamente bíblica. Si para muchos la elipsis final de Lost resultó incomprensible, The Leftovers se desarrolla precisamente en esa ventana temporal.

Pero aquí, la esperanza del reencuentro es más un relato del apocalipsis personal. Un apocalipsis que cada uno contaremos a nuestra manera.

 

Imagen de portada: Dangling Branches at Cherry Beach (Toronto, Ontario) by Ken Lane. Flickr-[CC BY-NC 2.0].


Fernando Rodríguez
Fernando Rodríguez
Periodista. Fue editor en @ExpansionMX. Actualmente trabaja en Foro global, de Foro TV. En Twitter lo encuentran como: @fe____r.




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