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Tocata, fuga y apañón

05 Feb, 2016 Etiquetas: , ,

Unos tiras traían a la colonia paniqueada, pero un día sonaron las trompetas y la caza empezó.

TEXTO: EMILIANO PÉREZ PERALTA / ILUSTRACIÓN: ISRAEL CAMPOS CALEON

I

En el lomo del viento
monta una pesadilla,
el eco de su espuela
quema la banqueta,
rasca la avenida.*

La primera vez que me apañaron fue afuerita de mi casa, en la mera esquina, cargando la mochilota con la que me había ido de viaje. No traía más que unas botellas de aguardiente para repartir entre la pandilla, y calcetines y calzones apestosos. Pérese ahí, joven, me gritan desde la ventanilla del vehículo. Y cansado del viaje, pues que me paro. Luego luego se bajan de su camionetota, me rodean y uno se aferra a mi mochila como mandril a los barrotes de su jaula. Para acabarla de amolar, la calle vacía, solita solita, sin nadie para hacerme el paro, mano. ¿Ónde va con tanta prisa?, me pregunta el dizque comandante. Cuál prisa, jefe, si nada más voy para mi casa, le respondo. No le conteste así al comandante, me dice el ojete que me tenía agarrado de la mochila. ¿Así cómo?, le digo, pero antes de contestar me conecta un rodillazo en la pierna: la dormilona, en el meritito músculo, con tanta puntería que me mandó al suelo. Levántese, joven, me dice y me jala de la mochila, ya ve en qué estado viene, hasta se cae solito. Me incorporé con la garganta seca y los ojos cristalinos, con las ganas punzantes de chiflar pa´que saliera la banda y ponerle una chinga a los azules. Pero me aguanté, mano, tenía la garganta tan seca que me dio miedo que se me quebrara la voz frente a esos ojetes. A ver, abra su mochila, me ordena el mero mero. ¿Para qué o qué?, le respondo y de nuevo la rodilla se incrusta en mi remo, y otra vez al suelo. Revisión de rutina, mi amigo, me dice otro de los polis, mientras intento levantarme. Apúrele, ya para que se vaya pa su casa, ¿o apoco trae algo que lo comprometa? Aquel día me abrieron la mochila y por sus barbas se llevaron mis botellas de aguardiente. Todavía se despidieron diciendo que estarían por la zona para cuando se me ofreciera. A la fecha no sé si fue aviso o amenaza.  

II

Escúrranse peatones
por las alcantarillas,
que el sheriff viene armado
con un decreto en cada mano.

¡Pídale perdón a la virgencita, cabrón!, me gritaba el comandante justo en el oído, tan cerquita que sentía sus babas tibias escurriendo por mi oreja. Me tenían con las manos cruzadas sobre la cabeza, mirando la pared, con las piernas separadas para poder basculear a plenitud. Si intentaba voltear, su achichincle clavaba la culata de la escopeta en mis costillas y yo nada más pujaba, mano, nada más gemía y me ponía a leer un anuncio de alcohólicos anónimos pegado en la pared para no desmayarme: «¿Necesitas ayuda? ¡Llámanos!» ¿A poco le dolió?, me decían socarrones, ¿a poco ya quiere chillar la niñita? No, jefe, no, les respondía apenas, con el dolor tan clavado en las tripas como un puñal hirviente. Para que aprenda a comportarse frente a la virgencita, cabrón marrano, me decían. Aquel día me agarraron orinando, mano, justo afuera de la iglesia, junto a la capilla de la virgen. Y por ésta que no fue por cerdo, mucho menos por irrespetuoso, más bien ya no aguantaba, carnalito, sentía que iba a explotar a cada paso como tinaco viejo. Se me hizo fácil porque estaba oscurito y ya no había gente; me orillé, abrí la bragueta y suspiré. No llevaba ni la mitad cuando escuché el angustioso grito de la torreta policiaca. Esos ojetes viajan con las luces apagadas y se pasean invisibles como gatos negros en la madrugada. ¡Pídale perdón a la virgencita, cabrón!, me gritaban, y yo pide y pide perdón como desahuciado: que no lo vuelvo a hacer, que por chuchito que no era mi intención, que le juro por mi jefita que era una urgencia, que pa´la otra me aguanto hasta el cantón. Ese día me tumbaron la mochila de mi jefe, mi cinturón de piel y los veinte pesos que guardaba para pagar mi arbitraje en el futbol llanero.

III

Sonaron las trompetas, la caza empezó.
Si no tienes charola escóndete mejor.
Tírate pecho tierra en cualquier rincón,
no muevas ni una oreja puede ser peor.

Esos tiras traían a la colonia paniqueada, mano. Por eso nadie les hizo el paro. Las señoras salían al pan antes de que oscureciera, temerosas de encontrarse con la patrulla. Dejaban a las muchachas guardadas en la casa para no exponerlas a los chiflidos y piropos obscenos de los gendarmes. Don Polo cerró su tienda, no aguantó las visitas de los oficiales que pasaban por su comisión para garantizar la protección del establecimiento. Hasta los niños jugaban y corrían y gritaban ¡ahí vienen los puercos, ahí vienen los puercos, oing, oing!, cuando veían venir la patrulla a lo lejos. Por eso ese día me cae que lo disfrutamos todos. Era cosa de que la raza se organizara y ¡mocos!, sobre ellos. Estaba sentado aquí afuera, en la banqueta, tomándome un refresco cuando pasó el Guacharas a toda velocidad gritando que habían agarrado a los tiras. Y ahí vamos, mano, toda la banda corre y corre por la avenida, rumbo al parquecito de la esquina. Ahí los tenían a los cinco, hermano, chille y chille como la María Magdalena, de rodillas y encuerados. Yo no hice nada, yo no hice nada, balbuceaba uno con la saliva colmando su garganta. El parque atascado, mano; la gente jalando y empujando para estar en primera fila. Yo miré al comandante y me hirvió la barriga. Me acordé de cada ocasión en que me agarraron solito, en lo oscurito, y me robaron mis cosas, pero chin chin que sentí gacho cuando el Tamales le clavó el casquillo de la bota en la mera trompa. ¡La querían violar, la querían violar!, gritaban las señoras que nutrían a la encolerizada turba. Me cae que no hubo alguien que se quedara sin escupir, golpear o patear a los tiras. Dicen que los agarraron cuando intentaban subir a una niña a la patrulla. Las rocas volaron y se impactaron contra la cabeza mofletuda del comandante y su comitiva. Yo me acerqué nada más por chismoso, mano; no les iba a hacer nada, me cae, por ésta, por la virgencita, pero el comanche levantó la cabeza, me sostuvo la mirada y me dijo: tírame un paro, tírame un paro. Me acordé de mi mochila, mi cinturón de piel, mis veinte pesos y mis botellas de aguardiente. ¿A poco ya quiere chillar la niñita?, le dije, y descargué mi recuerdo contra su insultante vientre.

*«Tocata fuga y apañón» de Armando Rosas.
Técnica de las imágenes: Acuarela y tinta.


Emiliano Pérez Peralta
Emiliano Pérez Peralta
Geógrafo. Caminante eterno. Pessoa le guía: "No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Aparte eso, tengo en mí todos los sueños del mundo". Escribe y sobrevive. En Twitter lo encuentran como: @Emilixxx.



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