Recomendamos

Todos somos Marcos

08 Ago, 2017 Etiquetas: , ,

La voz del subcomandante Insurgente Galeano, la de todas y todos los que irrumpieron el amanecer del 1 de enero de 1994 ha cimbrado al país en distintos momentos, lo han hecho ahora que el EZLN-CNI ha designado a Marichuy como su vocera de cara a las elecciones presidenciales de 2018, y lo hicieron el 11 de marzo de 2001, cuando llegaron a la Ciudad de México. Guillermo Caballero nos ubica en aquel momento, un recuerdo que ayuda a pensar el presente.

TEXTO Y FOTOS: GUILLERMO CABALLERO

Ocurrió un domingo. Era el 11 de marzo de 2001, cuando los capitalinos vimos la llegada del principal contingente zapatista a la Plaza de la Constitución de la Ciudad de México. Sin duda uno de los mítines más importantes y esperados del siglo XXI.

El centro de la ciudad fue tomado por un pequeño grupo de combatientes, la mayoría de ellos con pasamontañas, muy enaltecidos en su postura de comandantes rebeldes y dispuestos a utilizar su principal arma: la palabra.

Y ahí todos fuimos Marcos.

Precisamente la frase «Todos Somos Marcos» estremecía la piel con cada grito de la multitud emocionada. Todos sabíamos quién era Marcos: el líder del grupo armado indigenista mexicano mejor conocido como el Ejército Zapatista de Liberación Nacional [EZLN] que se había levantado en 1994; también muchos ciudadanos sabíamos que se le acusaba por los delitos de motín, rebelión, terrorismo y uso y posesión ilegal de armas. Sabíamos que las investigaciones de las autoridades federales habían obtenido frutos.

11 Marzo 2001. Bienvenida al EZLN durante su llegada al zócalo capitalino. Al microfono, en vestimenta militar, el subcomandante Marcos.

Según la Procuraduría General de la República [PGR] la supuesta personalidad del acusado era Rafael Sebastián Guillén Vicente, aunque el líder rebelde jamás confirmó el dicho de las autoridades. Exestudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México [UNAM] y profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana de la Ciudad de México.

Si Marcos era o no Rafael Sebastián, a nadie le importó, al menos a quienes tomamos consciencia de la verdadera intención de los indígenas rebeldes del sureste mexicano. Por eso, al tener conocimiento de la llegada de un importante grupo de líderes zapatistas a la Plaza de la Constitución en la Ciudad de México, los habitantes del entonces Distrito Federal nos motivamos a salir.

Recuerdo que la cobertura informativa que realizó el diario La Jornada provocó en varias personas el interés por la lectura de periódicos para permanecer informadas del movimiento [pues este rotativo publicó los escritos de Marcos] y estar al tanto de los pasos de la caravana zapatista rumbo a la capital del país.

Sucedió entonces: Como una sombra que extiende su larga figura ante una puesta de sol, en las calles aledañas al Zócalo un enorme tumulto de personas avanzaba a paso lento. A lo largo de la calle Madero la gran masa popular parecía un tosco rostro que asomaba a la luz.

Hasta Palacio Nacional se escuchaba el rebote de aquella única voz.

Manos al cielo, dedos en V, banderas roji negras, pequeños niños indígenas montados en hombros de sus padres, campesinos a pie descalzo, que llegaron a temprana hora para poder observar de cerca al Subcomandante Marcos. Varios estudiantes que permanecían expectantes al momento en que el místico personaje de la pipa hablara, conversaban:

—Su nombre son siglas. M.A.R.C.O.S.: Movimiento Armado Revolucionario de las Costas del Sureste —dijo uno.

—No —aseguraba otro joven—. Es un acrónimo. El verdadero significado es el nombre de las principales cabeceras municipales que tenía el Ejército Zapatista de Liberación Nacional [EZLN] en 1994: Las Margaritas, Altamirano, Rancho Nuevo, Comitán, Ocosingo, San Cristóbal.

Las suposiciones de aquellos jóvenes de pronto fueron aplastadas por unanimidad de los gritos: «¡Zapata vive, la lucha sigue!», que cimbraron los oídos de los presentes. La consigna no era pertenecer a un grupo de élite para tener el derecho a mirar desde primera fila a los zapatistas que llegaron desde Chiapas, la idea no era gritar más fuerte o ser el más admirado por el tipo de ropa, o zapatos, o traje, ni el que quizá se expresara mejor. No. La consigna era defender el nombre del EZLN, la consigna era que la población capitalina colocara un escudo entre el gobierno federal, Marcos y sus hermanos zapatistas.

Llegó el momento esperado.

No logré avanzar más, el límite de mis pasos llegó hasta escasos 50 metros de distancia desde el tumulto hasta el templete donde se encontraban los voceros del EZLN. Quedé atrapado entre la multitud, por largos minutos sólo podía mover mis brazos para cargar la cámara, obturar y tratar de enfocar de la mejor manera posible, mi angustia por no haber llegado tan cerca como quería acrecentó mi temor de no poder capturar con precisión la importante escena.

Decenas de brazos adelante, banderolas a mi costado izquierdo, el codo de un niño que se clavaba en mi estómago, el sudor, la euforia, ninguno de esos detalles permitió que pudiera llegar, por al menos media hora, hasta el primer bloque de seguridad del templete.

Quise ser ecuánime con mis sentimientos, porque quería estar tan cerca como fuese posible para lograr algunos cuadros con mi cámara. Sin embargo, mi ritmo cardíaco daba vuelcos a velocidad desorbitada. Un torrente de sentimientos corría por mis venas al grado de sentir el palpitar de mi corazón acelerado.

Por algunos minutos no era yo el fotógrafo que asistió a registrar el evento, no era el que quería vender su material. De pronto me vi levantando la mano izquierda, no era mi voz la que escuchaba, era parte del unísono, era yo como un poro palpitante formando la extensión de una gran piel que se erizaba al contacto de las palabras de los zapatistas.

No era el único que sentía lo mismo, era obvio, alrededor mío observé a varios jóvenes apuntar puños cerrados al cielo, los vi exaltados, vestidos en tonalidades obscuras, playeras estampadas con estrellas en color rojo, con imágenes alusivas al zapatismo, ví las botas de esos ingobernables rebotar en el concreto del Zócalo; al mismo tiempo, puño al cielo y rebote de botas contra el pavimento: Marcos, Marcos, Marcos. Ese domingo vi doblegarse algunas banderas de anarquía [utilizadas regularmente en protesta contra todo y contra todos] para favorecer una causa.

Marzo 2001. Zapatour. Al grito de “Todos Somos Marcos”, un gran contingente apoya a los Zapatistas que llegaron a la plancha del zocalo capitalino.

Aquel 11 de marzo vi a niños de entre ocho y 10 años de edad gritando el nombre del subcomandante, como si de un luchador de los encordados se tratara. Y es que así fue, en efecto, el Subcomandante Marcos y los 23 delegados del Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, llegaron hasta territorio, entonces para ellos, prohibido por el Ejército Mexicano, vedado por completo para las huestes zapatistas por el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari.

El esperado mitin tuvo una intensidad emocional única como ninguno conocido hasta ese día. Prácticamente todos los sectores populares se habían dado cita en la plancha del Zócalo. Y en las gradas, con el contingente del EZLN, varios intelectuales.

«EZLN, EZLN, EZLN», interrumpió el gentío al tiempo que tomaba el micrófono el «encapuchado», como entonces lo juzgaban algunos senadores y diputados del gobierno. El Subcomandante Marcos conocido así por la mayoría del pueblo.

De pronto el silencio. Los ojos atentos y si hubiera sido posible se hubiesen escuchado los corazones volcados en ritmos acelerados. Arriba del templete que se encontraba al frente de las puertas de Palacio Nacional.

«Si el templete donde estamos está donde está, no es accidente. Es porque de por sí, desde el principio, el gobierno está detrás de nosotros», dijo Marcos en su discurso aquel día.

«Hermano, hermana: Estudiante, campesino, obrero, maestro, colono, ama de casa, chofer, pescador, taxista, oficinista, empleado, vendedor ambulante, banda, desempleado, trabajador de los medios de comunicación, profesionista, religioso, homosexual, lesbiana, transexual, artista, intelectual, militante, deportista, legislador, burócrata, hombre, mujer, niño, joven, anciano», exclamó Marcos.

No había espacio en las azoteas de los edificios aledaños a la Plaza de la Constitución en que no se viera un brazo levantado con el puño cerrado en señal de apoyo para el EZLN.

Y es que el calendario marcaba el año 2001 para el inicio de una serie de visitas por parte del Comité Clandestino del EZLN a diversas instituciones del entonces Distrito Federal, entre ellas la máxima casa de estudios de la nación mexicana: la Universidad Nacional Autónoma de México [UNAM] y la Universidad Autónoma de México [UAM].

Sin embargo, la verdadera intención del EZLN y sus 23 delegados era llegar al Congreso de la Unión. La estadía del contingente zapatista se había planeado indefinidamente hasta conseguir la aprobación de una Ley de Derechos y Cultura Indígenas.

Para el 28 de marzo de 2001 se tuvo  conocimiento que los zapatistas habían ingresado a la sala principal en la Cámara de Diputados [La Jornada publicó el discurso que la comandante Esther pronunció en San Lázaro]. Todo el contingente de rebeldes se encontraba sentado en las curules, todos menos uno, el subcomandante Marcos. Se conoce, como dato de leyenda, que por precaución, Marcos no asistió a la referida sala; se conoce también como leyenda urbana que Marcos estaba presente, camuflajeado entre los asistentes al recinto legislativo.

Pero si algo es cierto, es que ese cálido domingo 11 de marzo de 2001, no fue  un día para escuchar el mensaje de voces individuales, queriendo llamar la atención en peroratas incomprensibles, ningún ser humano aventaba a otro, cada uno tenía un espacio para observar, era un hombro con hombro, era el total de una masa convertida en un sólo espíritu.

Pedían y exigían los rebeldes zapatistas, desde sus humildes palabras buscaban comprensión con ideas concretas, sin la pretensión del lenguaje rebuscado y sin el afán de ansiar el aplauso. La intención era clara: que sus derechos como mexicanos y como pueblos indígenas les fueran reconocidos.

La virtud de la palabra pertenecía al entonces vocero y representante ante los medios: Marcos, el subordinado, el rebelde, el hombre vestido del color de la tierra, el único que portaba dos relojes de pulsera, uno en cada muñeca, el que hilaba el humo de su pipa con su palabra. El subcomandante Marcos, el que cargaba un sistema de comunicación con diadema de micrófono para [por seguridad y estrategia] permanecer intercomunicado todo el tiempo con sus hermanos de guerra: «¡Es la hora de que este país deje de ser una vergüenza vestida sólo del color del dinero! Es la hora de los pueblos indios, del color de la tierra, de todos los colores que abajo somos, porque colores somos a pesar del color del dinero. Rebeldes somos porque es rebelde la tierra, si hay quien la vende y compra como si la tierra no fuera, y como si no existiera el color que somos de la tierra […] Como rebelde color de la tierra que grita: ¡Democracia! ¡Libertad! ¡Justicia!».

Y todos gritaron, gritamos: Todos Unidos. Todos Somos Marcos.

_____

En mayo de 2014, en La Realidad, Chiapas, la Comandancia del EZLN en voz del Subcomandante Insurgente Moisés, daba la noticia de la decisión de la Comandancia General de un cambio de nombre de su vocero principal, dejaría de ser Marcos para llamarse Galeano, en homenaje al maestro asesinado José Luis López Galeano.

Años después, el 24 de febrero de 2016 el Consejo de la Judicatura Federal [CJF] informó en un comunicado que: «Se decreta el sobreseimiento por prescripción de la acción penal […] a favor del Subcomandante Marcos y 12 personas más».

El documento detallaba que un juez del estado de Chiapas decretaba el sobreseimiento de los delitos el 12 de febrero de 2016, a 21 años de que se ordenó su detención. El subcomandante, otrora Marcos, hoy Galeano, había sido «perdonado», no así el Movimiento Insurgente en Chiapas.

A la fecha, los hombres y mujeres sin rostro dan continuidad a la lucha que iniciaron con el despertar del año 1994. Incluso ahora rumbo al 2018, el EZLN y el CNI han designado a María de Jesús Patricio Martínez como su vocera, un hecho inédito e histórico. Así, desde las montañas del Sureste Mexicano, la voz del subcomandante Insurgente Galeano y la voz de todas y todos los que irrumpieron e interrumpieron a sangre y fuego aquel amanecer un primero de enero de 1994 recuerdan al pueblo en general: «Siempre hay que resistir, hay que rebelarse, hay que luchar, hay que organizarse».



Guillermo Caballero
Guillermo Caballero
Estudió Fotografía Profesional en el Colegio Americano Ansel Adams. Ha colaborado en semanarios, periódicos y revistas. Autodidacta de la vida. «Soy alguien que escribe con luz».




Artículo Anterior

Zapatillas azules

Siguiente Artículo

Nativos móviles: el noticiario de Snapchat





También te recomendamos


Más historias

Zapatillas azules

Celso pasa la noche contando cacas de mosca adheridas al techo, buscando olvidarse de los sueños que se le trepan como arañas...

30 Jul, 2017