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Tormenta e infierno: una sonata de Liszt

05 Jul, 2016 Etiquetas: , ,

Todo se sincronizó para trastocar a los asistentes en la sala Murray Schafer, de la Fonoteca Nacional: El infierno de Dante, la música de Liszt y la lluvia. Esta es la crónica.

TEXTO: CÉSAR PALMA 

Generalmente me acerco a la música de dos maneras. De hecho, creo que son las más comunes y recomendadas. Un modo es una aproximación con conocimiento: tener historia sobre el autor y la obra, justo lo que pretenden los programas de mano que dan en los conciertos. Una ayuda que mete al escucha en la época y en el momento personal de quien compuso las piezas. A veces los adjetivos del texto nos dan una idea sobre ésta: pobre, esquizofrénica, sinestésica, romántica, nacionalista, militar, revolucionaria, vanguardista, experimental. Aseguran una cosa, pero la música se siente de otro modo. Esa es la segunda modalidad para disfrutar un espectáculo musical: ir en blanco, ser una hoja de papel para permitir que el intérprete y compositor nos pintarrajeen en absoluto. Precisamente, de esta última forma, me metí a un concierto en la Fonoteca.

Quisiera contar todo el recital, pero para mi no existió otro momento que cuando el pianista se sentó a interpretar Après une lecture du Dante: Fantasia quasi sonata [Después de la lectura de Dante: Fantasia casi sonata]. Entonces, dejó de existir todo lo que Rolando Valdés tocó previamente: esos veinte largos minutos de Beethoven. Un tiempo que se extendió frente a mí como si fueran cuarenta. Desde el primer movimiento de la sonata del alemán mi cabeza se iba de izquierda a derecha. Mis oídos se bloquearon por la modorra y perdí el hilo conductor de la obra. Agradecí cuando Valdés se puso de pie y todos lo ovacionaron en la pequeña sala Murray Schafer. Vino un intermedio.

Llegó Liszt y Valdés. Comenzaron unas notas breves, metálicas, resonaron por toda la sala. Fueron tomando velocidad y un brillo que resaltó muy por encima de Beethoven y de mi sueño. Temí dormitar nuevamente, pero la música se fue acelerando. Las manos del pianista iban recorriendo todo el piano en pasajes repetitivos. Había una melodía oculta en un estilo que no conocía, un golpeteo violento de las teclas, como si estuvieran siendo martilladas. Pero había una claridad entre todo ese estruendo.

Y no cabe duda, Valdés sabía cómo traer a la vida al húngaro.

No conozco bien la obra de Liszt, pero había escuchado algo de él y leí [en una biografía de Chopin escrita por Bernard Gavoty] que siempre se caracterizó por su histrionismo, tenía una personalidad extrovertida y era amante del espectáculo. Contemporáneo y amigo de Fryderyk Chopin, Liszt era su antítesis. El polaco, dice el autor de la biografía, se desenvolvía mejor en recitales íntimos y mesurados; mientras que Liszt amaba las salas abarrotadas de gente. Otro ejemplo: las polonesas de Chopin representan el anhelo y cariño a la patria de forma solemne, y Liszt recurrió a la danza, a sus raíces gitanas, para llenar de fiesta a los escuchas. Y no cabe duda, Valdés sabía cómo traer a la vida al húngaro.

Valdés, el pianista, cerró los ojos antes de iniciar la pieza. Se concentró, respiró profundo como los yoguis. Su rostro ya estaba seco, pero no tardó en llenarse de sudor nuevamente. El público tenía calor, todos aprovecharon el intermedio para quitarse los abrigos, sacos y suéteres.

Valdés no se desprendió del saco oscuro a rayas, a pesar de que el calor de las lámparas lo había hecho sudar desde los primeros minutos. Apenas tomó los primeros compases y las gotas de sudor emergieron de su frente. Desde mi asiento, en la primera fila, podía ver cómo a la par de la pieza, las pequeñas gotas se iban acumulando en su barbilla. No lucía incómodo, era una estatua iniciando una tormenta.

La primera parte de la pieza fue de menos a más. Era como un tornado, parecía un viento furioso para mí, aunque después me enteraría [porque no tomé un programa antes de entrar] que lo que tocaba en el escenario era una obra inspirada en la Divina Comedia de Dante Alighieri. No escuché el infierno, ni todas las referencias que rodean a la obra. Más bien me pareció una sacudida, una especie de terremoto en la Fonoteca. Pero el clima de la noche también me hizo pensar en un diluvio.

Fue como si Valdés, Liszt y la noche se hubieran sincronizado.

En el segundo bloque de la sonata, durante la parte lenta y dulce de la pieza, la lluvia comenzó a caer. Con Beethoven también lo hizo, pero en esta ocasión se precipitó el agua de forma más regular. En la sonata número 28 de Ludwig fueron débiles las gotas, se percibía mucho más el sonido del tubo de desagüe. En cambio, con Liszt, el sonido de afuera creó un fondo excepcional. Me detuve a pensar que el sonido de la lluvia siempre es armónico y nunca va a destiempo, combina con toda la música, pensé en «Riders of the Storm», de The Doors. ¿Por qué?, me pregunté. Y así, ligera y teatral, continuó la llovizna hasta el final del pasaje terso y fino de la sonata casi fantasía.

Imaginé que el recinto iba a colapsar sobre sí mismo, el sonido del piano nos envolvió a todos.

Durante los dieciocho minutos de la pieza no quité la vista de las manos del pianista. Nunca había visto de cerca una interpretación tan compleja. Su manos parecían de hule, como la ilusión óptica que genera un lápiz si es tomado con el pulgar y el índice mientras es sacudido de arriba hacia abajo. Las manos de goma se convertían en patas de araña y cubrían, en el tiempo y zona indicada, las teclas. Agucé todo lo que pude mi oído junto con mi vista [hasta donde me lo permitió la graduación de mis lentes, porque desde hace un año no la he ajustado] y traté de identificar un error, pero era claro que no encontraría tal cosa, no en este recital, porque Valdés ha estado pegado al piano desde los cuatro años. Y no venía a equivocarse, venía a mostrar un programa de máxima dificultad, piezas que no se escuchan en recintos y conciertos de público general. «Se acostumbra a tocar piezas más conocidas como Chopin o Mozart, pero trajo algo muy difícil. Para practicar para el concurso», dijo una persona que estaba detrás de mí, durante el intermedio. Supuse que conocía de primera mano al pianista por cómo se expresaba de él.

Valdés llevó la pieza hasta el final. Imaginé que el recinto iba a colapsar sobre sí mismo, el sonido del piano nos envolvió a todos. Y como si se tratase de un guion de cine, los truenos comenzaron a caer. El rostro de Valdés estaba cubierto de sudor, las gotas caían sobre su camisa blanca. Liszt se había apropiado del lugar y del joven pianista. La obra continuó con la lluvia de fondo que no cesó hasta al final del evento.

Cuando Valdés dio los últimos acordes del infierno de Dante yo estaba más despierto que nunca. Creí que este concierto sería insuperable. Finalmente terminó con una pieza mexicana, sobre la cual le pedí detalles al pianista al final de su concierto, pero por la emoción del momento, no recuerdo a qué autor me dijo que pertenecía. Sólo se me adhirió el apellido Jiménez y un «segunda parte». ¿Jiménez Mabarak? o ¿Bernal Jiménez? No pude encontrar la pieza. Era muy bella y me molesta un poco no recordarla. Cuando regresé a casa me empeñé en explorar varias interpretaciones de la sonata de Liszt. Escuché como diez o quince versiones, pero ninguna como la de Rolando Valdés.

Aquí comparto dos interpretaciones que me parecen excepcionales:

 

 

Imagen de portada: Flegias by Scifo. DeviantArt-[CC BY-NC-ND 3.0]


César Palma
César Palma
Editor de fotografía en Kaja Negra. Si alguien tiene que fotografiar al presidente, al papa o a mi abuela, ése quiero ser yo. En Twitter: @LittleChurch_ Correo: cesar@kajanegra.com




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