Recomendamos

Transgénicos en mi alacena, ¿cuándo, cómo, por qué?

27 Oct, 2017 Etiquetas: , , ,

Un grupo de periodistas participó en un experimento que realizaron científicos de la UNAM. El resultado: Hay transgénicos en la harina para tortillas Maseca, las tostadas Milpa Real, el cereal Cheerios, los Churrumais y las tostadas Salmas. Juan Mayorga nos relata todo el proceso para llegar a esta conclusión y nos da elementos para dimensionar el resultado.

TEXTO: JUAN MAYORGA / FOTOS: SAÚL MARTÍNEZ

«Únicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres»

POPOL VUH

Un monitor de computadora es el portador del veredicto: Positivo, positivo, positivo. Hemos pasado horas analizando muestras de cinco productos altamente comerciales elaborados con maíz. El silencio se apodera del cuarto y el asombro se instala en los rostros de los compañeros periodistas a medida que los científicos de la UNAM nos explican los resultados del experimento: Hay transgénicos en la harina para tortillas Maseca, las tostadas Milpa Real, el cereal Cheerios, los Churrumais y las tostadas Salmas.

«Refiriéndose a las marcas podemos perdernos del panorama general, que es la alta penetración de los transgénicos en nuestro sistema alimentario», matiza con voz ecuánime Emmanuel González Ortega, uno de los investigadores a cargo del Laboratorio de Genética Molecular, ubicado en el Instituto de Ecología de Ciudad Universitaria.

Con «el panorama general», González Ortega se refiere a las conclusiones principales del estudio de su coautoría, Presencia extensa de transgenes y glifosato en alimentos derivados del maíz en México, publicado en septiembre pasado: 82% de la comida de maíz de los supermercados mexicanos y 90.4% de nuestras tortillas contienen transgénicos.

Mientras nos enteramos que el gen NK603 [el más común encontrado en el estudio] proviene del virus de mosaico de la coliflor, los periodistas allí reunidos pensamos en todas las ocasiones en que hemos comido estos productos.

¿Cuándo fue que los transgénicos se volvieron ubicuos en nuestra alimentación? Apenas hace cinco años el gobierno federal, a través de la SAGARPA, sostenía que el maíz amarillo [el transgénico importado de Estados Unidos] era utilizado para ganado, mientras que las tortillas eran elaboradas con maíz blanco producido en México. Los que habíamos seguido remotamente esta discusión imaginábamos que los transgénicos terminaban en los animales de engorda, no en nuestros platos ni en nuestros seres queridos.

¿En qué momento y de qué modo cambió eso? No lo sabemos. Ni a los políticos ni a los empresarios se les puede meter en una probeta con un reactivo químico para saber si es positivo o negativo. Lo único relevante por el momento es la prueba fehaciente, el dato duro: el experimento que replicamos en la UNAM nos confirma que los mexicanos, aun los alejados de los campos y los agroquímicos, comemos maíz con transgénicos.

Eduardo Monterrubio, uno de los participantes en la investigación sobre maíz transgénico en productos comerciales. Foto: Saúl Martínez.

Prueba de control

Es 2 de octubre y el país está más concentrado en levantarse de dos terremotos que han devastado el sureste y el centro, incluyendo la Ciudad de México, que en lo que come.

Una docena de periodistas acudimos como invitados al Laboratorio de Genética Molecular, como parte del 1er Programa Para Periodistas en Ciencia, Salud, Tecnología y Medio Ambiente, organizado conjuntamente por el Centro de Ciencias de la Complejidad [C3] de la UNAM y la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia, con recursos del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología [Conacyt].

La Doctora Elena Álvarez-Buylla Roces, directora del laboratorio, nos recibe en un auditorio adjunto con una presentación sobre los transgénicos y sus potenciales riesgos en la salud.

«Casi todo en el super contiene maíz, pero no lo mejor del maíz, ni del mejor maíz», asegura la investigadora, refiriéndose a los jarabes de alta fructuosa y a las harinas procesadas de maíz presentes en un sinfín de productos en los anaqueles, desde cereales y harinas, hasta aceites y plásticos.

Después de la introducción nos hace pasar al laboratorio. Ahí se nos explica la dinámica que nos espera: Vamos a buscar marcadores transgénicos en cinco productos elaborados a partir de maíz. Los paquetes tienen los nombres comerciales cubiertos con cinta, pero son productos tan conocidos que a nosotros nos bastan sus colores y diseños para saber de cuáles se trata.

Al laboratorio entramos con batas, gafas y guantes de látex. La asepsia es tal que los investigadores descartan para la manipulación de las pipetas a un periodista que manipuló su celular en medio del experimento: «Tu celular tiene más bacterias que un excusado», le explica Eduardo Monterrubio, químico en alimentos y coautor del estudio publicado en la revista de investigación Agroecology and Sustainable Food Systems.

Los periodistas nos dividimos en cinco grupos, cada uno acompañado por un investigador del laboratorio y abocado a una muestra en particular. «Agarra la Maseca», me sugiere una colega periodista, consciente de la importancia de esta harina. La tomo y seguimos las instrucciones de Monterrubio.

Como primer paso, hay que triturar en un mortero un trozo del producto comercial, y luego pulverizarlo con ayuda de nitrógeno. La Maseca es una harina en polvo, así que vamos directo al segundo paso: colocar cantidades idénticas de la muestra en dos tubos de Eppendorf [pequeños tubos contenedores con punta redondeada, parecidos a los supositorios].

Hacemos dos pequeñas muestras, por si alguna sale mal. Monterrubio maneja las pipetas de manufactura francesa y los tubos de Eppendorf con destreza de barista, mientras que a los periodistas nos cuesta sobreponernos a nuestro pulso convulsivo.

Ya con los tubos rellenos de harina, agregamos un «buffer» de extracción, que no es más que un cocktail de químicos que cumplen varias funciones. Uno de los elementos, por ejemplo, es CTAB [nadie en su sano juicio le llama cotidianamente Bromuro de cetil trimetil amonio], un detergente que disuelve la membrana celular y con ello expone en ADN alojado en su interior.

«Es lo mismo que hace un detergente con los trastes sucios, atraer la grasa. Como la membrana celular está hecha de lípidos y proteínas, básicamente la remueve», explica Monterrubio.

Otro elemento en la mezcla extractivo es el EDTA, un compuesto quelante que ayuda a proteger el ADN. Otro más, el Tris-HCI, mantiene el PH idóneo para que el ADN no se degrade. Después de revolver la harina con este buffer, la nueva mezcla se deja incubando para que la química haga su trabajo.

Después de 60 o 90 minutos, el ADN ha sido extraído de la harina industrial, pero aún se encuentra disuelto a nivel microscópico en ese líquido turbio. A esta altura, varios periodistas ya perdieron la paciencia y una de ellos decide botanear con el resto de la muestra de Churrumais. El equipo del laboratorio le pide que deje de hacerlo.

Comienza el momento de separar el ADN del resto de la mezcla. Para ello agregamos cloroformo-octanol, que ayuda a dividir la mezcla en una «fase acuosa» y una «orgánica». Todo lo que en la mezcla sea soluble en agua (ADN y proteínas) termina flotando sobre el resto turbio. Cinco minutos de centrifugación completarán el trabajo, dejando en el tubo una división tan clara como si se tratara de agua con aceite. Con una pipeta tomamos la fase acuosa con el ADN y la colocamos en otro tubo Eppendorf.

Un poco de isopropanol ayuda al ADN a precipitarse, pero de cualquier forma aceleramos el proceso con otra centrífuga. Lo que queda después de esto en el fondo del tubo es un punto blanco: eso es todo el ADN de la muestra. Hemos procesado un par de gramos de harina de maíz hasta depurar su material genético, y descubrimos que este último no es más grande que un diamante en una sortija de compromiso.

Para lavar y estabilizar el pellet de ADN primero decantamos el isopropanol y agregamos etanol. Luego de otra centrífuga, el ADN se pone a incubar en un termobloc [una especie de horno que se mueve oscilatoriamente su recipiente para homogeneizar el calor] a 65 grados y luego se deja secar a 45 grados para poder sacar el pellet. Mientras el ADN queda seco, salimos a comer.

En la comida, ninguno de los compañeros imagina los resultados. La mayoría nos sentimos replicando experimentos con fines pedagógicos como los de la secundaria. Algunos sabemos algo de los transgénicos y otros saben mucho, lo suficiente como para comentar que en Sudamérica las plantaciones de soya son en su mayoría transgénicas y que hay estudios que prueban la presencia de glifosato en la orina de pobladores de zonas aledañas a los cultivos.

«Los americanos han perdido el control de su acervo de maíces», nos explica la Dra. Elena Álvarez-Buylla hacia el fin de la sobremesa. «El maíz amarillo que producen ahora es un maíz-botarga, sin propiedades y que se degrada en almidones. Es altamente obesogénico».

Regresamos al laboratorio y la piedrecilla de ADN está perfectamente seca. Agregamos 100 microlitros de agua para devolver el material genético a estado líquido y así evaluar su concentración en un nanodrop, una especie de microscopio que mide la cantidad de ADN mediante un láser disparado a través de un lente del tamaño de una cabeza de alfiler, sobre el que es colocada la muestra.

«En los procesos alimentarios se llega a degradar mucho el ADN. Entonces hay muestras con una concentración aceptable y hay otras donde no sale nada y hay que repetir toda la extracción desde el inicio», explica Monterrubio.

La concentración necesaria para la siguiente fase del experimento es de 50 nanogramos sobre microlitro y nuestra muestra tiene casi 300, por lo que es necesario diluir nuestro ADN con agua, lo que en jerga científica se llama una alícuota. Entonces estamos listos para el siguiente paso, la Prueba de Control.

Todos los pasos previos no han sido más que preparaciones para este momento. La prueba de control, PCR según su acrónimo, es la que determina o descarta la presencia de los transgenes. Sin embargo, la prueba es totalmente computarizada; lo único que le deja a los científicos es preparar las muestras.

Para ello se toma el ADN extraído y se inserta en nuevos tubos Eppendorf, además de otros tres tipos de muestras: un control positivo y dos controles negativos. Los controles no son otra cosa más que puntos de comparación. El control positivo, por ejemplo, es una harina con contenido transgénico certificada por la Unión Europea, entonces debe aparecer positiva en los resultados tras aplicarles el mismo procedimiento. Si no resulta positiva, es que algo se hizo mal. Por otro lado, los controles negativos son otra harina certificada, esta vez por su ausencia de transgénicos, y una muestra realizada solo con agua, que en caso de resultar positiva estaría indicando contaminación en las muestras.

«Los controles son un indicativo de que el proceso se hizo bien. Nos dan certeza y certifican la prueba», explica Monterrubio. «Si un control negativo diera positivo es señal de contaminación de los reactivos o del control negativo mismo, y en caso de que esto sucediera sería necesario volver a hacer todo el experimento de nuevo».

Tanto a la muestra a analizar como las tres muestras de control deben mezclarse con varios compuestos químicos (DNTP, cloruro de magnesio, Taq polimerasa y agua, entre otros) necesarios para realizar la prueba de control. Con el fin de evitar la introducción de estos químicos por separado, las muestras se diluyen con un master mix, una mezcla de todos estos compuestos que llega a costar varios miles de pesos por mililitro.

«Entre pipeteos se pueden producir ciertos errores porque trabajamos con concentraciones muy pequeñas», explica Monterrubio, quien cambia escrupulosamente cada punta de plástico de su pipeta después de manipular las distintas muestras y compuestos. Al final de la tarde tendrá un bote de un litro lleno de puntas de plástico desechadas.

Cuando las muestras están listas, se colocan en un Termociclador, un aparato del tamaño de una impresora doméstica que reproduce distintos ciclos de temperatura para provocar reacciones de los varios compuestos químicos. La corrida de la PCR dura 2 horas y 5 minutos, y a este punto todos excepto los operadores del laboratorio exhiben ojos cansados.

«La PCR es un gradiente de temperatura que propicia que todos los componentes funcionen», explica Monterrubio.

Entre otras reacciones, la PCR provoca que la doble hélice del ADN se separe en dos y que secuencias específicas de la larga cadena genética puedan ser amplificadas, lo que lleva a identificar transgénicos insertos en la cadena de ADN.

Los científicos en el laboratorio concuerdan en que las mezclas químicas reactivas y la prueba de control actúan de forma similar al comando de búsqueda [Control + F] en un programa de computadora al tratar de ubicar una palabra específica. La cadena de ADN es tan larga –en una célula humana mide más de tres metros—que buscar en ella la secuencia de un gen en particular sería aún más complicado que buscar una palabra en toda la Biblia sin una herramienta de búsqueda.

Después de dos horas y cincuenta minutos, los ciclos de temperatura han hecho su trabajo y las muestras que tomó todo el día preparar han reaccionado. Toda la información está plasmada en la pantalla de una computadora que, con gráficos y nombres en clave, nos dice que las tostadas que compramos en el supermercado tienen transgénicos.

 

Desde tostadas, harina y botanas, la investigación de la UNAM y la UCCS reveló la presencia de maíz transgénico en estos productos. Foto: Saúl Martínez.

Muestras de la CDMX

Al presentarnos las pruebas, Eduardo Monterrubio, Emmanuel González Ortega y otros científicos del laboratorio nos revelan que las muestras que acabamos de analizar son parte de las 367 que analizaron entre 2013 y 2015, de donde se concluyó que el 82% de la oferta disponible tiene transgénicos.

La selección de muestras que ellos realizaron se enfocó en productos representativos de la zona metropolitana de la Ciudad de México, incluyendo harinas para tortillas, tortillas, tostadas, cereales y botanas, en general productos que pueden ser adquiridos tanto en grandes supermercados como en tortillerías de barrio y con productores artesanales. El objetivo de la muestra fue retratar la disponibilidad de los productos que existen actualmente en la zona más poblada del país.

Los resultados del estudio fueron corroborados por el laboratorio Eurofins GeneScan, ubicado en Friburgo, Alemania.

Como fue publicado, el estudio de los científicos de la UNAM y la UAM no revela el nombre de los productos analizados, así que los cinco que analizamos son los únicos que conocemos a ciencia cierta. Aunque se empeña en ponderar la estadística encima de productos individuales, el investigador González Ortega reconoce que algunos productos tienen más incidencia que otros en la dieta de los mexicanos.

«A partir de nuestros resultados queda bastante claro, por ejemplo, que un punto nodal son las harinas de maíz», explica el doctor en biotecnología.

Sólo Maseca, cuya harina de maíz fue uno de los productos positivos en transgénicos, abarca más de la mitad del mercado de harina para tortillas en el país. En su sitio de internet, Gruma [la empresa productora de Maseca] presume que su harina «está hecha de maíz 100% natural» y es «la marca líder indiscutible en el negocio de la harina de maíz», con presencia en Estados Unidos, Centroamérica, Europa, África y el Medio Oriente.

El estudio realizado en el Laboratorio de Genética Molecular de la UNAM encontró que el 90.4% de las tortillas analizadas [209 tipos] tenían secuencias recombinantes correspondientes a maíz transgénico, lo cual se refiere a secuencias de ADN de un organismo [una bacteria, por ejemplo] que han sido insertadas en otro organismo, en este caso el maíz.

Un colega periodista solicitó a Gruma un posicionamiento respecto a la presencia de transgénicos en la harina Maseca, pero la empresa explicó que se encuentra en periodo de silencio debido a la preparación de sus resultados trimestrales. Nestlé, fabricante del cereal Cheerios, respondió a través de su línea de atención al consumidor:

«Grupo Nestlé está plenamente consciente del uso de materias primas derivadas de procesos genéticamente modificadas, por lo que nuestra decisión de utilizarlas se tomará solo cuando tengamos total confianza de su seguridad e inocuidad, siempre y cuando sean aceptadas por los consumidores y con estrictos apegos a la legislación», indicó una empleada de la compañía.

Revisando los productos analizados podemos constatar que ni la harina Maseca, ni las tostadas Salmas o Milpa Real, ni las frituras Churrumais ni el cereal Cheerios advertían la presencia de transgénicos.

El estudio del Laboratorio de Genética Molecular encontró transgénicos incluso en 5 de 10 tipos de snacks y tortillas que se promueven como «libres de organismos genéticamente modificados o GMO-free» en supermercados mexicanos.

Una de las investigadoras del Laboratorio de Genética Molecular, Desarrollo y Evolución de plantas, en el proceso de extracción de ADN de productos comerciales. Foto: Saúl Martínez.

Importaciones, el origen «lógico»

Aunque el estudio de la UNAM/UAM no indaga el origen del maíz transgénico hallado, tanto sus autores como especialistas consultados de forma independiente coinciden en que la fuente más probable es el maíz importado de Estados Unidos, que representa más del 90% por ciento de las importaciones totales de este grano al país, según estimaciones académicas.

«El estudio no tiene nada de sorprendente. Desde hace ya unos 15 o 20 años venimos importando maíz transgénico. Era lógico esperar que estuviera presente en un gran número de productos de consumo humano», explica el investigador en genética y biología molecular Luis Herrera-Estrella, director del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad [LANGEBIO].

Sólo en 2016, México importó de Estados Unidos 13.8 millones de toneladas de maíz, según cifras del gobierno federal, con valor de 2,600 millones de dólares. Hasta 2014, más del 80 por ciento de la superficie destinada a la producción de maíz en Estados Unidos albergaba cultivos transgénicos, según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos.

La posibilidad de que el maíz importado lleve los transgénicos hasta las mesas de los mexicanos supone un revés para los opositores a los transgénicos. En 2013, una demanda colectiva promovida por campesinos, activistas y científicos consiguió una suspensión judicial temporal para la siembra comercial de estos granos, que ha sido defendida ante al menos 97 impugnaciones. Pero, ¿de qué sirve que en México esté prohibida la producción de maíz transgénico si éste llega a los mexicanos a través de los circuitos comerciales?

«Un puñado de corporaciones deciden lo que comemos», nos explica la investigadora Elena Álvarez-Buylla, quien además de dirigir el laboratorio donde se realizó la investigación que halló transgénicos en productos de maíz, ha acompañado a organizaciones sociales demandando al gobierno mexicano mayores restricciones a los transgénicos. «La población aludida por estos resultados es toda la sociedad mexicana, y es momento de generar conciencia de hasta qué punto hemos perdido la soberanía alimentaria», añade.

Contrario a la producción de maíz transgénico, suspendido temporalmente ante la posibilidad de que contamine el gran acervo [64 especies según la CONABIO] de maíces nativos del país, el consumo de transgénicos sí está permitido en México a escala comercial.

La Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios [COFEPRIS], dependiente de la Secretaría de Salud, ha autorizado para consumo al menos 55 tipos de maíz genéticamente modificado, considerándolos inocuos. La mayoría de estos maíces contienen un gen que libera un insecticida, volviéndolos resistentes a las plagas, o contienen otro gen que les da resistencia, entre otros, al controversial herbicida de la compañía Monsanto: el glifosato.

Científicos y activistas han acusado a la COFEPRIS de autorizar estas variantes de maíz transgénico sin realizar investigaciones suficientes sobre posibles afectaciones en la salud, valiéndose únicamente de estudios realizados en Estados Unidos.

«Las instituciones mexicanas sistemáticamente han ignorado sus atribuciones en cuanto a la vigilancia en la inocuidad de los granos que se importan», asegura el investigador Emmanuel González Ortega. «COFEPRIS no ha hecho el trabajo de prevención del riesgo que potencialmente tendrían los OGM. El principio precautorio ha brillado por su ausencia», agrega.

 

Imagen de portada: FCK MONSANTO HRC by Will Fishcorn. Flickr-[CC BY-NC-ND 2.0]


Juan Mayorga
Juan Mayorga
Periodista especializado en asuntos ambientales. Entusiasta de la movilidad urbana, agricultura sustentable y las transiciones energéticas. Crítico del desarrollo malentendido. Ex de El Universal, CNNMéxico y colaborador de Expansión, Chilango y Animal Político. En Twitter: @JuanPMayorga



Leave a Reply


Artículo Anterior

La mirada cambia

Siguiente Artículo

La Catedral y su Diosa de los Sueños





También te recomendamos


Más historias

La mirada cambia

Hay cosas que no cambian, dolores que permanecen intactos en el alma, relata la autora invitada en esta entrega de #CanCerbero...

26 Oct, 2017