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Turisteando en La Merced

10 Mar, 2014 Etiquetas: , ,
La Merced conserva rasgos de una realidad que se antoja
caja de resonancia de lo que en el país acontece.
Aquí un recorrido.
TEXTO Y FOTOS: EMILIANO PÉREZ CRUZ /
ILUSTRACIÓN: AÍDA CASTRO

Del viejo barrio de La Merced siempre retorna uno con la sensación de que vivió por algunos minutos en las entrañas del México Bronco, del México Profundo que se pretende ahogar en aras de la modernidad a ultranza, despersonalizadora.

Con todo y los embates que ha sufrido (desaparición de su vecino barrio de la Candelaria de los Patos; desalojo de las bodegas de frutas y verduras que antaño le dieron su toque característico; construcción de un puente vehicular que desemboca en el rumbo de San Lázaro; incendios: el más reciente la noche del 25 de enero del presente…), La Merced conserva rasgos de una realidad que se antoja caja de resonancia de lo que en el país acontece.

Al mercado viejo desemboca uno directamente por el metro Merced.

No hay pierde: puede que usted vaya dormido, amodorrado por el calor que impera en el vagón; pero un caudal de aromas en la nariz, en el que destaca el picor de la cebolla, le despierta a tiempo.

Sube las escalinatas y va a dar directo a los pasillos del mercado. Puede mirar frutas de las más variadas regiones del país que irradian sus colores desde los puestos donde las marchantas ofrecen, a la antigüita, rebanadas de sandía, probetes de mango de manila, plátano Tabasco o dominico…

Lugar común: la vegetal bandera nacional: el verde de los chiles serranos, el blanco de las cebollas y el rojo de los jitomates, se antojan para echarse un taco placero agregándoles tortillas, chicharrón, aguacate, pipicha o pápalo quelite y sal, más sus respectivas mordidas al chile serrano.

Si resulta uno enchilado puede menguar la hoguera que ya es el paladar con una drogacola bien helada o un tepache que por el rumbo aún sobrevive bien gélido en su barril color naranja, de donde lo servirán en clásico vaso tepachero o en posmoderna bolsa de plástico con popote.

La vista no tiene reposo en la llamada nave mayor de La Merced y sobresalen de entre todas las mercancías aquellas piñatas de cartón con forma de los monigotes de moda en la tele, pero con su toque que los mexicaniza gracias a la habilidad de los artesanos. Junto a ellas puede que localice judas, muñecas o máscaras de cartón elaboradas por algún descendiente de don Pedro Linares, el creador de los alebrijes que de La Merced trascendieron al mundo.

En la nave menor la cestería se niega a desaparecer, lo mismo que objetos de madera (bateas, cucharas, molinillos para batir el chocolate…), bolsas de mimbre o de ixtle, canastos para guardar la ropa e incluso juguetes que se creen en vías de extinción: baleros, trompos, yoyos; boxeadores, toreros y luchadores que se activan accionando con el pulgar un botón del mismo material puesto sobre un fleje.

Huérfanos de local alguno, vendedores ambulantes de limones, cabezas de ajo, rollos de canela, bolsitas con pimienta, clavo, comino y carbonato recorren los pasillos una y otra vez hasta que el cansancio y la hora indican que hay que ponerse entre pecho y espalda un tentempié.

Qué mejor que unas gorditas rellenas con carnitas o un pambazo remojado en salsa colorada y en la entraña papas revueltas con chorizo del mero Toluca; hay quienes prefieren los antojitos de doña Vicenta: madrugadora como ella sola viene de diario a la ciudad de México, desde Xalatlaco, Estado de México, cerquita de Chalma, cerquita de Santiago Tianguistengo. Viene a vender al mercado de La Merced gorditas de maíz azul, café endulzado con piloncillo, a veces tamales y sopes… para las 12 o una de la tarde ya terminó la venta y se prepara para volver al pueblo. No se queja de que haya tanta competencia. “Al contrario”, dice, “si los macheteros y cargadores se arremolinan, es que algo les dice el gusto del paladar”.

Junto a la salida del metro que conduce a Anillo de Circunvalación está el llamado Anexo: en él los carniceros de barrio encuentran cazos de Santa María del Cobre para freír a los cochinos, puercos, marranos que se convertirán en carnitas estilo Michoacán; para quienes aún hacen la competencia a los consorcios refresqueros, en este sitio hallarán los vitroleros para las aguas frescas de tamarindo, limón, naranja, jamaica, incluso chía, y las señoras que desprecian al insuflible plástico aquí vienen a surtirse de cubetas y tinas de lámina galvanizada, lavaderos como los que usan los conjuntos country norteameriyanquis para hacer música, máquinas para hacer tortillas, huaraches de cuatro correas y suela de llanta, petacas para quienes tienen que salir de viaje y no aspiran a una Samsonite

Si de dulce tradicional se trata, sobre Circunvalación o Eje Uno Poniente está el Mercado Ampudia, mejor conocido como el Mercado de los Dulces: trompadas, alegrías, cocadas, calabazates, acitrones, camote en tacha, prehistóricos tomis, gelatinas cristalizadas, cajetas de Celaya en circulares cajitas de madera envueltas en papel de china, chicle en bola, corazoncitos, palanquetas, lágrimas de azúcar…, lo que usted guste y mande para alimentar el antojo y puede que hasta a la diabetes.

Si de otros placeres se trata y se decide por los amores mercenarios, ahí están los hoteles de paso (Necaxa, Liverpool y cerca de Santa Escuela, el Avión) a donde concurren quienes no le temen al Sida o toman las debidas precauciones, tras de la muchacha apalabrada en algunas de las calles donde ellas hacen su rutinario recorrido, esperando que alguno de los mirones se anime y diga sí a la oferta:

—Te voy a tratar bien, papacito…

Trato hecho. Trata.

Anillo de Circunvalación, desde el metro Merced hasta Fray Servado Teresa de Mier, en las postrimerías del mercado Sonora frecuentado por curanderos y médicos tradicionales, es un escaparate que remueve la hormona: revistas y libros nacionales y extranjeros, videos en cd o dvd ilustran a los neófitos o confirman aquello que ya saben lo que saben. 

Los clientes potenciales aún conservan cierta discreción y a hurtadillas hacen sus pedidos, pese a que no parece haber clandestinaje alguno en la circulación de dichos materiales: los puestos de periódicos exhiben aquello que en otros tiempos hubiesen logrado el grito en el cielo de las ligas de la decencia.

Ahora los peatones integrados al tráfago urbano apenas si se dignan a voltear hacia donde sexualidades masculinas y femeninas impresas en papel couché aguardan a los que gustan de enriquecer su pornoteca y repasan los escaparates mientras que en las calles los vendedores de casetes y discos compactos promueven sus productos a todo el volumen que dan los amplificadores.

Conforme la mañana avanza más y más gente acude a esta zona del México Viejo para surtirse de lo que sus actividades requieren: los estudiantes a las papelerías, las señoras en busca de materias primas para las gelatinas, para los flanes; jarcierías, tlapalerías, ferreterías, tiendas de ropa, cristalerías, utensilios de plástico a granel, chiles frescos y secos, molinos de harina para los tamales y los moles, saldos de lencería proletaria sobre las banquetas, artículos electrónicos y puestos y más puestos de relojes, aguardan a que la clientela se detenga, mire y consulte al bolsillo.

Algo se llevarán de lo mucho que en esta singular zona comercial, La Merced, se pregona.



Emiliano Pérez Cruz
Emiliano Pérez Cruz
Escritor y periodista. En 1979 fue nombrado por el Edomex cronista honorífico de Ciudad Nezahualcóyotl. Su más reciente libro de relatos: Ya somos muchos en este zoológico, Fondo Editorial Estado de México, 2013. En Twitter: @perecru



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